MOISÉS ESTÉVEZ

No pudo evitar que se le erizara el vello de su piel cuando percibió que
el pomo de la puerta de su confortable morada se giraba lenta y
silenciosamente…
Raudo, Carlos saltó a correr una cadena de seguridad que aquella tenía,
al igual que hizo con un pestillo de una ventana próxima.
Quién quiera que fuese, no traería buenas intenciones, pensó Carlos
con el pulso ya por las nubes.
Seguidamente, se le ocurrió hablar en voz alta simulando estar
acompañado, al mismo tiempo que cargaba una repetidora que utilizaba
esporádicamente para la caza de ciervos, afición heredada de su padre.
Tras un par de intentos, el supuesto individuo se retiró, Carlos consiguió
oír como se alejaban unos pasos rápidos y largos, por lo que respiró más
tranquilo, aguardando un buen rato para echar un vistazo fuera con el arma
repleta de cartuchos, por supuesto, a la vez que su corazón paulatinamente
volvía a latir con normalidad.
Carlos desconocía que aquella no sería la última vez que recibiría la
visita de aquel intruso. Había sido una toma de contacto que formaba parte del
procedimiento que este seguía cuando le encargaban neutralizar un objetivo.

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