LUCES Y SOMBRAS

Deambulaba por la toda la casa soportando la pesada carga impuesta para la redención de alma por los pecados cometidos en el pasado, por los suplicios provocados con sus atroces actos. Como alma en pena, arrastraba las pesadas y sonoras cadenas de habitación en habitación por toda la casa, gimiendo sus penas y pesares e impregnando con su aroma a mar cada estancia de nuestra morada.

Siguiéndome como la sombra de mi propia sombra, haciendo las veces de mi ángel de la guarda, incapaz de hacerme daño alguno, su misión era mantenerme sana y salva.

Ya en vida, había sido mi guardaespaldas.

Me protegía de todo y de todos, en exceso, con un celo a veces enfermizo, pero a su lado, nunca me sentía indefensa. El era el guardián de las llaves de mi cuerpo, el protector de mi alma. Era el que tantas y tantas veces había encauzado mis devaneos y había protegido mis amoríos. Él era mi fantasma personal.

 

La pesadez de sus cadenas denotaba el peso de su deuda con su pasado, por la tristeza de su alma por no haber podido confesar sus pecados antes de que se la llevaran. El aroma que dejaba al recorrer la casa, esencia de pirata, y los sonidos guturales que manaba de su boca recordaban la insoportable carga que transportaba en sus espaldas.

 

Otras veces era yo la que le perseguía por la casa, comprobando que cada puerta, cada ventana o cada mínima rendija estuvieran bien cerradas. No podría soportar que su cuerpo etéreo se escapara. No podría soportar quedarme sola en esta enorme morada.

 

Para el no existía el tiempo, únicamente reconocía su espacio, aquella casa, donde debía mantenerme y protegerme de la vida externa que veía e imaginaba a través de las ventanas. Solo eso, su deber, y el peso de sus cadenas le ataban a esta vida pasajera.

Hacía años que debió abandonar la casa, dejar de ser mi sombra y seguir su camino hacia donde fuera. Casi había acabado su condena, pero era un paso que no daba, no deseaba irse sin que yo me fuera, me había prometido ser siempre mi compañía y mi coraza.

Debería haber cumplido ya su condena, haber abandonado esta vida, y haberme dejado a mi ser capaz de valerme por mí misma, no estar sobreprotegida, que en nada me beneficiaba, ni me beneficiaría cuando él se fuera. Me quedaría sola y sin saber qué hacer en esta vida.

 

Se deslizaba de estancia en estancia vigilando que nadie se acercara. Con el devenir de los años, su sábana blanca se había ennegrecido por el roce, el polvo y el peso que cada vez más se le iba acumulando mientras no terminara de cumplir su condena.

Demasiadas miserias acumuladas en su vida de pirata.

Sus días eran tranquilos, pero las noches… Por las noches deambulaba, con sus gemidos y aullidos, con el ruido del aire y el sonido de sus malditas cadenas que cada vez con más dificultad arrastraba. Cuanto más tiempo pasara en la tierra, más se incrementaría su pesar y su carga.

Su condena era su esperanza. Solo deseaba vigilar que nadie entrara, que estuviera protegida de todas las miserias que él había visto durante todos sus años navegando por la tierra.

 

Sabía dónde estaba a cualquier momento. Era sigiloso cuando quería que no supiera que me espiaba a escondidas, que me seguía y controlaba.

 

Un día desapareció sin más. Sin mediar disputa ni palabra. Al igual que había llegado a la casa, se había evaporado. De noche, en silencio, como los ladrones de guante blanco, sin que me diese cuenta.

Se había esfumado de mi vida, sin decir una palabra, dejar un mensaje o una triste despedida. Solo por el sentimiento de vacío que se sentía, sabía que ya no estaba, que me había mentido, que me había abandono, que ya no volvería.

 

Después de guardar el luto pertinente, me decidí a salir sola para conocer mundo, ver si me había perdido algo, si debía amarlo u odiarlo por su protección o por su engaño.

Lo recorrí de una punta a otra, sin dejarme nada a la imaginación. Necesitaba saborear la realidad, fuera buena o mala.

Un día paré. Comencé a tener morriña y echaba de menos mi casa. Recordaba a ese ser que me había protegido, su olor y su intranquilidad, incluso el olor a antiguo que su sábana emanaba.

Me había dado cuenta de que lo que creía que me estaba perdiendo solo servía para malgastar el tiempo y el dinero, que no había nada que mereciera seguir fuera, que necesitaba volver a mi casa.

 

Pero la soledad es mala compañera y la tristeza mala amiga. Tanto que cuanto más tiempo pasaba, más sentía que me iba invadiendo la pena por aquel que no estaba. Sentía pesado mi cuerpo como debía sentir él sus cadenas. Mi ropa blanca se iba ennegreciendo con el paso del tiempo. Me estaba transformando en…

 

Un día de lluvia, mientras estaba en la cama, sentí tras la ventana de mi habitación una presencia que no me parecía extraña. Fue como una reminiscencia del pasado, un dejà vu, una necesidad callada que necesitaba.

 

Veía una silueta por la ventana cubierta de gotas de lluvia, que hacían más difícil saber qué había dentro y qué acechaba afuera. No podía ser él, pensaba… Aunque en mi fuero interno lo deseaba. Solo era una corazonada, no quería hacerme falsas esperanzas. Hacía mucho tiempo que había desaparecido, sin haber dejado ni una nota, ni algo que me lo explicara. Se había ido o se lo habían llevado, y no creía que le permitieran regresar a mi lado, debió haber cumplido ya su penitencia.

Sería algún merodeador nocturno, alguien que no supiera nada en absoluto de la leyenda de esta casa, que fuera un extranjero, o un loco descreído, o alguien que necesitara refugio en esta noche de tormenta.

 

Sentía esa presencia, pero no era una esencia extraña, era un olor conocido, una silueta olvidada del pasado, que ahora estaba…

¿Sería posible que hubiera vuelto? ¿Qué le hubieran permitido abandonar su nueva casa y hubiera regresado a mi lado?

O tal vez, se haya escapado sin que nadie se haya dado cuenta, con lo que ahora sería un prófugo, un proscrito entre dos tierras. Un alma fantasmagórica perseguida a ambos lados de la vida.

No se oía las cadenas, ni los sollozos, ni los gemidos. Solo era una sombra oscura tras la ventana. No tenía rostro, solo oscuridad, era una sombra etérea que vagaba alrededor de la casa, intentando entrar, sin querer llamar a la puerta.

 

Ahora sí estaba segura, o eso me decía la intuición, la necesidad de verlo de nuevo. Pero ya no era nada, no era un fantasma, era solo una sombra de una figura oscura sin cuerpo, solo con algo parecido a un alma.

No quería abandonar a aquella por la que había vivido los últimos cuarenta años en esta tierra. Era la sombra que venía a terminar lo que debió acabar antes de su partida, cuando todavía era un fantasma, cuando aún tenía alma.

 

No quería que entrase, pero tampoco deseaba que se fuera. Estaba indecisa y temerosa. En el fondo me asustaba lo que pudiera ser lo que afuera merodeaba, lo que pudiera hacerme si lo dejara pasar, lo que fuera capaz de hacer ella si fuera él.

Sabía lo que sucedería si pasaba, se conocía y sabía que no se negaría. Aunque también sabía, que, si no pasaba, si no le dejaba entrar, nunca más tendría la oportunidad de saber si era él que había venido por ella, o era su imaginación que le estaba haciendo una broma macabra.

 

Tumbada en la cama aun desecha, desnuda, solo una sábana blanca como barrera entre mi cuerpo y la mirada de la sombra tras la ventana.

Mi mirada se clavó donde debía tener la suya aquella sombra. Contemplando su silueta, creí ver una media sonrisa dibujada en lo que debía ser una cara.

 

Mirándolo a través de la ventana, comencé a masturbarse. Mientras mi mente se seguía debatiendo entre dejarlo pasar o mantenerlo a la espera. Fue un acto intuitivo, de goce y deseo de años de ausencia, de la necesidad creada por la nada, fue una pasión desenfrenada que me pilló por sorpresa.

 

Mientras pensaba si deseaba que entrara, mis gemidos pausados iban in crescendo. Lo que había comenzado como unas suaves caricias, se estaba transformando en una cabalgada salvaje a ritmo frenético ordenada por mi mano a mis dedos. Cada vez estaba más excitada, mientras me imaginaba la mirada del extraño a través de la ventana. Cuanto más pensaba, más iba creciendo la excitación en mi mente, y el deseo en mi cuerpo. Mayor era la necesidad de poseerlo, de ser poseída por aquello que me espiaba tras la ventana.

Solo yo y mi cuerpo no me satisfacía, necesitaba lo que había en el exterior, necesitaba de su cuerpo o de su esencia, lo que fuera ese extraño… Lo deseaba.

 

Aquella presencia y aquella mirada que me imaginaba, eran los causantes del río que comenzaba a recorrer mis piernas y del vapor que empañaba la ventana. Tanto, que, en un instante, el vaho había cubierto por completo la visión de la ventana, dejándome invisible para la sombra que estaba al otro lado mirando.

Imaginaba su necesidad, su excitación y su ansia. Imaginaba esa mirada de deseo y lujuria a través del vapor que cubría de gris la visión de mi cuerpo, el espacio que nos separaba.

 

Necesitaba más, y no era soledad, era aquello que estaba afuera, tras la ventana entreabierta. Tenía el suficiente espacio para que ese ser pasara, entrara en la habitación y se tumbara sobre mi cuerpo en la cama.

Permanecía esperando que aquella esencia tomase la iniciativa o dijese la primera palabra.

Esperaba… No necesité esperar mucho, en un visto y no visto, me encontré que estaba recorriendo mi cuerpo desnudo, dibujando mi silueta de los pies a la cabeza, acariciando cada centímetro de mi sudoroso cuerpo, sin dejar un milímetro a la imaginación, sin la necesidad de tenerle que explicar lo que deseaba, lo que me gustaba y cómo.

En ese instante, me di cuenta de que era él, el que sobre mi cuerpo yacía. Parecía que fuese humo, que fuera aire entrando y saliendo, moviéndose a través de cada poro de mi cuerpo.

Me poseyó de una manera que me era familiar, con esas embestidas de menos a más que tanto conocía, que tanto tiempo había echado en falta, que no había sentido desde su partida.

Fue como si el tiempo hubiera retrocedido y nada hubiese cambiado nada en aquella casa en la que vivía ese fantasma que tanto terror y pánico despertaba entre los vecinos y los viandantes que de lejos observaban.

Fue…

 

Cuando desperté, la ventana estaba cerrada, el lado contrario de mi cama vacío. No notaba su presencia. Me sentía como cuando se marchó aquel día, sola, angustiada y perdida, ese sentimiento tan familiar que ya conocía. Solo, en esta ocasión, había una pequeña diferencia, me sentía fría. Mi cuerpo era un tempano de hielo, mis sábanas blancas se habían coloreado de un rojo.

 

¿¿Habría sido un solo un sueño??

Pensaba intranquila. Mientras, mi mente se debatía entre lo que creía que había pasado y lo que veía.

En ese momento, vi el mensaje sobre la cama, al otro lado, en la esquina colorada de la cama. Era una nota escrita a mano, en papel blanco y con tinta roja.

¿Era tinta el adiós que leía? Era…

Era sangre lo que se veía, lo que había salido a través del corte profundo de mi muñeca reseca de donde se veía que había salido toda la sangre que cubría mi cuerpo, mis sabanas y la tinta de la carta.

 

Ahora comprendía… había regresado para acabar lo que debía. Para poder cerrar el circulo de su muerte, para poder compartir conmigo el otro lado de la vida.

 

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