ESTEFF

Un abrazo nunca será el primero ni el último, escapa a las etiquetas de números ordinales, tiene una categoría superior. Es eterno en el tiempo que dura, como si sólo son dos segundos, y aunque sea efímero, parece que en él cuentes siglos de sensaciones, de experiencias, de decepciones, de errores.
A veces días, meses, horas, minutos, años. Tiene tanta carga a sus espaldas…. un abrazo nace y muere en ese mismo momento, tiene un ciclo de vida tan corto y a la vez tan intenso que desaprovecharlo por miedo a sufrir es un sacrilegio. A veces puede venir enfermo de nacimiento pero ¡y qué más da!, no deja de ser un contacto, un “tranquilo, no pasa nada, ahora somos dos, somos cuatro manos”. Cada abrazo pertenece a un momento único, algo que nadie te puede quitar porque lo has vivido sólo tú, vas a transmitir algo de tu propiedad, íntimo, incomparable, sólo tuyo, fundiendo tu cuerpo con alguien y a la vez ofreciéndole desinteresadamente tus vivencias, que son
sólo tuyas, decides sobre ellas, intransferibles, amargas, decepcionantes, un cúmulo de fracasos y triunfos, sólo tuyos. Y de repente tienes la ocasión de decidir con quién compartirlo, sin mal azar o torceduras. Lo que sentiste una vez, lo que sintió la otra persona, es simplemente cosa de dos, y ese abrazo funciona como un pacto, como la nueva entrega de una saga, trabajada a golpe de sacrificio y única, ganándose a pulso los derechos reservados. No hay primeros ni últimos abrazos, sólo hay autenticidad. Y aunque tengas la sensación de que no habrán más, de que se sabe el último, tienes
que quedarte con la seguridad de que la cantidad no es importante. Tienes que asegurarte de que ése será lo suficientemente intenso y sincero y largo y cómodo y bello y cálido y tan placentero que ahogue, tan jodidamente bueno que será capaz de reemplazar a mil más, porque simplemente será único e intransferible. Porque tiene tan poca vida, y su oportunidad es tan ínfima, que ha de entregarse por entero, a riesgo de no dejar descendencia. No tengas miedo a ese abrazo, Marine. La muerte no es mala, no es algo terrorífico, no es doloroso. Doloroso es el proceso, no el final en sí.
Es simplemente muerte, y es algo natural, es como el nacimiento. A lo mejor antes de nacer, en el limbo, estamos todos igual de esquivos con el paso a esta vida, qué sé yo. Es sólo que a la mayoría de la gente le asusta la incertidumbre. A mí no; la muerte es sólo un cambio, no deja de ser un abrazo un poco más existencial, que se vuelve un poco más rígido y quizá te hiela al pasar, no lo sé.
Yo quiero pensar que se merece lo mismo que la llegada al mundo; recibimos el nacimiento con un abrazo y cuando nos vamos, deberíamos hacerlo también, nadie debería irse solo de aquí, nadie debería avanzar temeroso al otro lado, es un error. En el séptimo sello de Bergman la muerte jugaba con el caballero mirando al mar, sosegada, incluso tranquilizadora, era agradable, cortés, amigable, no hacia trampas y era cachonda que te cagas. Yo me quedo con esa muerte, jugándome mi paso por el mundo en una puta partida de ajedrez. El cabrón siempre quería jugar con las negras. Creo que al final se fundía en un abrazo largo con Von Sydow.

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