HÉCTOR JESÚS

Una historia con dos finales a escoger. Ponga usted el que desee.

Sé para lo que estoy destinado. He sido creado para fecundar el mundo a pesar de todas las barreras y obstáculos que encuentre en el camino. Ese es mi sueño. Estoy destinado a amar y ser amado…. Upss, perdón por no haberme presentado antes, estaba hablando conmigo mismo, dándome ánimos y ni cuenta me di que me estabas escuchando, fue una descortesía de mi parte. Soy un espermatozoide a punto de entrar en acción. Sí, no te rías. Soy un espermatozoide, ¿y qué? Va, seguro piensas que no tendré éxito porque somos muchos que, como yo, se están preparando para alcanzar tus objetivos… ¿y qué? Lo intentaré. Daré lo mejor de mí, me esforzaré y sé que llegaré. Ya me imagino con mis extremidades, mis ojos, mi boca, mi cuerpo entero… oh, Dios, ¡cuántas cosas deseo hacer! Quiero abrazar con mis brazos el universo, quiero sostener siempre a esos seres que llamaré Padre y Madre. Cuando tenga boca no cesaré de besarlos y les demostraré cuánto los amo desde que… desde que… bueno, desde que era un espermatozoide. Es verdad que aquí dentro se está de lo mejor, hay calorcito, siempre estoy cómodo… pero qué va, no nací para eso. Soy luchador. ¿Que afuera no todo es color de rosa? ¿Y qué? Vamos, tampoco uno puede dejarse llevar por las noticias que escuchamos del exterior, en eso que llaman televisor… Oh, perdón. Ya debo irme. Ya sonó la alarma que ha comenzado la penetración, ya nos llaman. Hay que estar atentos… ufff estoy nervioso. Me tiembla la cola. Ha de ser bello ese momento de unión al que nombran “hacer el amor”…. Ahhh, ¡el amor! Seguro encontraré el amor en los brazos de mis padres. Deséeme suerte. Ya me voy. Nos vemos allá afuera.

Primer final: seis semanas después

La fría mesa del hospital le servía a ella de cama y las blancas luces le bañaban el cuerpo semidesnudo. Sus piernas abiertas encima del soporte. Llegó el médico vestido de verde con sus guantes y tapabocas. La miró a los ojos como para asegurarse que aún mantenía su decisión. Ella asintió con un leve movimiento de cabeza. Estaba nerviosa y un poco triste pero ya habían tomado la decisión de hacerlo. Mil y una razones para hacerlo, no encontraron tan solo una con suficiente peso que pudiera revertir la situación. Con sus manos se sostuvo a la baranda de la mesa. Estaba sola en aquel salón. El médico comenzó su trabajo asistido por la enfermera que accionó la aspiradora. Al cabo de unos minutos había acabado todo. Una lágrima rodó por la mejilla de la madre a la que volverían a llamar “mujer”, a secas.

Segundo final: cincuenta años después

Ella cada vez sentía más frío. Su cuerpo iba perdiendo gradualmente su calor. Le costaba respirar. Lo hacía por la asistencia de múltiples aparatos conectados a su cuerpo. Era ya el ocaso del día. No estaba sola, junto a ella desde hace muchos años la sostenían un par de brazos fuertes, capaces de sostener el universo entero. También en este momento acudían a ella. Había entregado mucho amor y había sido correspondida. Se sentía amada. Era feliz a pesar de la situación. De pronto, como a lo lejos, escuchó el ininterrumpido sonido de una máquina. Sintió un fuerte abrazo y un beso en la frente que le sabía a despedida. Cerró los ojos y su mente se perdió en el infinito, como trasladada en un carruaje de nubes. De sus ojos inertes salieron dos lágrimas cristalinas. Se fue feliz. Del otro lado de la cama, en la mejilla de su hijo también rodaba una lágrima. Se había marchado la persona que desde pequeño le mostró el rostro del amor.

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