LOIS SANS

Bajé a la cocina y, mientras me llenaba un vaso con zumo de piña, miré por la ventana y entonces vi, de nuevo, al chico que barría el césped, el muchacho que me vio desnuda y del cual me había olvidado por completo. De repente, levantó la cabeza, miró hacia la ventana y me sonrió.
Era alto, delgado, con el pelo castaño y rizado, llevaba unos vaqueros descoloridos y una camiseta de tirantes blanca, resaltando sus brazos musculosos y morenos.
Salí al jardín y le ofrecí un vaso de agua o de zumo y él, sin dejar de sonreír, dejó la escoba, se acercó envolviéndome con su aroma a limones recién exprimidos. Frente a mí, tal vez demasiado cerca, no pude evitar analizar su cara aniñada, con algunas pecas sobre la nariz puntiaguda, los ojos almendrados color miel se volvían verdes según les daba el sol y su sonrisa permanente inundaba la estancia. Cuando le pregunté que le apetecía me contestó:
– Un poco de agua fresca y un poco de ti.
– ¿Qué? – pregunté azorada.
– Bueno, pienso que eres muy guapa y si hay alguien capaz de herirte es porque no aprecia lo que tiene en casa y no te merece. Pero estoy seguro de que con el tiempo se arrepentirá y te pedirá perdón – contestó acariciándome la mejilla con la yema de su dedo.
Aturdida por el descaro que manifestaba, me quedé sin palabras y mientras intentaba buscar las frases adecuadas en mi vocabulario, entré en la cocina, abrí el frigorífico saqué una jarra de agua, llené un vaso y, mientras se lo ofrecía me atreví a preguntar:
– ¿Y tú cómo sabes tanto de mí?
– Aunque nunca me has visto, vengo a menudo con mi padre, Ramón y te aseguro que he visto algunas cosas en tu casa que ni te imaginas – contestó con un tono de misterio en su voz grave.
– ¿Cosas? ¿Cómo qué? – seguí preguntando, aunque no estaba segura de querer conocer las respuestas.
– Cuando no estás, tu marido trae gente a casa y ocurren cosas bastante sorprendentes – siguió comentando al tiempo que bebía un sorbo de agua.
Me apoyé en la pared, intentando aparentar una tranquilidad que no tenía, mientras dejaba el vaso encima de la mesa y se acercaba lentamente, como si midiese cuál sería
su próxima jugada, sin embargo, cuando llegó frente a mí, me abrazó suavemente, con dulzura, rozando mis mejillas con sus labios, haciendo que me sintiera protegida, sin poder rechazarle.
Estuvimos abrazados en silencio bastante tiempo, no obstante, en ningún momento me encontré incomoda, al contrario, me sentí como si nos conociéramos de toda la vida. Luego me besó en la mejilla, en los ojos, en la nariz y, al final, nos fundimos en un sensual y apasionado beso en la boca. Cuando nos separamos me susurró en el oído:
– Sabes que tu piel huele muy bien, aroma a… coco, me encanta.
– Esto no está bien, ni siquiera sé cuál es tu nombre. Además, seguro que eres menor de edad. Esto no está bien – murmuré dejándome llevar por su elegante delicadeza.
– Mi nombre es Dani y tengo diecisiete años, pero soy más maduro que muchos hombres de tu edad, incluido tu marido – se apresuró a contestar.
Sin decir nada más, nos desnudamos el uno al otro, dejándonos llevar, acariciándonos, besándonos y, sin darme cuenta, estaba tan excitada que no podía parar, sin llegar a considerar, en ningún momento, que, tal vez, este acto podría traer consecuencias.
Aunque nos dejamos llevar por su juventud y fogosidad, su hábil lengua recorrió cada rincón de mi cuerpo haciéndome olvidar todos los problemas. Por supuesto, el sexo sirve para desfogarse de todas las tensiones y acabamos relajados, estirados en la alfombra, acurrucados uno junto al otro y entonces fue cuando me di cuenta de que aquello no tenía que haber sucedido, por lo que me atreví a pedirle:
– Espero máxima discreción, Dani.
– Por supuesto. ¿Por quién me tomas? – dijo visiblemente molesto.
– Es más, creo que no debe repetirse – seguí avisándolo.
– ¿Por qué? ¿No te ha gustado? – preguntó disgustado.
– No es eso, eres menor de edad y además el hijo de mis trabajadores. No quiero pensar que pasaría si tus padres se enteraran – contesté atemorizada.
– No tienen por qué enterarse. Ni tú ni yo se lo vamos a contar a nadie ¿No? – explicó él.
A la hora de comer, sacamos del congelador una fiambrera de las que me deja su madre con comida preparada para toda la semana. Sentados en la mesa del jardín, al lado de la barbacoa, degustamos un apetitoso pollo con verduras y un pedazo de una sabrosa tarta de frambuesas. Mientras saboreábamos una copa de vino blanco muy fresquito, sonó su móvil.
– Si papá, ya he terminado. No, no voy a venir a comer, me voy con Iván a tomar unas tapas. Nos vemos luego – dijo guiñándome un ojo.
A continuación, nos estiramos en el césped aprovechando para dormir una plácida siesta y, al despertarnos nos bañamos desnudos, nos besamos, nos acariciamos y de nuevo volvimos a caer en la tentación. Puedo asegurar que quería pararlo, sabía que me estaba metiendo en terreno peligroso, sin embargo, no podía ponerme autoritaria, reconozco que a mí autoestima le iba demasiado bien esa dosis de juventud y, en aquel momento, era lo necesitaba Era fantástico que alguien me tratase como una reina, que me adulase,
que tuviese ganas de mí. En ningún momento llegué a pensar en Abel, ni en los años que habíamos estado juntos, ni las experiencias compartidas, todo se me antojaba lejano, en realidad no quería recordar, solo vivir el momento.
A la hora de cenar me preguntó:
– ¿Quieres que me quede a dormir contigo?
– No, no puedes ni debes. Mañana a primera hora vendrán tus padres y no pueden ni siquiera llegar a pensar que hemos estado juntos – me apresuré a contestar.
– Ya lo sé, pero puedo levantarme temprano y marcharme antes de que ellos lleguen – insistió con una sonrisa.
– De ninguna manera, tú tienes que ir a dormir a tu casa, no quiero follones – asentí sin dejar ni un asombro de duda en mis afirmaciones.
– De acuerdo, siempre y cuando nos volvamos a ver pronto – dijo acariciándome el pelo.
– Eso ya lo hablaremos más adelante, tengo mucho que pensar, tomar decisiones importantes y tú, por ahora, no entras en mis planes. – contesté manteniéndome firme, al menos de momento, aunque sabía de sobras que ya estaba metida en un lío.
Nos abrazamos, nos besamos con ternura, luego le acompañé hasta la puerta y colocándose un casco rojo se subió a su motocicleta azul y se marchó.
Ahora tendría que poner en orden todos los sucesos de los últimos días, sobre todo de las últimas horas y, aunque ahora estaba mucho más tranquila, no tenía ni idea de que quería o debía hacer con mi vida sentimental.
En la soledad de la noche, la cama me pareció enorme, eché de menos a Abel, sus caricias de buenas noches, esos besos suaves y las conversaciones triviales de como nos había ido el día. La noche se hizo larga recordando todos los buenos momentos compartidos con él, comparando, sin querer, las sesiones de sexo con Dani.
Me levanté temprano dispuesta a prepararme para la vuelta al trabajo, segura de que una vez en la oficina no tendría tiempo de pensar en nada más.
Estaba desayunando en la cocina cuando llegaron Ramón y Teresa y mientras él inspeccionaba el jardín, Teresa empezó a ordenar la cocina. Al poco rato se acercó y me preguntó:
– ¿No te encuentras bien, África?
– Si, por supuesto. ¿Por qué me lo preguntas? – dije asombrada.
– Verás, llevas un demasiado tiempo removiendo el café, aún no te has comido las tostadas y parece ser que has derramado el zumo por la mesa – contestó visiblemente preocupada.
– Es que ayer me peleé con Abel y se fue a dormir a casa de sus padres – le informé vagamente, intentando no dar más explicaciones.
– Seguro que todo se arregla – quiso consolarme acariciándome la cabeza con cariño.
Sin embargo, había algo en esa mujer que me impedía mentirle, me conocía demasiado bien, hacía bastantes años que trabajaba en casa y era muy cariñosa, así que, sin poderlo
evitar, empecé a contar todo lo que había pasado en el refugio y el domingo por la mañana, cuidando de no mencionar a su hijo Dani para nada. Entonces, abrió su bolso y después de buscar en su interior, sacó un paquete de cartas y sonriendo musitó:
– Creo que ha llegado el momento de que te haga una tirada de Tarot.
– No hace falta, no creo en esas cosas – me apresuré a contestar.
Pero ella se había sentado enfrente de mí, había dispuesto un pequeño tapete estampado encima de la mesa y estaba barajando las cartas. A continuación, me ofreció el mazo pidiéndome que lo cortara.
Poco a poco, giró las cartas una a una colocándolas encima del tapete y, sin dejar que yo pudiese expresar mi opinión, empezó a predecir:
– Está muy claro, esa chica, Alicia, no es importante para él, no duraran, no obstante, es el detonante de una batalla que se está librando en su interior. Te quiere, pero necesita cambios en su vida y cree que Alicia puede ser la solución. Por otro lado, veo que tú también tienes dudas con respecto a vuestra relación. ¡Vaya! Vas a conocer a una persona que te demostrará lo que es el amor de verdad. Y hasta aquí puedo leer – terminó su predicción con un guiño mientras recogía las cartas.
Desconcertada por toda esa información que acababa de suministrarme gratuitamente, sin que yo se lo pidiese, miré el reloj y salté de la silla murmurando:
– Lo siento Teresa, se hace tarde y tengo que ir a trabajar.
Cuando llegué a la oficina encontré que el ambiente estaba tenso, la mayoría de mis compañeros estaban nerviosos y cuchicheaban entre ellos. Intenté dejar de lado este entorno tan tirante y me centré en encender el ordenador y estudiar la pila de carpetas que tenía encima de la mesa hasta que, entró Margarita, la Directora de Contabilidad y me preguntó:
– Buenos días África ¿Cómo han ido las vacaciones?
– Bien – mentí dedicándole una tímida sonrisa, sin atreverme a mirarla a los ojos por temor a que se diera cuenta de que no era del todo cierto.
– Oye, me he dado cuenta de que el personal está un poco nervioso. ¿Ocurre algo que deba saber? – pregunté sin más.
– Si, han ocurrido muchas cosas desde que te marchaste de vacaciones – contestó tapándose la boca con la mano.
– Anda, no será para tanto, no pueden pasar tantas cosas en una semana – increpé mirándola un poco asustada.
– Verás, la Junta Directiva ha contratado a una empresa para que haga una Auditoria. Hace meses que tenemos pérdidas y, por lo visto, es debido a que tenemos demasiado personal contratado, exceso de viajes, comidas, ferias y publicidad. Están haciendo recortes y han empezado por el personal, de momento han despedido a cinco personas y, como has podido comprobar, todos están atemorizados, preguntándose quién será el próximo.
Me quedé sin habla, intentando reorganizar mis ideas y un escalofrío recorrió mi cuerpo haciéndome estremecer. Sin embargo, estaba segura de que yo era imprescindible,
aunque, estoy segura de que la mayoría nos sentimos imprescindibles hasta que se demuestra lo contrario.
Se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era centrarme en mi trabajo para que, de esa forma, no tuviesen motivos para cuestionar mi puesto de trabajo. Durante toda la semana trabajamos todos bajo la presión de la empresa que efectuaba la auditoria, sintiéndonos como títeres movidos por un Dios invisible.
No conté a nadie mis problemas personales y, aunque tanto Abel como Dani intentaron contactar conmigo, me excusé alegando que tenía mucho trabajo y hasta el fin de semana no podríamos vernos.
Así pues, el viernes por la tarde, llegué a casa extenuada por el estrés de toda la semana, me puse ropa cómoda, me serví una copa de vino blanco y me senté en el jardín, intentando relajarme. De repente, oí unos ruidos detrás de la barbacoa, asustada me acerqué y me encontré a Dani, recogiendo ramas y hojas que luego colocaba en el compostador.
No pude evitar sonreír y él me correspondió, dejando la carga que llevaba y acercándose peligrosamente me abrazó, llenándome la cara de besos, mientras me decía lo mucho que me había echado de menos. Me gustó esa sensación de ser necesaria para alguien, después de una dura semana, del recuerdo de Abel, de Alicia y de él mismo, Dani, con quien había tenido una maravillosa sesión de sexo hacia algunos días.
Y allí estábamos, en el jardín, abrazados, besándonos y acariciándonos, cuando se oyó un ruido en la puerta de entrada y unos gritos:
– ¡África! ¿Estás en casa? – vociferó Abel, haciéndonos separar bruscamente.
– ¡Estoy aquí, Abel! – grité, dirigiéndome a toda prisa hacia la entrada para que no sospechase nada y no pudiese ver a Dani.
– He pensado que sería buena idea que cenáramos juntos para poder hablar – dijo mirándome a los ojos, esperando mi aprobación.
– Hubiese sido mejor que me hubieses llamado antes, he tenido una mala semana en la oficina y había pensado relajarme, ahora no me apetece hablar con nadie – respondí sinceramente, observando como Dani se escondía detrás de unos matorrales.
– Por favor, cariño, he venido expresamente, no podemos dejarlo, tenemos que hablar, aclarar la situación y cuanto antes mejor – insistió suplicando.
– De acuerdo, vamos dentro – cedí un poco disgustada.
Nos sentamos en el sofá y empezó a hablar:
– La verdad es que estoy hecho un lío. Sé que te quiero, pero no sé si es por rutina. Estoy conociendo a Alicia y quiero valorar las dos relaciones para poder decidir si seguimos juntos o nos separamos y me voy con ella. Necesito un tiempo para pensar.
Un nudo en la garganta me impidió hablar y, sin poder evitarlo, empecé a sollozar, al tiempo que pensaba qué estrategia debía seguir para convencerle de que se quedara conmigo, para que me diese una nueva oportunidad.
– Por favor, cariño, no llores, no quiero lastimarte, te tengo mucho aprecio y me duele verte sufrir. – dijo pasando su brazo sobre mis hombros, atrayéndome hacia su pecho al tiempo que me besaba suavemente en la frente.
– Si me quieres ¿por qué quieres dejarme? – me atreví a murmurar mientras me agazapaba en su cuerpo buscando su boca para fundirnos en un apasionado y dulce beso en la boca.
Intentando no pensar en nada le quité la ropa y él a mí para, a continuación, acoplarnos, juntos en el sofá, como muchas otras veces. Hicimos el amor como si fuese la última vez, lentamente, degustando cada movimiento, cada beso, cada caricia, fundiéndonos en un solo cuerpo para disfrutar al máximo hasta llegar al éxtasis.
Después, nos quedamos abrazados largo rato, hasta que sonó su móvil y se levantó presuroso mirando de quién era la llamada y luego contestó con una pregunta:
– ¿Cariño?
– Si, estoy en casa con África, he venido a buscar algunas cosas y hablar con ella – dijo evitando mi mirada.
– De acuerdo, preparo algunas cosas y salgo enseguida, nos podemos encontrar en la Pizzería en una hora – siguió explicándole.
– De acuerdo, un beso – termino diciendo para colgar y dejar el móvil encima de la mesita y vestirse rápidamente.
No me moví del sofá mientras él se apresuraba a vestirse para después besarme en la frente haciéndome sentir pequeña, utilizada y abandonada a la vez, entretanto él se justificaba diciendo:
– Lo siento mucho, África, no se como ha podido pasar. Estoy pasando por un mal momento en la oficina, ya sabes que tengo muchos problemas. Un día nos encontramos en una cafetería, por casualidad, sin planearlo, nos sentamos en una mesa, compartimos una caña y, sin darnos cuenta, conectamos. Cuando llegó la hora de despedirnos quedamos para el día siguiente, a la misma hora, en el mismo lugar y, casi sin querer, nos besamos. Me asusté, no quería que me gustase, pero no pude hacer nada, ella era como la brisa fresca de la mañana, me hacía sentir bien. Seguimos viéndonos, conociéndonos y planeamos las vacaciones de manera que ni tú ni Javi pudieseis sospechar nada. Te quiero, pero en este momento tengo la necesidad de seguir conociendo a Alicia, no sé todavía lo que siento por ella, pero me apetece averiguarlo. Creo que será mejor que me vaya una temporada y luego si las cosas van bien con ella ya veremos si nos divorciamos.
A partir del momento en que escuché “nos besamos”, un escalofrío recorrió mi cuerpo impidiéndome razonar y cuando oí “ya veremos si nos divorciamos” me sentí traicionada y le salté a la yugular gritando:
– ¿Pero tú que te has creído? ¿Qué crees que soy? Una cornuda de recambio a la que puedes volver si las cosas no van como te habías imaginado. ¡Ni lo sueñes! Si decides marcharte no hay vuelta atrás, nos divorciamos y ya está.
– Tranquilízate, cariño – intentó decir, sin embargo, yo no le dejé continuar y seguí gritando:
– Que me tranquilice, me dices que me tranquilice, pero tu ¿de qué vas?
– Intento explicarte como ha ido todo, por favor, tranquilízate – me pidió un poco asombrado, como si no esperase esta reacción por mi parte.
Mientras me sentaba en el sofá llorando él subió a nuestra habitación. Al cabo de unos minutos bajó con otra maleta y dejándola en el suelo, se acercó y me dijo:
– Cuando estés más tranquila nos volveremos a encontrar para hablar. Siento hacerte pasar por esto, pero necesito pensar, aclarar mis ideas y decidir.
Cuando se marchó, salí al jardín, inconscientemente busqué a Dani que, por suerte, ya se había ido. Miré el móvil pensando a quién podía pedir ayuda, Carmen y Rosa eran perfectas, así que les mandé un mensaje de voz y vinieron a pasar el fin de semana en casa, animándome y cuidando de mí.
No fue fácil levantarme el lunes para ir a la oficina, puesto que mi situación laboral estaba tan crítica como la sentimental. A media mañana me llamó Edu, el director de Recursos Humanos y me pidió que me presentara en su despacho. Edu siempre había sido un tipo raro y ahora, desde que las decisiones las tomaba la empresa que hacía la auditoria, él era un títere que solo se encargaba de despedir a aquellos que habían sido seleccionados, por lo que mis piernas temblaban mientras me dirigía hacía su despacho.
Me hizo sentar y a continuación empezó su discurso:
– Supongo que ya debes saber que la empresa está reduciendo gastos. Hemos estudiado detenidamente el cargo que desempeñas y hemos llegado a la conclusión que podemos prescindir de tu puesto. Por lo que he de comunicarte que a final de mes te daremos una indemnización, el finiquito y, por supuesto, cobrarás la prestación por desempleo. Lo siento África, pero son órdenes de Dirección.
– Por favor Edu, no puedes despedirme sin más. Seguramente habrá algún trabajo donde me puedas colocar, aunque sea en Recepción – supliqué.
– En Recepción había tres personas y ahora ya solo queda una, por lo que no hay nada más que hablar. Tienes suerte porque en Dirección están contentos con el trabajo que has realizado todos estos años y te darán una carta de recomendación, que te será muy útil para encontrar un nuevo trabajo. Creo que deberías estar contenta, algunos compañeros tuyos no han tenido tanta suerte – se justificó evitando mi mirada.
Confundida me quedé mirándole fijamente, sin saber qué hacer hasta que, mirándome de reojo dijo:
– Eso es todo, puedes volver a tu despacho, aprovecha para terminar las tareas que tengas empezadas porque antes de final de mes deberás dar explicaciones de todas ellas. Hasta luego.
Sin decir nada, me levanté y arrastrado levemente los pies me dirigí hacia la puerta y, como un robot, la abrí y salí al pasillo. Sin mirar a nadie me dirigí hacia mi despacho, me senté y, sin hacer nada, esperé a que fuese la hora de salir.
Si creía que mi vida era un caos, ahora había empeorado, así que, al salir, cogí el coche y conduje por la ciudad sin rumbo fijo, sin saber a donde ir, intentando no pensar en nada, con un gran vacío en mi interior.
Llegué a casa más temprano de lo habitual y cuando Teresa vio mi expresión desencajada enseguida se percató de que algo importante me ocurría, así que me preparó una infusión relajante, me hizo sentar en la mesa de la cocina y sentí la necesidad de contarle lo que había sucedido, tanto con Abel como en el trabajo.
Pacientemente me escuchó quejarme, llorar, gritar y luego, tranquilamente me aconsejó:
– Mi niña, déjame que te explique que todo pasa por algún motivo y estas señales te están indicando que ha llegado el momento de efectuar un cambio en tu vida. No dejes que esto te influya en negativo, al contrario, busca la parte positiva.
– ¿Y qué parte positiva hay en quedarse sin trabajo y sin marido? – pregunté lamentándome.
– Estoy segura de que puedes encontrar un trabajo mejor, pero creo que primero deberías aprovechar para darte unas merecidas vacaciones. ¿No te quejabas de que solo has podido disfrutar de una semana en todo el año? – siguió retándome.
– Y lo de Abel ¿cómo lo justificas? ¿Qué crees que debo hacer? – implore.
– Aunque ahora no te lo parece, nadie es imprescindible, puedes echar de menos a alguien, pero el tiempo lo cura todo, así que mi consejo es que hagas un buen viaje, tal vez un crucero relajante donde puedes conocer a personas muy increíbles que te ayudaran a enfrentarte a este mal momento para reemprender tu camino con más ganas y, seguramente, la suerte te acompañará. Deja fluir y disfruta de la vida. – expuso sonriendo mientras me besaba en la frente con cariño.
– Tal vez tienes razón, aprovecharé mis ahorros para hacer un viaje, tomarme un tiempo sabático y luego ya buscaré trabajo – contesté un poco insegura.
Así pues, en la oficina, acabé las tareas que tenía empezadas, buscar información sobre el viaje que emprendería y salir puntual para ir al gimnasio y relacionarme con aquellas personas que coincidían en mis clases de danza del vientre, zumba o spinning.
Una tarde me encontré a Javi que me esperaba a la salida del gimnasio y, aunque no tenía ganas de hablar con él decidí darle una oportunidad y escuché:
– Quiero que sepas que Alicia me quiere a mí y Abel es un pasatiempo del que se cansará, porque estamos destinados a vivir juntos para siempre. A veces tiene la necesidad de probar nuevos caminos, pero siempre vuelve porque me quiere y no encontrará a nadie que la perdone y le dé una nueva oportunidad. Así que tranquila podrás recuperarlo en unos meses.
Sonriendo tímidamente y sin decir nada más le dejé convencida de que nadie es imprescindible.
Cuando me sentí suficientemente fuerte hablé con Abel y acordamos vender la casa y separarnos.
Sin embargo, cuando Alicia se enteró decidió volver con Javi y Abel se quedó solo, así que me pidió que lo perdonase y que le acompañase a París donde lo han trasladado
como Director Financiero de la zona y, aunque una sombra de duda me hizo dudar le contesté que nuestra historia juntos había terminado y que no entraba en mis planes futuros, aunque estoy segura de que lo volverá a intentar.
A punto de embarcar de embarcar en un crucero en el que pasaré tres meses dando la vuelta alrededor del mundo, desde la cubierta del trasatlántico me despido de Dani que me ha acompañado con mi coche y me ha ayudado a cargar las maletas a bordo, eso si dejamos claro que entre nosotros hay una bonita amistad y buenos recuerdos de sesiones de sexo juvenil.
Por ahora no he pensado qué haré cuando vuelva de estas estupendas vacaciones, solamente he decidido vivir el presente y disfrutar.
FIN

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