JESÚS FUENTES

para  Lloice

Pasé por ella a su casa, me pareció más hermosa que nunca. “Va mi hermana con nosotros “dijo presurosa y me dedica una rápida sonrisa. La mañana agradable. El día despejado nos permite ver en todo su esplendor la isla de Todos Santos. Las pocas nubes suspendidas en el cielo, algodones dulces; rayos de luz inundan el océano azul turquesa.

En San Miguel, unos surfistas son presa del oleaje. Las olas revolcándose, acarician la arena, una tras otra abraza y des abrazan la playa.

Yo al volante, ella de copiloto; me toca la rodilla derecha con su rodilla izquierda, sonríe con naturalidad.

Fernanda, su hermana, en la parte de atrás nos mira de reojo.

El auto recorre kilómetros sobre la carretera escénica. Detrás ha quedado la Ciudad y puerto de Ensenada y sus granjas atuneras.

Alegría feliz, su abundante pelo negro ensortijado, se divierte con el viento que revolotea, juega con él.

Los tres con entusiasmo, vamos cuál guerrera rumbo a la batalla, platicando de todo y de nada.

Tijuana: estamos en el centro de la Ciudad. Alegría comenta que tenemos que ir por su amigo que danza; vive aquí, nos acompañara a la entrevista. “¡Imposible, ya es tarde! “, dice Fernanda, “te esperan, recuerda; a las tres de la tarde con veinte entras al aire y… además tengo hambre, debemos comer algo “remarcó.

Justo en ese momento pasábamos por un lugar de comida japonesa. Comimos sushi.

Después de dar algunas vueltas de más por no saber con certeza la ubicación, estamos frente a la televisora.

Son las dos de la tarde con cuarenta, le dije a Alegría, y te tienes que arreglar. “¿En dónde? “inquirió; pues aquí, en el auto, mencioné. “Por favor, pásame la bolsita ésa, la de lápices y maquillaje; no tengo, éstos son de mi mamá y de ella “, señala con la mirada a Fernanda.

Alegría se descalza. “Los zapatos por favor, están en la bolsa azul, la de la cajuela, también el saco negro por fa…”   Contemplo los hermosos pies femeninos. Tengo el impulso de acariciarlos. Me contengo.

“Lista” expresa jubilosa, sonriendo. Se ve tan auténtica, poco maquillaje. Labios de ciruela. Quiero besarlos, me detengo.

El pelo rizado resbala por sus hombros. Ya están al aire. La conductora de saco rojo y pelo castaño, suelto, planchado. “Bienvenidos a Vida de Calidad, hoy nos acompaña Alegría Chan, mujer joven, guapa, inteligente, coach ontológico que nos hablará de su quehacer, así como del taller que imparte,’ Despertando al Amor ‘.

Alegría sonríe con rostro de nirvana. La conductora amable, se presta para la entrevista, brinda seguridad, confianza.

“El estudio del ser en cuanto tal… modifica nuestras emociones y pensamientos…, logra la congruencia entre lo que pensamos y como actuamos…”

Atento sigo la entrevista. Tomo fotos con el celular.

  • Está guapa la muchachita -, comenta un tipo obeso; recién acaba de entrar, con saco café oscuro, que vino a pararse junto a mí; esboza una sonrisa, mientras se frota las manos. Sonrisa y actitud que no apruebo.
  • Tú debes ser su amigo, él que la trajo. Ella me hablo de ti…, ¿desde cuándo son amigos ?, me cuestiona con aire de perdonavidas.

Alegría, con entereza habla hasta con las manos: “con mujeres adolescentes y adultas en problemas de sobrepeso y obesidad…, yo fui gordita…, tú puedes alcanzar tus sueños, ¡despierta al amor! “.

Al tipo le contesto con monosílabas: este amigo no me da confianza, me digo.

La entrevista termina, iba a ser de veinte, le dieron cuarenta minutos. Alegría los cautivó.

Al traspasar la puerta del estudio, ella al ver al tipo, le llama por su nombre: “Roberto “…y él, extendiendo sus brazos la cobija. “Al llegar pregunte por ti a la persona que nos recibió, me dijo que tenía indicaciones de atenderme, que no tardabas “.

“Llegue un poco tarde, cuestiones de trabajo “, replica; me quedé sin carro, se justifica. Su hablar me suena vanidoso, incierto.

“Gracias, gracias por esta oportunidad “, dice ella con emoción.

Salimos a la calle. Fotos: Alegría y el barrigón, perdón, Beto; Fernanda, Beto y Alegría; las dos hermanas; Alegría y yo.

Tomándola del brazo, Roberto la separa de nosotros, habla quién sabe de qué. Ella sonríe, eufórica. La contemplo sereno, ¿sereno?

El gordo con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón beige dice que va al centro. Alegría le ofrece raite, él acepta. ¡Estoy qué…!

En el trayecto ellos, sentados atrás platican, sonríen. Los veo por el espejo retrovisor, manejo de prisa, llegamos a la calle Segunda del centro de Tijuana. Por fin se baja Roberto. Otro abrazo. “Te quiero “, le dice ella, despidiéndose.

Ese “te quiero “, pienso, lo expresa Alegría cuando está contenta; cómo si no la conociera y hoy, está así, con placidez.

  • Una nieve, se me antoja una nieve – manifiesta Fernanda, ¿y ustedes?

Con cara de órale, mirándonos, los tres sonreímos.

 

 

 

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