LOBACO

 

Veo a la gente desde aquí abajo, la franja difusa del horizonte. Veo la inmensa pared de hormigón que encierra el río para doblegarlo, pero no le veo a él. Desde la más profunda negrura veo la luna reflejarse en las gélidas aguas. Ambas me envuelven y ninguna me espanta como lo me espanta él.

Escucho las voces histéricas y distorsionadas, ininteligibles desde la distancia que llegan hasta el agua, a él tampoco le escucho. Solo le presiento, sé que anda muy cerca y no va a perdonarme el haber invadido sus dominios. Despertar a un dragón siempre fue peligroso y el brazo partido y la cabeza aturdida todavía más.

No puedo moverme para no delatar mi posición exacta, no debo temerle para que no pueda oler mi miedo. Si no ha podido descubrirme hasta ahora no cambiaré nada para seguir invisibles a sus sentidos. Unos sentidos tan desarrollados como los míos que siempre le advierten de algo.

Por desgracia los míos  terminan de decirme que ya viene, que algo ha debido delatarme y que ya estoy perdido.

El viejo caimán viene a por su cena.

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