ADÁN ECHEVERRÍA

 

Esos son los revolucionarios,
los del día a día de sol a sol,
los que caminan hacia el metro por la madrugada
y soportan las oficinas centrales, las corbatas y las patadas diarias,
los que se suben en el carrusel del destino
y van vuelta que vuelta sobre las mismas viandas,
los que se enamoran de los ideales
con pancartas camisetas mojadas y algunos pocos tragos,
los de pañoletas en las cabeceras, pasamontañas,
botas militares,
los que se aplauden una y otra vez.
¡Viva Taibo Cristo Rey!
¡Viva la DemoCatarsia Mexicana!
Ahí los veo
brincando revolucionariamente.
Saliendo de las oficinas con la alarma en los oídos,
alarmados por las armas de las que carecen,
carentes de significado y viviendo el día a día,
de sol a sol,
como si fueran orugas incapaces de la metamorfosis.
Corren a las urnas para llenarlas de esperanza,
corren a las urnas para vigilarlas,
paran carreteras,
incendian casetas de cobro,
golpean maestros y las sillas vuelan,
vuelan las sillas como vuela la canasta básica
cada vez más alejada de sus hipocresías,
sus fiestas, sus drogas, sus depresiones cotidianas.
Ahí van los revolucionarios del siglo XXI.
¡Vamos a sacarles la lengua!

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