JOSÉ MARIA ROSENDO

 

Por causa de la cábala, un formula creada y aprobada con métodos fehacientes por mí, hoy sábado me encuentro a medianoche en medio de un puente observando el agua del río, como si de ella dependiera mi vida.

    Para poner al lector en tema, debo decir que soy jugador, y que hoy aposté a los números con  dinero que no me pertenecía. Tenía la cábala y me dije: porque no aprovecharla, iba a ser un préstamo por horas. Ahora sé que no podré devolverla en años. Laura tenía razón cuando me rogaba que no fuera a jugar. Premonición de mujer.

    De tanto mirar el río, un pensamiento involuntario hizo que pensara en mi tía “la usurera”, una vieja miserable, discípula del mismo diablo. Único vínculo sanguíneo que corre por mis venas. Hace aproximadamente tres años fui a verla por un contratiempo financiero y, debo confesar, esa vez me liberó del problema. Me acuerdo como si fuera hoy: me dejó sentado y esperando en la grande y fría cocina. Me llamó la atención el tiempo que tardaba en venir y fui a buscarla. La encontré parada frente a la biblioteca, buscando en una caja disimulada entre libros compactados, el dinero que le había pedido. Retiró lo que iba a darme y volvió  a guardar el resto. Mi sorpresa fue mayor cuando se levantó la pollera y escondió las llaves en una bolsa adherida a su bombacha. Rápidamente volvía a la cocina y esperé. Esa fue la última vez que la vi.

                                               El día anterior

  • ¡Pero quién te crees que sos puta de mierda para decirme lo que tengo que hacer! Quien te sacó de la calle, ¿te olvidaste? Yo te lo voy a decir fui yo!.
  • Lo sé Sergio, no quiero ver cómo arruinas tu vida con el maldito juego que te quita lo que no tenés.  

Le pegué mal. Ese golpe fue porque me hizo ver cómo era, y sentí vergüenza de ser un mal bicho. La lastimaba, y Laura, soportaba ese castigo sin ningún reproche.

    La misma noche que la conocí va hacer ya más de un año en el bar del casino, terminamos en mi departamento. Al poco tiempo, llegamos a vernos tan seguido que vivía más en mi casa que en la suya, por decisión de ella, fue dejando de apoco su trabajo hasta abandonarlo por completo. Para ser sincero no le hice ningún favor. Confiaba y creía en mis mentiras, y yo era consiente que jamás iba  cumplir nada de lo que le prometía.

                                                  Hoy

En la puerta, la duda comenzaba a trastocar mi voluntad de tocar el timbre, o dar media  vuelta y afrontar lo que se avecinaba el lunes. Lo pensé y pulsé el llamador, esperanzado en que hoy sábado, mi suerte podía cambiar. Me prometí a mí mismo que si eso pasaba, no jugaría nunca más. La lluvia golpeaba con furia y el alero que me cubría no llegaba a protegerme del aguacero.

    La repentina luz se encendió, y el vozarrón de la vieja preguntando quien era, me hizo sobresaltar. Pausadamente fue abriendo a puerta, disfrutaba verme mojado. Me miró de arriba abajo y con desprecio dijo:

  • ¿Qúe querés?
  • Tengo que hablar con vos tía ¿puedo pasar?

Con un rictus de asco se corrió para que entrara. Su rostro apergaminado y su carácter avinagrado, hacía difícil mirarla con simpatía. Irradiaba maldad, un rasgo de familia, del que no creo estar exento. Las bolsas bajo sus ojos saltones y la fina línea de carne pútrida que pretendían ser labios, le imprimían a su cara dos expresiones distintas: cómica y de terror. Me di cuenta de que no era bienvenido.

  • Para hacerme levantar de la cama a esta hora de la noche, lo que tendrás que decirme debe ser interesante ¿no?
  • Sí, es que…
  • ¡Sobrino al grano! No tengo toda la noche para oirte balbucear palabras incoherentes, al asunto o mándate a mudar.

 Sentí una punzada en la boca del estómago, igual que cuando mi padre,

 

su hermano, me trataba de la misma manera.

 

  • Si, te decía que tenía que hablar con vos porque estoy en un problema y que tengo …

 

  • Y que tengo que ver con tus asuntos. ¿Cuándo has venido a contarme lo que te pasa?.

Nunca y ahora, así súbitamente, me haces participe de tus problemas, va a ser  interesante escucharte: soy toda oreja.                

Me quedé mirándola y pensé: vieja de mierda.

  • No vas a decir nada, me despertaste para quedarte callado.
  • ¡Tía, ya basta! Lo que quiero decirte no es nada fácil. Sé que nunca vengo a verte, pero si recurro a vos, es porque estoy metido en graves problemas debido a la cábala.

 No puedo precisar con certeza el tiempo que estuve contándole con lujos de detalles todo lo ocurrido. Creo que no omití ningún detalle. Tenía interés en que conociera los pormenores de lo que había sucedido. Porque si ella entendía, me ayudaría. Cuando terminé, de todo lo que había dicho, sólo registro dos palabras.

  • La cábala ¿te hiciste religioso?
  • No, nada que ver. No voy a llevar de boca en boca la interpretación del antiguo testamento. De lo que te hablo es del pronóstico. Cálculos para ganar en el juego. Podes decirme que no hay fórmulas mágicas para ganarle al casino que el capital siempre gana, que por eso es la banca, si pensas así, te digo que tenés razón a medias.
  • No entiendo lo que decís. Pero sé que aquel que juega por necesidad, siempre termina extraviando lo que fue a buscar.
  • De eso te estoy hablando, de necesidades. Me llevó más de tres años perfeccionar está cábala, creí que lo había logrado y en cierta forma fue real, con pequeñas apuestas. Estas posturas chicas me daban la razón. La cábala era efectiva, daba resultados sorprendentes.
  • Si era tan infalible como vos decís sobrino, ¿qué fue lo que falló?
  • Querer ganar mucho en poco tiempo. Ese fue el error. Este sistema funciona con dos o a lo sumo, tres apuestas y eligiendo una mesa saltarina. Pero para alguien que le gusta jugar, es imposible de hacer. Esa fue mi equivocación. Pensé que podía duplicar el capital que había llevado, pero la ansiedad y la avaricia no me lo permitieron, cuando perdí, me di cuenta de lo que había creado, me había arruinado. Reflexione en dos alternativas: afrontar lo que se venía, y en el suicidio y para ser sincero, no tengo la valentía para ninguna de las dos opciones. Fue entonces que me dije: la única es mi tía.
  • Y que te hace pensar que por tu vicio, tengo que desembolsar lo que robaste. ¿Por qué tendría que hacerlo?
  • Porque no tengo otra salida más que vos. Y porque voy preso, si no restituyo esa plata. Sos la única puerta que me queda y tenés esa llave. Te imaginaras que no pienso dejarla cerrada; ¿entendés lo que te digo?. Te lo pido de rodillas: ayúdame. Haré lo que quieras, seré tu esclavo, pero no permitas que me lleven preso; moriría ahí dentro.  
  • Estás loco se crees que voy a poner un solo centavo para financiar tus vicios. Ahora salí de mi casa, ya te escuche demasiado. No quiero volver a verte, sos una basura ¡fuera!

En ese instante, la odié con toda mi alma. Tomé un cenicero grande de piedra y fui sobre la vieja. Pero no me dio tiempo a golpearla. Una patada en la entrepierna me hizo doblar en dos.

    Corrió hasta la puerta de salida lo más rápido que sus piernas se lo permitían. Tropezó con la alfombra y cayó. Estaba por levantarse, cuando le asesté con todas mis fuerzas un certero golpe en medio de la cabeza. El macizo cenicero, transmitió a mis manos el crujir de huesos. El  cuerpo se arqueó en un movimiento convulsivo y volvió a caer, como si el suelo la hubiera absorbido, haciendo un ruido sordo, seco.

    Yacía sobre el piso. Sus ojos saltones y abiertos, le imprimían a su cara una expresión de sorpresa. Un borbotón de sangre espesa que comenzó a salir de su cabeza me hizo volver a la realidad. Fui saliendo de encima de ella como cuidando no dañarla. Me senté a su lado mientras miraba lo que había hecho.

    Pensé: ya está, para atrás no puedo volver. No me dejó otra alternativa, si me hubiese dado  el dinero no estaría muerta. La vieja no merecía vivir. Con una frialdad que me sorprendió, metí la mano dentro de su camisón y saqué el manojo de llaves adosada a su bombacha, traté de moverla lo menos posible, porque tenía que volverlas a poner en su sitio. No quería dejar pistas a la policía. El lunes a primera hora repondré el dinero de la oficina y aquí no ha pasado nada. 

                                           Tres días después

  • Sergio, llamó la policía.
  • ¿Qué querían?
  • Hablar con vos. Me dejaron el teléfono para que los llames. Es urgente.

                                                       ***

  • Señor Ferrari pase, el comisario Raimundo lo espera.
  • Buen día Ferrari, tomé asiento por favor.
  • Mi mujer me dijo que querían hablar conmigo.
  • Si, es así. Lo llamamos porque queríamos preguntarle si la señora Ferrari es su tía, y cuando fue la última vez que la vio.
  • Sí, es mi tía, lo que no puedo decirle con certeza, es la fecha cuando la vi por última vez Fue hace aproximadamente tres años. ¿Por qué me lo pregunta comisario?
  • Un vecino de su tía nos avisó que en varios días no vio movimiento en la casa y, que no contestaba a las llamadas. Al llegar la encontramos muerta. Eso fue el miércoles, pero el asesinato ocurrió el sábado.
  • ¿Asesinada? ¿Cómo?
  • No lo sabemos todavía. Recién comenzamos la investigación. Usted como pariente es quien nos puede orientar si en la casa falta algo de valor.
  • ¿Por qué piensa que voy a saber si falta algo? No creo que pueda recordar lo que tiene.
  • Era prestamista. Por eso es importante su colaboración señor Ferrari.- La palabra colaboración, volvió la calma a mi espíritu -. cualquier cosa que usted note diferente, es para nosotros de gran ayuda.
  • Si usted se empeña, no tengo inconveniente de ir. Pero no puedo asegurarle que pueda serle útil. ¡Ah comisario! Por curiosidad, ¿cómo dieron conmigo?
  • En una libreta estaba escrito su nombre, entre paréntesis, decía (sobrino), y su número de teléfono. Ferrari, ¿dónde estuvo el sábado entre las dos y las tres de la mañana?
  • En casa con mi mujer.

En el trayecto no hablamos más de tres palabras. Cuando menos conversaba mucho mejor. Tengo que agradecerle al celular, que a cada minuto lo estaban llamando..

  • Ferrari, hay algo diferente a lo que usted recuerde cuando estuvo la última vez.
  • No sé qué decirle comisario. No recuerdo nada del lugar. Hace tanto tiempo que vine. Parece estar todo en orden. Esa mancha en el suelo es de…
  • Si, es lugar donde la hallamos muerta. También encontramos papeles, joyas y dinero dentro de una caja que tenía oculta en la biblioteca
  • puedo ver los papeles, comisario.
  • En cuanto terminemos con la investigación le devolveremos todas las pertenencias de ella.
  • ¿No sospechan de nadie?
  • Estamos en la pista de algo que en los crímenes de este tipo es muy común. Pero tenemos todo el tiempo del mundo. Cosa que no tiene el asesino.

Habré hecho una mueca involuntaria, porque el comisario Raimundo me dijo.

  • Algo le causa gracia Ferrari.
  • Disculpe, comisario. Pero hay algo que no llego a entender. Usted dice que tiene el tiempo del mundo, ¿verdad?
  • Si, ¿y que llama la atención?
  • Que el asesino también lo tiene.
  • Ferrari, él criminal, no puede descuidare. Va a entenderlo a medida que pase el tiempo. Un error y es nuestro. Un cigarrillo.
  • No, gracias. Es interesante lo del descuido. Pero creo que su tesis tiene defectos materiales, que pueden ser importantes y usted no los tiene en cuenta.
  • ¿Y cuáles son los que no tenemos en cuenta?
  • La naturaleza del que cometió este aberrante hecho. Usted piensa que el sujeto va a cometer un desliz, y es allí, donde usted piensa atraparlo. Tal vez es un hombre brillante y no comete ninguna equivocación. Quizás es un enfermo el que hizo una cosa así, y no sabía lo que hacía. En un momento de desesperación no vio otra salida que matarla.
  • No Ferrari, un enfermo no borra huellas, no huye, no le importa ser atrapado. El que no está en sus cabales no planea un asesinato. El insano mata por locura, pero no desaparece como si se hubiera esfumado. Se entrega o espera a que lleguemos. Eso haría alguien que no está en su sano juicio. Pero está persona, mató y no dejó ningún rastro. Sabía lo que hacía. Queda libre Ferrari. Cuando tengamos alguna novedad nos comunicaremos con usted. En un par de días las cosas de su tía se las entregaremos. Gracias nuevamente.

Me fui con cierto alivio. La policía no tenía la menor idea quien la asesino. Había borrado todo rastro que pudiera  incriminarme. Tuve toda la eternidad para acomodar, ordenar y hasta dejar dinero y joyas dentro de la caja. Esto dejaba afuera la hipótesis de robo seguido de asesinato. Eso va a involucrar a todos aquellos que negociaban con la vieja. Cuantos más clientes estén dentro, más confusión traerá a la investigación. Tengo que hablar con Laura para que confirme mi coartada, ponerla al corriente de lo que había hablado con Raimundo. Tenía que involucrarla en el crimen, sin ser partícipe del hecho. Era necesario para dejarme alejado de toda sospecha. Al salir no perdí tiempo y llamé a Laura, para encontrarnos en el bar de siempre. Tenía que ser el primero en hablar con ella.

    Mientras le contaba lo sucedido, su cara de sorpresa me causaba gracia. No sabía y no tenía por qué conocer que había una tía usurera, y que fue asesinada. En el medio del relato, intercalé lo del fin de semana. El pretexto: no quería que la policía se enteraran que era jugador y menos en la oficina, porque perdería el empleo.

                                     Seis meses después

El comisario Raimundo, me llamó para ponerme al tanto de la investigación. Los sospechosos, me dijo, son todos los clientes de su tía. Pero no hay una sola pista para culpar a uno solo de ellos. Ese uno, es el criminal. Tuvo que estar desesperado. También me comentó que yo estaba en lo cierto cuando le dije que su tesis tenía un defecto material. No llego a explicarme qué defecto había en su hipótesis, pero sabía cuál era.

    Desde que la vieja ya no está entre los vivos, hubo cambios a mi alrededor, diría que milagrosos. Heredé la fortuna de mi tía. Fui ascendido  en el trabajo y lo mejor de todo, me casé. Pero no con Laura, sino con otra señorita. Necesitaba un cambio drástico.

    No piense el amable lector, que la dejé como la había encontrado. No señor. Fue una separación entre sollozos, reproches y amenazas, junto con la persuasión y la adhesión de una buena compensación, que la hizo  reflexionar que lo nuestro había llegado a su fin.

    Pero la más extraordinario es que mi conciencia no me molesta, duermo tranquilo. La cábala después de todo, dio resultado.     

       

                                                                   – FIN –

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