LOBACO

Recuerdo la cruel estampida del disparo que estalló el silencio y la oscuridad que me dejó viudo. El sordo ruido del desplome del cuerpo sobre el portal lo confirmó llenando de espanto mi agarrotada alma agazapada en un indigno escondrijo. Un miedo tan atroz que sacudió cada uno de los recovecos de mi cuerpo haciéndolo temblar y convulsionarse. Sentí como se acercaba, a cada paso que escuché los espasmos fueron más violentos, más atroces, mi rostro se desfiguró y mis huesos se quebraron bajo la enorme tensión de los músculos. Mi garganta se desgarró intentando apagar un gutural alarido que apenas pudo reprimir.

Fue inútil porque la muerte tenía pies que la delataban con su espectral cadencia y un nombre que únicamente escucharlo ponía el vello de punta. El dintel de la puerta recortó su negra y brutal figura para darme todavía más pavor. Parecía sonreír sin boca, respirar sin aliento, amenazar sin rostro bajo el ala del sombrero que la tenue luz de luna iluminó por un instante. Mi corazón no pudo resistirlo  más y reventó estremecido en una cruel sacudida.

En vano “Caracortada” vació su revólver sobre el  despojo que un día fue cuerpo, porque ya estaba muerto.

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