DAVID MOSSI

A hijuemil metros de altura y divisando la costa atlántica por la ventanilla me afligí por haber dejado pasar tanto tiempo sin regresar. Nunca encontré el momento oportuno: el trabajo, la escasez de medios económicos que tantas veces me obligó a deshacer los planes… Pero sobre todo el miedo, la vergüenza y las pocas ganas de dar explicaciones. «El año que viene me regreso, papá». Así, año tras año, durante demasiado tiempo. Me había acostumbrado a sus peroratas y ellos tanto o más a mis excusas. «La señoritinga ya no quiere estar con los pobres», me decían con sorna desde el otro lado de la línea cada vez que llamaba a la casa para saber de ellos. Yo perdonaba sus pendejadas porque me gratificaba escuchar la musicalidad de ese fraseo familiar que tanto echaba de menos. Pero dos días antes de mi viaje mi hermano Gustavo sonó demasiado serio para ser él y adiviné que algo ocurría: papá enfermó.

Ni siquiera avisé de mi llegada. Me planté en el aeropuerto con una maletica y un revoltijo de ropa en su interior, y unas horas más tardes la brisa del Caribe saludaba mi rostro, como cuando íbamos de comida familiar los fines de semana a Bahía Concha, para escapar del bullicio turístico de Santa Marta. Papá y yo agarrábamos dos cañas andrajosas y nos poníamos a pescar desde la orilla. Él decía que yo era la única que tenía paciencia para aprender. A la única a la que podía enseñar. Yo observaba a los demás con envidia mientras bailaban salsa, a sabiendas de que el único pez que picaría el anzuelo en aquellas tardes dominicales sería yo con las historias que él me relataba durante la espera. Después todo cambió. Crecí. O él se hizo mayor. Aunque siempre tuvo esa manera de pensar tan suya. Tan de «aquí mando yo». Tan de «tú no sabes lo que te conviene porque siempre serás mi niñita». Pero la niñita tenía carácter. Lo heredé de él.

Llegué pronto al Rodaero, desde Barranquilla, y eché la vista al Cerro Ziruma. Tras él Santa Marta se vería preciosa. Mucho más moderna. Con relucientes edificios que «se alzaban hasta al cielo». Eso me decían mis hermanos y no mintieron. Unos minutos callejeando lo certificaron. Otros pocos más y la casa apareció frente a mis ojos. María, una negrita chocoana que contrataron mis hermanos al morir mamá, salió a recibirme y me vi engullida por su abrazo.

-¡La niña Claudia! ¡Ay, Dios Bendito! ¡La niña Claudia se regresó! -dijo sin parar de besarme-. Sus hermanos no volvieron todavía de trabajar, pero su papá está en la casa.

Los recuerdos se mezclaron con el olor a pandebono recién hecho y cerré los ojos para disfrutarlo. Cuando los abrí de nuevo mi padre bajaba por las escaleras, alarmado tras escuchar el júbilo de María.

-Hola, papá. Perdóname por no avisar de mi llegada –acerté a decirle. Él me miró como solo miran los vencidos y el tiempo se detuvo para los dos. Los ojos se le enrojecieron; a mí el alma.

-Se te borró hasta el acento, hija –me dijo antes de abrazarme. Esbozó solo media sonrisa. Como si hasta entonces no hubiera tomado conciencia plena de mi ausencia. Como si yo no hubiera reparado nunca en su penar.

Se le veía bien. Mucho mejor de lo que esperaba. Quizá no estuviera tan enfermo. «Quizá mis hermanos solo me han gastado una broma desagradable», pensé. Pero pronto empezaron las toses. Pronto tronaron sus interminables carraspeos y María le ayudó a sentarse en el sofá de la sala grande. Yo le acompañé a su diestra, bajo el retrato de mamá.

-Sois igualitas –dijo mi padre al darse cuenta de mi ubicación -. ¿Qué edad tienes ya? ¿30…? ¿32 años?

-34, papá.

El cabeceó hundiendo la vista en sus recuerdos. Debió pensar que, a mi edad, mamá ya había criado tres niños y yo seguía soltera; pero no lo dijo.

-¿Qué tal por España, Claudia? Oí que están teniendo problemas con el dinero. Aquí, sin embargo, la economía crece todos los años –los ojos se le iluminaban cada vez que me sonreía; aunque entremezclara sus mimos con dardos envenenados. Yo los encajaba estoicamente.

-Estoy bien, papá. En el periódico me tienen en mucha estima. Estoy muy bien mirada.

Un pequeño yorkshire se aproximó a olisquearme atraído por los pandebonos que nos había acercado María hasta la sala.

-¿Y éste quién es? –pregunté a mi padre.

-Se llama Bruno. Uno más de la familia desde que tu hermano Gustavo se lo regalara a una de sus últimas novias y ella lo rechazara. No le debió perdonar, porque el perro sigue por aquí –papá comenzó a acariciarlo con frenesí-. ¿Sabes? Es un buen pescador. Cuando vamos a Bahía Concha se queda junto a mí dándome compañía. Aunque últimamente ya no vamos mucho –se lamentó-. Tus hermanos andan muy ocupados con sus cosas.

-¿Y por qué no van mañana? -dijo María mientras nos servía un café.

-Me parece muy buena idea, papá. Hablaré con “Gus” y con Alfredo.

-Tal vez –dijo encogiéndose de hombros. Le intuí alegría, pero un nuevo acceso de tos la alejó de su rostro.

A la mañana siguiente, “Gus” nos llevó a todos a Bahía Concha. María llevaba en la parte de atrás una enorme perola con sancocho de pescado. Papá viajaba delante con Bruno en su regazo. Yo me la pasé todo el camino escuchando a la nueva novia de mi hermano: una modelo venezolana de interminables piernas.

Cuando llegamos, la playa estaba llena como si fuera año nuevo. A mí acudieron a saludarme tíos y primos y también sobrinos de cuya existencia solo sabía por algunas fotos de internet, pero mi hermano Alfredo se limitó a mirarnos pensativo y con gesto serio. Los niños jugaron toda la mañana desperdigados correteando por la arena mientras los mayores nos poníamos al día de nuestras vidas: risas, la música de Joe Arroyo y cotilleos sobre la última conquista de mi hermano “Gus” animaron esas horas. A mediodía, María repartió su famoso sancocho para algarabía de todos; la chocoana presumía, con razón, de ser la más reputada cocinera de la zona. Después de la comida, mi hermano Alfredo hizo un aparte conmigo y me alejo unos metros del bullicio para hablar. “Gus” se nos unió poco después.

-Papá está muy enfermo –me dijo.

-“Gus” me lo contó. Por eso vine.

-O sea, que si no hubiera sido por eso ni siquiera estarías aquí. Tienes dos hermanos, Claudia. Mis hijos ni siquiera te conocían…

-Lo sé, lo sé… He estado ocupada…

-¿Tú crees que puedes venir así como así como si tal cosa, Claudia? Han pasado 15 años. ¡15!

-Alfredo…

-¡Déjame, “Gus”! ¿Ocupada dices? Siempre has pensado en ti y en nadie más, Claudia. Te marchaste a estudiar a Europa y “Gus” y yo respetamos tu decisión, pero para nosotros no fue nada fácil, ¿sabes?

-Alfredo, déjalo ya…

-Nos hicimos cargo del negocio y de la casa. Papá no ha sido el mismo desde que murió mamá. Y tú te fuiste. Eras su «niñita» y te fuiste. Él nunca entendió por qué, aunque no te lo dijera. Tú querías hacer tu vida. Es muy respetable, Claudia, pero solo pensaste en ti. ¿Ahora regresas y pretendes que actuemos con «naturalidad»?

-¡Alfredo! ¡Para ya!

-¿Qué pasa, “Gus”? ¿Acaso te parece bien lo que hizo la “españolita”? ¿Por qué te pones de su parte?

Me llamaba “la españolita”. Como si fuera un navío de esos que recorría los mares en tiempos de la Conquista de América. Y no me gustaba. Ni de allí ni de aquí; ni de allá ni de acá. En el limbo de los apátridas y proscritos. «Ciudadana del mundo», en horas altas; «Vagabunda en el exilio», en las bajas.

Abrí mi cartera y saqué una foto de su interior para dársela a Alfredo. Supe que él lo entendió todo cuando las arrugas de enfado de su frente desaparecieron.

-¿Tú…? ¿Lo sabías? –le preguntó a “Gus”.

-No, hasta hace dos años. Me hizo prometer que no diría nada.

-¿Y papá?

-No. Papá no lo sabe –le expliqué-. Por eso no podía regresar. Quería hacerlo. Muchas veces he tenido los pasajes en la mano y en el último momento me arrepentí. Me dio vergüenza. Aún ahora me la sigue dando.

-Le queda poco tiempo… -me advirtió él devolviéndome la foto.

Asentí y me alejé de ellos en dirección a mi padre. Caña en mano, miraba el océano mientras el perro saltaba a su alrededor jugueteando. Se giró y sonrió al sentirme llegar. Yo le correspondí.

-Os he escuchado pelear. Parece que no hubiera pasado el tiempo. “Gus” y tú siempre hicisteis buenas migas, pero con Alfredo…

-No era nada importante, Papá. Ya sabes que Alfredo es tan intenso como solía serlo mamá.

-Y tú tan cabezota como tu padre, ¿verdad? –los dos reímos.

-Papá…

-Dime, hija.

-En unos días me regreso a España.

-¿Tan pronto? Pensé que estarías más tiempo –dijo sin disimular su fastidio.

-Tengo asuntos que atender en España, pero volveré en unas semanas. Cuando allá sea verano y tengamos vacaciones.

-Está bien, mi niña.

-Pero, papá… no vendré sola –dije sin apenas mirarle mientras sostenía la foto entre mis manos. Él sonrió sin sorprenderse.

-¿Y cómo se llama el afortunado? –preguntó. Yo le entregué la foto para que la viera.

-Se llama Claudia como yo. En julio cumplirá los 15.

Recibí un único beso en la frente, como cuando me arropaba por las noches cuando era niña. Me supo a un millón de arrumacos. A un océano de abrazos que llegaron con retraso.

El perro se alejó correteando entre las dunas hacia una curiosa formación de arena frente a las rocas, al este del faro, donde la marea descubría con prisa un pequeño islote. El oleaje barría de izquierda a derecha, y viceversa, creando alargados y concéntricos anillos; cincelando escaleras, con destino a ninguna parte, que obligaban al paseante que las recorría a preguntarse si subía o bajaba. Sin más compañía que el sonido de las olas golpeando la orilla con insistencia, saludamos la costa que nos recordó que también había vida al otro lado del mar.

https://davidemossi.wordpress.com/

Un comentario sobre “Las dos orillas

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