LOBACO

Hacía ya dos semanas que el temporizador de la luz de la escalera se había roto, Era raro era que mis artrósicas piernas pudieran subir cada piso con el escaso lapso de tiempo que brindada el “aparatejo” descompuesto.

Mi finca tan vieja y decrépita como yo daba cobijo a toda suerte de maleantes que buscaban refugio en la sordidez del suburbio. Por lo que las broncas y peleas estaban a la orden del día. Nunca había corrido la sangre en abundancia pero con la llegada de los nuevos inquilinos, sus negocios y amistades poco iba a tardar en llegar las cosas a mayores.

Fue al llegar a su puerta cuando reparé en que estaba entreabierta en el mismo instante en que se fue la luz. Antes de poder reaccionar estallaron dos truenos y dos relámpagos que alumbraron todo el descansillo por la estrecha rendija seguidos del desplomarse de un gran peso sobre el suelo.

Helado, con la sangre estallando en mis venas temiendo reventarlas por la excesiva presión. La boca seca y el miedo en las sienes clavando la vista en la ciega oscuridad donde suponía se encontraba el pulsador de la luz. Con la inútil esperanza de que nadie la encendiera y así me sirviera de camuflaje hasta alcanzar la puerta de mi piso.

Pasos que se acercan y el corazón que se me para al escuchar voces en el patio y encender la luz de repente para iluminar el rostro más horripilante que había visto jamás. Un rostro duro, embrutecido y carcelario que me apuntaba con una pistola desde la puerta de mi finado vecino.

 

 

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