ALBERTO ROMERO

Abrazados en el sofá

Marta acostó a los gemelos, que no tenían hora de dormir aquella noche, y se acurrucó
junto a su marido. Se sentía agotada y abrumada con la energía de sus hijos.
—Necesito unas vacaciones solos, para ti y para mí.
—¿No te bastó la escapada a Barakaldo? —dijo Deyan sonriéndole por la broma.
Ya hacía días que habían hablado del suceso de Barakaldo, y de la carta que
había escrito Marta antes de marcharse. Deyan no entendía nada al principio, porque
no le quedaba muy claro la relación entre perseguir a Josefa y lo que había
escrito sobre sus sentimientos.
Marta le explicó con detalle que la carta la había escrito días antes de que sucediera
la escapada de Josefa. Ella no sabía nada de que la suegra de su hermano
fuese a montar aquel espectáculo, y su carta nada tenía que ver. Solo utilizó la carta
para ganar tiempo. Marta sabía que, si Deyan y su hermano descubrían que se
había marchado, en un arrebato, a perseguir a aquella bruja, saldrían corriendo
detrás de ella. Reconoció que no estuvo bien hacerlo de aquella manera, pero
todo fue fruto de la improvisación del momento.
Deyan comprendió como se sentía Marta. Aunque no le hubiese dicho nada, él
la conocía muy bien, ya eran muchos años de relación.
—A veces no hace falta hablar nada para saber como se encuentra el otro, basta
con una mirada —dijo con un marcado acento búlgaro, a pesar de los años que
llevaba en España.
—¡Qué gran filósofo eres! —dijo Marta agradeciendo su comprensión.
2
Deyan pidió a su mujer que pensase muy bien como le podía ayudar. Sus sensaciones
eran normales, por la crisis que estaba pasando, pero que un profesional
podría ayudarle en su recuperación. Marta le confirmó que buscaría un psicólogo
que la orientase para salir de aquel agujero en el que se sentía, que estaba animada
y con fuerza para trabajar en ello.
—Qué bien nos sientan estos ratos a solas —dijo Marta mientras miraba la tele
sin hacer mucho caso de lo que emitían.
—Sí, es la mejor recompensa a un día duro.
—No sé que haría yo sin ti.
—Estarías por ahí perdida —dijo Deyan, con su fino sentido del humor.
—La próxima me escaparé a un sitio más paradisíaco que Barakaldo —dijo Marta
riéndose.
—Ya pronto viene tu cumpleaños, podríamos hacer una pequeña escapada.
—Bueno, aún faltan dos meses.
—Habrá que ir organizando a los niños.
—Espero que para mi cumpleaños se haya solucionado toda esta mierda de Josefa
—dijo Marta con tono preocupado.
—Ya verás como sí. La policía detendrá a esa cabrona.
Deyan y Marta se quedaron abrazados mientras un montón de tertulianos se tiraban
los trastos a la cabeza en la televisión.
Marta no paraba de pensar en como estarían Ana y su hermano después de
aquel incidente. La nueva realidad de Ana era un trago duro de digerir. Su cabeza
solo pensaba en como estaría ella si le hubiese pasado aquello.
Deyan seguía preocupado con todo lo que estaba ocurriendo. Al mismo tiempo
se sentía entusiasmado con la sorpresa de la pastelería, y quería que pasase rápido
el tiempo, para darle el mejor regalo que podía imaginar para Marta.
3
Aquella noche hicieron el amor con dulzura sobre el sofá de la sala. El reencuentro
y las aclaraciones parecían haberles sentado bien. Una nueva ilusión había
activado su relación desde entonces.
Del amor de aquella noche algo cambiaría sus vidas a los nueve meses, pero
ellos aún no lo sabían.

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