ANNABEL VÁZQUEZ

Ocho años antes

El contrato

 

Aquello no estaba pasando.

Me negaba a creer que estuviera ocurriendo de verdad.

Si hace un año alguien me hubiera dicho que acabaría en la lúgubre habitación del despacho de un notario, a punto de firmar un matrimonio de conveniencia con un hombre al que no conozco, posiblemente pensaría que esa persona no estaba bien de la cabeza; sin embargo, ahí me encontraba, repasando las múltiples cláusulas que iban a condenarme de por vida.

—Las condiciones de este contrato prescriben dentro de veinticinco años, si transcurrido ese tiempo usted quiere tomar un camino diferente estará en su derecho de hacerlo sin tener que hacer frente a la deuda.

Levanté la vista del papel para mirar al notario con la expresión más seria que pude mostrar.

—De aquí veinticinco años tendré cincuenta. ¿Cree que servirá de algo el camino que tome a partir de entonces?

—No lo sé, señorita, únicamente me veo en la obligación de informarle punto por punto de todas las condiciones del acuerdo, la decisión es suya. No está sometida a coacción, puede negarse y no le pasará nada.

Suspiré con resignación y pasé una página del enorme dossier que había depositado en la mesa frente a mí.

—Bien –continuó señalando los puntos clave con su bolígrafo plateado–, cuando se haga efectivo su matrimonio irá a vivir a la residencia de E. Walter Blanch, en Escocia. Allí dispondrá de total libertad para disfrutar de la finca de dos mil setecientos metros cuadrados. Todos sus gastos estarán cubiertos desde el primer momento y jamás se le privará de ningún privilegio. Ahora, si presta atención al segundo apartado… –pasó una página del grueso dossier y señaló el párrafo que pretendía explicar con más detalle–habrá una serie de condiciones que debe cumplir.

—¿Más condiciones? –el joven notario frunció los labios y emitió un leve suspiro, pero decidió obviar mi comentario y continuar con su cometido.

—La primera y más importante es que será fiel a su futuro esposo y bajo ningún concepto podrá mantener relaciones extramatrimoniales con otras personas. Tampoco podrá abandonar la residencia sin consentimiento de su esposo, deberá cumplir estas cláusulas durante un periodo mínimo de veinticinco años, de no ser así, el señor Walter podrá demandarla y se verá obligada a pagar una elevada suma que equivale al total de todos los gastos invertidos hasta la fecha y a partir de ahora. En caso de no poder asumir dicha deuda, se procederá al embargo de la residencia familiar ubicada en Barcelona, así como todos los bienes adquiridos, e incluso podría ir a la cárcel por incumplimiento de contrato un periodo mínimo de cinco años y no superior a diez.

—¡Esto es una locura! –exclamé dejándome caer bruscamente contra el respaldo de la silla– ¡Ni siquiera conozco a ese hombre! Podría ser un degenerado y me vería obligada a estar esclavizada de por vida –alcé la mirada para encontrarme con los expresivos ojos negros del notario–. Le he buscado, ¿vale? He estado buscando en internet y no hay un solo perfil que corresponda a ese nombre, solo vaga información proporcionada por la prensa acerca de sus negocios y que tiene treinta y ocho años, ¡trece años más que yo! ¿Sabe usted lo que es eso?

—Entiendo que hay una diferencia de edad y… supongo que puedo comprenderla –alegó intentando ponerse en mi lugar–, por eso insisto que si no acepta no habrá ninguna repercusión para usted, es más, está en todo su derecho.

—Sí, pero si renuncio mi… –me mordí el labio inferior, no estaba segura de querer descubrir ese detalle, el detalle más importante de mi vida, el que me había arrastrado irremisiblemente a esa situación– lo siento –me resigné con pesar–, tiene razón, siga con las condiciones, por favor.

El notario asintió y siguió hablando durante horas, pero yo ya estaba en otro lugar, mi mente se encargó de trasladarse a mi breve etapa universitaria, esos serían a partir de ahora la mejor época de mi vida. Con este acuerdo todo lo que conocía, había acabado. Ahora me veía empujada a sobrevivir en un futuro incierto, lejos de mis amigos, de mi familia… lejos de todo lo que amaba.

Contuve  las ganas de llorar y me centré en uno de los pocos momentos felices de mi pasado:

 

—¡Marcos, cógeme! –dije intentando aguantar el equilibrio sobre la tabla de surf.

—Esto lo tienes superado, hermanita, procura no caerte, aguanta al menos hasta que te saque una foto.

—¡Maldita sea, Marcos, estoy a punto de carme! ¡No me sueltes!

Marcos rió y me dejó sola, intentando sortear las leves sacudidas de las olas que amenazaban con tumbar mi tabla.

—Preparada…, lista… ¡ya! –sacó la instantánea y mi cuerpo se desplomó como un castillo de naipes quedando sepultado bajo el agua.

Los brazos fuertes de Marcos me sujetaron haciéndome emerger hacia la superficie, cogí una enorme bocanada de aire y empecé a reír de su cara de susto.

—¡Ves! Te dije que me caería.

—Al menos he podido sacarte la foto antes de que lo hicieras–cogió la cámara para mostrármela con orgullo–, vaya –suspiró resignado–, pues no ha salido.

Empezamos a reír con complicidad, y es que mi hermano y yo siempre habíamos estado muy unidos, junto a él me sentía protegida y tan querida… No hacía falta que me lo pidiera, siempre supe, incluso antes de ese instante, que habría hecho cualquier cosa por él.

Nuestra felicidad se interrumpió cuando Marcos se centró en dos figuras masculinas que se acercaban desde la lejanía, se puso tenso y me apartó antes de empezar a caminar hacia la orilla.

—¿Qué ocurre? –requerí extrañada por su repentino cambio de humor.

—Nada –me miró con una sonrisa afectada–, quédate ahí, ¿quieres? Enseguida vuelvo.

Marcos siguió a esos hombres con la mirada mientras yo los estudiaba desde la lejanía. ¿Quiénes eran? ¿Por qué le buscaban? ¿Por qué él parecía tan tenso? Había muchas cosas que desconocía en ese momento, y no podía negar que inmersa en mi ignorancia, era feliz. Pero esa felicidad no duró mucho, un par de semanas después descubrí que el mundo idílico que había a mi alrededor no era tan perfecto como creía, y que Marcos, mi adorado hermano, tampoco era la persona que creía.

 

—¿Entiende todo lo que le he dicho? –la voz del notario me hizo reaccionar y regresar al presente.

—Perdón, ¿qué decía?

—Decía que esas son todas las condiciones del acuerdo, si quiere un tiempo para pensárselo y revisar a conciencia el contrato, estaré encantado de citarla en otro momento.

—No, ehhh… creo que no hace falta –asentí con convencimiento y arrebaté el bolígrafo de su mano, dispuesta a firmar.

—Señorita, ¿está completamente segura de lo que va a hacer, verdad? ¿Necesita que profundicemos un poco más sobre algún punto en particular?

—No hará falta, gracias. La decisión ya está tomada.

Estampé mi rúbrica en todos y cada uno de los documentos y le entregué el dossier con rapidez. Cuanto menos vueltas le diera, mejor.

El notario adjuntó a ese documento el informe psicológico al que tuve que someterme días antes para certificar que el contrato había sido firmado en pleno uso de mis facultades mentales, otra esteticidad más del hombre sin rostro que pretendía convertirme en su esposa los próximos veinticinco años.

—Le entregaré una copia lo antes posible, en cuanto el juez lo apruebe, y… mi más sincera enhorabuena– dijo dibujando una forzada sonrisa en su rostro afable–, a partir de ahora será la señora Walter.

Apreté los labios con fuerza, no quería derrumbarme mostrando mi debilidad.

—Así que eso es todo –terminé levantándome de mi asiento–, desde este momento dejaré de ser una mujer libre.

El joven notario me miró, y seguidamente siguió guardando los documentos en su cartera, colocándolos meticulosamente en su interior para que no se arrugaran.

—¿Sabe una cosa? –preguntó centrando su atención en lo que estaba haciendo– James Mullen dijo una vez que la libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de las propias decisiones. Usted ha decidido libremente cómo enfocar su vida y si por algún motivo desea tomar un camino distinto al que ha emprendido, siempre puede retroceder –terminó de guardar los papeles y me miró con mucho interés–. Un trozo de papel no es una cadena, ni siquiera el dinero lo es.

Me sonrió con amabilidad y abandonó la habitación dejándome a solas. No pude contener por más tiempo las emociones y como una niña pequeña, derramé las lágrimas que había estado reprimiendo durante toda la mañana. Simplemente dejé que los sentimientos afloraran como un fresco torrente invadiendo mi rostro, aceptando, como el notario había dicho, las consecuencias que implicaba mi decisión, consciente de que aunque había vuelta atrás, a partir de ese momento nada volvería a ser igual.

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