ALBERTO ROMERO

La evolución de Ana
La primera actividad de Ana cada mañana era su sesión de rehabilitación con los
fisioterapeutas del hospital. Puntual como un reloj aparecía el celador a las 9:30h
para recogerla con la silla de ruedas. En los últimos días estaba cogiendo bastante
fuerza en las piernas, pero aún faltaba un poco para que las pudiese seguir moviendo
sin agotarse en menos de cincuenta metros. Ana insistía cada mañana al
celador para que la dejase ir andando hasta el ascensor, al final del pasillo, pero
siempre tenía prisa.
—Con el «fisio», Ana, eso con el «fisio»— decía todas las veces. Y no daba su brazo
a torcer.
El trabajo de los celadores parecía estar muy ajustado y, aunque la trataban
con mucho cariño, a ella le hubiese gustado que le diesen un poco de flexibilidad
en el camino a rehabilitación.
La rodilla derecha seguía doliéndole mucho y aunque los médicos le decían
que todo iba bien, ella sentía que algo raro pasaba con aquella articulación. En lo
único que pensaba era en salir de aquel hospital y buscar a su madre por sí misma,
sin depender de Antonio, o del resto de la familia. Se esforzaba mucho con los
ejercicios que le preparaban los fisioterapeutas, pero no tenía súper poderes para
acelerar el tiempo, como le hubiera gustado. Su mejoría dependía de fortalecer las
articulaciones y los músculos, pero también del tiempo, para que todo se asentase
y volviese a la normalidad anterior al accidente.
La mejoría de la amnesia también iba por buen camino. Había recuperado casi
toda la memoria y había pocos recuerdos que se le escapasen. La compañía cons2
tante de la libreta había sido un gran ejercicio para acelerar la vuelta de sus recuerdos.
Con quien tenía algo más de trabajo era con el psicólogo, que era un señor
mayor muy amable, pero que muchas veces no entendía la desesperación de Ana.
El giro que había dado su vida era difícil de asimilar de la noche a la mañana. Tenía
muchas pesadillas que le impedían descansar por las noches, y que ocupaban sus
pensamientos el resto del día sin remedio. Un accidente involuntario había hecho
tambalear todos los cimientos de sus orígenes. Su madre resultaba que no lo era,
nadie le daba buenas explicaciones del porqué de aquel secreto, y sentía que
toda su infancia había sido un fraude, una especie de sueño falso en el que habían
jugado con ella y con sus sentimientos.
Antes de morir su padre ella tuvo varias conversaciones con él que no terminaba
de entender. En aquel entonces asociaba a la pérdida de riego de su padre a
las cosas que le contaba y que no entendía. Ahora su cabeza trataba de hilar aquellas
charlas en las que su padre le contaba historias de amigos que ella no conocía.
Solo eran verdades sobre su vida que él ubicaba en personajes ficticios, para aludir
a lo que no se atrevía a confesarle de verdad. Le atormentaba pensar que había
sido muy tonta por no darse cuenta, pero tampoco había nada que le hiciese sospechar
lo que ahora había cambiado su origen y su destino.
Al mediodía, cuando ya estaba de vuelta de todos sus ejercicios, y la comida
empezaba a ser servida en la planta donde estaba ingresada le llamó Antonio:
—Hola cariño. ¿Cómo ha ido la rehabilitación?
—Muy bien, sigo avanzando. ¿Qué tal tú con el policía?
—Pues bastante bien. Esta tarde nos íbamos a reunir de nuevo, pero ha llamado
diciendo que quiere hablar contigo y conmigo. Quiere saber si te parecería bien
que te visite en el hospital…

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