AMELIA

Habían pasado ya algunas semanas des de nuestro último encuentro. Sentía los nervios habituales: una mezcla de temor por lo inesperado, que se sumaba a la excitación por lo que venía, la tan esperada sesión con Mi Sr. Así es como yo debía llamarle, mientras que, para él, yo no era más que una perrita en período de adiestramiento, que como siempre, cometía absurdos errores de principiante.

Habíamos quedado en una esquina en el barrio de moda de Barcelona. Las instrucciones eran claras: hora, lugar e indumentaria. Debía acudir con un mono de lencería que me hizo llegar el día anterior, tacones de aguja y simplemente cubierta con una gabardina que no llegaba a las rodillas. Mi sexo quedaba al descubierto y empezaba a estar bastante mojada… Llegué un par de minutos tarde, por una confusión con la parada del metro, y por suerte no estaba allí. Esperé de pie, en la esquina bastante transitada, un poco nerviosa por estar expuesta de esta manera a plena luz del día. Él apareció cinco minutos más tarde.

Sin mediar palabra, se acercó a mí y metió su mano debajo de la gabardina.

– Eres una cerda. Como puede ser que ya estés así de encharcada.

Me ruboricé y bajé mi mirada hacia el suelo. Él aprovechó para ponerme mi collar, con su correspondiente correa. Yo le miré horrorizada… ¿Aquí? ¿En medio de la calle? Como si me hubiese leído el pensamiento, me espetó:

– Las perras que llegan tarde no merecen discreción. Anda como te corresponde perrita.

Avancé hacia donde señalaba. No fueron muchos metros, pero fue humillante. Entramos en un portal aparentemente de una vivienda, nos cruzamos con un vecino que me miró con ojos lascivos. Subimos el ascensor en silencio, hasta el tercer piso. Sacó las llaves y abrió una de las puertas. El lugar estaba decorado con colores oscuros y tenebrosos. Entramos en una habitación minúscula, donde solo había un sillón de cuero negro, un gran espejo y un colgador. Me quito la gabardina, la colgó cuidadosamente y mientras me observaba sin decir nada, fue enrollando la correa a su mano. Cuando tuvo la mano a tocar de mi cuello, tiró de ella y me puso de rodillas. Se desabrochó el cinturón y sacó su polla.

– Tengo los huevos llenos, porque mi perrita no me atiende como es debido…

– Lo siento Mi Sr. – dije sin levantar la mirada. Me cogió por el mentón y acercó su cara a la mía.

– No me sirven tus disculpas de puta. Dime… ¿Con cuantos te has acostado este mes?

– 4, Mi Sr – Sonrió con malicia y contestó:

– Nada mal para una buena puta como tú. Escúchame bien. La sesión de hoy no va a ser como las otras. Dime perrita, ¿recuerdas tu palabra de seguridad?

– Si, Mi Sr. Es perezoso.

– Bien. Sabes bien que puedes usarla cuando quieras. Solo que si la usas hoy, no volveremos a vernos jamás. Tal y como acordamos, la sesión de hoy empieza ahora y termina en 48h. ¿Has dispuesto todo para que así sea?

– Sí, Mi Sr.

– Así me gusta. Entonces, antes de empezar, quiero que me vacíes los huevos. Chúpala hasta que me corra. Quiero ver mi leche en tu boca y hazlo despacio, sabes que tenemos tiempo…

Chupé durante un buen rato. Sabía bien como él lo quería y lo último que quería era decepcionarle. Al rato, empecé a recibir fuertes descargas de leche, acompañadas de algún insulto, fuertes gemidos y sus grandes manos empujando mi cabeza, impidiendo que pudiese respirar. Aguanté hasta notar que los espasmos cesaban para abrir la boca y mostrarle su corrida. Aun jadeando, susurró:

– Bien perrita. Buena chica. Hoy no lo tragarás… no lo mereces. Quiero que lo tengas en la boca hasta nueva orden. Ahora vamos, empieza el juego.

Me levanté y me dispuse a seguirle.

– Pero ¿qué haces? Las perras no caminan… se desplazan a cuatro patas. Espera te hará falta esto.

Sin preguntar, ni aviso previo, noté como hurgaba entre mis nalgas e introducía lentamente algo en mi ano. Acepté sin rechistar. Era un plug metálico del que salía una cola.

– Ahora sí que pareces una buena perra. Sígueme. – Tiró de la correa y yo seguí sus pasos, con la boca llena y el culo también.

Caminamos por un pasillo al final del cual había una puerta. Mi Sr la abrió y entramos en una sala con las paredes rojas y muebles preparados para todo tipo de prácticas bdsm. Las piernas me temblaban y por mi espalda resbalaban pequeñas gotas de sudor frío. Mi Sr lo notó y bajó para besar mi mejilla y soltar un suave “tranquila perrita”.

Al fondo de la sala, pude ver arrodillada y con un mono parecido al mío otra chica de mi edad. Cuando de repente…

– Hombre Armando! Menudo ejemplar te has traído. Con este culo lo vamos a pasar en grande. ¿Tiene la boca llena como acordamos?

– Por supuesto.

Miedo y tensión invadían mi cuerpo, acompañados de morbo y curiosidad. Pronto sabría cómo funcionaba el juego.

– Zorra, ven aquí.

La chica, que estaba discretamente en una esquina, se acercó gateando hasta nosotros. Mi Sr le levantó el mentón y le tocó una teta, pellizcando un pezón. La chica ni se inmutó y yo no pude evitar sentir celos de ella.

– Rodolfo, veo que Zorra está en plena forma como de costumbre. No sabes las ganas que tengo de tener a un ejemplar así.

– Todo llegará… Perrita parece muy dispuesta. Estoy seguro que se portará la mar de bien – dijo guiñándole un ojo. – Pero escucha… yo después de la mamada necesito mear y estas putas tienen la boca llena…

– Qué estás pensando? Tus ideas, siempre son de lo más maquiavélico…

– Yo digo que se lo echemos a la cara. ¿Vamos al baño?

– No se Rodolfo, es pronto para Perrita, creo.

– Armando… tarde o temprano, ¿no?

– De hecho si…

– Pues no se hable más. Perrita, tú te fijas como lo hace Zorra y todo irá bien.

Mi estómago empezó a revolverse. Aquel psicópata pensaba orinarse encima de mí y yo no podía hacer nada si quería seguir en el juego… Zorra avanzó hacia el baño y pude ver como Mi Sr se derramaba sobre su cara y ella no soltaba ni un solo quejido. Aquella chica me estaba poniendo nerviosa, no soportaba ver como recibía atenciones de Mi Sr.

– Te toca, Perrita – La voz de Rodolfo me daba escalofríos, pero el hedor de su miembro y su orina fueron peores… Cuando terminó, estuve a punto de abandonar, de suplicar a Mi Sr que no me hiciese esto. Una lágrima resbalaba por mi mejilla, pero entonces crucé la mirada con él, Mi Sr, que sonreía y asentía aprobando mi actuación.

Salimos del baño y volvimos a la sala. Rodolfo apareció con dos arneses, con dos dildos de tamaño considerable de cristal. Mi Sr, empezó a explicar:

– Chicas, estos dos días van a ser excepcionales seguro, pero no del mismo modo para todos. Una de vosotras, tendrá la oportunidad y el placer de follar con los dos hasta que nos cansemos y podrá correrse las veces que desee. La otra, por el contrario, recibirá todos los castigos y humillaciones que tenemos preparados. Para saber quien cumplirá cada función, haremos un juego. – Rodolfo continuó con una sonrisa de lo más siniestra:

– Cada una llevará este arnés puesto. Jugaréis encima del tatami y dentro de los límites marcados. Vuestro objetivo es penetrar a la otra las máximas veces posibles, anal y vaginalmente. Consideraremos falta cada vez que una de vosotras, salga de los límites o suelte la semilla de su señor de su boquita. Cada falta será penalizada con estas maravillas. – Abrió un pequeño cofre que estaba repleto de pinzas de todos los tamaños y formas. – Que empiece el juego!

El corazón me palpitaba muy rápido mientras Mi Sr me ataba el arnés. El dildo era de cristal y pesaba y la otra chica me miraba desafiante. Cuando Rodolfo marcó el primer asalto se abalanzó sobre mí, sin yo tener tiempo de reacción y acabé en el suelo. Cerraba las piernas tan fuerte como podía, mientras ella me agarraba los brazos y presionaba mi abdomen con el dildo. Sin querer… un poco de líquido se derramó por la comisura de mis labios y se oyó el primer pitido.

– ¡Perra! ¡Falta! – Zorra se retiró y me pude levantar, Rodolfo abría el cofre de las pinzas con malicia, mientras recitaba en voz alta los pros y contras de cada una. Yo me acerqué cabizbaja.

Me acercó la pinza a la altura de los ojos para que la viera. Una pinza de oficina, de estas negras. Me retiré casi inconscientemente, pero por detrás venía Mi Sr y me agarró por los brazos.

– No seas bruto Rodolfo, que la muchacha acaba de empezar… – respiré aliviada, hasta que escuché el final de la frase… – deja que la prepare. – y le guiñó el ojo.

Empezó a jugar con mis labios vaginales, comprobando mi humedad y me masturbó suavemente. Se llevó el pezón derecho a la boca y empezó a succionarlo. El placer se intensificaba y yo empecé a acompasar un movimiento de cadera para ayudar a la masturbación cuando de repente…

– Ughmmmmmm – Me pellizcó todo el pezón con la pinza y el gemido fue inevitable, así como mi respiración agitada y mi ritmo cardíaco que no paraba de subir.

– A sus puestos! – Gritó Rodolfo justo antes de que sonase el pito del segundo asalto.

Esta vez no podía dejar que Zorra me atacase primero, aproveché mi velocidad y corriendo fui a buscar atacarla por la espalda. Ella no esperaba la velocidad y al escapar, salió de los límites y sonó el silbato.

– Chicas, chicas… deben ser más cuidadosas. – Rodolfo no se anduvo con tantos rodeos con su sumisa y sin mediar palabra le puso la pinza en el pezón derecho. Ella lanzó un quejido seguido de una mirada de odio hacia mí.

En el siguiente asalto, vino corriendo hacia m, se subió a mi espalda y me tiró al suelo. Consiguió inmovilizarme con una mano contra el suelo y con la otra tiró de mi cola dejando mi trasero libre para ser penetrado. En ese momento grité…

– Noooooooo – Y como era de esperar parte del semen de Mi Sr, se derramó de nuevo. Miré hacia él, y vi como Rodolfo le impedía que tocara el silbato para marcar la falta. Mi Sr tenía cara de contrariado y se notaba que estaba cabreado conmigo, pero entendió por qué enseguida: noté como Zorra separaba su pelvis de mí y con una sola embestida, penetraba mi ano provocando una sensación desgarradora en mí. Grité y grité, mientras ella me follaba el culo. Hasta que no pudo más y soltó:

– Cállate puta perra llorica… – A decir esto, obviamente derramó gran parte del semen de su amo en mi espalda y, entonces sí, Rodolfo hizo sonar el silbato. Las dos, mirando al suelo, nos acercamos a nuestros respectivos señores. Rodolfo entonces, sacó del cofre un artilugio que yo no había visto nunca, pero que hizo temblar a Zorra.

– Sabes que debes controlarte cariño. – Le dijo.

Eran cuatro pinzas metálicas, enlazadas con unas cadenas que tenían unos dientes pensados para clavarse en la carne de las víctimas.

– Las manos detrás de la nuca. – Dijo Mi Sr, con un tono severo. Y entonces lo noté. Al liberar mi pezón de la pinza, toda la sangre volvió a circular provocando un dolor que nunca antes había experimentado. Me doblé sobre mi misma y eso me costó una bofetada. Zorra permanecía impasible a mi lado mientras su amo hacía exactamente lo mismo con ella. Aquella mujer era una bestia. – Levántate inútil! – Me ordenó Mi Sr, y entonces empezó a colocarme aquel juego de pinzas que se clavaban en mis carnes y me provocaban mucho dolor.

Pezones y lengua los aguanté, pero cuando vi que Mi Sr buscaba entre mis labios… empecé a negar con la cabeza… En mi clítoris no, por favor…  Como si leyera mi pensamiento empezó a decirme:

– Ya sabes las condiciones cariño. Esto parará cuando tú lo digas, así que si no vas a hacerlo, abre las piernas puta perra inútil y demuéstrame que eres mi Perrita.

Entre llantos, ofrecí mi coño y la última pinza fue colocada sobre mi clítoris, arrancando un fuerte alarido, tras el cual, Rodolfo añadió:

– ¿Qué crees Armado, damos la partida por finalizada o Perra merece opción a revancha?

– Revancha, por supuesto.

Yo no podía ni moverme, pero la lucha era inevitable si quería llegar al placer. Zorra, se reía en una esquina del tatami y empezó el último asalto. Aunque intenté con todas mis fuerzas, en pocos minutos estaba otra vez en el suelo con la cara de sádica de Zorra echándome el aliento. Yo pataleaba, pero la tipa tenía técnica y esquivando mi arnés, clavó hasta el último centímetro de su dildo en mi vagina.

– Será puta! Está empapada, soltó.

Entonces, Rodolfo se acercó a ella y la besó en la boca.

– Eres la mejor. Toma un primer premio. – Horrorizada, vi cómo le daba un dildo doble, que por un extremo tenía un tamaño razonable y placentero y por el otro era enorme tanto de largo como de grueso. Mi Sr lo veía des de una esquina sonriendo.

De manera hábil lo cambió y empezó a follarme. Costó adaptarme al tamaño, pero enseguida conseguí entregarme al placer. Zorra, sonreía y me besó.

– Disfruta ahora, es todo lo que vas a conseguir.

Nos corrimos las dos varias veces y nuestros amos se apuntaron pronto a la fiesta. Empezaron a masturbarse y pronto derramaron su semen en mi boca, al tiempo que Zorra y yo nos corríamos por enésima vez. Quedé exhausta, pero aún me dio tiempo de mirar el gran reloj del fondo de la sala: desde mi llegada al lugar únicamente habían pasado dos horas, por lo que me quedaban 46 por delante…

CONTINUARÁ.

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