LU

Cloe llevaba todo el trayecto sin pronunciar palabra, con las manos entre las piernas y
la mirada fija en el paisaje escarpado. De tanto en tanto, La Voz le escupía alguna
frase cargada de veneno y la cara le cambiaba del amarillo deslavado al escarlata con
una facilidad pasmosa.
Se deshizo la trenza y escondió parte del rostro tras los cabellos castaños. La
Voz volvió al ataque; cerró los ojos y sacudió la cabeza. Su padre la miró con disimulo,
sintonizó la emisora de rocanrol y dio una calada al cigarro que casi llegó a la colilla;
luego lo apagó en el cenicero del Mercedes y marcó el ritmo de la batería sobre el
volante ajado.
En el aeropuerto se despidieron con un beso raudo. Cuando notó que los ojos de su
padre empezaban a centellear, dio media vuelta y desfiló por el laberinto del control de
seguridad, intentando suavizar el nudo de la garganta con ayuda de la saliva. Suspiró
y atravesó el detector de metales con la impresión de que se lanzaba por un precipicio.
El guardia le pidió que abriera la maleta. Cloe repasó la lista de objetos
prohibidos que había leído en internet; estaba segura de que no llevaba nada ilegal.
¿Y si le habían metido algo mientras buscaba la documentación? Abrió la cremallera
con dedos trémulos. El hombre rebuscó, con las manos enfundadas en guantes
azules, y sacó dos quesadas; las inspeccionó con una mueca de fastidio y las dejó
donde estaban.
¡Las malditas quesadas! Llevaba rato arrepentida de haber elegido aquel
regalo. «Vaya mierda de idea —le recriminó La Voz—. ¡Vas a hacer el ridículo!». Cerró
los ojos y sacudió la cabeza; dejó de escucharla y buscó en la pantalla su vuelo:
quedaba una hora para embarcar.
Se entretuvo en la tienda de golosinas; le gustaba sentir la explosión de colores
que producían en las cajas transparentes y el olor a piruleta de cereza que le
recordaba las tardes en el parque, cuando aún no había cumplido los catorce y la vida
era fácil.
Llegó a la puerta con diez minutos de antelación. La fila de pasajeros era
infinita y los que estaban en los últimos puestos murmuraban, irritados. Se colocó tras
ellos y no tardó en abordarla una azafata.
—Tenemos que facturar su equipaje de mano por falta de espacio —dijo con
voz insegura. Debajo del maquillaje se intuía una muchacha joven—. Es gratuito.
2
—Pero —Cloe tuvo que mirar hacia arriba para verle la cara mientras
replicaba—, las quesadas —Se detuvo al comprobar la expresión agotada de la chica
—. De acuerdo.
«¡Pánfila! Las ridículas quesadas irán derechas a la bodega —dijo La Voz
cuando la azafata desapareció—. No te imaginas las vueltas que van a dar. Van a
llegar tan asquerosas como tú».
Cuando el avión despegó, Cloe luchó contra la comida que intentaba
escaparse del estómago; irguió la cabeza y respiró hondo. «¿Quién te manda meterte
en estos líos? —rugió La Voz—. Con lo bien que estabas en casa. Ni siquiera
entiendes una palabra de lo que están diciendo —La voz era cruel, lo había sido desde
el principio—. Eres un auténtico fraude, Cloe». Intentó ignorar la quemazón que sentía
entre las piernas para que no se enterara, pero era imposible, La Voz se enteraba de
todo. «¿Encima con cistitis? —La molestia había aumentado esa misma mañana,
demasiado tarde para visitar a la doctora—. En el minuto uno se van a dar cuenta de
que eres una enclenque».
Ya en tierra, caminó con temor a desvanecerse de un momento a otro. Recogió las
maletas, compró un sándwich y salió en busca de aire fresco. Contra todo pronóstico
el cielo estaba despejado y el sol calentaba con suavidad.
Dio un mordisco fiero, ávida de cloruro sódico. Masticó algo crujiente, insípido;
arrugó la nariz y abrió el pan: rodajas enormes de pepino decoraban todo el sándwich.
«No vales ni para elegir un bocadillo», dijo La Voz, feliz de avergonzarla de nuevo. Lo
comió obligada y buscó la estación de autobuses.
Consiguió subir al autocar correcto. Sentada en aquél sillón tan cómodo se
sintió a salvo. Después de todo, la aventura no iba mal: estaba sobreviviendo en un
país con moneda diferente, idioma que la tenía amargada y la ridícula costumbre de
poner pepino en los bocadillos. ¿Qué tenía que decir a aquello La Voz? ¿Conseguiría
callarle la boca? No. Aunque Cloe estaba harta de que la humillara, sabía que no
podía luchar contra ella. Al principio lo había intentado: leía teatro en alto, veía
películas con cascos, ponía la música a todo volumen y discutía a gritos con su
hermana. Nada. La Voz hablaba por encima de todo. A veces desaparecía, como
cuando agitaba la cabeza, pero se quedaba agazapada esperando la mínima
oportunidad para saltar al ataque como un gato salvaje y hambriento.
3
Tenía el mismo timbre que la de Marcos y modulaba el tono igual que él: si se
enfadaba de verdad utilizaba los graves con un ritmo lento, pesado, marcando cada
sílaba a conciencia; el resto del tiempo usaba un tono más agudo, burlón, un juego
«inofensivo» que a ella le hacía el mismo daño. Tras aguantar diez años los gruñidos
de Marcos, ¿creía que por dejarlo desaparecerían? «No, cariño —dijo con su tono más
grave—. Ya te dije que no te librarías de mí».
Llegó a otro aeropuerto del país, donde la recogerían. Había anochecido y soplaba
aire fresco. Se puso la chaqueta vaquera y se cobijó bajo la marquesina; nadie la
estaba esperando. Sacó su libro de referencia: Historia de una escalera, la única obra
que había interpretado antes de que Marcos la convenciera de que no era buena
actriz. Con la poca luz que le llegaba de la farola, repasó los diálogos una vez más.
Veinte minutos después empezó a preocupase. «Te vas a quedar aquí tirada,
por gilipollas —dijo La Voz con la intención de hacerle llorar—, por querer cosas que
no son para mujeres como tú». ¿Qué clase de mujer era ella? No tenía ni idea. Solo
sabía que aquella situación era lamentable: le dolían los ojos por leer casi a oscuras,
tiritaba de frío y notaba un globo a punto de estallar en el vientre. Estaba casi
dispuesta a complacer a La Voz cuando escuchó un sonido leve parecido a su
nombre. Al otro lado de la calle divisó a una mujer que corría hacia ella con un niño de
una mano y una niña de la otra. Experimentó un alivio tan grande que olvidó las
normas de cortesía y se lanzó a besarles. «Ja, ja, ja —rio La Voz ante la rigidez con la
que aceptaron aquella invasión—. Buen comienzo». La mujer se disculpó con
insistencia (por lo poco que Cloe entendió habían pasado horas en un atasco), y
anunció que cenarían en la cafetería de la terminal.
«Mira, Cloe, mira cómo frunce el ceño —dijo La Voz después de que el
camarero le repitiera por tercera vez la pregunta—. Está claro que se arrepiente de
haberte contratado».
Cuando el camarero se marchó, la mujer relajó el rostro y, en un español casi
olvidado, dijo:
—Muchas gracias por venir a ayudarme. Yo viví en España hace mucho.
—De nada —contestó Cloe, ruborizada—. Gracias a ti por contratarme con mi
horrible inglés. Entonces, ¿hablas español?
4
—Muy poco —dijo la mujer, también colorada. Quería darle a Cloe un mensaje
importante. Había ensayado una docena de veces e intentó pronunciar cada palabra
con exactitud—. Eres una mujer valiente. Te atreves a ayudar a una madre soltera que
no conoces. Eres independiente y por eso te elegí —Cloe la miró pasmada.
¿Independiente? ¿Ella? Si desde los catorce años no se había separado de Marcos ni
para depilarse el bigote—. Otras chicas tenían mejor nivel de inglés, pero no estaban
dispuestas a quedarse solas con los niños durante mis viajes.
A Cloe se le humedecieron los ojos y, por un instante, le pareció que a la mujer
le pasaba lo mismo. Para disimular, dirigieron la atención a los niños, que se peleaban
por la última patata frita.
En el aparcamiento subterráneo, la mujer colocó el equipaje mientras Cloe y los niños
se acomodaban en el coche. Era un automóvil alargado, elegante, color oliva, con
asientos de cuero beige. Estaba impecable y olía a manzana. Pero había algo raro en
él que no acertaba a describir.
Los niños rieron con complicidad y la madre también rio, comedida. De repente,
Cloe se dio cuenta de que estaba sentada en el lado del conductor. Se bajó a toda
prisa mientras La Voz empezaba otro de sus discursos hirientes, pero, por primera
vez, no entendió ni una palabra.
Las carcajadas de los cuatro resonaron con tanta intensidad que no pudo
hablar por encima de ellas.

2 comentarios sobre “La voz parásita #Reload

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