ALBERTO ROMERO

Josu en acción
Josu Aguirre llegó a la habitación del hostal en la que estaba alojado bien entrada
la noche. Después de la entrevista con Antonio, que le había llevado muchas horas,
había vuelto a pasar por la casa de Josefa. Esta vez no había subido al piso, ni
siquiera había entrado al portal. Se había quedado un buen rato observando el
edificio desde la acera de enfrente. Nada hacía sospechar que hubiese alguien en
el interior. Durante el tiempo que estuvo observando ninguna luz iluminó las ventanas,
ni hubo movimiento en las cortinas. Josu se preguntaba dónde habría escapado
aquella mujer, y que oscuro secreto la había llevado a hacer aquellas cosas
de las que le acusaba su yerno.
Cuando entró en la habitación la cama estaba hecha al detalle. No había ni
una arruga en las sábanas, todo estaba en orden alrededor. Su pequeña maleta
seguía tal y como la había dejado él, junto a la mesilla, pero algo llamó la atención
del inspector. Sobre el escritorio que había junto a la ventana había una pequeña
caja dorada con una nota escrita a mano encima. Se acercó extrañado, pues no estaba
cuando había llegado a la habitación, y leyó el mensaje:
«Bienvenido a nuestro alojamiento. Esperamos que se sienta como en su
propia casa. Nos tiene disponibles para cualquier cosa que necesite. No
dude en acudir a recepción las 24 horas del día».
La nota venía firmada por el director del hostal y en el interior de la cajita había
dos bombones de Nestlé, envueltos en celofán rojo. Josu apartó la caja pensando
en lo cursi que le resultaban aquel tipo de cosas y apoyó la carpeta que le había
dado Antonio, con los papeles de la adopción de Ana, y su libreta de interrogatorios.
Se quitó la ropa y la dejó echa una bola, sin ningún tipo de cuidado, sobre la
silla del escritorio. Abrió el agua de la ducha y puso la mano para comprobar la
temperatura. Justo cuando se disponía a ducharse alguien llamó a la puerta. Se
acercó y sin abrir preguntó por quién llamaba. Una voz femenina ofreció el servicio
de habitaciones y Josu la rechazó sin siquiera abrir la puerta, aunque dando las
gracias con educación.
Decidió que al día siguiente pediría máxima intimidad en la habitación. No
quería que nadie le molestase mientras estaba dentro, y tampoco que nadie entrase
mientras estaba ausente. Ni siquiera que le hiciesen la habitación. Manías de
policía que había ido cultivando con el paso de los años.
Después de la ducha abrió una botella de agua y extendió todos los papeles
del expediente de adopción sobre la cama. Con su libreta en la mano fue observando
todos y cada uno de los papeles con mucha atención. Cada nombre que
aparecía era anotado con cuidado. Entre folio y folio paraba a darle un trago al
agua de la botella, sin vaso, y picaba unos cacahuetes que había comprado en un
supermercado cercano.
Tras la reunión con Antonio, y viendo toda la información que iba encontrando
en los papeles de Ana, asumió que aquella investigación iba a ser larga. Lejos de
desanimarle, la adrenalina lo mantuvo despierto a pesar del cansancio. El reloj de
su muñeca marcaba casi las cuatro de la mañana cuando recogió los papeles y los
trasladó al escritorio. Se tumbó sobre la cama, sin siquiera abrirla, y se durmió en
menos de veinte segundos. Sus sueños le llevaron a recrear la historia contada por
Antonio, como si él mismo fuese el protagonista…

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