ALBERTO ROMERO

Demasiadas incógnitas
Josu Aguirre se acostó tarde aquella noche. Tras el encuentro con Antonio organizó
los trámites para que una patrulla vigilase de cerca la vivienda del matrimonio.
Todo de manera muy discreta, sin que los propios Antonio y Ana lo supieran. La orden
era clara: identificar visualmente a todos los vecinos del edificio y personas relacionadas.
Lo más importante era saber quien entraba y salía de aquel edificio, y
con qué intenciones. Los agentes encargados tendrían línea móvil directa con él.
Todas las novedades debían ser comunicadas de inmediato al inspector.
Lo siguiente que Aguirre trató de organizar antes de acostarse, después de
aquel largo día, era el origen de la amenaza recibida por Antonio aquella misma
tarde. Si Josefa no sabía que Ana estaba embarazada era posible que aquella nota
no estuviese escrita por ella. Si no la había escrito ella, ¿Había alguien ayudándola?
Ese alguien le podía haber informado del embarazo de Ana, ¿Quién era ese alguien?
Según Antonio solo los propios implicados y sus familiares más cercanos
sabían del estado de Ana.
Por la mañana mandaría a analizar la nota en busca de huellas o indicios que
diesen con algún sospechoso.
Necesitaba una ducha que aclarase un poco todas las dudas entorno al caso.
El agua fría era un buen método para barrer su mente y separar el grano de la
paja. La orden de no entrar en su habitación se había cumplido, y lo pudo comprobar
al buscar una toalla limpia con la que secarse tras la ducha. Se apañó con la
que había y llamó a recepción para pedir nuevas toallas.
Mientras observaba el croquis que había organizado sobre la mesa de escritorio
con todos los nombres y sus posibles conexiones llamaron a la puerta. Estaba
tan inmerso en la investigación que no escuchó al dueño del hostal preguntando
si había alguien.
Fue la apertura de la puerta de la habitación la que lo devolvió al presente. La
cara del dueño del hostal al entrar con su propia llave y encontrarse con Josu
como vino al mundo fue cuanto menos cómica.
—Sus toallas —balbuceó el gerente sin saber qué hacer, paralizado por la sorpresa
de encontrarse a alguien dentro. Las dejó sobre la cama y salió corriendo en
dirección a la puerta pidiendo disculpas una y otra vez.
Josu sonrió mientras pensaba en la poca intimidad que había siempre en los
hoteles.
Tras revisar de nuevo la carpeta de Ana y las notas anónimas que había recibido
Antonio sobre Josefa, encendió el portátil para volver a ver el vídeo del pendrive.
Aquel video le escamaba sobre todas las pruebas. ¿Quién había secuestrado a
Josefa y con qué intención? Por las imágenes parecía querer desenmascarar el secreto
de Josefa sobre los orígenes de Ana. Pero… ¿Quién en el entorno del matrimonio
podía saber aquello? Por las declaraciones del matrimonio parecía que a
ellos y a sus familiares les acababa de llegar la información de verdad. Alguien estaba
mintiendo o el propio inspector estaba en un camino erróneo de conjeturas.
¿Podía ser que sucediese cuando Josefa dijo estar en Barakaldo?, ¿Por qué la madre
superiora del convento cubrió a Josefa? Demasiadas incógnitas y muy pocas
respuestas.
El inspector Aguirre decidió acostarse tras visualizar una y otra vez aquel vídeo
en busca de indicios que le llevasen a aclarar alguna de sus dudas. Ni siquiera era
capaz de ubicar el lugar donde estaría aquella oscura sala que parecía un garaje.
Los objetivos del día siguiente serían compartir el video con compañeros policías
de Madrid, por si a alguno le sonaba el lugar, e interrogar al resto de la familia
de Antonio y Ana.

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