ALBERTO ROMERO

La Segunda Incursión en el Piso

Después de casi clavarme el cuchillo salió corriendo como si estuviera poseída.
En aquellos tres o cuatro segundos yo pensaba que me iba a asesinar allí mismo.
Tuve que pararme unos segundos a coger aire. Creo que hasta me oriné encima
del susto.
A los pocos minutos me llamó mi hermana como una loca. Josefa le acababa
de mandar un mensaje diciendo que un familiar se había puesto grave y que se
marchaba a Barakaldo en aquel mismo instante. Pedía que cuidásemos de Ana en
su ausencia.
Ahí ya confirmé que Josefa estaba loca por completo, y que no dudaría en matarme
si era necesario. Lo que me quedaba por descifrar era a que se refería con
aquella amenaza. No podía dejar que se escapara si darme todas las explicaciones,
así que salí corriendo del hospital para cogerla antes de que huyera. Preso de
la rabia y más valiente de lo que debería llegué a su casa tan rápido como pude.
Cuando llegué al piso la puerta de entrada estaba entornada, sin cerrar del todo.
Entré con cuidado y agarré un candelabro del recibidor para defenderme en el encuentro.
Recorrí la casa entera pero no había rastro de Josefa. En su habitación parecía
que había pasado un huracán. Había ropa tirada por encima de la cama y los
armarios estaban con las puertas abiertas. Llegué tarde, pero tampoco hacía mucho
que se había marchado. Lo justo cogió algunas cosas y salió corriendo.
En ese momento de nerviosismo tuve un instante de lucidez y descubrí que en
uno de los armarios había una caja fuerte medio oculta por unas prendas. Fue
cuando me vino a la mente la llave de la lata de galletas. Convencido de que aquella
llave tenía que abrir esa caja fuerte me fui directo a casa a buscarla.
Por el camino me llamó mi cuñado Deyan, el marido de mi hermana Marta.
Marta se había marchado y había dejado una carta para mí que debía leer inmediatamente. Le dije que estaba de camino a casa de Josefa y vino tan rápido a entregármela que no me dio tiempo ni a entrar de nuevo en casa de mi suegra.
La carta de Marta resultó ser para el propio Deyan, y era una especie de despedida.
Estaba agobiada por su vida y necesitaba marcharse un tiempo. Deyan y
yo nos pusimos como locos a llamarla, pero no hubo manera de localizarla hasta
unas cuantas horas después. Resultó que Marta se había ido corriendo tras Josefa,
al enterarse de que se escapaba a Barakaldo, y la carta para su marido y para mi
era un señuelo con el que ganar tiempo para que no la tratásemos de parar. Desde
ese instante mis nervios fueron a más, ya no estaba sólo implicado yo, también
lo estaba mi familia. La loca de mi hermana estaba persiguiendo a mi suegra, y eso
era peligroso además de una temeridad.
La llave de la caja fuerte me estaba quemando en el bolsillo así que decidí
probar suerte y acerté, abría la caja. Lo que encontré en su interior fue el tesoro
más grande que pudiera esperar: La carpeta de papeles de la adopción de Ana.
Aquello daría muchas respuestas a todo lo que estaba pasando.
Mientras tanto mi hermana siguió a Josefa hasta el convento de Barakaldo sin
que ésta la descubriera.
—En esa segunda incursión en el piso de Josefa ¿Fue sólo o acompañado? —
preguntó de nuevo Aguirre.
—Fui con Deyan…

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