HÉCTOR RÍOS

El hombre del traje gris miro el reloj, ya faltaba media hora para culminar la jornada, ese día, como todos los demás días de sus últimos 3 años había transcurrido con la misma rutina de ayer, de hace siete meses, e igual que hace año y medio e idénticamente a los primeros cinco meses de haber iniciado en esa empresa, con visión global y corporativa, en la que la feria de los egos intentaba llenar los vacios en el alma de cada uno de los despojos ambulantes en forma de jefes o  vecinos de escritorio.

Pero el hombre del traje gris, solo pensaba en la hora de salida, encapsularse en su mundo autotransportado, darle a su ambiente condiciones de ártico, música para no pensar y  atravesar las colapsadas calles en donde miles de seres con mucha menor suerte que él, pero como él, habían culminado sus jornadas y se dirigían a sus campos de concentración de mano de obra barata, mientras se balanceaban como primates, en las puertas de destartalados transportes públicos, sonrió por la coincidencia de la imagen que veía y los pensamientos que tenia, pero se lamentó por la crueldad de los mismos, e incluso se apenó al reconocer lo racista de las jugarretas de su mente.

De manera que retomó la imagen que le ocupaba desde antes de culminar su día laboral e imaginaba llegando a su casa, ubicada al pie de una montaña, en la cual lo maravilloso de su patio era lo infinito de los dones de la naturaleza, donde se sentaba cada tarde a pensar durante horas, mientras sentía como el frio de la libertad de espacios que significaba su montaña, o su patio, le indicaba que era de noche y su estomago le recordaba también que era el tercer mejor momento del día.

Para esa noche había pensado en cenar una crujiente ensalada de lechugas varias recolectadas de su pequeño huerto con pechuga de pollo a las hierbas, asada a la parrilla o la plancha, aún no decidía, e imaginaba como lo acompañaría con una fría cerveza negra artesanal, también elaborada por él; y esa sensación de sentirse autosuficiente le llenaba de regocijo, porque sentía que estaba en el camino correcto al entregarse en armonía con la naturaleza. De pronto sus saludables pensamientos de comida orgánica se vieron interrumpidos con una imagen desagradable a la que nunca podía acostumbrarse, de uno de los transportes públicos la mano del chofer arrugaba y lanzaba al piso un vaso plástico de tomar café, y al mismo tiempo en la ventana del medio y de la parte trasera, arrojaban un envase vacio de jugo y una bolsa de frituras; el hombre del traje gris sintió el terror estallar en medio de su pecho, acelero su vehículo, trancando el paso al colectivo, abrió la maleta y con disimulada calma saco y cargo su fusil M16, no, no era militar, pero en un país en donde un preso se convertía en poderoso jefe de la cárcel, obteniendo todas las armas y drogas que quisiera, con más razón alguien en libertad y sin antecedentes podía hacerse de armamento de guerra, era cuestión de saber dónde y a quien preguntar; de manera que el hombre del traje gris abordó el colectivo, dio las buenas tardes y sin más palabras con un culatazo le partió la cara al chofer, acto seguido apunto al medio de la atestada unidad y por favor por delante, pidió que levantarán las manos las personas que habían lanzado el envaso de jugo y la bolsa de frituras. Una temerosa y regordeta señora al fondo y un ofendido y violento joven reconocieron su autoría, de manera que el hombre del traje gris, con la precisión que le caracterizaba disparo sus decisiones descabezando a los ecológicos infractores, lanzó una breve charla a los aterrorizados pasajeros sobre la superpoblación mundial, las teorías de Rene Dumont y la venidera escasez de alimentos, producto del deterioro de las tierras fértiles por la sequia y el no reciclaje, y así como subió se bajo no sin antes pedir disculpas si alguno de los presentes pudiera haberse sobresaltado por lo ocurrido. Abordo su carro, puso el fusil a su lado y desconecto su rutina con la música para no pensar, rumbo a su casa y imaginando su orgánica y placentera cena.

Al llegar a la autopista interestatal, sus pensamientos se ocupaban de elaborar mermeladas para el fin de semana, con fresas, o mangos o piñas, así como salsas de parchitas y el mejoramiento de las técnicas de conservación de alimentos en frascos de vidrio, cuando precisamente de la ventana del copiloto del vehículo último modelo que iba delante del suyo salen disparadas a los matorrales ubicados a los lados de la vía, un par de botellas de cerveza, las cuales se desintegraron en miles de futuras lupas quema pastos. Una vez más, el hombre del traje gris, pensó en la graciosa coincidencia de los diversos usos del vidrio, unos los usan para sobrevivir y almacenar alimentos mientras otros los desprecian y arrojan por las ventanas, dañando la naturaleza y causando verdaderos pandemónium en donde una vez reino la verde vida, así que pensó la necesidad de transmitir la información a los pasajeros del vehículo del frente.

Una vez llegados a un semáforo, el hombre del traje gris, tomo su reciclada botella de agua para mantenerse hidratado, que era de vidrio, y no de plástico para así evitar envenenarse por la degradación de sus cancerígenos componentes y no matar al planeta tierra con las miles de millones de toneladas plásticas de criminal desperdicio no reciclado en el que son convertidos los simpáticos potecitos, se bajo de su carro y se planto al lado del chofer, para explicarle las ventajas y desventajas, así como los usos y abusos del sagrado material, pero apenas inicio su charla del reciclaje al ver la reacción adversa, hostil y atacante del contaminante chofer, no tuvo solución más saludable que partir su querida y reciclada botella y con el pico cortó el cuello del chofer, el cual murió sin gritar porque era ahogado en su propia sangre; cuando se dirigió al pasajero, este se bajo del carro despavorido y atravesando la avenida como alma que lleva el diablo, irónicamente  dejo su cuerpo estampado bajo un camión de basura, que tenia libre su paso porque así lo indicaba el semáforo. El hombre del traje gris, lamento haber dado un final tan trágico a la vida de su reciclada botella y se monto en su carro, cada vez más cerca de casa, donde disfrutaría una refrescante y  ecológica cena, mientras pensaba como hacer para no usar tanto su cómodo y contaminante vehículo.

Cuando el Juez preguntó si sentía un remordimiento por las muertes causadas por presuntos motivos fútiles e innobles, el hombre del traje gris dijo que en ningún momento sentía remordimiento, solo lamentaba no haber podido llevar su mensaje verde a los contaminantes pecadores, y reconoció el miedo que casi lo paralizó de poder actuar en defensa propia, que afortunadamente gracias a su puntería, su fuerza y su pulso, pudo salir ileso de los sucesos que amenazaban con arrebatarle la vida, no ese día en que ocurrieron los hechos, ni siquiera ese día en que ilógicamente era juzgado aun siendo víctima, pero que de seguir permitiéndolo, esos pecadores y los miles de pecadores sin conciencia de lo finito de los recursos naturales, el día de mañana no dudarían en asesinarle sin piedad para respirar la ultima bocanada de oxigeno que quedaba en el planeta y que jamás supieron cuidar ni preservar con sus depredadoras acciones, solo era cuestión de perspectiva, solo era cuestión de tiempo.

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