HÉCTOR RÍOS

 

Siempre ha existido en cada uno de los seres una capacidad o facilidad

para comprender situaciones o hechos y convertirlos en deleite

cotidiano,  desapercibido para nosotros pero sorprendente para los

terceros, quienes casi siempre exclamaran en halago prodigioso que “se

nos ha dado un don”, un regalo, una bendición, o que somos especiales.

 

Halagos que considero conclusiones de ojos distraídos, pues creo que

todos tenemos facilidad o creatividad represada, que en algún momento,

si es que ya no hemos tenido el placer de vivir de ello, estallará como

agua contenida por décadas o siglos, arrasando lo que fuimos,

llevándonos de manera fresca, rápida y fuerte, al curso natural que

nos corresponde y que debimos haber seguido por simple instinto.

 

Creo que por esa búsqueda de uno mismo (como dicen los

espirituales), sin saber que buscaba, por imantación innata me acerque

a esa especie de babel culinario, en donde pasé a conocer las entrañas

de un mundo de anécdotas diversas, lejanas y decadentemente

fascinantes. Transitando con total naturalidad de la barra a la cocina

y de estas a las mesas, sin una frontera especifica.

Era un café  con intenciones de bistró, cuya cocina estaba integrada

por verdaderos cocineros italianos, unos alemanes en la administración

y cuanta nacionalidad pudiera hermanar la comida, la fiesta intensa y la

autodestrucción complaciente.

 

Allí, conocí un presunto sueco, delgado como galán y gánster de los

años veinte, que se sentaba de medio lado en la barra para no dar la

espalda completa a la entrada y que miraba cada cuarenta segundos por

sobre su hombro, como si esperara a la traición llegar en cualquier

momento. Personaje este que se nos presentaba como el creador de la ensalada de

langostinos del café, servida en una enorme bandeja, con lechugas,

langostinos bien grandes y cuartos de limón, pasada con abundante

cerveza holandesa,  pero  que solo él preparaba y comía, y nunca

ordenó  más nadie pues no se ofrecía en el menú.

 

Cada atardecer escuchaba como enamoraba a las chicas con sus aventuras

y descripciones del mundo, en su trabajo como capitán de barco, pero

que dado su auto endilgado título de chef de ensaladas inexistentes,

su pesado acento nórdico, su paranoico tic de autoprotección, sus historias incongruentes, y de esos noseques que alertan sin poder ser explicados, además de su desaparición sin aviso

a los pocos días de haber llegado, no me quedo la menor duda que era

piloto de avionetas del narcotráfico.

 

De esa misma manera conocí al callado Mateo y al irascible Teo, ambos

italianos, ambos drogadictos, ambos prófugos de la justicia de su

país, o como ellos mismos decían, “cuando pueda regresar en unos años

y nadie se acuerde de mi”.

 

El primero, blanco, bajo y fornido, de rulos suaves y cara de niño

amigable, con ojos tristes que pedían comprensión. El segundo, alto,

tan alto que se encorvaba, de brazos largos y fuertes, con tatuajes de

anclas y cuchillos, siempre en camiseta, bronceado tal vez por el sol

que debió haber llevado al trapear la cubierta luego que fuera

descubierto como polizón en las bodegas de un barco que llegó a estas

tierras de gracias.

 

Mateo era detallista y meticuloso, dispensando a sus platos una especie

de orgullo paternal, como si su pasta o sus salsas hubieran nacido

para cumplir una misión tan importante como salvar una vida o tal vez así

había ocurrido y a eso se debía la sonrisa de orgullosa despedida que

daba a cada plato que partía a las mesas de sus comensales; quizás en

su mente, él era el puerto italiano y su pasta, el hijo que salió a

probar suerte en las “Américas”; poco podía descifrarse de sus escasas

palabras.

 

Una cosa que dejaba claro si querías trabajar con él, eran sus reglas

de convivencia, las cuales además de llegar en la mañana a limpiar y

ordenar la cocina, incluían que si nunca querías una pelea (motivo por el

cual huyó de su país) o hacerte su enemigo, lo cual yo descarte

siempre y de primer plano, era que nunca debías decirle o referirte a

él, de manera directa o supuesta o que se interpretara, o jocosamente

o como aprecio, jamás de los jamases debías decirle que era un “hijo de

puta”. Y te explicaba, no sin antes servir dos shot de ron puro, que

su madre había muerto cuando él tenía ocho años, primer shot, entonces como su

padre era un borracho, el desde muy pequeño debió trabajar en una

fábrica de jamones en Parma y que siendo un niño debía cargar piezas

enormes sobre su espalda, y con lágrimas en los ojos y la voz

llorando, atribuía a esa dura infancia su escaso tamaño y su

fornida espalda y brazos, porque entonces nunca tuvo madre, y le hizo

falta, etcétera, etcétera, fin de las lágrimas, fin del segundo shot y

como abriendo un paréntesis, decía- “por cierto, muy buenos jamones,

debes probarlos”, dando la impresión que su drama fuera patrocinado

por estos productos o como si su triste pasado fuera recompensado con

la fama mundial del embutido.

La segunda cosa que podría causar pelea era que se le acusara

o se le diera a entender que era un ladròn, porque siendo el niño, se

quedó sin madre, entonces al haber trabajado desde muy chico, todo lo

obtenido en su vida, era honesto y fruto del trabajo duro y mas

lágrimas y por eso su tamaño,  finalizando  con sonrisa infantil como

agradeciendo la presencia.

Y vaya que era el Mateo un tipo de palabra, una noche, después

de haber cerrado  el café, producto de su estado psicotrópico y de

mucho ron, creyó haber escuchado que la honra de su madre había sido

ofendida y sin inmutarse ni reclamar, de la barra bajo a la cocina en

el sótano e irrumpió con el cuchillo más grande en la mano, gritando

Porco Figlio di puttana” y dirigiendose al  flaco Eduardo, un alma

inocente que se dedicaba a llevar las cuentas del café y que los Viernes en la noche

los empleaba en fumar marihuana o embriagarse.

 

Tuvieron que intervenir los alemanes, Teo El Pirata y mucho dialogo de

nosotros los amigos del flaco Eduardo, para convencer a Mateo que

escuchó mal producto de sus excesos, lo cual aceptó, de manera que

habiéndolo dejado huérfano de arma blanca,y desaparecida la barrera humana, en un descuido de

todos, por si acaso, golpeó su frente contra la cara de Eduardo el

flaco, haciéndole sangrar  la nariz, y desapareció vía al sótano, al

puerto italiano de su imaginación; para luego subir media hora después

entre lágrimas, explicando por enésima vez, que de niño quedó sin

madre y saben uds ya el resto, pidiendo disculpas al flaco, así como

un poco de marihuana para aplacar sus ímpetus.

Y en un fraterno abrazo y hacia una reconciliadora fumada de la paz,

estos dos individuos cerraron la noche sin saldos que lamentar.

 

El Teo, por el contrario, era amargado, escandaloso y grosero, y a pesar

de su aspecto de pirata, era manso o al menos no impredecible como

Mateo, recuerdo la rapidez en despachar sus órdenes, eficiente pero no

apasionado, impaciente, siempre apurado, esperando cobrar al final

del día o ganar cualquier clase de apuestas para ir a entregarse a sus

vicios, que parecían ellos viciosos de él.

 

Una tarde una señora que no frecuentaba el café decidió pedir algo

fresco de comer que fuera acorde con el calor que hacía, y Teo en su

premura de despachar clientes, preparó un colorido y presentable

platos de frutas tropicales con algunos jugos almibarados de algún

cítrico, algo exótico para cualquier ajeno a estas tierras.

Ese salir del paso convirtió en cliente habitual a la señora,

quien ordenaba siempre su “ensalada de frutas”, situación está muy

graciosa para nosotros porque Teo explotaba de ira con la petición,

diciendo en su inentendible frontera entre el italiano y español que

como era posible, que o era ensalada o era plato de frutas, que en que

“testa di cazzo ” cabe, una ensalada de frutas suena a lechugas con

cambures, a comida de zoológico o algo así, entonces entre gritos,

“Merda”, y demás maldiciones, armaba el pedido, lamentando su suerte,

que si no fuera por su vicio no tendría que soportar gente

animal, que “madonna mia”, y de su letanía de arrepentimientos y

maldiciones nacía un vistoso, colorido, irrepetible y exótico plato

de frutas tropicales.

 

De manera que a veces, cuando las tardes eran flojas, y veía al Teo

con paso de nerviosa abstinencia caminando de un lado a otro de la

cocina, esperando destrozar una comanda; yo, solo por divertirme

bajaba y le decía, -“Teo aquí tienes, tu novia llegó y pidió lo de

siempre, ensalada de frutas”-  entonces él se llevaba las manos a la

cabeza gritando: – “Porca miseria”-  e inmediatamente caía en cuenta de la

broma, devolviendo, puñetas, “ma vaffanculo” y a veces ollas o

sartenes teledirigidos.

 

Yo siempre mantenía esos volcanes inactivos, bajándoles durante su

faena, un vasito con ron seco, lo cual era recibido con agrado y

devuelto con creces en las noches que no me tocaba laborar pero a eso

de las horas del hambre, me dejaba eventualmente caer por el cafe y

era retribuido con una  pizza delgadita, crujiente y horneada a la leña con los

ingrediente que mejor gustara.

 

Aprendí que existían códigos para cada mundo, como

idiomas que te permitían transitar por los países de tu interés, una

especie de nacionalidad.

Por ejemplo, si te acercabas, probabas o sabías de

drogas, ese sería tu idioma oficial, pertenecías a un temido y

poderoso mundo, te moverías con agilidad y se abrirían muchísimas

puertas, las cuales, contradictoriamente, te conducían a ese mismo

mundo.

Si tu interés eran solo fiestas y alcohol, te moverías entre varios

mundos, pero si sabias cocinar o al menos apreciabas esa magia que

genera el poder creador de las manos, ese que trae alegría y hace

sentir en casa natal incluso a las almas solitarias, esa alquimia que reconforta a los espíritus perdidos en sus noches frías; entonces si eras de esos hechiceros o entendías ese idioma, eras ciudadano del mundo.

http://fuegolentovzla.wordpress.com

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