HÉCTOR JESÚS

 

La magia de una sonrisa en cuatro escenas.

Escena 1

Ella terminaba su jornada laboral como de costumbre recogiendo su instrumental médico y organizando el salón. Su asistente dental ya se había ido y sólo quedaba ella en el salón de la clínica estomatológica. Había sido una tarde tranquila: una extracción molar de un joven que salió complacido con el trabajo y algunos empastes a unos niños que, al principio tenían pánico del “ruidito” de la máquina, pero que “milagrosamente” fueron calmados por la pródiga mano de la doctora cuando le acariciaba su cabecita. Eso junto a su dulce tono de voz, convertían aquel tormentoso momento en un simple recuerdo. Terminaba su jornada laboral cerrando tras de sí la puerta del local.

En su mente estaba ahora fija la idea de su salida nocturna a un cabaret donde había quedado con unas amigas en lo que llamaban “la rutina del viernes”. Consistía en salir todas las egresadas de ese año de estomatología un viernes al mes para romper la rutina del trabajo, los esposos, los hijos y encontrarse para disfrutar de un merecido descanso. Hoy irían juntas al centro de la ciudad a un idílico cabaret recién remodelado y que incluía, además de las bebidas, un excelente show.

Ella tomó el bus hasta su casa, imaginando lo bien que lo pasarían.

Escena 2

Él terminaba de fumarse un cigarro antes de entrar a la ducha. Tenía, como cada viernes en la noche, su peña habitual en el “cabaret de centro” como le llamaban muchos artistas. Ya estaba contra reloj. En la sala lista la maleta y la mochila de trabajo. Como artista de la magia que era, llevaba buenos efectos que combinaba con el difícil arte de hacer reír, por eso había tenido éxito en su carrera, muestra de ello era su permanencia en el lugar por más de dos años, cada viernes. Incluso cuando el local estaba en reparación, habían decidido trasladar el show, temporalmente a otro sitio y Él permaneció con los elegidos del elenco.

Se echó, como siempre, su perfume, se peinó, se puso sus espejuelos y agarró mochila al hombro y maleta en mano, dispuesto a salir. Cerró tras de sí la puerta de su casa y emprendió el camino a coger el bus que lo llevaba al cabaret. En su mente iba repasando cada detalle del programa que iba a hacer ese día.

Escena 3

Ella se sentó junto a sus amigas en uno de los laterales del cabaret. Sin darse cuenta una de las pocas luces cenitales caía sobre ella y hacía resaltar su figura y su hermoso vestido que había seleccionado para la ocasión. El ambiente era perfecto, luz tenue, música adecuada, agradable olor a incienso…. ¿qué más podría pedir? Se sentía en el mismo cielo.

Comenzó la música que indicaba el inicio del show; salieron las bailarinas con su cuerpo semidesnudo, entró el presentador y dio la bienvenida al espectáculo. Bebió un trago de su cerveza “Bucanero[1]“, la saboreó, cerró los ojos y se dejó llevar por el momento. Pasó el tiempo en un abrir y cerrar de ojos que ni ella misma supo explicar. Volvió en sí cuando sintió que alguien le invitaba a subir a escena. Era el mago del espectáculo que le tendía su mano y le pedía fuera su asistente en ese número. Sin saber por qué se dejó llevar, tal vez hipnotizada por la magia del artista. No lo podía creer. Sólo sabía que se sentía bien. Ella lo miró. Sus grandes ojos, su sonrisa elegante y su voz de locutor radial eran ciertamente un hechizo. Sintió una corriente que estremeció su cuerpo. Se dejó llevar. Acomodó su pelo lacio dejando ver la comisura de su cuello. Sonrió. Se dejó llevar, sólo se dejó llevar.

– ¡Milagros! – respondió ella a la pregunta que le hizo el mago-

– Pues es un “milagro” que me haya tropezado con usted, – dijo el artista y le sonrió. Besó tiernamente su mano-

No supo cómo fue que terminó el número ni cómo llegó nuevamente a su sitio. No lo recordaba. Sólo sabía que desde dentro sentía unos enormes deseos de besar sus labios. Sin saberlo, Él también había sentido la misma sensación y la buscó cuando terminó la función.

Escena 4 y final

Han pasado ya más de 30 años de ese primer encuentro pero aún está muy vivo en su memoria. Fueron varios encuentros “casuales” que terminaron en una hermosa relación de pareja. Siempre se sintió feliz todo el tiempo que duró la relación. Él no dejaba de hacerle reír. Siempre le salía con un chiste o una ocurrencia con la que no podía aguantar la carcajada. Hasta en los peores momentos, los más tensos, Él lograba hacerle reír SIEMPRE; hasta en aquel fatídico día en que a ambos le dieron la noticia de su enfermedad y el poco tiempo que le quedaba de vida; incluso cuando en el hospital tomó su mano y dijo que se sentía como un astronauta con tantos tubos y aparatos a su lado, que ya estaba a punto de despegar su “nave espacial”. ¡Siempre con sus ocurrencias!; inclusive después del entierro cuando llegó ella a su casa y encontró en uno de sus zapatos un papelito con un corazón una flecha y un “te amo”, como acostumbraba a hacer cada vez que salía de viaje por su trabajo y le dejaba a ella uno de esos mensajes en cualquier parte de la casa.

Secó sus lágrimas y acomodó el ramo de flores que cada viernes le traía al cementerio. Miró con detalle su foto en el cuadro: esos ojazos negros y esa sonrisa seductora que tanto le gustaba aún vivían inmutables en la foto; volvió a leer el epitafio que había en su lápida, un trozo de una de las canciones de Silvio Rodríguez[2] y que solía poner como pie de firma en sus correos: “Mi casa ha sido tomada por las flores, traigan copas, traigan vasos al derrame de colores. Mi casa ha sido tomada por las flores, vengan almas y retazos voy a repartir canciones” Eso fue lo que Él le cantó, guitarra en mano, el día que se casaron.

Secó sus lágrimas y comenzó a caminar rumbo a su casa. Se detuvo, volteó su cabeza y miró otra vez la fotografía. Había dos mariposas revoloteando cerca de las flores y tuvo la sensación, como en aquél primer encuentro, que alguien tomaba su mano y le invitaba a subir al escenario. Volvió a sentir aquella descarga de corriente en todo su cuerpo.

Él la miraba fijamente desde la foto detrás del cristal.

Ella volvió a sonreír.

[1] Bucanero: Cerveza oscura típica de Cuba. Se puede encontrar en lata o embotellada. Tiene alto contenido de alcohol. (N.A.)

[2] Silvio Rodríguez, cantautor cubano. Uno de los fundadores de la Nueva Trova. Autor de piezas musicales que han tenido éxito a nivel internacional como “la gota de rocío”, “Unicornio azul”, “la Maza” entre otras múltiples canciones.

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