MOISÉS ESTÉVEZ

Mark alzó su copa e instó a David a que brindaran. Un pequeño brindis
con un buen tinto californiano. – Por nosotros, tú y yo, nos lo merecemos. –
Eran las nueve de la noche, hablaron de cómo les había ido el día en
sus respectivos trabajos, proponiéndose el no hacerlo una vez llegaran los
platos que habían pedido para cenar. Cenarían al margen de sus dimes y
diretes profesionales, solo la comida, el vino y ellos, junto con el cariño y el
amor que se profesaban el uno al otro.
– Mi pasta trufada estaba exquisita. – Comentó David, rompiendo el
breve silencio que se había instaurado. – ¿Y tus canelones? –
– ¡Magníficos! Si no hubieses pedido postre, habría repetido. –
Compartieron un trozo de tarta mascarpone y acabaron el vino
plácidamente, para culminar una velada que a David le pareció insuperable.
Se equivocaba. Mark casi le provoca metafóricamente un infarto cuando
le entrega un pequeño estuche negro aterciopelado.
– ¿Y esto? – Preguntó David con un gesto contrariado en su rostro.
– Pues no lo sé. Averígualo tú mismo. –
A David le temblaron las manos cuando levantó la tapa de la diminuta
caja. La puso a la altura de sus ojos para contemplar de cerca lo que había en
su interior y vio el anillo que contenía. Se le erizaron todos los bellos del cuerpo
y una sensación de escalofrío le recorrió la espalda de abajo a arriba. De oro
blanco, liso, sencillo pero hermoso, a David se le saltaron las lágrimas cuando
Mark le preguntó que si quería casarse con él…
No se lo podía creer, no se lo esperaba, ni muchísimo menos…

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