MARISA BÉJAR

 

Me compré una casa en medio de una urbanización perdida en los Pirineos que sólo agrupaba trece viviendas. La finca más cercana a la mía se hallaba a quinientos metros, allí vivía Margot.

El primer día que fui a comprar al súper del pueblo me informaron acerca de mi peculiar vecina, pero no les creí.

La tercera vez que fui a comprar, Joana, la encargada del negocio, me sorprendió mientras cargaba las bolsas en el maletero del coche.

—Margot  siempre deambula por la noche con una pecera circular unida al corazón que aferra con la mano derecha vehementemente —comentó llevándose las manos a la cabeza y apretando los dientes.

—¿Cómo dice? —pregunté perpleja—. ¿Saca a pasear a su pez? —interpelé frunciendo el ceño—. ¿Qué sentido tiene eso?

—¡Uy! —exclamó  Joana asomando una intrigante sonrisa—. Lo sorprendente viene ahora —. Contrajo el rostro, recolocó mentalmente los datos y prosiguió.

Joana me contó que también la acompañaba una hermosa muñeca de porcelana con tirabuzones negros y ojos azules con  vida propia. A veces la muñeca andaba unida a las piernas de Margot dándole la mano, otras la portaba en el hombro mientras la misteriosa muñeca cuchicheaba en su oreja.

—¿Una muñeca que se mueve sola? —pregunté asombrada.

Joana movió la cabeza en sentido vertical en señal de aquiescencia y prosiguió:

—También suele llevarla en un bolso de pana lila, y la muñeca se asomaba como si estuviera en el balcón de su casa divisando el paisaje y apartando la vegetación con sus manos si es necesario.

Pero hubo una escena que me impactó mucho. Joana relató que en una ocasión vieron a Margot andar por el bosque muy apesadumbrada, apenas podía arrastrar los pasos. Era tan ostensible su debilitamiento que trastabilló y cayó al suelo, pero en ningún momento soltó su pecera. Se mantuvo durante una hora sentada en el suelo inmóvil. Algunos lugareños se atrevieron a hurgar entre los árboles deseosos de que hubiera muerto. Entonces vieron a la muñeca achicar  el agua de la pecera y lanzarla directa al rostro de Margot para despertarla. Después Margot se alzó, pero su figura era más exánime que nunca. La luna llena facilitó que los testigos vieran cómo en cada arrastre de sus pies la vegetación moría…. El esfuerzo por mantenerse en pie era hercúleo, pero se mantuvo férrea a su propósito.

—¿Y nadie la ayudó al ver que no podía mantenerse erguida? —formulé indignada.

—¡No! —contestó Joana a la defensiva—.¡Esa mujer está embrujada o endemoniada que aún es peor! ¡Nadie se aproxima a ella! Ha habido catástrofes en el pueblo desde que Margot vive aquí. Irradia mal augurio y lo único que queremos es que desaparezca—cabeceó haciendo un mohín de reprobación—. Todos le tenemos miedo.

—¿Pero dónde iba si no podía ni andar? —inquirí expectante.

— Eso es lo que te quiero contar —hizo una pausa dilatando el suspense y prosiguió—. Cada noche deja la piraña libre en el río y a la primera luz del alba la piraña regresa de un coletazo a la pecera que Margot deja en el balcón. En ese mismo momento ella sale a buscar la pecera para continuar durmiendo cerca de la piraña.

Había oído historias muy extrañas a lo largo de mi vida, pero jamás como aquella. Era todo una incoherencia desmesurada. En un parpadeo salí de aquella irrealidad que me había subyugado haciéndome partícipe de cada detalle y recelé de la verisimilitud de las palabras de Joana.

—Muchas gracias por haberme contado la historia. Me marcho, antes de ir a trabajar tengo que dar de comer a mis gatos —me despedí con prisa.

Justo en el momento en que arrancaba el motor, Joana me picó a la ventanilla, y al mirar vi que su rostro lo cubría un rictus de terror y necesitaba de seguir conversando.

—Margot ha despertado a la bruja Shannon de su largo letargo —informó azorada.

—¿Cómo?, ¿Y quién es esa? —me interesé con suspicacia haciendo un ejercicio de autodominio intentando calibrar la situación.

—Es una bruja irlandesa que vive en aquel castillo desde hace cientos de años —dijo señalando un castillo piramidal que se hallaba en la punta de la montaña a varios kilómetros.

—¡Ah! —exclamé mientras observaba una fluctuante y ondulante cortina de humo que adquiría formas fantasmagóricas en el aire—. Cuando vine y lo vi creí que era un monumento histórico, ahora veo que hay vida —comenté en tono casual—. Gracias de nuevo, hasta pronto —dije con una sonrisa.

Pero una tediosa noche de agosto al despertar de una de mis múltiples pesadillas decidí salir al porche a contemplar el cielo. Al reclinarme en mi hamaca, vi cómo una figura languideciente con el pelo muy largo y enmarañado recorría el paraje bajo los vagos destellos de la luna menguante, con una pecera circular que asía con fuerza bajo.  Entonces me acerqué y detuve sus pasos.

—¿Qué llevas ahí?  Es un pez horrible —espeté

—Es un piraña —contestó sin mirarme a los ojos en tono sosegado, parecido a un susurro.

Inmediatamente la muñeca de porcelana que se hallaba custodiada en su bolso, emergió de su escondrijo y articulando todo el cuerpo se acopló al hombro de Margot.

Pese a ser advertida del suceso exhalé un suspiro y se me aceleró el corazón, pero me sobrepuse al trance y me aproximé más a Margot. Calculé que debía medir alrededor de 1´80 centímetros de estatura, iba enfundada en un vestido corto de gasa lila que realzaba más su silueta espigada. Me sorprendió el color de su pelo; cobrizo y brillante. Los tirabuzones negros de la muñeca se mezclaban con el cabello encrestado de Margot como si fueran mechas. Deseaba verle los ojos, pero su melena lo impedía.  Margot olía de una forma especial que no supe identificar; era similar al aroma dulzón de las rosas, pero distinto.

—Siempre que te veo me pregunto por qué llevas una pecera contigo, pero ahora me inquieta más saber por qué se mueve esa muñeca —me sinceré.

Entonces Margot me contó su historia.

Me dijo que sólo una vez en su vida se entregó en cuerpo, corazón y alma a un hombre; quién creía el verdadero amor de su vida. Pero que un día esa persona la dejó, sin más… Y sintió tanto dolor en el cuerpo que el corazón escapó; saltó a un estanque lleno de peces y una piraña se lo comió.

—¿Y qué sentiste cuándo te clavó las dentelladas? —le pregunté con gran aflicción.

—Nada. Mi corazón ya estaba muerto cuando él me dejó. Pero la piraña se compadeció de mí. Oyó mis alaridos nocturnos e inmediatamente de un salto aterrizó en mi alcoba.  Cuando la vi fui corriendo a buscarla —declaró Margot en tono quedo.

—Y esa muñeca de porcelana, ¿Por qué se mueve sola?

—Porque en ella reside mi alma. El dolor de mi cuerpo asustó también a mi alma y escapó —contestó  acariciando los tirabuzones negros de la muñeca.

Deseosa por desvelar el misterio de su fisionomía cada vez me iba acercando más a ella. Hasta el momento, el viento al mecer sus cabellos me había desvelado un melancólico rostro ovalado provisto de labios finos y nariz egipcia, pero seguía sin verle los ojos.

—Perdona pero me inquieta ese perfume que llevas. Desde que te he encontrado estoy intentando identificarlo, no sé dónde lo olí antes —dije inspirando visiblemente el aroma.

—Lo hueles todos los días desde que llegaste aquí, pero en menor intensidad —contestó Margot—. Es el incienso de la bruja Shannon —dijo señalando el castillo.

Margot me explicó que la piraña al comerse su corazón extendió todo el dolor en el río; las ondas viajaron por el agua y despertaron a la hechicera Shannon de su dilatado letargo. Me dijo que la bruja dormía en un estanque, con todo el cuerpo sumergido menos la cabeza que la apoya en un cojín con margaritas de color naranja.  Se trataba de unas flores mágicas que crecían   sólo en aquel estanque de aguas ambarinas de Shannon, y germinaban en aquel prodigioso cojín.

—Si quieres otro día continuaré explicándote mi historia, ahora tengo que apresurarme para dejar a la piraña en el río —interrumpió Margot la conversación al ver que la piraña mostraba síntomas de debilitamiento.

—Te acompaño—dije animada, pero luego pensé que quizás necesitaba intimidad—. Bueno, si mi presencia no te ocasiona molestias—añadí.

Al encender un cigarro vi los hermosos ojos de la muñeca de porcelana, continuaba sentada en el hombro de Margot. Me miraba fijamente desde el océano insondable de su mirada azul oscura de exuberante en melancolía.

—Qué ojos más bonitos tiene la muñeca. Son cautivadores. —dije con sinceridad.

—Son los míos. Son mi alma —repuso Margot.

Margot seguía hablándome sin mirarme a los ojos.

Llegamos al río y ella se despidió de la piraña. El pez estuvo en la orilla esperando que se fuera, como si de un perro fiel se tratara, y no empezó a nadar hasta que Margot se alejó.

—Como antes te contaba —siguió Margot—, mi dolor despertó a Shannon y cada noche a las doce aparece en mi alcoba. Me deja inciensos que ella misma elabora con sus margaritas naranjas. Por eso huelo de una forma especial, es un aroma mágico que nunca he podido equiparar a nada. Pero el incienso vuela por toda esta zona y la gente cree que es venenoso porque saben que proviene de la hechicera.

—¡Vaya! —exclamé—. Por eso llevo días viendo que mis gatos blancos llevan encima un polvo azafranado. Pero pensé sería de algún árbol.

—Los vecinos tienen miedo. Creen que es un polvo maléfico, pero en realidad  sirve para sanarme. Shannon es una bruja peculiar que no sigue un patrón de conducta determinado; en otra época causó desgracias y muertes, pero ahora sólo ha despertado para ayudarme.

—¿Y cómo es Shannon? —me interesé.

—Tiene el pelo naranja como sus margaritas, pero con un fulgor deslumbrante que brilla en la oscuridad. Una cascada de bucles caen grácilmente más allá de su espalda. De rostro cuadrado que enmarca una mirada enjuta y oscura, con nariz diminuta y labios siempre contraídos. Aparenta unos cuarenta años, pero en realidad nació en el siglo XVIII. De estatura mediana y curvas bien delineadas — hizo una pausa y reanudó: ¡Ah!, siempre lleva vestidos de cola en tonos verde y negro con encajes y telas preciosas —Margot se apartó el pelo y me miró a los ojos por primera vez; mi mirada expectante aún se amplificó más.

—Gracias por la información —dije intentando eludir el sobresalto que recibí al ver sus ojos.

Al apartar el pelo cobrizo vi dos ojos plateados y brillantes con esquirlas anaranjadas. Era una  extraña mirada desvaída y acuosa que emanaba dolor.

—Hemos llegado a tu casa. Sé que ansiabas saber cómo eran mis ojos. Eres la primera persona con la que hablo desde hace diez meses, mereces que te desvele ese misterio —dijo Margot con sinceridad  manteniendo el mismo tono apacible desde el principio.

—Sí. La verdad es que estaba intrigada —manifesté con franqueza—. Pero ahora aún lo estoy más.

—Son los ojos de los colores de la piraña. Cuando vi la  piraña coleteando en mi balcón mi Ser se prendó de ella y mi mirada adquirió su tonalidad. Puede que algún día recupere mis verdaderos ojos y vuelva a tener el pelo castaño.

—Tengo que acostarme, me encantaría volver a hablar contigo —esgrimí deseosa de reencontrarme con ella.

—Sí. Mañana a la misma hora —convino Margot.

Al día siguiente Margot apareció a las doce y media de la noche en mi casa. Me dijo que todos los días lloraba vertiendo sus lágrimas en la pecera, y después la piraña expulsaba gotas de agua por su boca diminuta que iban directas a su lagrimal. De ese modo el agua viajaba desde el interior de la piraña, fluía por los ojos de Margot, hasta llegar a la oquedad  de su corazón; y así lo iba reconstruyendo. También arguyó que el incienso de las margaritas naranjas le ayudaba a restaurar el corazón y también a recuperar el alma.

Me lo mostró lo referenciado; era un espectáculo único donde antes de que el agua llegara al lagrimal de Margot dibujaba en el aire figuras maravillosas que embriagaron mis sentidos.

La piraña agota hasta su último segundo de vida para poder estar con Margot. Así es como debería entenderse el amor; la persona con la que desees compartir hasta el último momento de tu vida.

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