ANA MADRIGAL

I.

A mediados de enero el invierno parecía haberse animado a aparecer después de unos meses inusitadamente cálidos. Unos copos de nieve flotaban en el aire como pelusas blancas. El día tenía prisa por esconderse y, a eso de las cinco de la tarde, las calles ya se teñían de oscuro matizado sólo de vez en cuando por las pocas farolas encendidas que derramaban su luz sobre las aceras. Desde la ventana de su librería, Guillermo contemplaba la avenida desierta. No se veía otro movimiento que el de las ramas desnudas de un viejo castaño que gesticulaban animadas por alguna ráfaga de viento. Era poco probable que entrase algún cliente. ¿Quién iba a aventurarse con aquel tiempo tan poco apacible? Detrás del mostrador, Amparo, la estudiante de literatura que había contratado para que lo ayudase a llevar la librería, no quitaba ojo de la puerta como si no quisiera disimular las ganas de dar término a una jornada larga y aburrida.

─Puedes marcharte ya a casa, Amparo, que es viernes y hace mucho frío. Ya me encargo yo de cerrar.

Él se quedó hasta pasadas las siete remoloneando en tareas sin importancia para retrasar el momento de tomar el camino de regreso a casa. No vivía muy lejos de la librería mas, aun así, la caminata prometía ser dura.

Salir a la calle fue como entrar en una cueva sin fondo. La oscuridad se hacía más y más densa a medida que dejaba atrás la avenida. El viento lo empujaba hacia un lado impidiéndole caminar con soltura. Por un momento, creyó haberse perdido. Sin darse cuenta cómo, se había adentrado en una zona de la ciudad para él desconocida. A su alrededor no había nadie a quién preguntar cómo salir de aquel laberinto. Quiso retroceder pero se introdujo en un pasadizo que lo condujo hasta un conjunto de casas bajas y roñosas a las que la miseria y el paso del tiempo habían robado la dignidad. Buscó la luz de alguna ventana donde pedir auxilio pero a su alrededor no encontró más que su propia soledad. El frío y el cansancio obstaculizaban su marcha. Casi a tientas, volvió sobre sus pasos que lo llevaron a una calle más ancha e iluminada. Aunque tampoco le resultara familiar, respiró más tranquilo. Seguro que allí encontraría algún indicio que lo pusiese en camino de vuelta a casa.

Al final de la calle, se recortaba la silueta de una pequeña iglesia: nada más que un cubo de piedra con un puntiagudo tejado a dos aguas en cuyo vértice una esbelta cruz de hierro desafiaba al viento. La puerta estaba entreabierta y desde el interior salía un chorro de luz. Al entrar en el templo, Guillermo fue recibido por los acordes del Ária de las Variaciones Goldberg de Bach que alguien interpretaba en el órgano. La delicadeza de la ejecución le hizo olvidar el motivo de su presencia en la iglesia. Se sentó en un banco a pocos metros del coro. Medio oculto por una columna que ayudaba a sostener un arco de medio punto, no solo podía disfrutar de la melodía sino que veía a la intérprete sin temor a ser descubierto. Se recreó en el perfil de la joven: un rostro níveo, como mármol pulimentado, que se teñía de rubor rosáceo cuando la música alcanzaba los pasajes más complicados. La intérprete tenía los párpados cerrados, como si no quisiese que la visión del mundo real le impidiese percibir lo inefable de la composición del músico alemán, y un leve aleteo de la nariz delataba la emoción que le suscitaba aquella agrupación de notas. Mientras, los dedos, más que tocar, sobrevolaban las teclas del órgano.

Guillermo se contagió de la emoción de la joven. Una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal haciéndole estremecer en tanto una lágrima rebelde atravesó la mejilla derecha. Sorprendido de aquel rasgo de sentimentalismo tan ajeno a su manera de ser, salió de la iglesia con la esperanza de que el frío de la noche le devolviese el sosiego. Cuando recobró la tranquilidad, volvió a entrar en el templo, pero la joven organista había desaparecido. ¿Por dónde había salido? No vio más que la puerta del atrio, por la que había entrado, y la de la sacristía, que estaba cerrada con llave. Esperó largo rato en el mismo banco en el que había estado escuchándola hasta que un sacerdote le pidió que saliera pues ya era muy tarde y había que cerrar la iglesia. Cruzó la calle y, en un bar que aún estaba abierto, pudo al fin pedir las indicaciones precisas para volver a casa.

La primavera llegó pintada de alegres colores una mañana de principios de abril. La larga avenida se llenó del fucsia, el morado, el blanco, el amarillo, el carmesí y el celeste de los pensamientos que crecían a ambos lados de la calzada. Animada por el buen tiempo, la gente abandonó el cobijo de las casas y salió a impregnarse de la alegría de las calles. La brisa jugueteaba con el vuelo de los vestidos de las adolescentes que se reían de la picardía del viento. Al final de la calle en un carromato pintado de añil se vendía algodón de azúcar que los niños codiciaban con ojos engolosinados mientras un organillero tocaba La vie en rose.

Guillermo salió a pasear muy de mañana. Empezó a andar sin rumbo siguiendo la senda que le marcaba su intuición. Mirase por donde mirase, veía los rostros alegres de quienes han sufrido con impaciencia los rigores de un invierno nada compasivo y dan la bienvenida a la nueva estación. Sus pasos lo llevaron hasta una plaza espaciosa en la que se celebraba un mercadillo medieval. Aquí y allá se veían juglares ataviados con negros jubones de terciopelo que atraían la atención de los niños con historias de otros tiempos; bellas princesas que, escapadas de un cuento de las Mil y una Noches, bailaban la danza del vientre al ritmo de las ajorcas de plata y filigrana que adornaban sus muñecas y sus tobillos; puestos con plantas curativas, especias aromáticas y filtros de amor; guerreros que parecían venir de países lejanos tras librar cruentas cruzadas contra el mal.

Guillermo se paraba en los puestos y, por unas pocas monedas, compraba cosas que sabía no iba a necesitar nunca sólo por el placer de ver la sonrisa de una joven vendedora. De un tenderete se llevó un pañuelo de batista con la letra E bordada con hilo celeste, de otro, un cestillo de mimbre que, de tan pequeño, no servía para guardar nada; aquí, se dejó tentar por unos ojos negros que le ofrecieron un dulce de miel y almendra que acababa de salir de la sartén y, de tan caliente, le abrasó el paladar, allí, fueron unas manos tostadas por el sol las que le tendieron una botella de licor de cerezas…

A eso del mediodía, cargado con sus compras, ya iba a regresar a casa cuando el rostro de una mujer de unos cuarenta años le hizo detenerse. Estaba ante un puesto de flores y parecía no poder decidirse por ninguna. Tomó entre sus manos un ramo de rosas amarillas y hundió su rostro en él. Lo apartó a un lado para deleitarse con la fragancia de unos jacintos y, después, adornó sus cabellos con la sencillez de unas margaritas. Guillermo contemplaba su rostro que tan mal escondía la dicha que le producían aquellas flores, la desazón por no saber cuál elegir. Seguía con la mirada el contorno del óvalo blanco con tintes rosáceos, aterciopelado como los pétalos de las flores que tanto parecían gustarle, la línea sin fin del cuello, el escote en pico que terminaba en una promesa, el colgante, una clave de Sol de plata, los cabellos color chocolate que escapaban del lazo turquesa que los sujetaba, los ojos castaños y rasgados que sonreían antes que sus labios.

Guillermo quiso acercarse para comprarle un ramo de rosas amarillas. Revolvió en el bolsillo del pantalón pero no le quedaban más que unas monedas. Preguntó qué flores podía comprar con tan poco dinero y el encargado del puesto le tendió un ramillete de violetas blancas. Se volvió para ofrecérselo a la mujer. El rostro de ella se iluminó con una sonrisa. Guillermo creyó advertir en sus ojos una chispa de agradecimiento. Pero la mujer ni siquiera lo miraba. Dio dos pasos adelante y se dejó abrazar por un hombre que Guillermo no había visto llegar.

A Guillermo le sorprendió la tristeza que sintió cuando pasaron por su lado antes de perderse entre el gentío que llenaba la plaza. Miró a su alrededor, como si de pronto todo hubiese perdido su encanto. Las bellas princesas de las Mil y una Noche se habían transformado en vulgares bailarinas sin gracia, los juglares ahuyentaban a la gente con groseras risotadas y los guerreros habían cambiado sus cotas de mallas por camisetas de Pokemon. Guillermo recogió las cosas que había comprado, que ya no le parecieron tan especiales. Las guardó en una bolsa de plástico y le dio el ramillete de lilas a una niña que encontró de camino a casa jugando sola a la comba.

III.

El verano tenía prisa por cambiar de hemisferio. Las hojas de los castaños se vistieron de amarillo, ocre y rojizo. Algunas no aguantaron el entusiasmo del viento que recorría la ciudad de norte a sur y acabaron alfombrando el suelo del parque cubriendo sin piedad las flores que luchaban por seguir viviendo.

A Guillermo no le gustaba el otoño. Le recordaba la soledad en la que vivía. Cuando llegaba esta estación, se refugiaba en la librería o en su casa y no salía de las páginas de un poemario de Rilke. Se negaba a ver la decadencia de la naturaleza que tan semejante era a la suya. Aquel día le había dado el día libre a Amparo y estaba solo para atender a los clientes. Pero no tenía que preocuparse mucho por lo fatigoso de la tarea: desde hacía un tiempo, apenas entraban unas pocas personas a llevarse algún libro.

Fue a media tarde cuando una mujer entró en la librería. La mirada al frente, como si se dirigiera más allá del infinito, parecía querer ahuyentar a la gente con su aire altivo. La melena le caía en ondas sobre los hombros: una melena blanca, como el resplandor de la luna, con unas hebras oscuras. A su paso dejaba el reguero del aroma a ropa limpia tendida al sol entrelazado con una sutil fragancia a violetas. Su rostro anacarado mostraba un ramillete de diminutos pliegues que acentuaba la belleza de sus ojos y un paréntesis hacía guardia a los lados de su sonrisa.

No preguntó a nadie por el camino que había de tomar. Como si conociese bien la librería, fue directa a los anaqueles donde se exponían los títulos de la literatura del siglo XIX. Se mordió el labio inferior mientras recorría con la mirada los estantes. Pasó la punta del dedo índice por los lomos de los libros antes de decidirse por uno de ellos. Luego, con él bajo el brazo, fue hasta una silla que la esperaba apoyada en la pared.

Guillermo observaba la curva de su largo cuello cuando inclinaba la cabeza sobre el libro. Pasaba las hojas lentamente deteniéndose aquí y allá. Aspiraba el aroma que desprendían sus páginas. De vez en cuando le caía un mechón de su cabello sobre la mejilla y, con gracia, sus largos dedos lo volvían a colocar detrás de la oreja. Guillermo se deleitó con la concentración de su mirada, el sosegado vaivén de su escote al respirar y, cuando ella dejó escapar un suspiro, del pecho de él voló una exhalación.

La mujer levantó la cabeza, como si de repente hubiese advertido la insistente mirada de Guillermo sobre ella. Frunció el ceño en un gesto de fastidio y, antes de que él pudiese hacer nada, dejó el libro en el suelo y abandonó la librería casi corriendo.

Guillermo salió a su encuentro pero se había perdido entre la multitud que llenaba las aceras. Recorrió la avenida hasta la plaza del Ayuntamiento, pero en ella no encontró rastro de la mujer. Bajó hasta el río y cruzó el Puente del Olvido pero en la dehesa los rostros que le salían al paso eran de desconocidos. Regresó por las callejuelas del casco antiguo de la ciudad y tampoco la encontró.

Ya de vuelta en la librería, se sentó en la silla donde había estado la mujer. Recogió el libro abandonado en el suelo y pasó su dedo índice por las letras en relieve del título: La copa dorada. Abrió sus páginas al azar y se dejó conmover por las palabras de Henry James.

***

El claxon de un camión se coló por la ventana abierta despertándolo con gran sobresalto. Una lágrima se deslizó hasta la almohada. Miró a su alrededor sorprendido, como si no supiese bien dónde estaba. Un rayo de sol pintaba de oro la estela de partículas de polvo apuntando con su largo dedo la fotografía que descansaba en la mesilla. Guillermo la tomó entre sus manos y, como cada mañana, la contempló igual que si fuera la primera vez. Allí estaba Elena, su mujer, cuando, con poco más de veinte años, tocaba el órgano en la iglesia de Santa Margarita. Hacía poco tiempo que se habían conocido en una fiesta. Los había presentado un primo de ella que también era amigo de él y, a los pocos días, ya sabían que estarían juntos siempre. O eso creían.

Se levantó despacio de la cama. Los años eran implacables y le costaba un esfuerzo cada movimiento. Al poner los pies en el suelo, tropezó con un objeto duro. Se arrodilló a cogerlo. Era el libro que había estado leyendo la noche anterior: La copa dorada. Lo abrió por la primera página. Allí estaba la caligrafía inclinada que el tiempo había vuelto morada. Conocía bien los rasgos de sus letras. El rizo de la A mayúscula, la elegancia de los montes de la M, el punto de la I, que más que punto era el ala de una gaviota que se elevaba hasta el cielo, y la rúbrica, un ir y venir de líneas arabescas. Una a una, las letras le enviaba su mensaje y, todas unidas, formaban la dedicatoria: “A Guillermo, mi esposo, que con su amor, sabe cómo hacerme feliz. Elena. Trece de marzo de mil novecientos noventa y tres”.

Guillermo musitó la fecha una y otra vez: Trece de marzo de mil novecientos noventa y tres. Otro trece de marzo, el de dos mil siete, Elena había fallecido en un accidente de tráfico.

Miró de nuevo la fotografía. A sus labios asomó una sonrisa cargada de tristeza.

─Gracias, Elena. Mi querida Elena. Esta noche has vuelto a visitar mis sueños.

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