PATY RUBIO

Catrina Bermejo nació un dos de noviembre de 1980. Su madre estaba disponiendo la ofrenda del día de muertos, y no sintió los dolores que anuncian la labor de parto. Parió a su hija mientras terminaba de poner el altar para conmemorar al abuelo Jacinto y a la abuela Micaela; quienes habían cerrado los ojos con sólo un mes de diferencia.

La familia contaba que cuando le llegó la muerte a Chinto, Mica agarró tiricia, y se fue con él a los treinta días.

Catrina nació entre flores de cempaxúchitl. No lloró, pero tenía los ojos abiertos y una mirada que recorría el lugar, observándolo todo. Era blanca como las azucenas. Tenía el cabello rojo como el fuego. Cuando fue creciendo, al dar carreras su cabecita parecía estar ardiendo en llamas; resultaba hipnótico observarla.

A los tres añitos, gozaba y participaba con su madre para colocar el altar. Se alegraba por partida doble: la conmemoración de los difuntos y su cumpleaños.

Cuando su madre por primera vez le contó la historia de “La bella durmiente”, Catrina abrió sus ojitos aún     más, demostrando interés especial, señalando la imagen en el libro.

-¡Está muerta!

-No Catrina, está dormida, y sólo despertará con un beso de amor.

-¡No, no; está muerta!

Una de tantas tardes, mientras la señora Bermejo descansaba se dio cuenta del profundo silencio; se suponía que Catrina estaría jugando con sus muñecas; preocupada por no escucharla, dejó de lado el libro que tenía en las manos, y se levantó del sillón. Se encaminó a la recamara de su hija. Al abrir la puerta, la vio sobre la camita, las muñecas sentadas alrededor, con Catrina al centro, inmóvil, los ojos cerrados y las manos en cruz sobre el pecho. ¡Podría jurar que no respiraba! Sintió un profundo escalofrío.

-¡¿Catrina, qué haces?!

-Juego a los muertos -respondió sin entender la cara de susto de su madre, y añadió- como la bella durmiente.

Catrina siempre fue niña precoz. Al hablar se expresaba de una forma muy adulta. A pesar de ser tan dulce, la imagen inocente y frágil que tenía no iba a la par de su comportamiento tan maduro.

En ocasiones que su madre estaba descuidada, si Catrina pasaba por detrás de ella, -como siempre, sin hacer ruido al caminar-, podía percibir un tremendo frío que le recorría la columna erizándole la piel.

El día que la niña cumplió los seis, la Señora Bermejo la llevó al cementerio para dejar flores a sus abuelos. Días antes le había platicado a su hija, sobre cuánto llegó a quererlos. La habían criado, no como abuelos, sino como su propia hija. Le contó de lo contentos que se pusieron cuando les dio la noticia de que tendrían a su primera bisnieta.

-¡Qué pena que se hayan muerto antes de que nacieras! Los habrías hecho felices; y ellos a ti; eran unos viejitos muy amorosos.

-Los voy a conocer.

En el panteón San Fernando, donde estaban enterrados los abuelos, había mucha gente visitando a sus difuntos; arreglaban las tumbas y les acomodaban flores frescas, sustituyendo las resecas.

-¡Parece una gran fiesta! -Catrina reía. – ¡Mira, están poniendo comida sobre papel de colores como los que tú pones en el altar de la casa!

-Muchas personas acostumbran traer éste día las ofrendas a las tumbas, y conmemorar a sus muertitos aquí donde descansan.

-Hoy veré a mis bisabuelos, má.

-Sus tumbas hija, sólo sus tumbas. La niña sonrió.

Llegaron. Y mientras la señora Bermejo limpiaba las lápidas, que se encontraban una junto a la otra, Catrina pidió permiso para que la dejara ir a ver las otras tumbas.

-No te vayas lejos, sólo hasta donde yo te alcance a ver.

La chiquita caminó un poco. Llegó a una lápida solitaria, y se tendió sobre ella con las manos en el pecho. Su madre al verla, dejó lo que estaba haciendo y fue hacia ella:

-¿Qué estás haciendo? ¡Párate de ahí!

-Quiero conocer lo que se siente.

-Levántate, y no te alejes.

La señora Bermejo no alcanzó a escuchar lo que Catrina susurraba. Continuó arreglando las flores frescas.

-Voy a ver a mis bisabuelos- decía la niña en un suspiro.

La madre levantó la cara cuidando a su hija con la mirada, y alcanzó a ver cómo desaparecía al atravesar la puerta de un mausoleo, frente a la tumba.

Sin poder moverse por la impresión de mirar a su hija desvanecerse, leyó lo que decía arriba de la puerta, antes de caer desmayada.

Era un hermoso mausoleo rodeado de relieves con querubines. Al frente sobresalía un enorme y bello Arcángel Miguel, a los pies de él, sobre la puerta, había una placa de mármol rosado con letras doradas, en la que se leía: “Catrina Bermejo, 2 de noviembre 1980”.

https://losenredosculturalesdeaspacia.blogspot.com/

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