LOIS SANS

Siempre he pensado que el nombre que tenemos destinado cuando nacemos marcará el curso de nuestra vida, posiblemente hará de guía en algunas decisiones importantes o quizás será la excusa para los errores que iremos cometiendo. Supongo que el hecho que mi abuela decidiera ponerme África, igual que ella, no ha facilitado mi trayectoria, ya que, desde pequeña, he tenido que soportar innumerables bromas, la mayoría bastante desagradables, pero que, estoy segura, han servido para formar y fortalecer mi carácter.
A punto de cumplir cuarenta tacos, estoy orgullosa de mi nombre, sin embargo, me cuesta bastante reconocer el cambio de década, cuando todavía no he conseguido superar el trauma de cumplir treinta.
Por suerte disfruto con mi trabajo en una importante empresa de servicios, sobre todo, desde hace un par de años cuando me ascendieron a Directora Adjunta, donde estoy tan entregada y ocupada que no tengo tiempo para compadecerme de nada, ni siquiera de la dura tarea de cumplir años.
Sé de sobra que, en mi empresa, estoy muy bien considerada, por eso me pagan un buen sueldo, aunque no estoy segura de que me compense con la cantidad de horas que tengo que trabajar, las reuniones que debo preparar y algunos viajes, pagados por la empresa, a los que me tengo que enfrentar. A pesar de todo, he de admitir, que me encanta ese trabajo.
Desde hace casi veinte años comparto mi vida sentimental con Abel. Es ejecutivo del sector bancario y está tan ocupado como yo. Así, pues, los fines de semana, vacaciones o cualquier día libre que surja los dedicamos a nuestros deportes favoritos, senderismo, alpinismo, escalada y esquí.
También intentó pasar algunas horas a la semana en el gimnasio donde voy a clases de zumba spinning o danza del vientre y que me sirven como entreno para los deportes al aire libre.
Siempre que podemos, disfrutamos visitando países de cualquier parte del mundo tanto para conocer sus ciudades como para escalar sus montañas o para esquiar en sus estaciones de esquí, priorizando el contacto con la naturaleza. Lógicamente, nuestros amigos tienen las mismas aficiones y, aunque la mayoría tiene hijos, siempre conseguimos un par de semanas al año para viajar todos juntos, como hace dos o tres años en que logramos un mes de vacaciones en junio y nos fuimos a Nueva Zelanda a esquiar, donde la temporada alta va desde junio a octubre. He de destacar que lo mejor de todo fue poder practicar heliesquí, cuando un helicóptero nos dejó en la cima de una montaña y pudimos descender por nieve virgen disfrutando de unos paisajes increíbles.
Aunque tanto mi familia como la de Abel, nos apremian para que tengamos un hijo, no nos lo hemos planteado nunca en serio, tal vez no tenemos desarrollado el instinto o, quizás, no hay lugar en nuestras vidas para ocuparnos de otra persona. Incluso cuando
estamos con los hijos de nuestros amigos me siento fuera de lugar, tal vez aún no se me ha despertado eso que llaman reloj biológico.
Por el momento nos hemos centrado en los bienes materiales como nuestra bonita casa con jardín y piscina en una buena zona de la ciudad, mi práctico todoterreno o el fantástico deportivo de Abel. Y, sobre todo, tenemos la suerte de contar con Ramón y Teresa, que se ocupan del mantenimiento de la casa, del jardín, incluso de hacernos la compra y cocinar para que, cuando lleguemos a casa, no tengamos que preocuparnos de las tareas domésticas.
Si bien estamos acostumbrados a compartir los viajes con nuestros amigos, en las últimas vacaciones de verano, debido a una serie de contratiempos laborales, Abel y yo solo coincidíamos una semana, así que decidimos ir a Gavarnie para subir al Monte Perdido por la Brecha de Roland, hacer vivac y, luego ascender al Marboré, al Casco y algún otro pico de la zona.
Javi y Alicia, una pareja joven, que hace unos meses se han unido a nuestro grupo, debido a que son vecinos de Jorge y María, también tenían vacaciones los mismos días y se sumaron a la expedición que estábamos organizando. He de confesar que no me apetecía demasiado que vinieran con nosotros, no sé si porque no los conocía demasiado, pero no pude negarme y nos animamos a preparar juntos una semana de vacaciones en plena naturaleza.
Los invitamos a cenar en nuestra casa para planificar la ruta, preparar el material necesario, organizar los menús y todo lo necesario para la excursión. Observé que eran una pareja un poco extraña, por una parte, parecía que por cualquier motivo se peleaban y gritaban, pero, por otro lado, al momento hacían las paces besándose y acariciándose acaloradamente, haciéndome sentir realmente incomoda.
Sin embargo, ya no había marcha atrás, todo estaba decidido, así que cuando llegó el día acordado, cargamos todo el material en mi todoterreno y salimos de la ciudad dispuestos a lanzarnos a la aventura.
La primera noche dormimos en un Hotel en Gavarnie. Nos levantamos temprano y, después de desayunar, subimos con el coche hasta Col de Tentes, situado al final de la carretera y que, desde Gavarnie, sube a Col du Boucharo (Bujaruelo)
Subimos hasta el collado, donde se divisa el refugio de Sarradets, en el cual íbamos a pasar la noche, con la cascada del Circo de Gavarnie al fondo y encima del refugio la gran Brecha de Roldan. Según dice la leyenda, las tropas de Carlomagno a su paso por Zaragoza estaban siendo aniquilados y, en su huida, Carlomagno vio que su sobrino Roldan había caído de caballo quedando inmóvil en el suelo por lo que todos le dieron por muerto abandonando su cuerpo entre la multitud de guerreros que habían perdido la vida allí mismo. Cuando Roldan salió de su estado inconsciente huyó con destino a tierras francesas perseguido por sus enemigos y, falto de fuerzas, llegó hasta Ordesa encontrándose que el Monte Perdido bloqueaba su paso, viéndose vencido no quiso que su espada “Durandal” cayera en manos musulmanas, así que la lanzó tan fuerte como pudo y en lugar de golpear contra aquella pared de piedras y caer al suelo, la atravesó creando una brecha que permitió a Roldan ver la tierra francesa antes de morir.
Admiramos el paisaje, fotografiamos la puesta de sol y nos hicimos selfis para compartirlos en las redes sociales, luego cenamos en el refugio y, después de repasar la ruta del día siguiente, decidimos ir a dormir, recordando que esta sería la última noche al abrigo de un refugio, puesto que los demás días teníamos pensado hacer vivac, debajo de alguna roca, en una cueva o, tal vez, bajo las estrellas.
Entramos en una habitación con varias literas comunitarias, donde nos acoplaríamos nosotros y otro grupo que había en el refugio. Javi subió a una litera superior y colocó su saco de dormir junto a la pared, a su lado Alicia, luego Abel y, finalmente, yo. A mi lado se colocó una chica de unos veinte años que formaba parte de un grupo de adolescentes que, sin ánimo de criticarles, los vi compartiendo unos porros cuando fui al baño.
Cansada por la ascensión me dormí enseguida. No sé cuánto tiempo pasó, pero me desperté repentinamente, percibiendo que Abel se movía mucho. Me giré para preguntarle qué pasaba y me quedé paralizada cuando creí oír besos, susurros y risitas apagadas. Sin atreverme a respirar, intenté interpretar cada ruido en medio de las respiraciones y ronquidos de los diferentes personajes que compartíamos la habitación. Abrí los ojos intentando descubrir exactamente qué estaba pasando a mi lado y cuando me acostumbré a la oscuridad vi las manos de Abel metidas en el saco de Alicia mientras se besaban y cuchicheaban riendo sin parar. Frustrada por el descubrimiento, no me atrevía a moverme, no sabía qué hacer. Paralizada por la incertidumbre, intentaba convencerme de que no era cierto, tal vez era una pesadilla de la que no podía despertar. Hasta ese momento, jamás me había planteado la posibilidad de que nuestro amor tuviese fecha de caducidad, me había imaginado que era para siempre, soñaba que envejeceríamos juntos, cogidos de la mano.
De repente, oí la vocecita suave y dulce de Alicia que, como una gata en celo susurraba:
– Deberíamos parar, este no es un buen momento ni el mejor lugar. Además, mañana tenemos que levantarnos temprano.
– Tienes razón. Un último beso y a dormir – contestó Abel dándole un sonoro beso en los labios, luego se giró hacia donde estaba yo y aprovechó para abrazarme.
En cuanto puso su brazo encima de mi cuerpo se me paró el corazón. El peso de ese brazo que había acariciado a la otra hacía unos instantes era insoportable para mí, me pesaba como si fuese de hierro. Una mezcla de odio y rencor se apoderó totalmente de mí y, aunque intenté evitarlo, comencé a sollozar, sorprendiendo a Abel que me miró extrañado mientras me susurraba al oído:
– ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
– He oído como os besabais, creí que todo iba bien entre nosotros. ¿Desde cuando estás con ella? – me atreví a preguntar entre sollozos.
– No es lo que piensas, yo te quiero a ti, ha sido la primera vez, no sé como ha ocurrido. Lo siento mucho – contestó cínicamente.
– Claro ella es más joven, no se me había ocurrido que pudieses estar cansado de mí – susurré tragándome las lágrimas.
– No digas tonterías. Te aseguró que no hay nada entre nosotros. Te quiero a ti, ya lo sabes. Mira, será mejor que intentemos descansar, mañana será un día duro y ellos están muy bien preparados y, como tú dices, son más jóvenes que nosotros. Tranquila, todo irá bien. Te quiero, de verdad – insistió, besándome en la mejilla, aunque yo sabía demasiado bien qué había escuchado y qué había percibido.
Al cabo de unos minutos le escuché respirar profundamente, el muy cabrón se durmió tranquilamente mientras yo me debatía en un infierno de dudas. Agotada por intentar luchar contra miles de pensamientos negativos, conseguí dormirme, no obstante tuve una horrible pesadilla en la que Javi, irónicamente, me decía que le gustaba mientras Alicia y Abel se enrollaban y acabábamos haciendo un intercambio de parejas, que, a mí, por supuesto, no me gustó.
Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y con la horrible sensación de que se me habían pegado los ojos, intentando quitarme de la cabeza esa horrible pesadilla. Cuando por fin logré abrirlos, vislumbre un débil rayo de luz que intentaba colarse por una esquina de la ventana y daba un poco de claridad a la habitación. Miré a mi lado, Abel seguía durmiendo a pierna suelta, a su lado, Alicia también dormía con una sonrisa en los labios y, a su lado, Javi, estaba girado de cara a la pared. Entonces recordé la noche anterior, cuando pillé a Abel besándose con Alicia, suspiré, cansada por no haber dormido lo suficiente, sintiéndome cabreada, desengañada y, a la vez, rechazada.
No podía seguir a su lado, escuchando su respiración acompasada, esa misma respiración que unos días antes me daba seguridad y me ayudaba a relajarme. Pensé en cómo puede cambiar la percepción de una situación en un momento, como puede cambiar el transcurso de una vida perfecta, o que, tal vez la creemos perfecta. En un arranque de rabia, me levanté, salí al baño que estaba en una pequeña habitación contigua. Cuando volví al refugio, uno de los guardias se había levantado y estaba preparando los desayunos.
Sentada en una mesa con la cabeza apoyada entre las manos, me llegó el aroma de un café con leche que me dejó el guardia y que no tenía demasiada buena pinta, si tuviese que ponerle nota le daría un tres, aunque sé de sobras que en esta parte del mundo no se puede pedir nada mejor
Mientras removía el azúcar, recordé la primera vez que Abel y yo hicimos el amor. Hacía poco tiempo que nos conocíamos, habíamos coincidido en algunas reuniones y en varias excursiones, puesto que teníamos varios amigos en común. Unos compañeros más mayores habían preparado una expedición de una semana en el Pirineo, pero al final todos se rajaron y solo podíamos ir él y yo, pero no nos echamos atrás y decidimos ir al Parque Nacional de Ordesa. Acampamos su pequeña tienda en el valle de Pineta, para poder salir al día siguiente con la ruta que habíamos preparado, sin embargo, por la noche empezó a llover de tal forma que se nos mojó todo, la ropa, la comida, el material, en fin, la tienda estaba encharcada y el paraje enfangado. Cuando se hizo de día, aún diluviando, fuimos a una Pensión en el precioso pueblo de Ainsa y pedimos una habitación. Luego entramos en la única tienda que había entonces para comprar algo de ropa. Después de cenar, en la intimidad de nuestra rustica habitación, exploramos
nuestros cuerpos por primera vez, disfrutando del sexo varias veces, como si fuese la última noche, como si no existiese el mañana.
Al levantar la cabeza le vi frente a mí, mirándome fijamente como si intentase adivinar mis pensamientos, se acercó, se sentó a mi lado, puso su brazo sobre mis hombros y, mientras me besaba en la mejilla, me dijo:
– ¿Cómo está mi Continente esta mañana? ¿A punto para disfrutar con la naturaleza?
No me podía creer que actuase como si no hubiese pasado nada, Continente es como me llama en la intimidad, es una broma que empezó a hacerme cuando nos conocimos y que nadie más conoce.
Un nudo en la garganta me impedía responder, así que seguí removiendo el café, disimulando que estaba concentrada en la tarea.
Continuamos así un buen rato, hasta que el guardián trajo otro café de esos que no saben a nada y entonces apareció Javi, sonriendo, como si fuese el mejor día de su vida, mientras decía:
– ¡Buenos días compañeros!
– ¡Buenos días! – contestó Abel alegremente mientras yo seguía callada, removiendo mi café.
– ¿Qué ocurre, África? ¿No te encuentras bien? – Preguntó Javi poniendo cara de preocupación.
– Estoy de puta madre – refunfuñé mientras me levantaba bruscamente, vertiendo los cafés encima de la mesa.
El guardián se acercó renegando, con una bayeta en la mano y se ocupó de limpiar la mesa que goteaba café con leche por una esquina, mientras yo salía del refugio y me sentaba en una roca debatiendo si debía seguir con la expedición o si era mejor coger todas mis cosas, mi todoterreno y largarme a casa. Cuando miré hacia la puerta los vi observándome y murmurando. Aunque no oía que decían me habría gustado escuchar las explicaciones de Abel.
A continuación, se acercó despacio y, quedándose enfrente, me miró fijamente y dijo:
– Siento mucho lo de anoche, cariño. Te juro que no volverá a ocurrir, de verdad. Te quiero. Créeme, por favor.
Mientras me hablaba, me cogió de las manos y tirando de mí, me levantó y rodeándome con sus fuertes brazos, me hizo sentir pequeña y protegida a la vez. Sin poder evitarlo empecé a llorar, sintiéndome vulnerable.
Él aprovechó ese momento de debilidad y me besó en los ojos, la nariz, los labios para, luego, fundirnos en un apasionado beso que me supo a gloria.
Desde la puerta, Javi aplaudió y gritó:
– ¡Va chicos! ¡Espabilad que se hace tarde y tenemos mucho camino por recorrer!
Alicia apareció a su lado y nos miró atónita y me sentí como si le hubiese quitado un juguete, que ella me había robado primero, como un juego de niñas. Entonces caí en la cuenta de que Abel no pertenece a nadie, es un adulto que puede decidir con quién ir y, sentí miedo, miedo a perderle, miedo a quedarme sola, a que me rechazase, a que me abandonase, miedo a la vida.
Entramos en el refugio, desayunamos junto con el grupo de adolescentes que durmieron en la misma habitación mientras les observaba intentando averiguar si escucharon nuestra movida.
Más tarde de lo que habíamos previsto empezamos a caminar dirección a la brecha, eso significaba que habría menos paradas de descanso o que serían más cortas si queríamos seguir con la ruta planificada.
El resto de la semana transcurrió sin ningún contratiempo, aunque me ocupé de no dejarles solos en ningún momento, aproveché para besar a Abel delante de los dos cada vez que pude y, sobre todo, cuando llegaba el momento de ir a dormir me encargaba de organizar la como nos colocaríamos, de forma que Abel y yo quedábamos a un lado o bien Alicia y yo quedábamos en medio de ellos dos. Parecía que todo estaba controlado y que todo iba según los planes previstos.
El viernes por la tarde habíamos conseguido nuestros propósitos y estábamos de vuelta al hotel, donde, por fin, nos relajamos con una merecida ducha, algo que se echa mucho de menos, cuando se está en plena naturaleza. Una vez estuvimos aseados y con ropa limpia, cenamos los cuatro en el restaurante del hotel y luego salimos a dar una vuelta por el pueblo, incluso nos apeteció entrar en un bar para tomar una copa y aprovechar para comentar algunas anécdotas, compartiendo las fotografías que habíamos hecho.
De vuelta al hotel, en la intimidad de nuestra habitación, Abel se dejó ir en la cama y yo aproveché para sentarme encima y besarle en el cuello, las orejas, los labios, luego le quité la ropa suavemente, mientras lamia lentamente cada parte de su cuerpo hasta llegar al pene, que esperaba enardecido y mi hábil lengua le hizo llegar al éxtasis. Después fue él quien recorrió mi cuerpo con su traviesa lengua. Seguimos así, dándonos placer hasta que, muy excitados, nos fundimos en un solo cuerpo para alcanzar de nuevo un potente orgasmo.
Abrazados, nos dormimos enseguida, sin embargo, no había pasado ni una hora que me desperté de un sobresalto, con un peso en el pecho, como si me faltase la respiración. Le miré, dormía plácidamente, con una sonrisa de satisfacción en los labios. Me levanté un poco mareada, fui al baño y me refresqué la cara observando unas feas ojeras bajo mis ojos, tal vez un poco tristes, temiendo que ese rato de sexo solo fuese un oasis en un largo desierto que debería atravesar, tenía una extraña premonición, temía que se acercaban cambios y no estaba segura de que me gustaran.
Llegamos a casa el sábado por la noche, cansados pero satisfechos de haber podido seguir con el plan que habíamos trazado en un principio. Decidimos pasar el domingo descansando, en el jardín y la piscina, puesto que el lunes deberíamos volver a la rutina de nuestros frenéticos trabajos. Menos mal que contaba con la ayuda de Teresa que vendría el lunes por la mañana y se ocuparía de poner la lavadora, la secadora y planchar la ropa.
El domingo me desperté temprano y me quedé a su lado observando como dormía, rozando suavemente con mi dedo su torso desnudo. Nuevamente, me asaltaron las dudas y el temor de perderle y, aunque no quería recordar la noche del refugio, no podía evitar darle vueltas, así que decidí levantarme y bajar a la cocina. Me preparé una infusión de té con menta y salí al jardín, paseando descalza por el césped, contemplando los árboles, las flores y el agua cristalina de la piscina, que me invitaba a tirarme y disfrutar del silencio de una mañana de domingo, así que aproveché para quitarme la ropa y me lancé, intentando no pensar en nada, solamente concentrándome en las brazadas, cada vez más rápidas.
Salí de la piscina jadeando por el esfuerzo y me estiré en una hamaca, dejándome acariciar por los suaves rayos de sol de primera hora, cerré los ojos, intentando no pensar en nada, concentrándome en la respiración. Cuando los volví a abrir, vi a un joven al otro lado de la piscina, barriendo las hojas del césped, mirándome descaradamente, con una preciosa sonrisa en los labios.
Avergonzada por mi desnudo, me metí en casa y subí corriendo a mi habitación, intentando no hacer ruido para no despertar a Abel. Sin embargo, cuando estaba a punto de entrar, le oí hablar en voz baja, casi susurrando:
– Claro preciosa, mañana nos vemos en la cafetería de siempre. Ahora no puedo hablar, está en el jardín, pero puede entrar en cualquier momento. Vale, de acuerdo, mañana lo hablamos y decidimos que hacemos.
Irritada y disgustada, entré bruscamente, cogí su teléfono, lo tiré con fuerza al suelo y grité:
– ¿Y ahora que me cuentas? Así que no es importante para ti. Creía que me querías.
– ¿Qué haces? ¡Loca! – dijo recogiendo el teléfono y mirándolo detenidamente, intentando comprobar si solamente se había roto el cristal protector.
– ¡Dime la verdad! – seguí gritando.
– ¿Desde cuando estás con ella? – continué preguntando a voz de grito.
– Lo siento, África, lo siento mucho, no sé como ha pasado, bueno, en realidad no ha pasado nada, solo nos hemos besado, pero te juro que no ha habido nada más.
Me apresuré a vestirme mientras observaba todos sus movimientos, sin embargo, seguía cabizbajo, seguramente se sentía culpable y no se atrevía a mirarme. Después de un incómodo silencio dijo:
– Sé que ahora no puedes creerme, pero no ha pasado nada, aunque reconozco que necesito aclararme. Creo que será mejor que me vaya a casa de mis padres y cuando estés más tranquila ya hablaremos. Has sido muy importante en mi vida y no quiero llegar a odiarte.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar la última palabra, así que, temblando me senté al borde de la cama, tapándome la cara con las manos, escuchando como abría una maleta donde iba colocando ropa y algunas de sus cosas.
Pasaron unos minutos que se hicieron eternos, cerró su maleta y se acercó, cogiéndome de las manos me acercó a su cuerpo y me abrazó, besándome en la mejilla mientras me decía:
– Será mejor así, si sigo aquí nos haremos daño. Estoy hecho un lío y necesito pensar. Tranquilízate, por favor. Ya hablaremos.
No me moví, ni siquiera contesté, por el rabillo del ojo vi como cogía su maleta y salía presuroso de la habitación.
Corrí hacia la ventana para confirmar que subía a su deportivo y salía de casa, dejando un gran vacío en mi interior, sintiéndome, por primera vez en mi vida, rechazada, sin saber si lo amaba o lo odiaba, si quería recuperarlo o no quería verle más.

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