GAMBITO DANÉS

I

—Pues tampoco lo veo tan grave… —argumentó Borja mientras se desanudaba la corbata del uniforme y se acomodaba en el sofá.

—Para ti es fácil, vosotros en Ibiza pasándolo en grande y yo de vacaciones con mi madre en la Costa Brava —repliqué mientras me abría una cerveza de la nevera del anfitrión, Bruno.

—No te pongas así, Jacobo, al final en Ibiza lo único que hacemos es tostarnos al sol, no nos dejan entrar en ninguna discoteca ni nos invitan a ninguna fiesta —me consoló Bruno —. Lo bueno es que el curso ha acabado.

Oía las palabras de mis inseparables amigos, pero no calaban en mí. En mi mente solo estaba la “soledad en compañía” que me deparaba aquel mes con mi progenitora. La casa en la playa, sus amigos snobs, sus cenas, la gente que nada tenía que ver conmigo. Rodeado de adultos y a la vez solo. Supongo que era normal la sensación teniendo tan solo dieciséis años, pero era tan común como desasosegante. Empeoraba cuando pensaba en las rarezas de mi madre. A los ojos de los demás una viuda modélica de la alta burguesía. La realidad, una alcohólica fiestera adicta a toda clase de pastillas. Un ser completamente superficial.

—No me entendéis. No sabéis en qué se convierte esa casa. Llena de ruido, de pijos y petimetres. Rodeado todo el día de hipócritas y de los amantes de mi madre.

—¿Amantes? —preguntó Borja.

—Se juntan para competir sobre quién es más odioso. A ver quién tiene más dinero, más títulos o más conocimientos. Todos sonríen y a su vez no se soportan, es un espectáculo repulsivo —seguí yo.

—¿Tú madre tiene amantes? —insistió ahora Bruno.

Pero yo ni les oía. Seguía con mi retahíla de agravios:

—Representa que son la jet set y cuando llevan un par de copas se olvidan de los modales y dan rienda suelta a sus vicios.

—Jacobo, amigo, relájate —me dijo Borja poniéndome la mano sobre el hombro —. ¿Dices que tu madre tiene amantes?

Su cara intentaba ser normal pero la curiosidad la hacía completamente desencajada.

—Sí, eso he dicho. Os recuerdo que mi padre murió hace más de siete años.

—Claro, claro, si no lo criticamos eh. Solo pregunta porque nunca habías comentado nada.

La actitud de aquel par de fisgones era cada vez más obvia, tanto que me puso aún más a la defensiva.

—¿Me comentas tú si tu madre tiene amantes? —le pregunté a Bruno que había sido el último en interesarse.

—Tranquilo hombre, sabes que está casada.

—¿Pero me cuentas si le pone los cuernos a tu padre?

—No, porque no tengo ni idea.

—¿Y tú? —espeté ahora a Borja —. ¿Me explicas las aventuras de la tuya? ¿O con quién folla tu hermana?

—¡Tranquilo joder! Qué solo era curiosidad. Sabes que no es lo mismo.

—¡¿Cómo que no es lo mismo?!

Mis dos amigos se miraron con una mezcla de vergüenza y complicidad.

—Jacobo —empezó Borja—. Mi madre es una gorda felizmente casada. Y mi hermana se pasa el día en misa.

—¿Y qué tiene que ver esto?

—Pues que la tuya… —intervino ahora el otro.

—¿La mía qué?

—¡Coño! ¡No seas así! Sabes perfectamente que la tuya está buena. ¡No pasa nada hombre!

—Sois un par de cretinos —dije mientras recogía la americana del uniforme y me disponía a irme.

Nunca me habría imaginado que mis dos amigos pensaran en mi madre en esos términos. Me sentí profundamente ofendido ya que, además, se notaba que había sido un tema recurrente de conversación entre ellos dos. Puede que la adolescencia mezclada con los cuarenta y dos escasos años de mi progenitora fuera un atenuante, pero tardaría en verlo de ese modo. No esperé sus disculpas, abandoné la casa como alma que lleva el diablo.

II

El camino de Barcelona a Begur fue una auténtica pesadilla. Con mi madre intentando alegrarme y yo cada vez más ofuscado.

—Alegra esa cara cariño, seguro que hay gente de tu edad con la que puedas salir por allí.

—Mamá, déjalo. Sabes que allí sin coche no eres nadie, y yo no tengo ni edad para conducir.

—Pero tu queridísima mami se ofrece a hacerte de chófer, ¿vale?

Miré a aquella mujer, con su cara burlona, cigarrillo en una mano y la otra al volante pero raramente con los ojos puestos en la carretera. Claro que detrás de aquellas enormes gafas de sol última tendencia qué sabía yo dónde miraba.

—No hace falta, gracias.

—Jacobo, va, no te comportes como un niño. En un mes volverás a estar en casa con tus adorados amiguitos, la consola y cualquiera de las tonterías que hagáis para divertiros.

—Mamá… —contesté con voz reprobatoria.

—Ay, perdona. No quería meterme con ellos eh, son buenos chicos.

Ni mi cara de paciencia ni un pequeño golpe de volante que tuvo que hacer para no salirse del carril de la autopista fueron suficientes para que la señora Victoria Medina dejara de agobiarme.

—¿Sabes que una vez pillé a Borja mirándome el culo?

—¡Mamá joder! ¡¿Pero qué estás diciendo?!

—¡Pero si no pasa nada! Es la edad. Cuando se dio cuenta de que lo había cazado infraganti se puso rojo como un tomate. Es una monada de chaval y con lo carcas que son sus padres no me extraña que el chiquillo vaya fantaseando por allí.

Decidí cambiar de estrategia y guardé silencio. Otro fracaso.

—Cariño…—dijo un par de minutos después —. ¿Te has enfadado?

—No.

—¿Seguro? —insistió poniéndome la mano en el muslo.

—Que no, y mira la carretera por favor. Además, me vas a quemar con el cigarrillo.

III

La primera cena en casa de los Medina parecía que iba a ser reducida. Lejos de que vinieran una docena de comensales los invitados fueron tan solo dos parejas. El cónsul de Francia en Barcelona y su consorte y Dimas Simón y su nueva esposa. Dimas no era más que un profesor universitario con ínfulas que había conseguido introducirse en la alta sociedad. Había escrito tres libros, tan infumables como minoritarios pero respetados en el mundo académico. Mi madre se puso un vestido rojo para recibirlos, con algo de escote y algo corto, pero no demasiado de nada. Los primeros en llegar fueron los franceses, que pronto empezaron con los halagos a la anfitriona y a la casa. Dos sapos bien vestidos con el típico tonito hipócrita de su querida patria.

El timbre sonó estando nosotros tomando una copa de champagne antes de la cena y mi madre me envió a abrir. Detrás de la puerta aguardaban el profesor, con una insigne barba blanca y más quilos de los que le recordaba, y su exótica esposa. Una auténtica morenaza de unos treinta y tantos, vestida con un precioso vestido verde abierto por un lateral.

—¡Cada día estás más grande! —dijo Dimas mientras me abrazaba. Te presento a mi esposa Chandra.

Al presentarnos ella sonrió, contrastando sus preciosos y blancos dientes con el color ligeramente embetunado de su piel.

—Chandra —fue lo único que alcancé a decir.

—Así es, es originaria de la India.

Me dio dos besos y con tan solo eso casi noté acelerarse mi pulso. Conseguí salir de mi ensimismamiento para informar:

—Están en el jardín tomándose una copa.

La cena empezó ya animada, con los comensales devorando los canapés y rellenándose continuamente las copas. Yo llevaba un rato con mi mirada clavada en el escote de nuestra invitada más exótica, escote que cada vez me parecía más generoso. Estaba absolutamente obnubilado.

—Este champagne está delicioso, querida —dijo el cónsul rellenándose la copa.

—Es un Bollinger, desde que lo probé que el Moet & Chandon me parece hasta vulgar, jajaja —respondió mi madre.

—Pues has acertado plenamente, eso sí, me muero si no te digo que el foie que me traen a mí desde Francia es mejor que este.

—Es posible, este es de Figueres. Tuve que improvisar. A medida que se vaya atemperando le verás más matices, es como los hombres. Mejoran con el tiempo —coqueteó la anfitriona, avergonzándome, por pura afición.

Estuvieron, no exagero, más de una hora hablando de manjares exquisitos y también degustándolos. Todos excepto mi querida Chandra, que creo que empezaba a ruborizarse por mi culpa. Para mí seguía siendo como un ángel, de piel morena y pelo azabache. La única con clase real en aquella mesa cargada de pedantes. A veces me retiraba la mirada y otras me sonreía, desconcertándome.

—¿Y que hace un joven apuesto como tú rodeado de vejestorios como nosotros? —me preguntó el profesor.

—Uy, tema delicado —advirtió mi madre —. A regañadientes lo he tenido que traer.

—Victoria, no es para menos, es todo un hombrecito ya.

—Pues cuando lo demuestre trayéndome alguna novia a casa elegirá dónde pasar las vacaciones, mientras tanto, manda su madre.

—Vamos querida, no seas ingenua, seguro que tiene a más de una por allí, o uno jujuju —intervino el cónsul.

—¡No seas insolente viejo vicioso! Eso sí, me ha salido un poco…no sé…por mí que es virgen.

El alcohol ya corría suficiente por sus venas para humillarme de manera tan gratuita. Asqueado, decidí ir al baño. Me lavé la cara y comprobé que yo también me había pasado un poco con la bebida. Todo me daba vueltas. Decidí aprovechar el viaje para mear y luego, probablemente, retirarme a mi habitación. Cuando conseguí colocarme delante de la taza del váter y sacarme el miembro oí un ruido justo a mi lado y maldije no haber puesto el pestillo.

—Shhh, no te asustes, soy yo —me susurro una dulce voz.

Enseguida me percaté de que aquel sonido provenía de los gruesos y sensuales labios de mi amiga india, pero antes de que pudiera reaccionar noté como su delicada mano me agarraba el pene. Este creció en un tiempo récord, más incluso si tenemos en cuenta mi estado de embriaguez.

—Me tomaré esto como un halago —afirmó viendo mi erecto falo.

Sin conseguir yo decir ni una palabra, Chandra comenzó a acariciarme con dulzura para seguir luego con aquella deliciosa e improvisada paja, subiendo y bajando mi prepucio. De pie y con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos noté como me temblaban las piernas.

—Lo hago por tu bien —explicó—. Si te descargo seguro que dejas de mirarme los pechos.

Jamás me había pasado algo ni remotamente parecido a aquello, en ninguna de las lascivas fiestas de mi madre. Subió ligeramente el ritmo, tuve que morderme el labio para no gemir y no pude evitar que mis ojos se clavaran en aquel espectacular escote. Ella me miro a los ojos y luego se miró a sí misma antes de decir:

—Puedes mirar todo lo que quieras, pero solo te puedo tocar yo.

Reflexioné sobre su acento, no me recordaba a nada conocido aunque su español era impecable, pero mis pensamientos se desvanecieron enseguida cuando acompañó sus rítmicas y ascendentes sacudidas con unas delicadas caricias presionando con su pulgar el orificio de mi uretra.

—¡Joder! —exclamé entre dientes, intentando no gritar.

Eyaculé. Me corrí salpicando la pared del baño sin previo aviso, ni siquiera yo mismo lo había visto venir. Aquello fue como la erupción de un volcán, uno dormido durante siglos. Violento y rápido, expulsando chorros de mi simiente entre poderosos espasmos. Chandra se limpió la mano con papel higiénico, luego completó el proceso con un poco de jabón y agua en la pila mientras decía:

—Ahora ya puedes relajarte, pero antes de volver creo que tienes que limpiar un poco.

Fueron las últimas palabras dirigidas a mí en el resto de la velada. Debo confesar que su plan había fracasado, siguió la bebida, las risas y los debates, pero mis ojos siguieron hundidos entre sus senos perfectos. Cuando todos se fueron me retiré rápidamente a mi habitación y, antes de quedarme dormido, le dediqué una pequeña pero gratificante sesión de onanismo a mi nueva amiga.

IV

Me desperté tarde al día siguiente, pasadas las doce. Salí al jardín y lo único que encontré fue a mi madre acomodada en una tumbona tomando el sol frente a la piscina. Llevaba sus inseparables gafas de sol, un seguramente inapropiado y escaso bikini y sostenía un cigarrillo en una mano y una copa de vino blanco en la otra.

—Buenos días, dormilón —dijo al sentir mi presencia.

—Estoy hecho polvo, no tengo ganas ni de desayunar.

—No me extraña, ayer estabas muy animado con el champagne. El truco es fácil, una copita de vino blanco, un paracetamol y comer pronto.

Me di cuenta de lo insultante que era aquella mujer, manteniendo su figura a pesar de sus excesos. Creía que saliendo a correr y tomando de vez en cuando uno de esos potingues horribles hechos a base de no sé cuántas verduras mantenía a raya las toxinas de su cuerpo. Yo siempre pensé que todo lo que relucía por fuera pronto estaría podrido por dentro, pero es que encima tenía que aguantar que me “iluminara” con sus impresentables consejos.

—¿El señorito quiere que le prepare algo? —dijo Mariela, nuestra asistenta del hogar boliviana, apareciendo detrás de mí.

—No, gracias Mariela, me esperaré a la hora de comer.

Pobre Mariela, pensé. Era la chica que teníamos en las vacaciones. Su primer día de trabajo de la temporada y ya se habría encontrado con la casa hecha un auténtico desastre. Llena de platos y copas por todas partes.

—¿Qué te parecieron los invitados de ayer? —me preguntó la Señora Victoria Medina.

—Pues qué quieres que te diga mamá, como siempre. Unos snobs.

—Sí, los franceses son bastante insoportables. Y aquel profesor…a ver cuánto tiempo le dura su nueva mujercita. ¡Menudo bellezón! Ahora que ya debe tener papeles seguro que lo larga en menos de lo que canta un gallo.

—Mamá, por favor, no seas víbora.

—¡Pero si sabes que es verdad!

—Mamá…

—¡Ay hijo! De verdad, has salido soso como tu padre. Por cierto, esta noche vendrá a cenar Evadne.

—¡¿Hoy?!

Evadne era un socorrista griego que trabajaba por la zona en verano. Lo conoció el año pasado, cuando debido a una pequeña reforma no pudimos disponer de la casa y alquilamos un pequeño apartamento cerca de aquí, en Llafranc. Uno de esos en una urbanización con piscina comunitaria. Era el típico musculitos buscavidas, una víctima perfecta para mi madre.

—Sí, hoy. ¿Qué pasa?

—Me apetecía descansar un poco.

—Vamos, pero si no te vamos a molestar, cenaremos cualquier cosa en el jardín y luego puedes irte a dar una vuelta o lo que sea. Si es un chico encantador.

La traducción a las palabras de mi madre era: “Cenamos los tres y luego vete a molestar a otro sitio que quiero follarme al griego cachas, aunque te saque solo tres o cuatro años y pudiera ser mi hijo”.

—¿Los que estuvieron ayer volverán un día de estos? —pregunté.

—Pues, aún no lo sé, ¿por qué? ¿Te has quedado con ganas de seguir mirando a la esposa del profesor?

—¡¿Qué?!

—Vamos hijo, que era obvio. Todos los hombres sois iguales, os ponen delante un conejito exótico y se os nubla la mente.

—¡¿Pero qué dices?! Cada día eres más ordinaria, ¡eh! ¿Lo saben tus amiguitos ricos?

—No te pongas así, Jacobo. Que no pasa nada. Es la edad, ni pasa nada porque le mires las tetas a nuestra amiga Chandra ni pasa nada porque tus amigos me miren a mí el culo. Déjate de remilgos, no los soporto, ya lo sabes.

Su tono había cambiado, probablemente por el malhumor de la resaca. Le encantaba provocar y cuando empezaba, si no estaba de buen humor era muy difícil pararle los pies.

—Déjame en paz.

—¡Jacobo! Que es ley de vida, lo diferente atrae. Te pasa a ti, me pasa a mí y le pasa al Papa.

—Qué tú te vayas fijando en cualquiera no significa que todos seamos igual. Seguro que el imbécil de Evadne se ha gastado todo su sueldo en comprarse un conjunto digno de ti, claro que no creo que sea su ropa lo que te interesa.

Hasta ese momento habíamos estado hablando con ella de espaldas a mí. Yo la observaba de cuerpo entero pero ella le hablaba al aire. Después de aquel comentario se giró, levantó las gafas de sol y me atravesó con sus ojos verdes. Volvió a colocárselas y, sentándose en el borde de la tumbona dijo:

—¡Mariela! ¡Ven un momento por favor!

En menos de un minuto apareció la asistenta y mi madre se dirigió a ella sin girar la cabeza ni un momento, con los cristales negros clavados en mí.

—¿Qué tal está tu madre?

—Pues mire señora, allí está. Seguramente la tienen que operar pero ahora mismo el dinero no nos alcanza para sacarla del pueblo y llevarla a la capital. Yo mando todo el dinero que puedo pero ni con este ni con la ayuda de mis hermanos tenemos claro que podamos hacernos cargo.

—Tráeme la billetera por favor —ordenó.

—Sí, señora.

La chica, de unos veintiocho años, volvió a desaparecer detrás de mí.

—¿Y ahora que intentas demostrar, mamá? ¿Qué eres buena y generosa?

Ella permaneció completamente inmóvil, inexpresiva. Al poco rato apareció de nuevo la sirvienta y le entregó la billetera. La Señora, hurgó un poco entre sus numerosos compartimentos y, sacando cuatrocientos euros en billetes de cien, dijo:

—¿Esto ayudaría?

Los ojos de Mariela se iluminaron, su rostro era de absoluta felicidad.

—Sería una ayuda increíble señora, no sabría cómo agradecérselo.

—Tranquila, Mariela, que aún no son tuyos. Pero son fáciles de conseguir. Escúchame bien porque no me gusta repetir las cosas —advirtió con el tono más serio que le recordaba—. Si quieres que te entregue este dinero ahora mismo tienes que desnudarte para mi hijo, aquí y ahora, sin peros, ni titubeos, ni falsas conciencias. ¿Entiendes? Sin preguntas, simplemente hazlo.

Mi madre sostenía el dinero en una mano sin dejar de mirarme, completamente desafiante. Yo estaba acostumbrado a sus shows, pero nunca había llegado tan lejos. No fui capaz de decir nada, simplemente la miré con desprecio.

La chica nos miró alternativamente, boquiabierta. A ella, a mí, nuevamente a ella…Iba vestida con un uniforme típico, una especie de vestido de manga corta que llegaba hasta las rodillas, de finas rayas blancas y azules y anudado en la cintura por un pequeño cinturoncito de tela. Con el calor del verano, pronto deduje que debajo no llevaría nada más que la ropa interior.

—Mariela, ahora o nunca, me he expresado con claridad.

—Sí señora —afirmó mirando al suelo, abochornada.

—Eres lo peor —susurré.

La empleada desabrochó lentamente el cinturón y lo dejó colgando, agarró el uniforme por el cuello y con un solo movimiento se lo quitó despacio, quedándose en ropa interior y tapándose con el mismo. Mi madre la miró por primera vez y al observarla dijo:

—No tenemos todo el día, hazlo lento, hazlo sexy, pero hazlo ya.

—Sí, señora —volvió a decir de manera casi inaudible.

Dejó el vestido doblado en el suelo y reconozco que no pude evitar mirarla. Era una chica normal, quizás con algún kilo de más. Generosos pechos, cadera  un poco ancha y algo de tripa. Morena en todos los sentidos y con cara de indígena. Mariela se llevó las manos a la espalda y, con algo de dificultad, se desabrochó el sujetador para luego dejarlo también en el suelo. Ahora nos miraba asustada, tapándose sus grandes mamas cruzando los brazos y solo cubierta con unas braguitas negras.

—¿Lo ves? Una chica de lo más normalita, ¿verdad, hijo? Pero es distinta. Su piel no es como la nuestra, es preciosa, trigueña. Tiene un color especial. Sus pechos hacen intuir que a pesar de su juventud tiene ya tres hijos, uno al que hasta hace poco amantaba. ¡Tres hijos! Es casi una salvaje a la que necesitan domar, ¿no?

—Eres una…

—Espera, un momento antes de insultarme y que te cruce la cara como nunca he hecho. Aún no hemos acabado. Mariela, sigo viendo ropa en tu cuerpo.

Llevó las manos a sus braguitas, intentando taparse los pechos como podía siendo esto cada vez más difícil. En un hábil movimiento se las quitó por los pies y siguió en aquella postura imposible, tapando al máximo posible su desnuda anatomía.

—Extiende los brazos y déjanos ver cómo eres —ordenó mi madre sacudiendo los quinientos euros que aún tenía en la mano.

Obedeció. Sin quejarse pero con una cara de angustia difícil de olvidar, mostrándome su sexo parcialmente rasurado y unos pechos que caían víctima de la combinación de gravedad y tamaño.

—¿Lo sientes ahora, hijo? Podríamos decir que casi es gorda. Un cuerpo castigado por su último e insensato embarazo. Sin embargo no puedes dejar de mirarla y…sobre todo…no puedes evitar desearla. Excitarte. Es la combinación de lo exótico y el poder.

La rabia que sentía contra mi madre no evitó que tuviera razón, notando como creía mi entrepierna dentro del ajustado bañador.

—Nunca te perdonaré esto, mamá.

De repente, mi madre volvió a mutar su rostro. De la seriedad al desenfado.

—Vamos Mariela, coge el dinero y vístete de nuevo, gracias por ayudarme a educar al ingrato de mi hijo —dijo entregándole los billetes para luego volverse a tumbar a tomar el sol, como si nada hubiera pasado.

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