AMPARO GIMENO

Amparo Gascones salió de la inmobiliaria donde había estado trabajando el último año y medio, con cerca de dos mil euros más en el bolsillo, una carta-tipo de recomendación de sus jefes, para que pudiera encontrar trabajo más rápidamente y un agudo dolor en su costado izquierdo. Amparo se rio sarcásticamente, al recordar las solemnes frases de uno de sus jefes, mientras la despedía de forma muy ceremoniosa:

–Ha sido un placer trabajar con usted, señorita Gascones, pese a todo. Ya sabíamos todos, que su puesto era para la hija de Robella, pero que sepa que ha sido un placer colaborar con usted todos los días. Tiene usted toda una amplia gama de temas de conversación y una pronta réplica en temas de política. Y una gran trabajadora, con soluciones prontas. Cómo nos gusta a los jefes. Ha dejado el pabellón muy alto, demasiado. No creo que nos acostumbremos tan fácilmente a no verla por aquí—la halagó su ya exjefe, inútilmente y mirándole los pechos de reojo.

–Si no desean nada más de mí, me agradaría marcharme ya. Nada tengo que hacer aquí y sí mucho papeleo ahora—pidió imperiosa, Amparo, haciendo caso omiso de las insinuaciones de uno de sus jefes. Una vez finiquitado su despido, ella sobraba, estorbaba, en la inmobiliaria. Lo mejor era marcharse y cuanto antes, mejor.

–Bueno señorita Gascones, ha sido un placer trabajar con usted—reiteró, por enésima vez, lo placentero que le había resultado a Mestalla, el ser la secretaria de Javier.

–Aunque me voy, no lo hago de forma definitiva. Andrea aún está muy verde en ciertos temas como del trato a los clientes o en el Excel. Vendré de vez en cuando para ayudarla o cuando me necesiten—correspondió de forma también muy protocolaría.

–Ya lo sabemos, Amparo, descuide. Mucha suerte en su nueva vida, y que encuentre muy pronto otro trabajo. Si no lo encuentra, llámenos y daremos un toque por ahí. Las buenas administrativas como usted, siempre encuentran trabajo—animó a su ex empleada ya, Mestalla, estrechándola la mano con fuerza–¡Andrea, que la señorita Gascones, se marcha ya!—anunció su despedida, atreves del interfono, a su sustituta.

Andrea, su sustituta, tardó unos segundos más de los reglamentarios en acudir a la llamada del amigo de su padre, con la secreta esperanza, de que a Amparo, se le ocurriera otra estratagema más para quedarse un día más, para que trabajase Amparo y no ella, como había ocurrido en el último mes y medio. Pero no, ya no colaban más las sutiles mentirijillas de la astuta y sagaz Amparo. Ahora debí enfrentarse ella a la inmobiliaria, y Amparo sería un número más en las frías estadísticas, arrojaban a los noticieros de forma mensual.

Amparo, volvió a estrechar la mano de su jefe, y le dio un apretoncito en el brazo derecho de Andrea, en forma de despedida. No se le ocurría otra de despedirse de su sustituta. Un apretón de manos, significaba una cierta rigidez en el trato protocolario, que implicaba, o bien trato de inferior al superior, o bien trato entre iguales. Y éste no era el caso. Ya no eran compañeras de trabajo, por lo tanto, sobraba el rígido saludo del apretón de manos. Además, nunca se habían saludado así, y ahora menos todavía. Se habían limitado a saludarse con un escueto “buenos días, o buenas tardes”, y luego añadían sus respectivos nombres. O si no el socorrido “hola-adiós”. Tampoco se dieron un beso en ambas mejillas, pues el beso en la cara, indicaba un cierto grado de amistad, sino muy íntima, si de cierta camaradería especial del trato continuo y diario. Pero, por un pacto no verbal, no llegaron a saludarse así. Era imposible, debido a que Andrea, ocuparía un día el puesto de Amparo, tal y como ya había ocurrido. De ahí ésa despedida intermedia por parte de la veterana ex secretaria.

Después de desear buena suerte a ambos y despedirse, Amparo abandonó lo que hasta el día de ayer, había sido su último empleo. Pese a llevar ya encima los papeles del finiquito, no tenía muchas ganas de hacerlo efectivo. ¿Para qué darse prisa en ir al banco e ingresar el cheque y luego al SERVEF, para darse de alta como desempleada, si no tenía absolutamente a nadie a quien cuidar y mantener? Prefería perder el tiempo en pasear por Valencia, que ir de oficina en oficina, para ser una simple cifra en rojo, en las estadísticas. Tiempo de sobra tenía, para todo, ya. Además ya sabía de sobra, lo que le iba a pasar. Tras ingresar el cheque en su menguada cuenta corriente bancaria en BANKIA (sí, BANKIA, sí pues para ella todo las entidades bancarias eran iguales), iría al SERVEF, donde la darían de alta como desempleada. Y más papeles, para cobrar el desempleo. Y a hacer más cursos del Paro. Que ya tenía, unos cuantos, casi como media carrera de Empresariales. Y eso que era de letras. Que si llega a ser ciencias, como su prima Marisa, a saber dónde estaría. O de no haberse doblegado a las insistencias de su madre, que a su vez la estaban insistiendo en que estudiase la F. P. de Administración de Empresas. Ya era demasiado tarde para lamentarse.

Mientras paseaba hacía el río, y tenía la secreta esperanza de ver  a su familia, pasó revista a su vida. Una vida malgastada cruel e innecesariamente en satisfacer los constantes caprichos de su enloquecida e insatisfecha madre. Y su padre también. En realidad, no siempre fue su madre así. Amparo pensaba que a raíz de un accidente automovilístico que tuvieron ambas cuando iban a ver, en el aciago verano del 82, a su tía Vicen y a sus primas Marisa y Ana. Hasta entonces habían sido una familia, de lo más unida y feliz, pero ése aciago accidente, les destrozó la vida a los tres, más que si hubiesen fallecido ambas. Por lo menos, su padre hubiese rehecho su vida, habría sido más feliz, que si hubiesen vivido las dos.

Amparo lo recordaba todo con nitidez, pese a que desde entonces su memoria, sufría fallos, lapsus, amnesias, inexplicables. Iban en el seiscientos del padre, para ver a su tía y sus primas, al chalet de la Eliana, cuando salió como una exhalación, un gatito de la verja de uno de los chalets. Y tras el minino, un chiquillo pequeño, casi un bebé de unos tres añitos, muy rubito y llorando desconsoladamente intentado atrapar al gatito. Su madre intentó a su vez, esquivar a ambos, niño y gato, dando un volantazo. Pero lo que hizo, en vez de derrapar, fueron dos grandes vueltas de campana… y la oscuridad total, por lo menos para cheque

El accidente ocurrió a principios de julio y hasta bien entrado agosto, que no salieron de la Salud, donde habían permanecido ingresadas ambas, madre e hija. Las cuidaban todas sus tías, incluida su tía Vicen y muchas de las amigas de su madre. Las hicieron innumerables pruebas de TACS y resonancias magnéticas, tras las cuales, le dijeron a su pobre desgraciado padre, que estaban bien, y que no tenían nada lesivo en el cerebro. Sobre todo ella, que por ser la más joven y tener toda la vida por delante, habría sido horrible, el haberse dañado su cerebro.

Pero algo se quebró por dentro en ellas, sobre todo en su madre, que se volvió más avariciosa, más codiciosa, envidiosa que nunca. En cambio ella, el cambio se tradujo en ser más callada y reservada que antes. A trancas y barrancas, estudió hasta Tercero de B.U.P. de le tras puras. Alguien, muy sabio él, recomendó a sus padres, el cambio a la F.P, para estudiar el Administrativo, que también le costó Dios y ayuda sacárselo. Amparo, achacó lo mucho que le costó sacarse el Administrativo, no al accidente, sino al ser unos estudios de ciencias y no de letras, que era para lo que estaba capacitada. Tras terminar sus estudios de F.P, sus padres, quisieron que aprobara unas Oposiciones, para hacienda y tener la vida resuelta. Ella que quería ser periodista y escritora, iba a ser funcionaria y de Hacienda, ¡que paradojas, tiene la vida!

Pero en medio de los estudios de las Oposiciones, se desmayó, perdiendo el conocimiento. Y de nuevo, más pruebas médicas. Al final, les dijeron que era por el estrés acumulado de tantos años de estudios, y además, sin haber tenido tiempo de recuperarse del accidente. Entonces, casi a la fuerza, tuvo  más remedio que descansar, por lo menos un año. Pero su madre, se opuso, radicalmente. Dijo que con cuatro meses tendría bastante. Sin embargo,

Amparo encontró refugio en el trabajo, y más en concreto en un compañero casi siete años mayor que ella, Sergio Masquefa, se llamaba. Con él perdió su virginidad, y salieron prácticamente a escondidas de su madre. Finalmente la pareja rompió. Sergio ya casi con treinta años, deseaba casarse y tener familia, ella con veinte, sólo deseaba vivir y ser feliz, una felicidad que cada vez más se le negaba. Mientras tanto, los caprichos de su madre iban en aumento, cunado no pedía una renovación total, del vestuario, era del mobiliario de la casa. O cambio de domicilio. Vivía por y para su madre, cada vez más exigente, y menos satisfecha:

–¡A ver cuando encuentras un trabajo como dios manda, y no las mierdas de secretaria! ¡Mira tus primas, cada vez que voy a casa de tu tía, han subido un peldaño! Y tú sigues de secretaria. Se han casado y tú, no. ¡Desgraciada, que eres una desgraciada! Espabila, que con veinticinco años que tienes, te deberías de haber comido el mundo y mírate. Gorda, fea y fachosa. Así ningún tío se va fijar en ti, que solo te quieren para follar y nada más. ¿Qué te crees, que no me entero de nada, so mema, pues sí, golfa!? En vez de cuidar de tu anciana madre, te vas a golfear con unos y otros.

En éste mundo paralelo, ya no era hija única, sino que tenía por hermana mayor a su prima Marisa. Ana era por tanto, la hija única. Había estudiado Periodismo y era una afamada escritora, además de periodista. Poseía varios Ondas, por su dilatada carrera periodística, así como todos los galardones literarios, desde el Nadal en el 92, hasta el Premio de la Crítica de narrativa castellana, en el 2016. Pero más allá de los galardones y las distinciones, que le pudieran hacer dentro y fuera de su país, y tanto a nivel privado cómo estatal, lo más importante para ella, es que su madre la quería de verdad. Y tenía una familia propia. Llevaba una vida muy normal, muy rica y plena. No como ella, que vivía en un mundo, pobre, deprimido y oscuro. Por lo menos, en su vida paralela era muy feliz y dichosa, en su gran chalet en las afueras.

El asunto hubiera quedado para ella, en un mero pasatiempo pseudo literario, si un día, en la biblioteca de su barrio de la Amistad, hubiese visto al protagonista masculino de sus diarios. Lo vio sentado mientras tomaba notas en un cuaderno, y ella jugaba con los más pequeños del barrio, para paliar su soledad. Amparo creyó que por fin se hacían realidad sus sueños, aunque fueran a medias. El hombre, que también se llamaba Antoni Manuel Mercé Añó, la invitó a un cortado descafeinado para merendar y alabó su gran papel  social. Sin embargo, le dijo, que estaba de paso, ya que se iría dentro de muy poco a Londres, para terminar su tesis doctoral, sobre Virgilio, ya que era profesor de latín. Además tenía novia formal, con la que se iba a casar, después de terminar su doctorado.

Amparo, esa noche llena de rabia y de dolor, tiró al contenedor todos sus cuadernos donde había escrito su diario. Hasta entonces, pensaba que algún día se harían realidad parte de sus sueños, pero ésa tarde, descubrió con amargura, que nunca los realizaría. Luego, lloró, con amargura, hasta que se durmió.

Dos días más tarde, la llamaron del Paro, para realizar un curso de Ofimática. Cuando estaba en la mitad del curso, la llamaron para trabajar en su último trabajo. En el mundo de las administrativas, tenía un cierto prestigio y algo de renombre. De ahí, que la llamasen para trabajar en la inmobiliaria Robella.

Allí le dijeron que era provisional, hasta que la hija mayor del socio capitalista, terminase sus estudios de Administrativa, y ocupase el puesto de forma definitiva. Amparo aceptó el trabajo, no le quedaba otro remedio, que hacerlo. Y desempeñó su cargo, con la mayor de las eficiencias. Mientras, Andrea Robella, suspendía adrede sus cursos, para no trabajar en la empresa de su padre. Pero a ella le daba lo mismo, o casi lo prefería, claro. Así no estaba en una casa mortalmente vacía, de risas y alegrías… Para ello, siguió acudiendo de voluntaria a varías ONGS, cuidando personas mayores y niños, que la adoraban. Yendo a su biblioteca y a pasear, todos los días para hacer algo de ejercicio al aire libre. Fue en uno de esos paseos cuando vio a su familia alternativa, la que había creado en sus cuadernos.

Nunca supo el rato que se pasó sentada en el banquito, por la impresión sufrida, la verse en otra realidad alternativa. Y qué había cruzado, en la suya. Pero cuando regresó a su casa ya era de noche cerrada. Esa noche, ni cenó apenas, aún sumida por la fuerte impresión sufrida, por el choque de dos realidades superpuestas. No durmió bien y al día siguiente y en el espacio de un mes evitó volver a pasear, por los últimos tramos del Turia. Ya en abril, antes de la Semana Santa, volvió a pasear, por la zona de la CAC, albergando la esperanza de volver a verlos. Y los vio otra vez, pero sin la hija mayor. De mayo a julio, los vio pasear otra vez. A veces todos juntos, otras, solo los tres. Y de forma bimestral. Hasta que a mediados de julio, desparecieron, para siempre. Ella regresaba siempre, por si volvía a verlos. Pero nunca más regresaron. Su vida fue otra vez gris, triste y oscura, sin la presencia de su familia alternativa. Le daba tanta alegría verlos, que casi vivía, para esos escasos segundos de felicidad suprema. Sobre todo, el ver a las niñas, que era lo que más añoraba, unas hijas propias, y no los hijos de los demás… De ahí su renuencia a no realizar los trámites pertinentes para el cobro del Paro. Para que hacerlo, si ya nada le importaba en absoluto. Sabía, que en otras dimensiones, era feliz, y era lo que le importaba de verdad.

Amparo se percató de que ya estaba cerca de su casa, había estado andando desde Campanar hasta la Amistad todo el rato. Y sin beber, ni un solo vaso de agua. Estaba en la Avenida de Cardenal Benlloch, cuando vio una señora avanzar hacia ella, con el pelo liso, muy arreglada, pantalones beige, y camiseta en tonos neutros y grandes gafas de sol, que ocultaban en parte las facciones de la mujer. Amparo tuvo el presentimiento de estar frente a su alter ego. El dolor en el costado izquierdo ya era insoportable. Dio un paso más,  y oyó un golpe frio, seco, y metálico a sus espaldas. Y de nuevo, la oscuridad. La fría oscuridad que la engullía para siempre.

 

 

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