ANNABEL VÁZQUEZ

Adiós

 

Edgar Walter Blanch, hombre caucásico de treinta y ocho años, británico. Padre inglés y madre española residente en Escocia. No había más información útil acerca de él. Ninguna foto. Nada.

No tardé en constatar que era un hombre hermético y muy receloso con su intimidad, ajeno a redes sociales, entrevistas y apariciones públicas. En internet no había nada que pudiera ayudarme a hacerme una idea de cómo era, y confieso que eso me desilusionó bastante.

«¡¿Cómo alguien podía mantenerse al margen de las nuevas tecnologías en pleno siglo XXI!?  ¡No era normal! Ni faceboock, ni instagram, nada».

Edgar Walter era un fantasma, un fantasma que invertía un gran esfuerzo en que su imagen no se difundiera por ningún medio público, ni siquiera sus entrevistas se hacían en persona.

Por otra parte sí encontré centenares de artículos acerca de sus logros profesionales. A esas alturas las empresas de Edgar se habían multiplicado tanto como su patrimonio y era un hombre muy respetado por altos empresarios de la comunidad inglesa, incluso de otros países.

De sus orígenes se decía que había fundado con éxito una banca privada de inversión en cuanto se graduó en la universidad. A partir de ahí había ido ampliando su empresa y diversificando su cartera de negocios, que incluía un banco hipotecario, compañías de seguros, fondos de inversión, negociación de valores, gestión patrimonial e inversión en subastas de arte y preservación del patrimonio histórico, entre otros proyectos. Lo había manejado todo con inflexible determinación, atención precisa a su organización e insaciable ambición de poder.

Debí haber prestado más atención a esos detalles, eran la pista de la personalidad que se escondía en las sombreas, pero lo que más me importaba en ese momento, era poner rostro al desconocido que había irrumpido como un tsunami en mi vida. Por alguna razón sentía que todo lo demás podía esperar, ya que una sola mirada bastaría para aclarar muchas de mis dudas.

 

Durante los días siguientes a la firma del contrato, diferentes hombres vinieron para ayudarme a tramitar el papeleo, dado que tendría que residir oficialmente en otro país, debía dejar bien cerrado un capítulo de mi vida para empezar otro. En todo ese tiempo pregunté sobre la secreta identidad de mi marido a todas las personas que venían en su nombre, pero nadie parecía dispuesto a ofrecerme respuestas y las preguntas no hicieron más que amontonarse generándome mucha ansiedad. Lo más inquietante era que físicamente nadie pudo ofrecerme información alguna, ni siquiera las personas que trataban directamente con él, y vale, después de haber llegado hasta ahí, dudaba que ese aspecto fuese relevante, pero me inquietaba no poder poner rostro al hombre con el que me había unido durante veinticinco años, no lo veía justo y mi mente se encargó en ponerse en lo peor.

Pero por encima de todo, el aspecto más escabroso, el que conseguía quitarme el sueño por las noches, era que no podía entender por más que lo intentaba, cómo Edgar Walter, un hombre poderoso que tenía cuanto podía desear, decidió ayudar a mi familia sin reparo alguno poniendo como única condición que contrajera matrimonio con él.

¡¿Quién en su sano juicio querría casarse conmigo sin saber nada de mí?! ¡Pero si yo nunca he tenido nada, ni siquiera una habilidad especial! No era más que una chica joven, inexperta, desorganizada y llena de problemas. Además, por lo poco que había visto, era completamente opuesta a él y a todo su mundo.

Me derrumbé varias veces pensando que había cometido una estupidez, pero era demasiado tarde para emendar mi error, y cuando lograba mínimamente sobreponerme y ver las cosas desde su objetividad, volvía revivir los miedos, las dudas e inseguridades que intentaba enterrar a toda costa. Tampoco ayudaba demasiado el hecho de que no mostrara el mínimo interés en mí, en intentar conocerme y establecer cualquier tipo de vínculo, por ínfimo que fuese.

Todo el asunto me descolocaba por completo y me infundía un inconmensurable pavor. Por suerte, en los últimos meses había aprendido bien a enmascarar mis sentimientos y aceptar que esa decisión era meramente un trámite para conseguir un fin. Haber firmado esos papeles había beneficiado a mi familia y había solucionado muchos de los problemas que por mí misma era incapaz de resolver, pues carecía de medios.

 

—Supongo que ya está todo, ¿verdad, hija?

Miré a mi padre con ternura, tal vez esta sería la última vez que le vería tan lúcido, y eso era algo en lo que no dejaba de pensar, en lo injusta que habían sido nuestras vidas y lo mucho que habíamos sufrido todos. Pocos sabían la verdad acerca de nuestros problemas, y los rumores malintencionados estaban a la orden del día. Pero eso era algo que no podía controlar. Por otra parte, sí podía hacer que de ahora en adelante mi familia tuviera un futuro plácido y tranquilo. Pensar eso dotaba de cordura todas las decisiones que había tomado hasta la fecha, y ya no me parecía tan alocada la idea de sacrificarme por el bien común de mi familia, pues técnicamente era lo único que tenía.

—Debo irme, papá, pero no estarás solo mucho tiempo, pronto Marcos regresará a casa contigo.

—Marcos… ¿cómo está mi muchacho? ¿Ha marcado otro gol?

Contuve el llanto y asentí con la cabeza sin entrar en detalles. Desde que murió mamá, ingresaron a Marcos en el hospital, mi padre perdió su negocio familiar por una mala gestión y embargaron nuestra casa, él no ha vuelto a ser el mismo. Era como si su cerebro hubiese hecho un “crac” desviándose del camino correcto. Los días los pasaba ausente en su habitación, sentado sobre la cama con las manos en las rodillas, mirando fijamente un punto en la pared sin moverse. Solo había que verle para ver el sufrimiento más infinito grabado en sus ojos grises, un hombre que hace unos años fue un pilar fundamental para esta familia, ahora permanecía sumido en su propia locura, siendo engullido por una enfermedad que avanzaba a pasos agigantados alejándole cada vez más del hombre fuerte que siempre fue.

 

—Griselda te cuidará para que no te falta nada –le dije recogiendo mi equipaje de mano del suelo.

—Ya verás que contenta se pone tu madre cuando le diga que su hijo ha vuelto a marcar. Este niño tiene madera, en cuanto le vea un ojeador le fichará sin dudarlo. Por cierto, ¿dónde está tu madre? Alguien tiene que decírselo…

Me acerqué a mi padre conmovida por sus palabras para besar su mejilla repleta de arrugas; su aspecto también se había marchitado.

—Te quiero, papá.

—Yo también, polvorilla, todos te queremos.

Le miré una última vez más y mis ojos se llenaron de lágrimas. Siempre añoraría el sobrenombre que con tanta frecuencia salía de sus labios: “polvorilla”. Mi padre solía decir que era una niña tremendamente inquieta, cualquier cosa me provocaba y me aceleraba sobre manera, que era altamente inflamable como la pólvora y así me lo hacía saber con su cariñoso apodo.  Nadie me conocía mejor que él.

Mientras mi padre se alejaba y regresaba a la cama para sentarse en el borde del colchón, mirando fijamente la pared de su dormitorio, yo no hacía más que preguntarme si alguna vez podría recuperarle. Le echaba tanto de menos…

—Le acompaño a la puerta, señorita –dijo Griselda, haciendo ademán de coger mi equipaje.

—Gracias por ocuparte de todo, recibirás los pagos puntualmente y sobre todo, no te olvides de informarme cuando Marcos vuelva a casa. Quiero estar al corriente de su rehabilitación y cualquier cosa que precise él o mi padre yo…

—No se preocupe –me tranquilizó sonriéndome–, hemos adaptado la casa a sus necesidades y los mejores terapeutas siguen de cerca su caso, estoy convencida de que mejorará.

—Eso espero –deseé de corazón.

Griselda me abrazó con fuerza frente a la puerta de entrada. El taxi encargado de llevarme al aeropuerto ya estaba preparado y ahora sí debía decir definitivamente adiós a mi hogar, a los míos…

Me subí al vehículo y miré distraída por la ventanilla. Barcelona me parecía hermosa con la luz anaranjada que bañaba los altos edificios al atardecer, ese sería el último recuerdo que guardaría de la etapa más importante de mi vida. No quería decir que jamás volviera a mi ciudad, pero sabía que no serían más que visitas esporádicas, durante veinticinco años, mi residencia oficial estaría en Escocia.

Saqué mi cámara de fotos predilecta de la maleta, una Réflex SLR analógica que había sido de mi padre cuando era joven, e hice la instantánea de mi ciudad en movimiento a través de la ventanilla del coche. Intenté captar la estela luminosa que dejaban la multitud de colores a medida que los dejábamos atrás, parecían deshacerse por el camino, llegando incluso a desintegrar la solidez de los edificios. Fue irremediable sentir una punzada de nostalgia en lo más profundo del corazón; echaría de menos todo aquello.

El pitido proveniente de mi teléfono móvil desvió el rumbo de mis pensamientos y me apresuré a abrir el mensaje.

 

«¡Diana! jamás perdonaré que no me hayas dejado ir a despedirte, no dejo de pensar en ti y… bueno, no quiero ponerme sentimental, recuerda que me has prometido mantenerme informada de todo, así que espero noticias tuyas en cuanto pongas un pie en tierra».

 

Sonreí tras el mensaje de mi mejor amiga, Emma. Sería una de esas personas a las que siempre echaría de menos.

Cerré los ojos unos instantes para permitirme el lujo de pensar en ella:

 

—No puedo hacer otra cosa, Emma, es la única salida que tengo.

—Pero… ¡joder¡ ¡Tienes veinticinco años! Además, ni siquiera le conoces, lo más seguro es que sea un loco de esos con dinero que…

—Emma… –susurré liberando las lágrimas que tanto empeño había puesto en retener–, estoy muy asustada y no sé lo que va a pasar, solo sé que él lo está arreglando todo, si no fuera por lo que ha hecho por mi familia no sé cómo…

—Shhhh… –siseó mi amiga dándome un fuerte abrazo–, tienes razón, perdona por hablar más de la cuenta, la verdad es que no conocemos a ese hombre para juzgarle. Nadie puede negar que te ha ayudado como nadie más ha podido hacerlo, solo por eso se merece un voto de confianza –emitió un suspiro–. Debe ser un hombre bueno.

—¿Tu crees? –dije separándome ligeramente de ella.

—Tiene que serlo –confirmó tajante–, aunque tanta prisa por casarse… –meneó la cabeza confusa– ¡encima sin conocerte! ¡Coño, ¿qué le hubiese costado una cenita romántica primero?!

Rompí a reír enjugándome las lágrimas al mismo tiempo, Emma siempre conseguía sacarme una sonrisa en el momento oportuno.

—Ahora en serio –insistió poniéndose seria–, ¿Por qué quiere correr tanto? ¿No crees que es algo pronto para una boda?

Me encogí de hombros.

—Supongo que quiere asegurarse que cumplo mi palabra antes de seguir ayudándome, tendrá miedo de que cuando solucione todos los problemas que acumula mi familia, no quiera seguir con esto… en cierto modo, le entiendo.

Emma hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Bueno, entonces solo nos queda ver las cosas con positivismo –sentenció estirando su cuello al máximo–, creo que es un misterioso príncipe escocés, tan jodidamente guapo y famoso que no puede salir de su castillo por la persecución de los paparazis. La única forma de conocer a una chica decente es así, manteniendo su anonimato.

Solté una fuerte risotada.

—Creo que se te va la cabeza –sentencié tumbándome sobre su cama boca arriba.

—Si lo prefieres también tengo la versión del psicópata homicida –dijo imitando mi gesto.

—Si no te importa, me quedo con la del príncipe escocés. Soñar es gratis.

—Yo también –reconoció mirando el techo de su habitación–. Seguro que es pelirrojo –se hizo un pequeño silencio–. Cuando lo conozcas no te olvides de mirarle ahí abajo, a ver si todo el vello de su cuerpo conserva el mismo tono rojizo.

Le di un leve empujón sin dejar de reír.

—¡No digas esas cosas! –reproché, avergonzada.

—Es una curiosidad que tenemos todos los humanos, los pelirrojos son tan escasos que… –interrumpió de repente su discurso– Por cierto, sigues tomando la píldora, ¿verdad?

—¡Emma! –grité.

Se echó a reír.

—Es solo una broma –se disculpó alzando las manos.

Negué con despreocupación, pero sus bromas consiguieron dejarme intranquila.

—Estás como una cabra, ¿lo sabías?

—No tanto como tú, Diana, no tanto como tú…

 

—Ya hemos llegado, señora.

Parpadeé aturdida varias veces y cogí una enorme bocanada de aire; había llegado el momento para el que me había estado preparando los últimos meses.

Una vez en el avión, dejé la mente completamente en blanco. Me centré en las instrucciones de las azafatas y escuché los temas de conversación livianos de los pasajeros más próximos.

Todo el mundo hizo silencio cuando el piloto informó por megafonía la ruta de vuelo estipulada y el clima favorable que ayudaría a que fuese una travesía tranquila y amena. Me gustó la familiaridad con la que el comandante James Orwell se presentó al pasaje. Sin saber por qué consiguió transmitirme una enorme tranquilidad y eso era lo único que necesitaba en ese momento.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s