ANDRÉS HERNÁNDEZ

Estoy arruinado. Material y moralmente. Acabo de recibir la notificación de la
sentencia de mi divorcio y la práctica totalidad de nuestro patrimonio pasa a
manos de mi exmujer. El Juez ha hecho una lectura exclusivamente racional de
los hechos y no se ha detenido ni un instante en los sentimientos. Si lo hubiese
hecho, la parte dispositiva de la sentencia sería bien distinta. ¿Puede imaginar
el lector un mundo sin sentimientos? Yo, desde luego, no.
La pérdida mi amor hacia ella ha sido la causa que nos ha conducido
irremediablemente al divorcio. Me enamoré de otra mujer con la que no ha
existido ni tal vez exista nunca contacto físico. He actuado siempre de manera
honrada y digna. Trataré de narrar brevemente los hechos.
Hace algo menos de un año publiqué una novela titulada “Adagio para coro a
capella”. El éxito obtenido ha sido prácticamente nulo, pero ha sido el
detonante de un cambio radical y terrible en mi vida.
La historia se desarrolla en un pueblo costero del sur de Italia, donde un grupo
de jóvenes coinciden de forma más o menos casual durante las vacaciones de
verano. El personaje de Martina, la protagonista, surgió como una estudiante
de biología de veintitrés años deseosa de dejar de lado durante un tiempo los
estudios y el resto de sus obligaciones, y disfrutar del sol, del mar y de la
tranquilidad. Con esta novela pretendía narrar de manera un tanto frívola las
relaciones entre los jóvenes durante las vacaciones. Nada original, pero a
medida que iba tomando forma se fue complicando.
Martina queda físicamente descrita en el primer capítulo, pero su personalidad
se fue desarrollando a pasos agigantados hasta alcanzar una complejidad que
a mí mismo me asustaba. Y no me faltaban motivos, como he podido
comprobar a posteriori.
Volvamos a los hechos. Martina, mientras tomaba unas copas en compañía de
una amiga, conoció a Alessandro. Era un hombre cuatro años mayor que ella,
bien parecido y con una capacidad de seducción considerable. Martina se sintió
atraída por él desde el primer momento. Él lo notó enseguida, considerando
que se le presentaba una excelente oportunidad para disfrutar de un verano
divertido. Efectivamente, pocos días después Martina estaba perdidamente
enamorada. Alessandro, en cambio, aprovechó este hecho para su mero
entretenimiento, sin importarle lo más mínimo el daño que pudiera llegar a
ocasionarle.
Ante la candidez de ella intenté dar un giro a los personajes. Ya era tarde.
Martina, animada por sus amigas, se entregó a él en todos los aspectos.
Cuando se encontraba a solas se imaginaba una vida futura con Alessandro en
una bonita casa en la que reinaban la paz y la armonía. Traté de persuadirla
por todos los medios de que estaba siendo engañada, pero ella tenía ya una
vida propia y me ponía infinidad de obstáculos en mi afán por apartarla de su
error. A estas alturas ya me había enamorado de ella. Mi sufrimiento llegaba a
través de dos caminos diferentes pero inseparables y complementarios. Por
una parte veía como Martina, mi gran amor, se alejaba de mí; a la vez que
Alessandro se regodeaba cada vez más en su comportamiento indigno,
llegando incluso a la deshonrosa actitud de explicarle cada día a sus amigos
los detalles íntimos que iban sucediéndose entre ellos. Mi amor hacia ella se
incrementaba a la misma velocidad con la que lo hacía mi odio hacia él. Como
ya he mencionado, me resultaba imposible dar un giro a la narración, y
entonces intenté anular a los personajes. Tampoco fui capaz. La historia
avanzaba y se convertía en un monstruo que iba adquiriendo un tamaño
colosal y que me devoraba lenta pero cruelmente.
Alessandro ya está en su ciudad, destrozando el corazón de cuantas mujeres
se cruzan en su camino. Martina ha dejado los estudios, se pasa las horas en
su cuarto llevada por la melancolía y preguntándose cómo pudo ser tan
ingenua. Para mi desesperación, sigue enamorada de él. Mientras tanto, a
pesar de mi lucha sin tregua, no consigo llegar a ella. Me ignora, lo que me
causa un profundo dolor. No encuentro el modo de explicarle que mi amor sí es
puro, sin mácula.
Mi exmujer, en cuanto la puse al corriente de la situación, me acusó de loco.
¿Loco yo? Tal vez, no lo sé. El amor en sí mismo es una locura. Una locura
necesaria e inevitable.
POST SRICPTUM (I)
Un buen amigo me ha dicho que puede ayudarme a mejorar mi lamentable
estado de ánimo a través de la bioingeniería cuántica. No tengo la menor idea
de a qué se refiere.
POST SCRIPTUM (II)
Tenía previsto dar un consejo a los escritores. Soy consciente de que no tengo
autoridad moral ni intelectual para hacerlo, pero aún así pensaba incluirlo en el
relato de los hechos. Pretendía animarles a que no permitiesen que los
personajes de sus novelas adquirieran vida propia. Tras una reflexión posterior
observé que era un consejo erróneo, ya que si fuese seguido de manera
unánime supondría el final de la literatura, y con él, el de toda una civilización.

 ficcionescasireales.com

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