MANGER

 

Ese clavo me tiene intrigado.

No me explico cómo, pero ha surgido de pronto en esa pared, frente a mi camastro.

Recién liberado de unas pesadillas, lo observo un momento y me he preguntado si en realidad existe o es un producto de mi somnolienta visión. Es extraño…

Ese clavo antes no estaba…

No recuerdo haberlo clavado, ni tampoco entiendo qué función tenga en una pared sin necesidad de ornatos.

Es tan sólo un mísero clavo, pero su presencia me produce insana inquietud.

Lo observo de nuevo con detenimiento: es un enorme clavo, muy viejo, algo torcido y bastante herrumbroso…

… Pero se ve sostenido y firme, ahí en la pared, hincando su férrea raíz hasta muy cerca de esa cabeza aplanada que remata su cuerpo de sádico.

Me parece escuchar los lamentos surgidos de la carne y el hueso del yeso y ladrillo; noto cómo ha hincado su afilada ira lacerando con saña su nervio central, el ánima misma. Pero, pese a ello, se ve que nada le afecta…

Se muestra impertérrito, chulesco y altivo…

Y, además, parece reírse ante la pasividad frente a su crueldad.

¡Uf…!  ¡Qué mal me encuentro…! ¡Me siento agotado!

Se me hace complejo pensar en el puñetero clavo y sus intenciones…

Siento un sopor insufrible…

Adormezco de nuevo…

Me pesan los párpados…

***

… Ahí sigue el maldito clavo.

¡Qué mal presagio…! De nuevo despierto y ese mismo plano se abre a mis ojos.

Pero no sólo ésta… Otras pesadillas me dejan exhausto.

Prefiero cantarlo a contarlo, así se me hará menos raro…

Quizás la realidad me asalte y pueda salir así de este espanto:

“Esta vez soñé convertirme en pájaro,

volar por encima de altos tejados

y, al final de este sueño, cansado de tanto volar,

frente a los deseos de lograr libertad,

posarme en la rama de un sauce llorón

y caer atrapado en la pegajosa liga

de un cruel demonio apellidado Horror…”

¡Oh…! ¡No…! ¡No…!

¡Ni siquiera cantando sirvió!

***

Soñé también con ser ese grillo feliz cantando en la noche, acunar a la luna con cantos de amor a sus reflejos plateados…

… Y después morir, sin siquiera esperarlo, por las fauces de un simple roedor.

¡Qué horror sentirse aumentado en tu oído el “crash” de la muerte!

***

Y ahora, de nuevo, el maldito clavo oxidado… ¡Qué suerte…!

Veo que no ha rendido conquista…

Y observo, además, que ha logrado extraer de aquéllas entrañas una lágrima que tiñe de rojo su base…

¡No, espera…! ¡No es una tan sólo…!

Un lento goteo ha marcado ese surco en el blanco tabique, teñido en  línea escarlata, fluyendo hasta el mismo suelo y yacer en un charco de vida reseca…

¡Pobre…!

¡Ella, majestuosa hasta el mismo techo, altiva, impoluta y vertical, por fin se ha rendido para ofrecerse entera al imperfecto, inane y vejestorio clavo, del que colgarán un cuadro, un Cristo de cruz o un marco relleno de una fría foto, y harán de su dolor y esfuerzo el sostén de su vacuidad…!

¡Y clavarán más y más puntas de clavos de los que colgarán tristezas y llantos…!

Unos que luchar no pueden; otros que aprovechan la pasividad de tantos y crucificarlos…

Pero la vida sigue…

¡Paredes sin clavos!

Aunque, si lo piensas bien… ¿quién quiere paredes en blanco?

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