ANNABEL VÁZQUEZ

1 

Es sábado por la tarde, pero continuamos trabajando recluidos en su habitación, cada uno con un ordenador. Estamos hablando con la delegación de Londres a través de videoconferencia, yo me encargo de los detalles: redactar el acuerdo entre ambas firmas, recoger, sintetizar y transmitir toda la información útil a los jefazos de Londres, y preparar las reuniones a las que asistiremos el lunes, puesto que nos tocará ir a varios laboratorios para hablar con otras firmas por si quieren unirse a nuestro proyecto. James está muy ocupado acabando de atar cabos, dando la cara e intentando meterse en el bolsillo a los miembros más duros de roer. Parece cansado, y cuando al fin cierra la pantalla de su portátil, se relaja en la butaca. En cuanto termino de redactar el último informe, hago lo mismo. ¡Menudo día llevamos hoy!

—Anna, ¿sigues respirando?

Muevo la cabeza para mirarle y sonrío de oreja a oreja.

—Eso creo…

—Entonces cámbiate, te invito a cenar. Y esta vez pago yo –puntualiza por si me quedaba alguna duda.

Mi cuerpo se reactiva de nuevo, poniéndome en pie de un salto al tiempo que guardo mi ordenador en el maletín.

—¿De cuánto tiempo dispongo?

—Media hora –corro hacia mi habitación escuchando el sonido de su risa a lo lejos.

Me doy una ducha rápida, me pongo un elegante vestido rosa claro que lleva la espalda al descubierto, y, para remarcar la sinuosa línea de mi columna, me recojo el pelo hacia un lado dejándolo caer cómodamente sobre mi hombro derecho hasta cubrir el pecho. El maquillaje es crucial, quiero realzar mis ojos y mis labios carnosos, pero elijo únicamente colores suaves. Me miro en el espejo y no es por nada, pero estoy fabulosa.

Camino despacio hacia la puerta, no llevo sujetador, por lo que no puedo hacer movimientos bruscos. Como última maniobra, miro la hora plenamente consciente de que llego tarde. Llamo al ascensor, entro y desciendo hasta la planta baja. James, con su habitual traje oscuro que tan poco le favorece, está recostado en una de las columnas deslizando el pulgar por la pantalla de su i-phone; la otra mano, permanece en el bolsillo del pantalón. No me ve venir, así que rodeo la columna escondiéndome de él, y en cuanto lo tengo a tiro, ¡zas!, me abalanzo sobre su espalda y lo abrazo. El susto le sobresalta, no esperaba mi contacto y su alarmada cara me hace reír.

—Llegas tarde –me regaña–. Las españolas no tenéis formalidad.

Coloco las manos sobre la cintura de modo desafiante.

—Bueno, James, una mujer necesita su tiempo, pero ¿a que estoy guapa? –le digo dando una vueltecita como si fuera una niña pequeña estrenando un vestido de adulta.

—Eso, no te lo discuto.

Extiende su brazo en forma de “L”, y me engancho a él con firmeza como si mi brazo fuese un mosquetón; esta vez, le dejo a él tomar la iniciativa.

Siguiendo sus distinguidas costumbres, la cena transcurre en un reputado restaurante de Madrid, donde no solo las vistas son alucinantes, sino que además, los platos minimalistas de sabores agridulces visten las mesas. Parecen obras de arte en miniatura, y dudo que todo eso se pueda comer, realmente somos personas opuestas…, en todo.

Su sonrisa no se desvanece ni un segundo al observar mi cara de espanto tras contemplar los platos que ha pedido, y que acaban de depositar cuidadosamente sobre nuestra mesa. El primer plato son unas tacitas de caviar rojo, no creo que esto me guste demasiado.

—Haremos una cosa, tú solo pruébalo, si no te gusta nos vamos.

Le dedico una sonrisa pícara, me gusta que recuerde todo lo que digo.

Me armo de valor para complacerle, cojo la pequeña cucharilla que hay al lado de mi tacita y tomo una pequeña porción, me lo llevo a la boca y lo saboreo.

—¿Qué tal?

Antes de responder, cojo mi copa de chardonnay, ese tan caro, con su característico sabor a roble que han descorchado exclusivamente para nosotros, y le doy un sorbo. Por lo general no me gusta el vino, pero he de reconocer que este tiene su punto.

—Lo cierto es que no está mal del todo, pero creo que el dürum me gusta más.

Se tapa la boca con dos dedos, amortiguando así el sonido de la carcajada. A continuación nos sirven algo que parece un pincho de tortilla con un pedacito de papel de oro encima, no hago más que pensar que voy a pasar un hambre espantosa, parto un trocito con el tenedor, y lo miro desde todos los ángulos antes de resignarme con un encogimiento de hombros: ¡Vamos allá con el atracón!

El tacto de esa cosa en mi boca es extraño, un fuerte contraste de texturas que eclosionan simultáneamente invadiendo mi paladar con sabores inclasificables. No se parece a nada que haya probado antes, y comprendo el porqué de tanto revuelo por este tipo de comidas, pero a la vez, me pregunto: ¿es necesario todo esto? ¡Con lo bueno que está un huevo frito con patatas! No obstante, me abstengo de verbalizar mis opiniones culinarias, no quiero desilusionar a James, y mientras como, me limito a alabar esos extraños platos para que se sienta como el ganador de una batalla, que desde el minuto uno, ha perdido: donde esté un buen dürum, que se quite el “feisisuás du or” este, o como se llame.

A pesar del asombroso acercamiento que hemos hecho en este par de días que llevamos juntos, nuestra charla sigue siendo formal, revelando únicamente pequeños aspectos de nuestro pasado. Nos mostramos entre visos, sin hacer hincapié en nada especial, como si solo nos centráramos en el presente. Las risas son del ahora, los diálogos, las bromas… Después de la “ligera” cena, y tras el correspondiente y extravagante postre de frutas exóticas, regresamos al hotel. No lo admitimos en voz alta, pero ambos estamos cansados; aunque por alguna extraña razón, no quiero que este día termine nunca.

Una vez entramos en el enorme vestíbulo del hotel, me siento como en casa. Camino detrás de James y me paro en mitad del trayecto hacia el ascensor. Lo siento, pero no lo aguanto más, me quito los zapatos y recorro los metros que me faltan descalza, su rostro reprime la sonrisa en cuanto me ve con los zapatos en la mano.

—Son bonitos, pero no hay quien los aguante –le digo para acallar su curiosidad.

Se cierran las puertas, y de nuevo me invade ese calor tan familiar, paso la mano por mi cuello y descubro que estoy sudando. Me concentro en los botones, que parpadean con una lucecita roja cada vez que dejamos un piso atrás.

De imprevisto, la mano de James golpea la pared que estoy mirando, dándome un susto de muerte y quedándose literalmente anclado a ella con el brazo en tensión. Me giro de inmediato, pero aún me sobresalto más cuando nuestros rostros se quedan tan cerca que puedo percibir su aliento sobre mi propia piel. Mi corazón enloquecido protesta, golpeando las paredes de su concavidad a un ritmo frenético, incluso se me paraliza la respiración al ver que sus ojos no se apartan de mis labios, atrapándolos.

—Anna… Bésame.

Sus palabras hacen que mis pupilas se dilaten. La sangre bulle abrasándome por dentro a la vez que tiñe mis mejillas, junto a todo mi cuerpo, de un rojo intenso. No puedo reaccionar, ahora mismo me he quedado paralizada.

—No sé qué me has hecho –susurra provocando que mi vello se erice con sus siseos–, pero no soy capaz de borrar de mi cabeza el primer beso que me diste.

Se acerca un poco más, percibo su calor y agacha la cabeza para colocarse a mi altura, consiguiendo así que me tiemblen las piernas.

—Por favor, Anna, necesito saber si solo es una ilusión que me asalta a todas horas o se ha producido de verdad.

—No… No sé qué decir… –trago saliva, estoy nerviosa; aunque me sorprende descubrir que yo también le deseo; tengo la apremiante necesidad de percibir esa clase de acercamiento después de tanto tiempo.

—Pues no digas nada, solo bésame.

Sus palabras me catapultan a cometer una locura. En este momento, no sé qué es a lo que realmente me enfrento, solo me dejo llevar y actúo, alejando de mi mente los pensamientos que me frenan y que de nada me sirven cuando ya he tomado una decisión.

Me lanzo en picado al mar bravío de sus labios, hundiéndome en ellos. Los poseo con delicadeza y un deseo incontrolable; alzo mis manos, reteniéndolo. Jadea en mi boca, atrapo su jadeo y me lo trago, muerdo su labio inferior, luego lo perfilo cariñosamente con mi lengua antes de volver a moverme frenéticamente sobre su ávida boca. Noto como su pulso se acelera bajo mi contacto, me agarra la cintura y me retiene con fuerza, yo le correspondo del mismo modo, recorriendo con mi húmeda lengua cada pequeño recoveco de su boca.

Las puertas del ascensor se abren, nos retiramos jadeantes, con el pulso acelerado y nuestros cuerpos vibrantes. Nos miramos a los ojos, negro azabache sobre azul celeste. En un momento de lucidez, doy un paso hacia atrás. Antes de que las puertas vuelvan a cerrarse, pongo mi mano en medio para volver a abrirlas y salir corriendo. Noto la presencia de James a mi espalda, pero estoy lo suficientemente avergonzada como para no decir nada. Me coloco frente a la puerta de mi habitación, luego le miro, por un momento, me parece captar la tristeza en sus ojos claros.

Me preparo mentalmente para darle las buenas noches y hacer como si no hubiese ocurrido nada entre nosotros, cuando él se acerca con paso firme y decidido, acorralándome contra la puerta y volviendo a besarme con devoción. Su lengua se entrelaza con la mía, e inevitablemente, se me escapa un jadeo que él corresponde con un leve gruñido, alzando sus manos para abarcar la totalidad de mis mejillas. Tengo mucho calor, su insistencia es estremecedora. Si alguna vez dije que los ingleses no sabían besar, desde hoy, me retracto. Este es el beso más apasionado, duro y excitante que nadie me ha dado jamás.

Suelto los zapatos, que aún llevo en las manos, y me pongo de puntillas para poder rodear su cuello. Mi espalda se arquea al notar que una de sus manos desciende lentamente por mi desnuda columna hasta colocarse en la cadera. Su sutil barrido, ha puesto mi piel de gallina, entonces se produce el cambio, y literalmente le devoro. Sus labios son, ahora mismo, como una fuerte droga que no puedo dejar de consumir. Mi estómago da un vuelco cuando la mano que hasta ahora descansaba al final de mi espalda, acaricia sutilmente mi trasero, incluso mi corazón da un respingo cuando la excitación, en forma de corriente eléctrica, recorre cada centímetro de mi cuerpo.

Tengo que separarme, necesito respirar y recobrar el norte. ¡Por el amor de Dios, es mi jefe! No puedo permitirme el lujo de tontear con él y dejo caer mis manos a ambos lados de las caderas. La urgencia se ha desvanecido, y él, se ha dado cuenta de que ya no correspondo del mismo modo a sus besos. Tras recuperar mi espacio, retiro los restos de la saliva que aún cubre mis labios, agachándome a continuación para recoger los zapatos.

—No creo que esto sea una buena idea… –empiezo, pero tal y como lo digo, me arrepiento.

—Tienes razón –reconoce.

Una vocecilla en mi interior me maldice, no quiero terminar con esto, NECESITO continuar.

—Quiero que sepas que nada de lo que acaba de ocurrir va a perjudicarte en tu trabajo, ni ahora ni nunca, te doy mi palabra.

Trago saliva y asiento sin decir nada. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Saco la tarjetita de plástico de mi bolso y la introduzco en la cerradura, abro la puerta de mi habitación, y James recorre el par de metros que le separan de la suya.

— Buenas noches Anna.

— Buenas noches James.

En cuanto cierro la puerta, me deslizo por la plana superficie de madera hasta llegar al suelo. No puedo creerme lo que acabo de hacer, pero aún me creo menos que haya tenido ganas de llegar más lejos. Ya es oficial: estoy loca y me gusta el peligro. ¡Esto va a acabar conmigo! ¿Cómo voy a pasar los días que me quedan junto a este hombre después de lo que ha pasado? ¿Puedo actuar como si nada? ¡Ni hablar! No sé ni por qué me lo pregunto, si lo más probable es que quiera repetir.

Entre dudas y dilemas, me desvisto para meterme en la cama. ¡Madre mía, y pensar que ahora mismo podríamos estar aquí si no me hubiera echado atrás!

 

2

Llevo una hora dando vueltas entre las sábanas, los pies se me han salido fuera de tanto moverme. Suspiro, protesto y me levanto cabreada, al encender la luz, me doy cuenta de que esta no me molesta y es porque no puedo pegar ojo, me siento frustrada, inquieta… No sé qué me pasa, o sí que lo sé, pero simplemente me niego a admitirlo; aunque si hay una cosa buena en estos hoteles, es que tienen servicio de bar las veinticuatro horas del día; tal vez tomar una copa me relaje. Me pongo los vaqueros,  una camiseta negra ajustada y bajo hasta la primera planta.

Es la una de la mañana, y como es de esperar, apenas hay gente. Una vez dentro de la oscura sala, diviso a James sentado frente a la barra rodeando con las manos una enorme jarra de cerveza, mientras conversa amigablemente con el camarero; ambos ríen. Sigo pendiente de él, está guapísimo, ¡maldita sea!, se ha cambiado de ropa y ahora lleva puestos los tejanos, junto a la camiseta de tonos azules que elegí para él en Desigual.

Observo cada uno de sus movimientos desde mi refugio, el sonido de su risa, sumado a esos gestos suyos tan repetitivos, me produce un cosquilleo en el estómago, gestos como deslizar sus dedos entre los mechones de su espeso cabello, rascarse la incipiente barba que empieza a despuntar en su cuello, o mover insistentemente las manos cuando habla de algo que despierta su interés. Me encanta observarle sin ser vista, hay muchos detalles que se me han pasado por alto, pero ahora puedo deleitarme en ellos.

Transcurrido un tiempo, salgo de mi escondite, avanzo lentamente por el centro de la sala y el camarero me mira, sonrío y le hace un gesto a James con la mirada para que se gire, en cuanto lo hace, me encuentra. Al principio sus cejas se juntan extrañadas, pero luego señala con la mano el taburete que hay libre a su lado y espera a que me siente.

—¿Qué haces aún despierta?

—No podía dormir, ¿y tú?

—Igual –sonríe.

Miro a mi alrededor, una pareja madura se levanta y se marchan, ahora mismo somos los únicos clientes.

—¿Qué tenemos que hacer mañana?

—Mañana es domingo, no hay nada programado.

La alegría me invade de repente. ¡Un día para hacer lo que nos dé la gana, justo lo que necesito!

—Bien.

—¿Qué quieres tomar? –me pregunta.

Hago una mueca, lo cierto es que ahora mismo no me apetece nada en particular, pero entonces veo su jarra de cerveza, que aún está por la mitad, y sin pensármelo dos veces, digo:

—¿Puedo? –señalo su bebida, y él, sorprendido, arquea las cejas antes de concederme el capricho con un asentimiento de cabeza.

Salto del taburete y me acerco, cojo su jarra de cerveza y empiezo a beber. El amargo líquido se desliza por mi garganta, noto como el brebaje desciende lentamente por mi organismo refrescándolo y calentándome a la vez en su recorrido hacia el estómago. Continúo bebiendo sin detenerme hasta acabármela de un trago, James se queda asombrado y reproduce una divertida mueca mientras deposito la jarra vacía sobre la barra.

—A eso le llamo yo tener sed.

Sonrío con picardía y me acerco, le acabo de poner tenso, y descubro con asombro que eso me excita. ¡Qué bien, vuelvo a ser yo!

—No solo tengo sed.

Mi afirmación le descuadra, y sin darle tiempo a que piense lo que eso significa, me coloco entre sus piernas, ligeramente entreabiertas, y lo agarro por el cuello atrayéndolo hacia mí para volver a besarle. En cuanto nuestros labios se unen, su cuerpo, al igual que el mío, se convierte en gelatina. Ambos nos apretamos, deseosos de un contacto más profundo sin dejar de besarnos con auténtica devoción. Su lengua explora mi boca, me acaricia, y yo, simplemente estoy a punto de derretirme. Quiero lamerle, degustar su piel, su cuerpo entero… Esos lujuriosos pensamientos hacen que emita un ligero jadeo, su cuerpo, en respuesta, se torna más duro, incluso siento la protuberancia de su entrepierna clavada en mi cadera. Desciendo mis manos recorriendo sus fuertes brazos, hasta llegar a las suyas, que retienen mi cintura apretándola contra él. Lentamente consigo separarme y tiro de él, obligándolo a ponerse en pie. Como un fiel animal amaestrado, obedece dejándose guiar por mí mientras lo conduzco al ascensor, retomando los besos momentáneamente interrumpidos; su boca es exquisita y sabe bien.

Su ansiedad vuelve a desatarse sin casi haber hecho nada, James es todo impaciencia, fuerza, incluso me atrevería a decir dominación, a juzgar por la forma con la que me acorrala entre su cuerpo y la pared. Me gusta sentirle así, desesperado y reactivo a cada una de mis caricias, besos, abrazos…

Las puertas del ascensor se abren en cuanto llega a nuestra planta, antes de salir, salto a horcajadas sobre él, enredándome con los brazos y piernas para evitar que se escape, mientras continúo con mi ataque de besos desenfrenados. A James le queda la parte más difícil, que no es otra que la de caminar a ciegas por el pasillo conmigo en brazos.

Me complace ver que él tampoco puede despegarse de mí, y no quiero que lo haga, así que me oprimo más contra él para no dejar el menor hueco de aire entre nuestros cuerpos. En cuanto llega frente a mi puerta, únicamente me separo unos milímetros para susurrarle:

—Bolsillo trasero del pantalón, nalga derecha.

Sonríe y se lanza de nuevo a por mí, envistiendo con su ávida lengua mi boca. Con sutileza, sus manos palpan mi trasero en busca de la tarjeta de plástico, la saca y abre la puerta. Nada más entrar, vuelve a cerrarla con el pie, conduciéndome con torpeza por la habitación hasta llegar a la cama, para a continuación, soltarme sobre ella.

Me muerdo el labio inferior al tiempo que me pongo de rodillas sobre el colchón, gateo hasta él y tiro de las trabillas de su pantalón, atrayéndolo hacia mí. Antes de ceder a mi urgencia, se inclina para quitarse los zapatos y aprovecho para hacer lo mismo. Entra decidido en la cama, sus manos se alzan, rodean mi cara y la detienen a escasos centímetros de la suya. Mientras sus ojos recorren mi rostro de lado a lado, decido aprovechar esa breve pausa para lanzarme de nuevo a por un beso.

Oh my God, you’re beautiful –susurra sobre mis labios; su exquisito acento inglés me hace reír.

—Te prefiero mil veces hablando español.

Emite un gruñido salvaje y ahora es él quien viene a por mí, su boca me atrapa, conduciéndome de nuevo hacia el Olimpo.

—Así que hablando español…

Su lengua desciende ahora por mi cuello y jadeo mientras inclino la cabeza hacia atrás, facilitándole el recorrido.

—Sí… –murmuro extasiada.

—Ni te imaginas el morbo que me das, morenaza –se me escapa una risita, la “z” nunca ha sido una letra que pronuncie bien, pero oírle me resulta tan excitante…

Sus manos se centran en mis pechos que aprieta a través de la camiseta, casi puede envolverlos en su totalidad con sus grandes zarpas, y eso que son una considerable talla noventa y cinco. Mientras besa mi largo cuello con devoción, agarra los bajos de mi camiseta y la levanta lentamente hasta quitármela por la cabeza.

—¿Tienes protección? –su pregunta me pone momentáneamente tensa, niego con la cabeza y él sonríe.

—¿Y tú? –pregunto esperanzada.

—No, no tenía esto planeado.

Hago una mueca de disgusto, pero él vuelve a sonreír y continua besándome. En cuestión de segundos, su insistencia destroza el muro de mi resistencia. Desciende sin prisa con sus labios hasta alcanzar mis senos, la dilatación de sus pupilas me comunican que lo que ve, le gusta, demostrándome todo ese deseo agazapado que hasta ahora no se había atrevido a mostrar. Es inútil resistirse, no puedo evitar sentirme terriblemente femenina cuando hace eso.

Ahora son sus manos las que acarician suavemente la tersa piel de mis pechos, los abarca en su totalidad, repitiendo una serie de movimientos circulares hasta que finalmente, se decide a desabrochar el sujetador dejándolos al aire. Me apresuro a quitarle la camiseta para estar en igualdad de condiciones, ya me había olvidado de sus definidos abdominales, así que en cuanto vuelvo a tenerlos frente a mí, no freno la tentación de tocar, pero no me deja demasiado tiempo para deleitarme con su cuerpo, tiene un hambre feroz, animal, así que se abalanza sobre mí, obligándome a tumbarme sobre la cama para poder saborear tranquilamente mis pechos. Los pezones se endurecen bajo su húmedo contacto, los aprieta con los dientes, los lame, los degusta largo rato hasta que está saciado y decide ir un poco más allá.

Sus dedos desabrochan el botón de mis vaqueros, a continuación, baja apresuradamente la cremallera, y sin ningún tipo de miramiento, me los quita de un brusco estirón, dejándome únicamente con el tanga puesto. Intento incorporarme para quitarle también su pantalón, pero me lo impide; es obvio que de momento solo él quiere jugar conmigo, y yo, me dejo.

Estoy muy excitada y me encanta la forma con la que me acaricia, es todo pasión, ahora mismo no hay frialdad en sus acciones como creía. En el terreno íntimo, su fogosidad es algo que ha conseguido dejarme sin palabras, por suerte, él sí insiste en hablar:

—Tienes un cuerpo delicioso, me muero por lamerlo centímetro a centímetro…

Sus palabras hacen revolotear las mariposas de mi estómago, retira con sus manos las tiras de mi tanga, apartándolas hacia un lado, y me toca. Estoy tan húmeda que sus dedos se deslizan entre mis labios sin dificultad, estremeciendo y arqueando mi cuerpo que pide a gritos que lo posean. Por lo agitado de su respiración, deduzco que mi reacción le enloquece.

Jadea, justo antes de inclinarse para besar mi zona prohibida, mi punto débil. Su lengua me penetra de improvisto y gimo, me muevo, y él, cansado de perseguirme apresa mis caderas con las manos para inmovilizarme. Chillo cuando se centra en el clítoris, sus expertos dedos me exploran por dentro mientras su lengua hace el resto. Me muerde, me lame, me muerde, me lame…, así largo rato provocando que me caliente más y más. Enredo mis manos en su cabello, apretándolo contra mí, y jadeo mientras sus dedos se mueven frenéticamente en mi interior. Animada por las oleadas de placer que me provoca, oriento su cabeza buscando una liberación.

—Me encanta como sabes… Córrete…

Sus palabras son la liberación que necesitaba, y como un ser egoísta, me muevo sobre su boca dejándome ir, convirtiendo mi espalda en un arco en tensión, gritando, sacudiéndome y retorciéndome en medio de un orgasmo increíblemente intenso. Su cabeza asciende en cuanto he culminado, recorre con su lengua mi ombligo, mi estómago, el centro de mis pechos, el cuello y la barbilla, posándose finalmente sobre mis labios para besarlos. Todavía sabe a mí, y le correspondo con insistencia hasta que deja escapar un placentero jadeo.

—Todavía no he acabado contigo, date la vuelta.

Excitada por el morbo que suscitan sus palabras, hago lo que me pide. Me doy la vuelta, y él, me inclina hacia delante colocándome a cuatro patas. Acaricia mi trasero, se acerca y besa las nalgas con insistencia; luego, con los dientes, retira el tanga lentamente.

—En mi vida he visto un culito como el tuyo, es tan perfecto…

Animada por sus palabras, arqueo la espalda y lo pongo más en pompa. Sus manos masajean las nalgas, separándolas poco a poco. Se inclina, y solo entonces, percibo sus tiernos besos en el espacio que hay entre los glúteos. Extrañada, me incorporo ligeramente para mirarle, y él, corresponde mi gesto guiñándome un ojo. Bajo mi atenta y desconcertada mirada, saca su larga lengua y lame con cuidado la raja. Es extraño, nunca nadie me lo había hecho y no sé bien cómo reaccionar, aun así, el pudor hace que me mueva para intentar deshacerme de él.

—Confía en mí…

Suspiro, me da cosa que esté trasteando por ahí detrás, pero finalmente vuelvo de nuevo a mirar al frente para no ver lo que está haciendo. Sus manos abarcan ambas cachas y vuelve a separarlas. De repente, siento la presión de su lengua en mi ano, al principio me contraigo, pero a medida que su saliva me lubrica, noto como el músculo se relaja. Su lengua alcanza una alarmante profundidad en mi interior, me chupa, me besa, y cuando creo que no puede hacer nada más, noto como uno de sus dedos se introduce lentamente en mi interior; entra sin dificultad, mi excitación lo facilita.

James se cuadra de rodillas tras de mí, estimulando mi ano con el dedo y acariciando mi vulva con la mano que le queda libre. Jadeo, apretándome contra él; esto es alucinante. Nota que sus caricias me relajan y su dedo profundiza un poco más en mi ano, provocando nuevos gritos de placer por mi parte. Detiene unos instantes el movimiento, dejando quieto su dedo en mi interior, y se centra nuevamente en mi vagina.

Su dedo me penetra, se desliza dentro de mí, y tras este le sigue otro, dilatándolo. Mis jadeos nerviosos le hacen suspirar, y vuelvo a sentir esa delicada intrusión en mi ano acompasando los rítmicos movimientos con los que realiza en mi vagina, la sensación es extraña, pero tan placentera, que noto como si mi cuerpo se partiera en dos, preparándose para recibirle por donde quiera entrar.

Sus movimientos se hacen más fuertes, moviéndome con insistencia y clavando sus dedos por todos mis orificios más íntimos. Una fuerte sacudida me posee sin más y vuelvo a culminar chillando de placer, pero es un placer mucho más intenso, pues mi orgasmo proviene al mismo tiempo de varias fuentes de mi cuerpo. Se retira con cuidado y asciende para colocarse a mi lado, besando en su recorrido toda la longitud de mi espalda antes de darme la vuelta. Le miro alucinada, ¡este hombre es un Dios del sexo!

—¿Quieres más? –me susurra junto a la oreja, y yo, me estremezco.

—No lo sé –reconozco con una fugaz sonrisa mientras intento recomponer fuerzas–. ¿Puedes darme más?

Su carcajada me sobresalta, y entonces sus labios vuelven a besarme, su urgencia me enloquece una vez más. Sin retirar sus labios de los míos, se quita el pantalón y lo tira al suelo, quedando únicamente con la ropa interior puesta.

—Ven aquí –me dice y obedezco.

Sus brazos me alzan para sentarme a horcajadas sobre su erección cubierta, está tan duro, tan excitado… Sus manos ascienden por mi cintura y la aprieta, moviéndome sobre él. Su miembro está encajado entre mis labios, me restriego contra él, James echa la cabeza hacia atrás cerrando los ojos al mismo tiempo. Mi ritmo lento le atrapa, ciñe sus manos con fuerza a mi alrededor y me clava a él hasta casi hacerme daño. Me asaltan unas terribles ganas de liberar e introducirme su miembro, pero no puede ser, una locura así puede marcar tu vida.

Me muevo con insistencia sobre él, lenta y concienzudamente, su respiración se altera junto a la mía. De pronto, las cosquillas del bajo vientre que anuncian un nuevo orgasmo se desatan, le abrazo, moviéndome más fuerte, hasta que vuelvo a correrme sobre él, pero yo no le dejo alcanzar el clímax, me aparto súbitamente para ponerme de rodillas en el suelo, aferrando mis manos a la goma de sus calzoncillos y retirándolos de un rápido movimiento. Libreo su palpitante erección y me maravillo al ver la perfección de su miembro: es grande, grueso, suave, con la punta ligeramente rosada. Le dedico una sonrisa que promete el infierno a cualquiera que caiga en la tentación; espero que no crea en esas cosas, así podrá ceder al pecado al que estoy a punto de arrastrarle. Sin pensármelo más, me agacho, pero antes de que me lo pueda meter en la boca, él se aparta y dice:

—No hace falta que lo hagas.

Sonrío ante su inesperado comentario.

—Pero quiero hacerlo.

Sus ojos se agrandan, me muerdo el labio inferior con diversión mientras desciendo y me introduzco su exultante pene en la boca. Mi lengua se desliza suavemente sobre la punta, guiada por el volumen de sus jadeos. James se retuerce, está a punto, y no es para menos después de lo que ha aguantado. Percibo sus grandes manos sujetando mi cabeza mientras su miembro, sin perder el mínimo de rigidez, alcanza mayor profundidad en mi garganta. Gustosa le complazco hasta que no puedo más, mientras me muevo con la demanda que me exige.

—Voy a correrme… –anuncia con la voz ronca mientras intenta apartarme, pero no cedo ante su empeño.

Deslizo los labios de arriba abajo hasta que un gemido gutural brota de su garganta al tiempo que un espasmo le sacude. Su caliente eyaculación inunda rápidamente mi boca, y como no sé qué hacer con ella, la trago sin más. En cuanto expulsa la última gota, jugueteo con mi lengua sobre su pene, muy despacio, sin prisa. Tiene un gusto interesante, entre dulce y salado, no sabe tan mal como imaginaba.

—¡Joder Anna! Esto ha sido…

Se me escapa la risa, su cara de satisfacción me colma por dentro. No le dejo descansar mucho tiempo, en cuanto logramos acompasar nuestra respiración, siento la necesidad de quitarme el pegajoso sudor y el resto de jugos que han quedado esparcidos por nuestros cuerpos.

—Ven –tiro de su mano para que se levante de la cama y me acompañe al baño.

Le suelto no bien llego a mi destino, apresurándome a continuación, a abrir el grifo del agua caliente de la glamurosa ducha con suelo de piedra que ocupa la mayor parte de la superficie de la estancia.

—¿Vamos a ducharnos juntos?

Le miro, su rostro me confunde, ¿a qué viene esa pregunta?

—Por supuesto que sí.

—Pero… ¿no quieres tu momento de intimidad?

Me giro con la confusión dibujada en mi rostro, no entiendo muy bien adónde pretende llegar con todo esto.

—Mira James –me alzo para encararme y pongo las manos sobre mi cintura desnuda a modo de jarra–, si no te apetece ducharte conmigo no te escudes en mí, dime directamente que no quieres, no pasa nada.

Su mandíbula se descuelga, camina hacia a mí, y cuando me tiene justo enfrente, abarca mi barbilla con su mano.

—¡Pues claro que quiero! ¿Cómo no voy a querer? –su respuesta me tranquiliza; aunque solo un poco.

Se acerca para besarme en los labios y le correspondo fugazmente mientras le acompaño hasta la ducha. En silencio, nos metemos bajo el incesante chorro de agua tibia y alzamos el rostro, dejando que el líquido cubra la totalidad de nuestros cuerpos. James coge una esponja natural que descansa sobre una repisa de cristal, y vierte sobre ella unas gotas del gel aframbuesado que he traído expresamente desde Barcelona.

—Voy a lavarte, date la vuelta.

Sonrío con picardía y cierro los ojos, obedeciendo a su deseo.

La esponja se desliza suavemente por mis hombros, cubriéndolos con un suave manto blanco, y ese olor tan embriagador…, pone en jaque todos mis sentidos. Decidido, desciende hasta mis pechos embadurnándolos suavemente, con tanta delicadeza que sus movimientos me producen un inconmensurable placer, y estos, se yerguen en respuesta, tersos y excitados, mientras los acaricia con devoción.

Se acerca lo suficiente como para sentir su cuerpo bloqueando mi espalda. El calor que me produce se expande, concentrándose en zonas inimaginables de mi anatomía. Su cercanía me permite relajarme, llevando mi cabeza hacia atrás para recostarla sobre su duro pecho mientras me abraza. Sus manos descienden ahora por mi estómago, dejando un espumoso rastro de jabón.

Como reacción a su última maniobra, mi cuerpo se estremece intentando predecir cuál será su siguiente movimiento. No me decepciona, la esponja se detiene justo en mi monte de Venus, que enjabona suavemente, y cuando considera que ya es suficiente, cambia la esponja de mano para introducir uno de sus dedos en mi interior.

Gimo, James se acerca a mi cuello, sin dejar de masajearme, y lo besa. Estoy a punto de deshacerme en sus brazos de nuevo, sabe exactamente dónde tocar para desestabilizar todo mi mundo, me muerde el lóbulo de la oreja, y sin querer, emito un bajo grito de placer; vuelvo a tener ganas de él, realmente soy insaciable.

Su dedo se introduce aún más profundo en mi interior, al tiempo que su palma me presiona el clítoris, moviéndola suavemente mientras su respiración se acelera.

—No te haces una idea de lo tremenda que estás, me vuelves loco.

Su contundencia hace que me retuerza sobre su mano, que me alza levemente. Gimo, disfruto, deseo… Impulsada por las mágicas sensaciones que me hace sentir, me muevo lentamente para contemplar sus expresivos ojos azules. Su erección ha vuelto a resurgir en todo su esplendor, sonrío, me doy la vuelta con sensualidad y se la cojo con cuidado,  moviendo la mano despacio de arriba abajo; sus ojos se cierran. Es increíble como el deseo por lo prohibido se desata continuamente, me basta con ser consciente de que no puede penetrarme para que mi cuerpo lo desee todavía con más fuerza.

Mi mano enjabonada se aprieta fuerte sobre su duro miembro, agitándolo cada vez más deprisa. Terriblemente excitado por mi dedicación, gruñe, abre sus dilatados ojos azules y una de sus manos agarra fuertemente una de mis nalgas. La acaricia hasta llegar a la abertura de mi vagina e introduce nuevamente un dedo en mi interior. Nuestros movimientos se acompasan, y nuestras bocas se enredan dándonos placer mutuamente, en estos momentos, ambos pensamos que es el otro quien nos posee, que no son nuestras manos, sino nuestros ávidos cuerpos los que nos brindan ese placer.

—No aguanto más… –susurro, y él, me mira enloquecido.

Me agarra con la mano que le queda libre, apretándome más fuerte contra él, para jadear junto a mi oreja:

—Yo tampoco…

Nos movemos entre gritos desesperados, sus manos aceleran el ritmo en mi interior, y yo, simplemente le imito. De pronto, la presión de su duro y semicurvado pene se clava en mi barriga, haciéndome percibir la calidez de su fluido resbalando por mi pierna hasta perderse entre los chorros de agua.

Ambos hemos llegado a la vez en una increíble compenetración sin necesidad de estar el uno dentro del otro, nos retiramos un poco y el agua vuelve a deslizarse entre nuestros cuerpos, relajándonos después de este nuevo esfuerzo.

—¿Ves por qué no puedo ducharme contigo? Si por mí fuera, no me despegaría de ti ni por un segundo.

Sostengo su rostro entre mis manos, le miro, es tan guapo que me derrito; inmensamente feliz, le beso. Le beso con una pasión desmedida, agradecida, contenta; me corresponde complacido. A estas alturas, ya me ha quedado claro que si de algo este hombre no va a cansarse es de mis besos, al parecer, han dejado huella en él desde el primer momento en que, por una astuta maniobra del destino, le besé; no se lo ha podido quitar de la cabeza, palabras textuales.

Volvemos a separarnos, esta vez, procuramos contenernos al menos para poder acabar de ducharnos. Al terminar, nos envolvemos en las gruesas y suaves toallas blancas de hotel.

Estoy a punto de regresar a la habitación cuando él me lo impide.

—No pensarás irte a la cama con el pelo mojado, ¿no? –me encojo de hombros.

—¿Qué pasa? –su serio rostro me escruta atónito.

—Pues que puedes enfermar, eso pasa.

Rebusca entre los cajones del baño hasta encontrar el secador, pongo los ojos en blanco y se lo arrebato de las manos.

—Está bien pesaaaaado, ahora me lo seco.

Me mira, me arranca el secador de las manos y lo enchufa.

—Siéntate en la pica, te lo voy a secar yo.

—Pero ¿qué dices?

—Lo que oyes. Haz lo que te pido.

—Oye guapo, te advierto que con ese tonito no vas a conseguir nada de mí, además, ahora mismo no soy tu secretaria –le recuerdo.

Su carcajada me deja sin palabras ni argumentos que ofrecerle.

—Bueno, a estas alturas, ya ha quedado claro que no solo eres mi secretaria –frunzo el ceño porque no entiendo qué pretende decir exactamente con eso, pero él parece no captarlo.

Me coge de la cintura, me alza sin esfuerzo y me sienta sobre el mármol. Empiezo a rechistar como una niña pequeña, pero él me silencia encendiendo el secador a la máxima potencia, es entonces cuando el envolvente ruido de la máquina bloquea el resto de los sonidos.

Comienza a moverlo muy despacio por la longitud de mi melena, de vez en cuando le miro desafiante, pero él se limita a sonreír sin darle la menor importancia a mis reacciones. Le dejo salirse con la suya, no es que haya podido conmigo, que no se equivoque, es solo que me gusta el calorcillo que me da el secador en el cuero cabelludo…, y cómo sus largos dedos me masajean dulcemente.

Continúa durante un buen rato hasta que lo deja a su gusto, solo entonces, desenchufa el secador y me hace un gesto con la mano para que camine delante de él.

—Ahora ya puedes irte a la cama.

Me miro fugazmente en el espejo, parezco una leona, pero si a él no le importa, a mí tampoco.

Me meto en la cama, revuelta por todo el trajín, y observo como él se pone los calzoncillos delante de mí. ¡Como se atreva a irse a su habitación se la corto! Coge sus vaqueros del suelo y mis peores sospechas se confirman. Las mejillas me arden y la rabia me sacude desde adentro hacia afuera.

—¿Te vas?

Sus ojos se encuentran con los míos, sorprendiéndose al ver que mi expresión ha cambiado y que mi rostro no esconde ni un ápice de humor.

—Sí… –contesta dudoso.

—¿Por qué?

Y más le vale escoger cuidadosamente los motivos, porque como diga algo como “aquí ya he acabado”, no solo se la corto, además, lo mato.

—¿Quieres más sexo?

¡Uy! ¡Ya está, la ha cagado! Ese comentario es igual o peor que el que yo había imaginado. Estoy literalmente ardiendo en este momento, y no precisamente por la excitación.

—Antes de irte, no olvides dejar quinientos euros en la mesita –le reto con la mirada; mi comentario lo ha dejado contrariado.

—No te entiendo Anna, ¿es sarcasmo?

—No, son quinientos euros –vuelvo a repetir segura.

Sus ojos me estudian detenidamente. Ya puedes hacerlo, maldito cabrón, eso de hacerme el amor e irte no me convierte más que en una puta, así que si eso es lo que quieres de mí, al menos pienso salirte cara.

—Anna…

—¿Sí, James?

—¿Te ocurre algo? ¿He hecho algo que…?

—No, tú no has hecho nada de nada –le corto enfadada.

Su boca se abre como para rebatir algo, pero no lo hace, en su lugar, levanta las palmas de las manos a modo de rendición, enfunda rápidamente una de ellas en el pantalón y saca la cartera de su bolsillo trasero. ¿Qué coño va a hacer? Le miro asustada, no será capaz… ¡Ya ves si lo es! ¡El muy estúpido ha sacado un billete de quinientos euros de su cartera! Yo no sé si se trata de una broma, tiene que serlo, no es posible que vaya a pagarme en serio, y mucho menos que no entienda el motivo de mi enfado, pero eso parece, porque sin mirarme a la cara, deposita el dinero que le he pedido en la mesita y se va. ¡¡¡SE VA!!!

Mi respiración sale acelerada de mis fosas nasales, parezco un búfalo a punto de envestir. Estoy cabreada, confundida, me siento humillada, utilizada…, y por encima de todo, ¡le odio! ¡Ufff! No es poco todo lo que me inspira ahora mismo…

Estoy pensando en irme de aquí sin dar explicaciones, coger un vuelo directo a Barcelona… Necesito a mis amigos cerca, pero es tan tarde… ¡Son las cuatro de la madrugada!

Respiro una, dos, tres veces, cierro los ojos y sigo respirando pausadamente, pero esto no se queda así, ¡vamos, hasta ahí podíamos llegar! ¡Por muy jefe mío que sea, no ha nacido hombre que se atreva a tratarme así! Cojo mi cartera, la abro y meto el billete dentro.

Estoy desnuda, así que recojo la toalla que se ha caído al suelo, y vuelvo a ponérmela de mala gana sin dar importancia a mi pelo de animal electrocutado. Estoy tan sumamente enfadada, que todos esos detalles, ahora mismo, me importan un bledo.

Salgo de la habitación hecha una furia y corro por el pasillo, entro en el ascensor y bajo hasta la primera planta. En cuanto se abren las puertas, algunos trabajadores del hotel se me quedan mirando; no es para menos. Corro hacia el bar, pero antes de llegar, una voz a mi espalda me interrumpe.

—Perdone señorita, ¿puedo ayudarla?

Miro a ese hombre joven vestido con un impecable traje granate, su rostro es comedido y prudente, posiblemente cree que he sufrido algún percance.

—En realidad sí, puede ayudarme.

—Usted dirá señorita.

—Necesito un preservativo –le suelto sin tapujos, mi ira es la que me envalentona.

El hombre tose para enmascarar una carcajada, pero no me importa, yo también me reiría si estuviese en su situación.

—Dígame su habitación y enseguida hago que se lo suban.

—Estoy en la doscientos dos. Gracias.

—De acuerdo. Por cierto, no dude en llamar a recepción la próxima vez, le facilitaremos cuanto necesite.

—Claro…

Ahora me entra la vergüenza, soy tan impulsiva que no había contemplado esa posibilidad, en fin, ya tienen una anécdota para reírse entre compañeros durante semanas.

Regreso a mi habitación y camino frenética en todas direcciones. Espero y espero hasta que llaman a la puerta, cuando lo hacen, corro apresuradamente a abrirla.

—Aquí tiene lo que me ha pedido señorita.

Me entrega dos sobres unidos por el centro y se los cojo.

—¿Cuánto es?

—Nada, buenas noches señorita.

Me despido y cierro la puerta, espero a que se haya marchado y vuelvo a abrirla. Con la cartera en la mano, llamo insistentemente a la puerta de la habitación de James hasta que abre.

—¡Anna! –parece sorprendido–. ¿Ocurre algo?

Entro como un huracán furioso en su habitación y su rostro se desencaja. Sin más, me abalanzo sobre él, saltándole encima como un babuino en celo y empiezo a besarle insistentemente. Al principio se resiste, me rechaza, pero mi insistencia y perseverancia le puede. Regreso al suelo y mi toalla se resbala hasta caer, me agarro a la goma de sus pantalones de pijama y los bajo enérgicamente.

—¿Qué haces? –intenta alejarse, pero vuelvo a retenerlo.

En cuanto le tengo desnudo, le empujo violentamente sobre la cama. Me mira extrañado, pero no hace nada por intentar defenderse de mi ataque, prácticamente ni reacciona.

Toco su pene mientras me encuentro con su boca. Me corresponde; aunque algo más prudente que yo. Poco a poco, percibo como su miembro va creciendo en mi mano, expandiéndose mientras continúo con el esmerado masaje. En cuanto lo tengo a punto, desciendo en un camino de besos por su mandíbula y cuello hasta alcanzar el lóbulo de la oreja para morderlo, tal vez, con demasiada fuerza. Grita, pero no se mueve, solo sus manos me acarician la espalda siguiendo la curva de mi columna, y entonces me retiro, cojo el paquetito plateado, lo abro con los dientes frente a su mirada desconcertada y se lo enfundo con maestría.

No espero más, porque por extraño que parezca, he vuelto a excitarme. Entonces me pongo a horcajadas sobre él, y con cuidado, lo introduzco lentamente en mi interior. Jadeo mientras desciendo, sintiendo como su dilatado miembro se desliza suavemente por las paredes de mi estrecha vagina, adaptándose a la perfección a mí, encaja tan bien que me da miedo. ¡Vaya mierda, incluso en esto tiene que ser perfecto! Pero no me permito pensar más en ello, solo quiero disfrutar de él. ¡Me lo merezco por lo que he tenido que aguantar!

Me muevo despacio, y él, se arquea hundiéndose más en mí, emitiendo un chillido cuando llega más profundo de lo que había imaginado. Sus manos me retienen las caderas, apretándome. ¡Madre mía, como me gusta sentirle!

—¡Joder, Anna! Me ciñes de una manera que me vuelves loco…

Sus palabras despiertan aún más mis ganas de poseerlo, asciendo un poco y vuelvo a caer bruscamente. Los gemidos que se escapan de su garganta me animan a seguir con ese movimiento, fuerte y posesivo, clavándome a él varias veces, disfrutando al máximo de su perfecto cuerpo. La sensación me atrapa, me contraigo, y él, nota esa leve presión en su pene gruñendo en respuesta. Una, dos, tres…, diez fuertes sacudidas más hasta que los dos nos liberamos un orgasmo devastador, explotando en mil pedazos; quiero continuar sintiéndole en mi interior un rato más, incluso después de haber culminado. Estoy muy a gusto, pero mis ganas de devolvérsela pueden más.

Me levanto rápidamente, enrosco la toalla a mi cuerpo y cojo la cartera que he dejado tirada en el suelo. Saco el billete de quinientos euros y se lo dejo en la mesita, y como recochineo adicional, abro el apartado de las monedas para añadir un mísero euro a esa cantidad.

—¿Qué estás haciendo Anna?

—Pagar tus honorarios –espeto aún dolida por el recuerdo–. Te lo has ganado.

Con la cabeza alta, me encamino hacia la puerta.

—¡Espera un momento! –le ignoro.

Estoy a punto de salir, cuando él corre y se apresura a cerrar la puerta que he conseguido entreabrir.

—No entiendo nada, así que más vale que te expliques. ¿Qué quieres?

—¿Tan idiota eres que tienes que preguntarlo?

—Pues sí –admite sin dudarlo–, lo soy. No entiendo a qué ha venido todo esto.

Bufo frustrada.

—¿Te parece bonito hacerme el amor y luego marcharte como si no fuera más que una puta?

Sus cejas se arquean, parece encajar mis palabras, y justo en ese momento, el alivio invade su rostro.

—¿Por eso has venido aquí y has hecho lo que has hecho, para hacerme sentir tal y como tú te has sentido antes?

—Bueno… –vacilo–, en realidad solo quería venir a cortártela, pero luego he pensado que sería un gran desperdicio hacer eso, así que he optado por vengarme.

Tuerce el gesto, escondiendo de mí una sonrisa que lucha por salir a toda costa.

—Y ahora, ¿te sientes satisfecha? ¿Ya has culminado tu venganza?

—En realidad no, esto solo ha sido solo el principio.

Hago ademán de marcharme, pero su mano vuelve a sujetarme desviándome de mi objetivo.

—Y dime, toda esta locura tuya, ¿se debe únicamente a que no me he quedado a dormir contigo?

—Eso, sumado a que has dejado un billete de quinientos euros sobre mi mesita. Sin duda, tu frialdad inglesa dice mucho de ti.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—¿Y por qué no te diste cuenta?

—Pero… –gira su rostro contrariado–, ¡me pediste dinero! –confirma y pongo los ojos en blanco.

—Desde luego, además de frío e insensible no eres capaz de captar las indirectas. ¡Menuda joya hicieron contigo en Oxford!

Sonríe.

—No estudié en Oxford.

—Eso es lo de menos ahora.

Suspira, relaja la presión de su mano en mi brazo y añade:

—Creí que querías utilizar el hecho de que yo me había acostado contigo para chantajearme, no sé, al principio pensé que lo del dinero era una de tus bromas, pero luego te vi tan seria que… Hice mal, perdóname, no era mi intención ofenderte, y mucho menos hacerte sentir de esa manera, porque para mí no eres ninguna puta, así que por favor, no vuelvas a decirlo, me ofende.

Niego con la cabeza, soy una blanda y estoy a punto de perdonarle, pero ahora mismo mi cabeza está dividida en dos mitades: la locura y la cordura.

—¿Con qué clase de mujeres estás acostumbrado a tratar? ¡No tienes ni pizca de sutileza!

Se echa a reír, pero su risa tiene un matiz de tensión que capto en el acto, parece haberle entristecido mi comentario, por lo tanto deduzco que he dado en el blanco con la primera flecha.

—Sin duda, nunca había estado con una mujer como tú. Me descolocas Anna, nunca haces nada de lo que espero, eres totalmente imprevisible, y eso me resulta fascinante.

¡Ves! ¡Ya lo ha conseguido! Me pica la nariz, sus palabras me conmueven…, si es que no sirvo para las venganzas largas.

—Por favor…, perdóname y ven a mi cama –sonríe con malicia–. Solo para dormir –matiza y empiezo a reír.

—Solo para dormir –le confirmo con un dedo acusador y tiro la toalla que me cubre al suelo antes de saltar sobre su cama y meterme entre las sábanas.

Su sonrisa se expande y se mete en la cama junto a mí, permaneciendo quietecito en su lado concediéndome mi espacio. Sin pensármelo dos veces, ahora más segura, recuesto la cabeza en su duro pecho y le abrazo. Al principio no reacciona, pero luego, una de sus manos me acoge la espalda acariciándome.

—Eres tan cariñosa… –susurra minutos después cuando a punto estoy de dormirme.

—Siempre he necesitado el contacto humano, no puedo vivir sin él, sin embargo, tú eres un frío e insensible inglés ex-estudiante de Oxford.

Escucho su risita mientras me aprieta ligeramente. Inspiro profundamente, llenando mis pulmones de su embriagador aroma.

—Pero hay una cosa que no me cuadra… –arrugo la frente.

Cada vez me encuentro más y más cansada, pero él parece la mar de despierto, en cuanto a sentimientos, jamás vamos a poder encajar por lo que veo.

—¿El qué? –susurro sin demasiadas ganas.

—¿De dónde has sacado el preservativo? –sonrío con los ojos cerrados.

—Bajé al vestíbulo y se lo pedí a unos trabajadores del hotel –su respiración se paraliza

—¿Bajaste con la toalla puesta pidiendo un preservativo?

—Sí, exactamente es así como ocurrió.

Su risa se desata haciéndome botar sobre su torso desnudo.

—Eres realmente única, Anna. Hazme un favor, no cambies nunca.

Sonrío, me ladeo débilmente y le planto un besito inocente en el pectoral.

—No lo haré. Y ahora, ¿puedes dejar de hablar para que pueda dormir un poco, por favor?

Percibo nuevamente su risa, esta vez, se inclina para besar la espesa maraña de pelo negro que hay en mi cabeza; me entra un fugaz escalofrío.

—¿Eso ha sido un beso?

—Eso creo, al menos lo pretendía –intuyo su encantadora sonrisa de nuevo; aunque no puedo verla.

—Pues tenga cuidado señor Orwell, corre usted el riesgo de convertirse en un ser más cálido.

Su carcajada vuelve a moverme, pero esta vez se calla, no añade nada y deja que me duerma sobre su pétreo cuerpo desnudo, que parece estar cincelado en piedra. El calor que me transmite y su característico aroma, me facilitan el camino hacia un sueño profundo.

PD: El principio y el final de esta divertida historia entre un refinado inglés y una alocada española lo encontrarás en Amazon, “Que no se te olvide: el sexo alivia la tensión, el amor la aumenta”.

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