GAMBITO DANÉS

A mis casi dieciséis años nunca he notado gran diferencia con el resto de la gente. Criado en una familia monoparental, mi madre Georgina de treinta y ocho años, pero muy ayudados por mis abuelos, sus padres. Siempre pendientes de nosotros y dispuestos a echar una mano. Quizás la mayor rareza radica en mi madre, debido en gran medida, a su difícilmente explicable trastorno. Sabemos muy poco del Autismo. ¿Qué es el TEA (trastorno del espectro autista)? Lo cierto es que no es mucho lo que se sabe a día de hoy. Y mucho menos el ciudadano de a pie, demasiado influenciado por películas como Rain Man, que se centra en el caso menos común de los autistas. En el estereotipo del autista con muy baja funcionalidad pero una alta capacidad en una materia determinada. Los tontos inteligentes, dicen en el film. Lo cierto es que dos personas con TEA pueden ser tan diferentes entre sí como dos personas, digamos, “normales”. Todo depende del grado, la educación y, simplemente, su carácter. Mi madre tenía los rasgos más típicos del trastorno pero a su vez rompía con mucho de sus mitos.

No tenía retraso cognitivo, algo muy frecuente entre las personas con TEA, pero tampoco una sobrehumana capacidad en algo determinado. Sí era obsesiva y muy concienzuda con lo que le gustaba, lo que la convertía en una gran profesional. Eso es un rasgo muy típico del trastorno, una gran capacidad de concentración en lo que les interesa y absoluto desprecio por lo que no. No era una persona empática emocionalmente, pero sí lo era racionalmente. Había aprendido con los años a combatir o disimular sus carencias sociales. Incluso no necesitaba de una estricta rutina para subsistir siendo capaz, incluso, de improvisar. Desde siempre le había interesado la psicología, especializándose en este terreno probablemente con la esperanza de comprenderse a sí misma mejor. Pero obviamente nunca pudo ejercer, dedicándose finalmente a la enseñanza de Ciencias Sociales en un colegio concertado. Rara vez era capaz de mirarte a los ojos, ni siquiera cuando te hablaba directamente, sin embargo gracias a todos sus conocimientos detectaba con sorprendente eficacia los estados anímicos de las personas.

Por lo que a mí respecta yo supe de su estado desde que tengo uso de razón y, debo afirmar con orgullo, que siempre fue una buena madre. Quizás lo más curioso estaba en los pequeños detalles, la señorita Georgina Quesada era incapaz de mentir, podía ser hirientemente sincera y, en cierto modo, pecaba de cierta inocencia. Pero nunca podías saber hasta qué punto era consciente de algo por culpa de su incapacidad para expresar con los gestos o la expresión de su cara. Tan solo una vez pregunté por mi padre, cuando tenía once años. La respuesta jamás la olvidaré: “Tu padre era un compañero de clase de la facultad de psicología, nunca quiso tener un hijo ni hacerse cargo de ti. Tampoco estaba interesado en mí como persona, más bien buscaba beneficiarse del placer sexual que podía darle. Se llama Marcos Quílez y regenta un pequeño hotel en Andorra”.

I

Ese sábado me levanté temprano, me miré al espejo mientras me vestía y fui a desayunar a la cocina. Allí me esperaba mi madre con un auténtico banquete: cereales, fruta, leche, zumo de naranja natural, tostadas, embutidos…

—Buenos días mamá.

—Buenos días.

Ataqué el jamón mientras me servía un poco de zumo, estaba famélico.

—Mamá, he pensado que me gustaría apuntarme al gimnasio. Estoy harto de verme tan delgado en el espejo, tengo un poco de complejo.

Su respuesta no se hizo esperar:

—Podrías venir por las mañanas a nadar conmigo, la natación estimula la circulación de la sangre, contribuye a la firmeza cardíaca y pulmonar, previene enfermedades cardiovasculares, desarrolla más de dos tercios de los músculos del cuerpo, beneficia a la postura corporal,  crea estados anímicos positivos y reduce el número de lesiones entre otras cosas.

Ante tal aporte de información, todo dicho mientras miraba fijamente hacia el frente y recitaba de como una autómata, no pude más que asentir.

—Vale mamá, me parece una buena idea.

—Bien. En el colegio me hacen una tarifa especial por ser tú hijo de una empleada, y luego no te queda lejos del instituto. Seguro que mejora tu autoestima cuando desarrolles tu cuerpo poco musculado y algo aniñado.

Sabía de sobras como era mi madre, no me ofendió con el bienintencionado comentario, pero no pude evitar sonrojarme.

—No te avergüences hijo, tu juventud, tus hormonas y tu seguro que creciente interés por las chicas harán que el éxito de tu cambio corporal esté asegurado.

—Vale, vale mamá…comprendido. No hablemos más del tema por favor.

—De acuerdo, pero recuerda aprovechar el fin de semana para ir a comprarte lo necesario, traje de baño, gafas de piscina, gorro y no iría mal una toalla de refuerzo.

II

El lunes a las seis y media de la mañana ya estaba en la piscina del colegio donde trabajaba mi madre. Deberíamos ser unos siete en total, todo chicos de aproximadamente mi edad que aprovechaban para practicar algo de natación antes de las clases. El reloj marcaba las seis y treinta y dos exactamente cuando desde mi carril observé como todos dejaban la actividad para mirar hacia la puerta de salida del vestuario femenino, un par de ellos incluso sonriendo jocosamente mientras comentaban algo. En ese preciso instante apareció la profesora Georgia Quesada, embutida en un traje de baño azul que le quedaba sorprendentemente bien. A algunos chicos pareció que los ojos abandonarían las órbitas para adquirir vida propia. Mi madre vestía siempre extremadamente recatada. Con sweaters de cuello largo y pantalones largos incluso en épocas de calor. Supongo que para aquellos muchachos, algunos deduzco que incluso alumnos suyos, aquella era una visión realmente pecaminosa.

Ella no reparó en ninguna de las miradas y fue directamente a un carril para comenzar con el ejercicio, ni siquiera se dirigió a mí antes de empezar. Uno de los chicos que estaba cerca de mí me dedicó unas palabras viendo mi cara de desconcierto:

—¿La has visto? Es mi tutora. Es como tontita pero está buena que te cagas. ¿Le has visto las tetas?

Se animó otro a comentar:

—La tía parece como un robot, todo puntualidad, lo sabe absolutamente todo, y está tremenda. En la piscina es el único momento que la podemos ver con algo menos de ropa, suele vestir como una monja.

—¿Así que esta es vuestra rutina? —pregunté intentando disimular un incipiente cabreo.

—Ya te digo, es nuestro pequeño secreto no la queremos compartir. Aquí Javi —dijo señalando con la cabeza un chaval algo más alejado— ni siquiera le gusta nadar.

—¿Y ella no os dice nada?

—No se entera de nada. Va a la suya, de verdad, es como de otro puto mundo.

Jamás se me había pasado por la cabeza que mi madre despertara tales pasiones. Madrugadores alumnos arrastrados a la vida sana con tal de verla medio minuto andando por el bordillo de la piscina en bañador. Sí, era joven y francamente voluptuosa, pero era algo que mi mente nunca había imaginado. Me enfermaba verlos babear recreándose con su cuerpo y decidí empezar a nadar, patosamente, para quitarme el estrés. Al poco rato reparé en la presencia de alguien a mi lado, compartiendo carril conmigo.

—Debes mejorar la flotación, la postura y la técnica es muy importante especialmente en los inicios —me dijo mi madre.

A pesar de que el bañador no tenía nada de especial, sus curvas, con sus pechos apretujados dentro de la tela recordaba a la protagonista de cualquier serie de los noventas estilo Los vigilantes de la playa. No tendría la cara de viciosa de Pamela Anderson, pero sus medidas no diferirían tanto de la generosa socorrista. Maldije de nuevo a sus alumnos.

—Mamá, estoy muy desentrenado, me voy yendo. Ya me enseñarás técnica mañana —anuncié.

—De acuerdo. Yo nadaré treinta y dos minutos más y me arreglaré para ir a clase. No olvides comer algo antes de ir al instituto para prevenir posibles mareos.

—Sí, mamá.

III

El resto de semana fue un infierno. Una mezcla de sentimientos, rabia e impotencia. La acompañé cada día a nadar, obligado a observar aquel demencial desfile de modelos. El paseíllo lo había bautizado uno de los pervertidos. La noche del viernes al sábado apenas dormí, perturbado por los sueños más extraños que nunca había tenido. Coincidí con ella a la hora del desayuno como era habitual. Apenas podía probar bocado, jugueteaba con un bol de cereales ensimismado en mis extraños pensamientos.

—Mamá, ya hace buen tiempo y creo que te iría bien tomar un poco el sol, te veo muy blanca.

—Tiene su lógica —contestó al momento. El sol tomado con precaución ayuda a absorber la vitamina D, estimula las defensas y previene el colesterol.

—Claro —dije yo—. Y además teniendo la piscina del abuelo sería un desperdicio que no le sacaras partido.

—De acuerdo.

—Esta tarde podríamos ir a comprarte un bikini. Se trata de que el sol te impacte en la mayor parte del cuerpo y esos bañadores tuyos no creo que sean muy efectivos.

—De acuerdo. El sol también será bueno para ti, hace que la piel luzca mejor y que el cuerpo parezca más musculado, disimulando la delgadez extrema.

Sí…mamá, gracias —contesté con una ironía que seguramente no entendió.

Por la tarde nos fuimos a unos grandes almacenes directos a la sección de ropa interior femenina y trajes de baño. Ella me seguía casi como si fuera una mascota y deduje que pretendía que siguiera aconsejándola sobre el mundo de la tanorexia. Revolví la ropa de mujer bastante perdido hasta que me decidí a preguntar:

—¿Cuál es tu talla?

—Mido 1.70 cm, peso sesenta y dos kilos y mis medidas son, exactamente, 96-66-94.

Yo me imaginaba más bien una talla y copa de sujetador, pero asentí dando como buena la respuesta. Después de rebuscar un rato más acabé decantándome por un conjunto bastante sexy de color azul y amarillo. La braguita era algo más discreta, pero el sostén eran simplemente dos triangulitos unidos por finas tiras de ropa.

—Pruébate este.

Minutos después abrió la cortina del probador mostrándome el conjunto en todo su esplendor. No pude evitar acalorarme, incluso noté como se me aceleraba el corazón. Aquel era un cuerpo exquisito, con dos enormes melones luchando por librarse de su pequeña cárcel, el vientre firme y unas caderas que podrían ser la envidia de Beyoncé. Tenía la piel tersa, sin rastro de estrías o celulitis. Se dio la vuelta para que pudiera verla mejor, mostrándome un trasero absolutamente apetitoso, de poderosas nalgas.

—Perfecto —dije desviando la mirada.

¿Qué coño hacía allí? ¿A qué venia aquel jueguecito? Desde luego, había sido la peor idea del mundo. Tal nivel de perversión era impensable incluso para un salido adolescente como yo. El camino de regreso a casa fue largo y sin palabras.

IV

Llegó el domingo y fui víctima de mis maquinaciones. A primera hora de la mañana fuimos directamente a casa de mis abuelos. Desayunamos con ellos en el jardín. Hacían como si nada pero estaban realmente desconcertados con el nuevo look de mi madre que, más que una maestra de escuela, parecía las modelos que sacan a advertir los rounds en los combates de boxeo.

—Vuestro nieto me ha aconsejado esta vestimenta para tomar el sol, la ropa debe ser escasa para que haya mayor parte de superficie de piel al descubierto. Dentro de cuatro minutos me pondré protector solar e iré al césped a tomar el sol.

Sorprendido por uno de los habituales ataques de sinceridad de mi madre me ruboricé, pero fue tranquilizador ver a mis abuelos asintiendo con convicción, entendiendo mi supuesto consejo.

—Muy bien hija, haces bien. El sol es muy bueno dicen. Yo, si no os importa, aprovecharé que estáis en la piscina para ir un ratito dentro de casa a leer el periódico. A mi edad me cuesta hacerlo fuera con tanta luz.

—Yo también entro dentro —anunció mi abuela recogiendo la mesa del desayuno.

Chapoteaba en el agua cuando me di cuenta que no podía dejar de contemplar a mi madre. Tumbada en aquella toalla sus enormes pechos se vencían ligeramente hacia los lados. Me era imposible dejar de contemplarla, con sus firmes piernas desnudas. Noté como mi miembro reaccionaba dentro del bañador y por un momento me quise morir.

Mi madre abrió los ojos y vino directa a la piscina, bajando lentamente por la escalerilla y regalándome una inmejorable panorámica de su culo que no ayudó a bajar mi erección. Empezó a andar hacia mí y pude ver ahora sus pechos botando a cada paso.

—Es normal lo que sientes, no debes avergonzarte. Tu edad hace que tengas las hormonas revolucionadas y en familias con ausencia de padre es más habitual que se dé el complejo de Edipo.

—¡¿Qué?! —exclamé con un nudo en la garganta.

—Es algo de lo que escribieron refutados psicólogos y antropólogos, especialmente Leví-Strauss, Freud o Bataille. Mi opinión es que es una reacción absolutamente natural, especialmente en los varones, fruto de muchas cosas como la prohibición, el tabú o simplemente la pubertad. Aunque reconozco que en aspectos evolutivos es un tema realmente conflictivo en los meramente sexuales me parecen de lo más natural —añadió seria, sin parpadear y mirando fijamente hacia adelante, a la altura de mi hombro más o menos.

—¡¿Mamá?!

—La dificultad radica sobre todo en la edad, por eso es muy importante que reflexiones sobre tus sentimientos ya que, si estuviera equivocada, la línea entre el abuso sexual es muy fina. ¿Reconoces sentir deseo carnal hacia mí?

—¡¿Pero qué dices?!

Ella deslizó su madre por dentro del agua y me acarició la entre pierna con extrema delicadeza por encima del pantalón.

—Estás erecto, una prueba más de mi hipótesis.

No estaba erecto, eso sería un eufemismo. Estaba tan empalmado que en vez de polla tenía un bate de béisbol, no sé si sentía más excitación o miedo.

—Bueno, visto que tu inmadurez de impide reconocerlo pero que las señales son inequívocas procederé. En caso de que te sientas incómodo solo tienes que decir una palabra, será como una contraseña. Simplemente di “detente”. Cualquier otra palabra la interpretaré como consentimiento.

Después de explicarme sus planes metió hábilmente los dedos por dentro de mi traje de baño, llegando rápidamente a mi miembro convertido en mástil. Utilizó la mano libre para bajarme un poco más el bañador y así poder acariciarme más cómodamente mientras decía:

—Esto te relajará y hará que descanses mejor, mitigando esas preocupantes ojeras. La finalidad de los tocamientos es la eyaculación, aunque a algunos hombres les es complicado llegar al clímax debajo del agua, si es tu caso avísame y seguiremos con el proceso fuera de la piscina.

—Mmm —gemí a modo de respuesta, como si fuera un: “no te preocupes mamá, no creo que sea mi caso”.

Ahora tenía mi pene completamente rodeado por sus dedos y subía y bajaba el prepucio con una velocidad ascendente y controlada.

—Mmm…joder, mamá…¿y si vienen los abuelos?

—Es improbable que vengan antes de quince o veinte minutos y analizada nuestra postura y distancia con la puerta de la casa al jardín casi imposible de que puedan ver la acción que estoy llevando a cabo.

—¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm! —gemí entre dientes, mordisqueándome el labio para no gritar—. De acuerdo mamá me fio de ti.

Notaba mis piernas temblar por el placer cuando me dijo:

—Puedes tocarme los pechos si crees que esto te va a ayudar.

Dicho y hecho, de manera casi automática una de mis manos le agarró su impresionante mama por encima del biquini y cuando justo empezaba a apretujarlo me corrí sin poder retrasarlo más, liberando toda mi simiente que ahora flotaba en el agua de la piscina.

—¡¡Mmm!! ¡¡Ohh!!, ¡¡Ohhhh!!

Siguió subiendo y bajando la piel hasta liberar la última gota, puso mi bañador en su sitio y sin decir ni una palabra salió de la piscina para tumbarse nuevamente en la toalla. Por un momento incluso pensé que todo aquello no había sido más que una alucinación fruto de la calentura y la falta de sueño.

V

Mi madre había acertado en casi todo, en lo que sentía, en lo que necesitaba, en todo excepto en lo de que iba a descansar mejor. Los siguientes días ella actuó como si nada hubiera pasado pero yo me consumía cada noche pensando en ella, masturbándome, fantaseando…Apenas tenía fuerzas ni para nadar y mucho menos para aguantar a aquellos salidos comiéndose con la mirada a la profesora de Ciencias Sociales. Un día mientras comíamos dijo:

—Haces muy mala cara, debes aprender a controlar tus impulsos y disfrutar de una manera natural. El onanismo es muy sano en su justa medida, pero el exceso puede obsesionar. ¿No has pensado en tener novia?

—Sí, claro, como si fuera tan fácil. Mamá, ya sé que no entiendes muy bien estas cosas, pero me es incómodo hablar de este tema contigo.

—Lo entiendo, he leído mucho sobre esto, pero pensé que el masturbarte el otro día en casa de los abuelos haría que te relajaras y tuviéramos una relación más abierta, que sentirías que puedes contarme cualquier cosa.

—Claro —dije con otro imperceptible sarcasmo para ella—. Pero fíjate que me sigue costando.

—No quiero que tu obsesión sexual acabe repercutiendo negativamente en tu salud o tus estudios.

—¡Mamá! Que no tengo ninguna obsesión joder, no sé de dónde sacas todas estas cosas.

Miró hacia abajo algo desconcertada, por primera vez dubitativa.

—¿A qué hora tienes clase esta tarde? —preguntó.

—Solo tengo que pasarme por el instituto a las cinco para hablar con el tutor sobre el bachillerato que quiero hacer el año que viene, no tengo ninguna clase más.

—Yo tampoco tengo más clases esta tarde —dijo sacándose el sweater rosa que llevaba y mostrándome un sujetador blanco que cubría sus descomunales senos.

—¡¡Mamá!! ¡¿Qué haces?!

—Soy consciente de que mi ropa no es atractiva para el sexo masculino, es parte de un uniforme que llevo con la intención de no llamar la atención hacia mi cuerpo. He pensado que liberándome de ella podía parecerte más atractiva. Se puso en pie y después de quitarse las sandalias comenzó a desabrocharse el pantalón.

—¡¿Pero se puede saber qué te pasa últimamente?!

Ya en ropa interior se acercó hacia mí quedándose a muy poca distancia.

—No se me da bien besar, y me parece un acto demasiado afectivo. Pero puedes acariciarme lo que quieras.

—¡¡Joder!!

Ella volvió a ponerme la mano encima del bulto del pantalón que empezaba a reaccionar una vez pasado el susto inicial.

—No estás del todo erecto, quizás preferirías que lo dejemos para otro momento. Me puedo comprar algunos disfraces, de enfermera por ejemplo o cualquiera que sea tu fantasía —dijo mientras hacía un gesto de irse, dándose media vuelta.

—¿Qué? No…no…espera —contesté mientras por instinto una de mis manos aterrizaba sobre su nalga cubierta solo por las braguitas.

Paró en seco volviéndose de nuevo hacia mí, con la mirada perdida en algún punto de la pared que había detrás. Ahora le acariciaba el trasero y las piernas, cada vez más excitado.

—Es normal la negación, es un mecanismo de defensa, pero debes ser completamente sincero.

Me levanté de la mesa y seguí toqueteándola por todas partes, los pechos, el culo, las piernas, incluso el sexo por encima de la tela. Me di cuenta de que mi madre podría ser el sueño de cualquier hombre, sexy, liberada, racional. Sin tabús de ningún tipo. Le comencé a desabrochar el sujetador con algo de precaución pero enseguida me di cuenta de que no hacía el menor gesto de resistencia. Vi por primera vez en mi vida aquellos dos impresionantes pechos completamente libres, con los pezones erectos y grandes areolas. Después de sobarle un rato las tetas decidí proceder ahora con las braguitas, liberándola de ellas y destapando un precioso pubis rasurado en forma de triángulo.

—La rasuración parcial me ha parecido lo más apropiado en este  caso. Por si tienes alguna tipo de temor estoy completamente sana y hace dos semanas que tomo la píldora anticonceptiva.

Aquello me excitó de sobremanera, estaba más cachondo que en toda mi vida junta. Seguí magreándola por todas partes, retirando su melena negra para mordisquearle el sensual cuello. Tenía tanta ansiedad que ni siquiera pude guiarla hacia algún dormitorio, la tumbé en el mismo suelo y abriéndole las piernas coloqué mi glande en la entrada de su sexo para penetrarla enseguida. Sus carnes se abrieron sin dificultad, dejando entrar todo mi falo hasta el fondo.

—¡¡Ohhh síiii!!

Seguí metiéndosela con furor, como se fuera una especie de contrarreloj.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!!! ¡¡Joder síiii!!

Ella permanecía inmóvil, como si fuera una muñeca hinchable, completamente sumisa. Veía sus pechos moviéndose de manera circular y pensé que muy rápido estaba llegando al clímax, así que decidí bajar un poco la intensidad, disfrutando de cada movimiento.

—¡¡Mmm!! ¡¡Mmm!! Qué buena que estás mamá. ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!!

Intentaba aguantar, alargar al máximo aquel extremo placer, pero me era muy difícil.

—Si tienes alguna duda te diré que yo también estoy excitada —me dijo desbaratando mis planes por completo.

Me corrí entre fortísimos espasmos, llenándola de mi leche caliente y alcanzando un espectacular orgasmo. Me retiré completamente exhausto, extasiado y algo frustrado por la brevedad del coito. Ella se levantó y nuevamente sin mediar palabra se retiró.

VI

La tranquilidad no me duró ni un día, esa misma tarde volví de la sesión de tutoría con ganas de más. No podía dejar de pensar si alguna vez habría hecho algo parecido con alguno de sus alumnos al que viera despistado siempre en aras de la buena enseñanza. Al llegar a casa la busqué por todas partes hasta que finalmente la encontré en la cocina fregando los platos. Su despampanante trasero se movía con cada maniobra. No se había puesto la misma ropa, ahora llevaba un vestidito de ir por casa de color verde, bastante corto tratándose de ella. Me acerqué y clavé mi juguetón bulto contra sus glúteos de acero mientras le agarraba los pechos desde detrás.

—Mamá no he podido dejar de pensar en ti.

Ella pareció no inmutarse mientras yo seguía manoseándola y restregando mi órgano por todo su culo.

—Eres una diosa.

Dejó finalmente los platos para decirme:

—Esto no es normal, deberías sentirte desahogado por lo menos durante veinticuatro horas. No lo entiendo.

—Me pones demasiado mamá —respondí mientras continuaba sobándola, subiéndole incluso el vestido hasta ver sus nuevas braguitas, en esta ocasión negras.

—No creo que sea una reacción sana —aseveró.

—¿Y qué puedo hacer yo, mamá? No es mi culpa.

—No, no lo es. Pero quizás no he juzgado bien los acontecimientos. Debemos replantear el método.

Mientras ella discurría buscando respuestas yo le acariciaba el sexo por encima de la ropa interior, angustiosamente excitado.

—No me digas esto por favor, estoy demasiado caliente.

Seguía meditando cuando intenté bajarle las bragas, hecho que me impidió con un movimiento de cadera.

—Escúchame bien, me he equivocado y podría ser que en vez de ayudarte aumente tu obsesión. Esta va a ser la última vez en la que tengamos sexo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo mamá, lo que tú digas —contesté entre dientes sin dejar de toquetearla ni por un segundo.

—¿Estás seguro de entenderlo?

—Perfectamente.

—Muy bien —fue lo último que dijo a modo de consentimiento —. Puedes disfrutar como quieras de mí con tal de saciar tus impulsos por última vez.

Estuve a punto de rogarle que se callara, cada vez que decía lo que seguro que para ella era un comentario inocente, mi miembro palpitaba de excitación. Fue ella la que ahora se deshizo de las bragas y subiéndose aún más el vestido se colocó en pompa, apoyando sus codos en el mármol de la cocina. De nuevo mi glande rastreaba su sexo en busca de la cueva sagrada, coloqué la punta del pene en la entrada de su vagina y de un potente empujón la penetré.

—¡¡Ohh!! Mmm, ¡¡¡ohhh!!!

No hubo tregua, sacudiéndola con fuerza desde el principio y sintiendo un enorme placer.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!!! ¡¡Joder síiii!!

Le agarraba de las caderas para poder follármela con firmeza, siendo las acometidas tan fuertes que notaba como se ponía de puntillas para no perder el equilibrio.

—¡¡Mamá síi!! ¡¡Mamá síiii!! ¡¡Mmm!! ¡¡¡Ohhh!!!

Oía el clap clap de mis ingles rebotando contra sus nalgas y me excitaba aún más.

—¿A tus alumnos también los masturbas? ¿Te los follas para que estén atentos en clase?

—Eso sería del todo inapropiado además de un delito —dijo sin titubear.

Por un momento había olvidado la condición de mi madre, ella jamás entendería una pregunta retórica.

—¿Te gusta? ¡¡Ohhh!! ¡¡Ohhhh!! Mmmm.

—Siento excitación por los tocamientos y la fricción, pero la relación de parentesco hace que no pueda llegar al orgasmo.

—Vale mamá. ¡¡Mmm!!, ¡¡Mmm! Olvídalo no tienes que contestar a todo lo que te digo.

—Vale —insistió ella mientras que continuaba embistiéndola agarrándole ahora ambos pechos con fuerza por encima de la ropa.

—¡¡Menudas tetas tienes joder!!

Esta vez estaba disfrutando incluso más, con el aguante propio del que ya ha echado un polvo en el mismo día.

—¡¡Ohh!! Mmm, ¡¡¡ohhh!!! ¿¿Seguro que es la última vez?? ¡¡Oh!! ¡¡Oh!! ¡¡Oh!!

—Creo que sería lo más acertado —respondió con cierta dificultad mientras aguantaba las tremendas embestidas.

Frustrado por aquellas palabras, fui bajando el ritmo lentamente mientras advertía:

—Vale, vale, de acuerdo, pero me has dicho que podía disfrutar de ti como quisiera.

Me separé de ella, sacando mi falo de su interior con cuidado.

Quiero que te pongas a cuatro patas en el suelo —ordené.

Ella se quedó con su habitual mirada perdida durante unos segundos, agarró una pequeña toalla de cocina y extendiéndola en el suelo se arrodilló sobre ella, colocándose en posición totalmente perruna. Me deshice de la maltrecha ropa y completamente desnudo al fin me arrodillé detrás, con la piel directamente contra el frio suelo pero tan excitado que apenas lo notaba. Restregué de nuevo mi pene por sus glúteos y buscando un nuevo orificio interrogué:

—¿Te han dado alguna vez por el culo?

—No, me consta que a veces puede ser doloroso y no he tenido ni la curiosidad ni la petición.

—¿Lo harías por mí mami?

—Sí, pero no creo que mis rodillas aguanten demasiado.

—No te preocupes, será rápido —contesté mientras adentraba mi glande en su oscuro agujero.

—¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm!

Apretaba con todas mis fuerzas, aunque estaba siendo más difícil de lo esperado mi excitación era tanto que casi eyaculé con los primeros contactos.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! Así, ¡así! Solo un poquito más.

Ella gimió por primera vez, posiblemente más de dolor que de placer. Notaba como hacía fuerza con sus piernas para ayudarme. Ya había conseguido meter la mitad de la polla y la sensación de mi carne aprisionada en el estrecho conducto era deliciosa.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhh!!! ¡¡Joder síiii!!

Le agarré las piernas con fuerza y de un último y violento empujón la penetré hasta el fondo.

—¡¡Mamá síi!! ¡¡Mamá síiii!! ¡¡Mmm!! ¡¡¡Ohhh!!!

Estaba tan estrecho que dolía un poco, pero el placer era muchísimo mayor. Comencé a moverme lentamente, con gran dificultad.

—Asíii, un poquito más, solo un poquito…

Aumenté el ritmo, cada vez fuerte, más profundo. Poco a poco cedía proporcionándome un gozo insuperable.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! Joder que buena que estás, ¡menudo culazo tienes!

Ella ya no respondía, tan solo gemía por la incomodidad. Cada vez más cómodo incrementé el ritmo de las sacudidas, agarrándole ahora de nuevo las tetas desde detrás y follándomela como un auténtico sabueso. Notaba sus increíbles mamas moviéndose a pesar de llevar aún el vestido y el sujetador, la gravedad no podían frenarlas.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡¡Ahhh!!! ¡¡¡¡Ahhhhhhh!!!!

La embestí con tanta fuerza que notaba mis testículos rebotar contra sus glúteos de acero.

—¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡Ohhhhh síiiiiii!!!

Finalmente me corrí con la fuerza de un torrente, llenándola de semen con cada violento espasmo y alcanzando un salvaje orgasmo, probablemente irrepetible. Nos dejamos caer sobre el suelo, ahora el frio se sentía placentero. Cuando recuperé el aliento pregunté:

—¿Seguro que es la última vez?

—Quizás deberíamos limitarlo a una vez por semana y después a una vez al mes hasta normalizar tu estado.

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