MOISÉS ESTÉVEZ

Un gran charco de sangre presidía el pequeño salón de la cabaña, esto
unido al posterior análisis de aquella, confirmaría que se trataba del lugar
donde se cometió el crimen.
No se cumplieron los deseos de la pareja de detectives, y el homicida no
había dejado ni rastro. No encontraron huellas, ni casquillos, nada parecía
estar fuera de lugar, ni pisadas, ni rodadas de vehículos en el exterior.
– ¿Cómo trasladaría el asesino el cadáver a aquel lejano callejón de la
ciudad? – Se preguntaba Mike. Y los mas curioso, ¿para que trasladarlo?
Su compañera telepáticamente, a la vez que registraba los cajones de
una pequeña cómoda, no podía evitar hacerse las mismas preguntas.
El día fue un tanto infructuoso desde el punto de vista de la
investigación, y algo jodido por las presiones que recibían por parte del capitán,
a pesar de las pocas horas que habían transcurrido desde que la víctima
apareciera con el certero tiro en la cabeza.
No tenían duda que aquello era obra de un profesional y seguramente
por encargo.
A la mañana siguiente obtuvieron las respuestas a algunas de las
preguntas que se hacían mentalmente, y es que la noticia del asesinato era
portada de todos los periódicos.

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