ALBERTO ROMERO

Hogar, dulce hogar
Ana se levantó de la silla de ruedas y se arrimó a la puerta mientras Antonio le
daba las llaves. No podía parar de llorar de la emoción de volver a su casa. La estancia
en el hospital se había hecho muy larga. Muchas veces sentía que era un pájaro
enjaulado, y por fin era libre.
Estaba tan nerviosa que apenas podía encajar la llave en la cerradura. Cuando
lo consiguió, la sonrisa que tenía de oreja a oreja dio paso a una cara de agradable
sorpresa al encontrarse el piso tan reluciente.
Antonio corrió a desactivar la alarma y empujó la silla de Ana hacia el interior
del piso.
—Por fin estoy en casa. No me lo puedo creer —dijo Ana mientras miraba a todas
partes como si fuese la primera vez que estaba en aquel piso.
—Yo tampoco —dijo Antonio muy emocionado también, mientras la abrazaba.
Ambos estuvieron un rato abrazados, llorando de emoción. Parecía que el mal
sueño en el que habían estado inmersos durante cuatro meses empezaba a desvanecerse.
Recorrieron el piso dando grititos, como dos niños.
—¡Mira! la foto de los gemelos de Marta y Deyan —señalaba Ana ilusionada—.
¡Mira! la cafetera —gritó al entrar en la cocina.
Mientras iban recorriendo el piso solo pensaba en cuanto había echado de
menos aquel lugar. «Hasta que no te falta, no lo valoras» se decía a sí misma.
Había vivido grandes momentos en aquella casa y volver de nuevo era retomar
una rutina que ya casi había olvidado, pero en la cual se sentía feliz.
Antonio la animó a levantarse y abrir la puerta del cuarto de la plancha.
Cuando giró el pomo y vio el interior de la nueva habitación del bebé tuvo
que agarrarse al marco de la puerta para no caerse.
Las paredes lucían nuevos colores que iban del azul pastel al verde manzana.
Un mueble cambiador blanco mate protagonizaba la estancia junto a una cuna a
juego. Sobre la cuna, una foto de Antonio y ella sonrientes en el parque del retiro.
—Esa foto es del «finde» anterior al accidente —recordó Ana sin esfuerzo, con
gran entusiasmo.
De nuevo se abrazaron mientras Ana le agradecía a Antonio todo lo que había
hecho para dar la bienvenida al bebé.
Aquella tarde todos sus amigos y familiares fueron desfilando por el pequeño
piso a darles la bienvenida e interesarse por el estado de salud de Ana.
Sus amigos y compañeros del trabajo que aún no la habían visto en el hospital
celebraron su embarazo al ver la incipiente barriga que ya no podía disimularse.
Los gemelos de Marta y Deyan llegaron de la mano de su abuela Adela. Cada
uno llevaba un pequeño ramo de «siemprevivas» moradas. Estaban muy nerviosos
de volver a ver a la tía Ana. En cuanto entraron por la puerta corrieron a abrazarla,
olvidando que su madre les había dicho que fuesen cuidadosos, que la tía aún estaba
débil. Ana se reía a carcajadas mientras se los comía a besos. Qué ganas tenía
de abrazarlos.
Cuando se calmaron un poco, ayudaron a su tío a poner las flores en agua y se
las llevaron a Ana entre los dos. Aquella tarde pasó entre grandes momentos junto
a toda la familia, amigos e incluso los vecinos, que también pasaron a saludar y dar
la bienvenida a Ana.
El reloj marcaba las 21:30h cuando salieron por la puerta Adela y Miguel, que
no querían marcharse sin ayudar a la pareja en todo lo que pudiesen.
Agradecidos por tanto amor, pero exhaustos por tantas emociones, Ana y Antonio
se acostaron durmiéndose casi al instante. Ambos descansaron como hacía
tiempo que no lo hacían.

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