ALBERTO ROMERO

Ana y el inspector
Ana estaba nerviosa como una gelatina en movimiento. Apenas había pegado ojo
en toda la noche pensando en el encuentro con el policía que estaba investigando
el caso de su madre. De siempre había sido una persona nerviosa, pero estas situaciones
que no controlaba aún la ponían más tensa.
Se levantó ella sola antes de que viniesen las enfermeras con los primeros rayos
de sol, al amanecer. Avanzó dos pasos y se acercó a mirar por la ventana. Madrid
empezaba a estar precioso con la llegada de la primavera. Se sentía como un
pájaro enjaulado en aquella habitación. Necesitaba volar y llenar sus pulmones de
aire fresco.
—Espero que los médicos me den pronto el alta —dijo en voz alta.
—Todo dependerá de tu evolución, Ana —contestó la Doctora Garmendia a su
espalda.
El susto que se llevó Ana fue tan grande que se tambaleó sobre sus débiles
piernas y a punto estuvo de caerse. La silenciosa doctora pidió disculpas por haberla
asustado y le hizo unas cuantas preguntas rutinarias sobre sus dolores y sensaciones.
—Quizás para final de mes puedas abandonar el hospital, aunque tendrás que
seguir viniendo a rehabilitación y utilizar una silla de ruedas —dijo Garmendia muy
sonriente.
Ana sintió algo de esperanza con aquel anuncio y por un breve instante calmó
los nervios ante la visita inminente del inspector Aguirre.
Después de la visita de la Doctora las auxiliares del turno de mañana trajeron
el desayuno. Apenas tenía hambre, y solo dio dos sorbos al café con leche que le
ponían cada mañana. El nudo del estómago le impedía comer nada, y el ritmo
acelerado de su corazón la mantenía tensa como una estaca.
Trató de asearse por sí misma, pero aquella mañana no se sentía con muchas
fuerzas, así que se volvió a la cama y encendió la TV. Mientras una presentadora,
con cientos de operaciones de estética en la cara, trataba de calmar a un montón
de señores acomodados, que se creían con licencia para opinar de cualquier cosa,
Ana estaba a kilómetros de distancia de allí. Sus pensamientos repasaban su vida
una y otra vez, incansables.
Entonces llamaron a la puerta y Antonio asomó la cabeza por el hueco. Mientras
le devolvía el saludo, y la amplia sonrisa, confirmó que venía acompañado del
inspector de policía.
Josu Aguirre se acercó a Ana y la saludó con educación, estrechándole la
mano mientras observaba todos los detalles de la habitación, por deformación
profesional.
Durante las casi dos horas que duró la visita los tres repasaron el relato de Antonio.
El inspector iba interrumpiéndose a sí mismo todo el tiempo formulando todas
las dudas que había recopilado durante la noche. El relato de Antonio parecía
estar bien fundamentado, y nada le hacía sospechar que estuviese mintiendo. Ana
no recordaba casi ningún dato, porque todo había sucedido mientras estaba en
coma, pero sus nervios se palpaban en el ambiente, y Aguirre los detectó desde el
primer momento.
—¿Sus padres nunca hicieron alusión a que usted era adoptada? —dijo Aguirre
dirigiéndose a Ana.
—Nunca jamás —confirmó Ana.
—¿Y usted no tuvo sospechas nunca?
—Nunca —insistió Ana.
—¿Cómo se ha sentido al descubrir todo esto?
—Al principio no me lo podía creer, pero después de ver las pruebas estoy tratando
de asumir todo —dijo Ana con un nudo en la garganta.
—¿Sabe dónde podría estar su madre en este momento?
—No tengo ni idea. Nunca había actuado así —confirmó Ana.
—Bueno, tengo entendido que no es la primera vez que desaparece…
Ana se quedó blanca como la pared y no pudo contestar nada. Ningún sonido
fue capaz de salir de su garganta.

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