JOSÉ MARÍA ROSENDO

 

Dentro de una miserable casucha en el medio de un destartalado galpón, estaba el corralero al que tenía que matar. En un acto irreflexivo, me palpé la cintura por la ansiedad de terminar el trabajo lo antes posible.

A primera vista, el único signo de vida es un esquelético caballo, que con ahínco busca en el árido suelo una ramita de hierba para comer. Un fino y pesado polvillo borraba la huella que estoy dejando camino a la casilla. La fuerte patada a la puerta endeble, la partió en dos. El ruido, y la sorpresa, provocaron una reacción en el corralero que disparó impulsivamente cuando me vio entrar. Un dolor punzante acompañado por un flujo ardiente comenzó a brotar del orificio producido por el plomo. El dolor activó el reflejo instintivo y salté sobré él. Con golpe seco y certero, hundí la hoja un poco más arriba del estómago. Sólo tuve que remover el acero, y súbitamente escupió una bocanada de sangre ahogándolo. Se fue derrumbando como si el cuerpo no tuviera ningún sustento de apoyo.

Traté de mantenerme erguido, pero el dolor aguijoneaba el vientre haciéndome doblar en dos. Tenía que salir lo más rápido que podía, pero la flojedad en las piernas me hacía trastabillar, y me tenía que agarrar de lo primero que encontraba en el camino. Me cubrí con el impermeable y salí. No había en el desértico establo más que el raquítico caballo mirándome de reojo. Con la vista nublada y el razonamiento turbado, creí estar cruzando por un pueblo fantasma, sentía el viento y la tierra pegada al sudor de la cara. Con desesperación traté de apurar el paso, no quería caer en ese putrefacto cobertizo.

La sangre que perdía de la herida me debilitaba a cada segundo, hasta que todo comenzó a dar vueltas y el vértigo me hizo desplomar. En esa caída, volví a mi pueblo natal “Choel Choel”.

                                                  *

Hacía tiempo que venía con ganas de irme a Buenos Aires. No quería transitar por el mismo camino que recorren los viejos y jóvenes del pueblo. Trabajar en la curtiembre, como único medio de manutención que la aldea ofrece por haber nacido en ella. No me tentaba quedarme a vivir, y morir en el pueblo. Por mis propios medios era imposible que pudiese hacer lo pensado. No tengo llegada para mudarme a la gran ciudad. Si quería lograr ese anhelo, iba a necesitar del viejo Julián, un amigo de la familia, y con conocidos en Buenos Aires.

Fue gracias a él, que pude realizar ese viaje tan deseado. Fui recomendado a un tal Barbosa. Según Julián, me estaba esperando. La noche que llegue a Buenos Aires, no puedo precisar a cuántas personas pregunté cómo llegar al bajo Sur, a lo de Barbosa. Me encontré  frente a un bar de mala muerte. El interior era sombrío como su fachada. El aire olía a bebida agria que hacía lagrimear. El pobre bolso que cargaba y la pobre ropa que me cubría, fue la curiosidad de los parroquianos que estaban en la taberna a esa hora de la noche.

El cantinero me ojeó de arriba a bajó, hasta que me preguntó.

  • ¿A quién buscas?
  • Al señor Barbosa.
  • ¿Para qué lo querés ver?
  • Vengo de parte de Julián.
  • Si, si, Julián me hablo de vos. ¿Qué sabes hacer?- Le explique lo mejor que pude qué hacía en la curtiembre-.

 

  • Mira pibe, aquí lo que necesito es alguien que ponga en vereda a los mamados y, a los que se pasen de piola. Sos fortachón, y por el trabajo que hacías en tu pueblo quiero creer que sabes manejar el cuchillo. Otra cosa no tengo para ofrecerte. ¿Te interesa?
  • Y, si…Nunca hice este tipo de trabajo.
  • Es fácil, le pones cara de culo de acuerdo al sujeto que tengas delante tuyo; lo miras como que te lo vas a comer, a vos te ayuda la jeta, con esa cara asustas a cualquiera ja, ja, ja,..
  • Y si no se asusta.
  • Simple pendejo, lo cagas a patadas y lo sacas del bar, el resto de los clientes se hacen los boludos, no quieren tener problemas. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
  • Galindez, Ramiro Galindez.
  • En el fondo del bar hay una pieza frente a la mía. Ahí vas a encontrar a Inés, es la piba que limpia y nos hace de comer. Decile que te prepare el catre. Lleva el bolso, y regresa, así te vas poniendo canchero con las cosas que vas hacer.

El angosto corredor con sus piezas laterales, y sus persianas descoloridas, contrastaba con la luna redonda que iluminaba el horrible sendero por donde iba rumbo a la pieza. El chirrido estridente de las celosías me hizo quedar clavado al piso. Me quedé un rato en el umbral hasta que la vista y el olfato se fueran habituando, cuando sentí una mano en mi hombro. Era Inés, una muchacha de cara lánguida, labios carnosos, unos diecisiete años. Nos quedamos mirándonos por unos segundos, como descubriéndonos.

  • ¿Te llamas Inés, no? Me llamo Ramiro. Me mandó Barbosa a verte para que me prepares la pieza. Voy a vivir un tiempo con ustedes.

No me dijo nada, solo miró mi traza que no hablaba a mi favor.

 La noche larga y febril, acrecentaba aún más la zozobra de no saber qué iba a ser de mi vida. Esa quietud, perturbaba el ánimo y me hacía pensar que nada bueno podía esperar quedándome aquí. Jamás imaginé que terminaría trabajando de matón, y viviendo en una pocilga con gente extraña. Estas meditaciones hacían que no encontrara una posición deseada en el miserable camastro. Me levanté, y fui a la puerta. En la pieza de Barbosa, la celosía entreabierta, y la luz mortecina se podían ver parte de la habitación, y en esa porción de espacio,  observé la desnudez de Inés. No le sobraba nada, todo estaba en su lugar. Sentí  por mis venas que la sangre me quemaba. Me estaba deleitando, cuando me encontré con sus ojos, que también me observaba fijamente. No había en ella timidez, ni vergüenza, era una mirada de desafió. Mientras nos contemplábamos fue cerrando la puerta lentamente, volví al camastro pero fue imposible conciliar el sueño. Contemplaba el descascarado cielo raso, y pensaba qué me depararía el futuro, y sobre todo, en Inés.

Desde la noche que la vi desnuda no encontré sosiego. La seguí, la acosé en todos los lugares que nos encontrábamos. Una tarde fue mía.   Con el tiempo, mi reputación fue creciendo y como todo mito, atraía a otros a probar su valor. En algunos casos, estos entreveros eran involuntarios, otros provocados. Algunas riñas fueron leves, en otras hubo muertos. Los contactos del viejo con la policía evitaron que fuera a la cárcel. Pero con el tiempo las reyertas aumentaban, y Barbosa ya no podía para a la yuta.

Tenía prontuario por lesiones graves y muerte, para la cana era un sujeto a tener en cuenta. Para sacarme del medio, me contactó con gente pesada del ambiente prostibulario y el juego y me fui transformando de a poco, en un esbirro. Trabajaba por encargo y me pagaban una vez terminada la labor encomendada. El cambió me favoreció, y en esa evolución  me lleve a Inés. Al viejo no le gustó nada, pero lo tomó con calma, sabía que no tenía otra opción que dejarla ir.

                                                               **

El resoplar estruendoso mezclado con polvo me dio en la cara y me hizo abrir los ojos, que se encontraron con otro par más grandes que me observaban sorprendidos de que estuviera ahí. Con un gran esfuerzo pude reincorporarme. Me costaba mantener el equilibrio. Tuve que esforzarme para coordinar los movimientos y salir de ese lugar antes de que llegara la policía. En la esquina del corralón un taxi me salvó de que me desmayara. El dolor me hacía retorcer dentro del auto. Miré la herida y me di cuenta de que no estaba nada bien; era como llevar dentro del estómago un hierro caliente. Trataba de mantener los ojos abiertos, sabía que si los cerraba no saldría del taxi, apoyando los pies.

Cuando llegué, la apariencia que traía asustó a Inés de una manera que tuve que sostenerla para que no cayera. La herida impresionaba y necesitaba un médico urgente. Inés pensó en Barbosa, era la solución para que la justicia no interviniera.

   Al recobrar el conocimiento, las cánulas que estaban adheridas a mis venas, me hicieron comprender que estaba en un hospital. Sentí la mano de Inés que sujetaba la mía; su boca esbozó algo parecido a una sonrisa. Quiso hablar y le salió un tenue murmullo.

  • Lo siento Ramiro, tuve que recurrir a Barbosa y le prometí que volvería con él. Pero nunca pensé que te entregaría, recién hoy pude venir.

Me alegraba verla, traté de hablar pero emití un sonido gutural que provocó en mi garganta un dolor seco y no pude decir nada, solo apretarle la mano, ella hizo lo mismo  haciéndome entender que sabía lo que iba a decirle. Sólo quería cerrar los ojos y dormir, sentía dolor y bronca al mismo tiempo.

 El agente, apostado frente a la puerta imprimía un reglamento: significaba que  a la salida del hospital, me esperaba la cárcel. No me quedaba otra alternativa que tratar de escapar. La herida ya estaba mucho mejor, y el dolor era soportable. Tres cosas me incentivaban a fugarme: cobrar la plata por el encargo, visitar a Barbosa e irme con Inés lo más lejos posible.

Una noche, con el fleje de la cama me hice un corte profundo en el brazo, la abundante sangre cubrió parte de la sabana de una manera que impresionaba. Apreté el timbre de la enfermería con insistencia, a los pocos segundos me estaban trasladando en una camilla que no andaba: volaba. Me dejaron en la sala de guardia custodiado por él agente y la enfermera para que no volviese hacer algo parecido. La tercera noche, a la medianoche la enfermera salió. Aproveche para sacarme el suero con cuidado, para no lastimarme. Tiré una caja de metal con instrumentos, haciendo bastante ruido. Detrás de la puerta esperé a que entrara. El agente abrió la puerta, el golpe fue tan preciso que quedó tendido cuan largo era. No me costó trabajo salir del hospital vestido de policía.

La primera cosa que hice fue ir a cobrar el encargo de despachar al corralero.  Al desgraciado tuve que golpearlo. El  guacho pensó que estaba en cana y no pensaba pagarme, terminó dándome una yapa por la demora. Ahora pensaba en Barbosa. Tenía que pagar por lo que me hizo. Lo de Inés podía dejarlo pasar, es comprensible que el viejo estuviera caliente y la quiera tener de vuelta en su cama; pero traicionarme, es una cabronada.

                                                                   ***    

Estaba esa noche como hace tres años atrás parado frente al bar; ahora tenía otra intención diferente a la de aquella vez. Con la hoja del cuchillo forcé la cerradura de entrada que se abrió con un leve crujido.

 Fui con paso ligero hacía la pieza de Barbosa. La puerta estaba como siempre entreabierta. Por la abertura lo pude ver acostado junto a ella. En ese momento es cuanto más lo odie. Abrí la puerta de una patada. El estruendo hizo que el viejo quedara sentado en la cama mirándome como si hubiera visto un fantasma. Solo atinó a tomar el revólver. No le di tiempo. Enterré el cuchillo en el corazón. El grito de dolor retumbo en todas las paredes de la vieja pieza. Inés me abrazó y comenzó a besarme mientras lloraba, balbuceaba palabras que no se entendían.

  • Inés, ¡pará!…Agarra tus cosas que nos vamos.
  • ¿A dónde?
  • No sé, nos iremos lo más lejos que podamos, con la plata que llevo podemos empezar una nueva vida.

Cuando íbamos a salir rumbo a la estación, sin decir nada Inés me puso en la mano la treinta y ocho especial. La llegada a la terminal fue un alivio. Buscamos en la pizarra de las compañías un lugar, como si ese destino elegido fuera para nosotros la tierra prometida. El sitio: “Cabo San Sebastián” donde termina el mapa, bien al Sur. Había que esperar dos horas. Una confitería, perdida en medio del andén iba a servir de aguantadero hasta la salida del micro. La veía feliz, tranquila, hablaba del futuro con esperanza. La tenía agarrada de la mano, como con miedo a perderla. Salimos del café, y caminamos al encuentro del microbús que nos llevaría a la tierra prometida.

  • Ramiro, voy al baño, espérame que en ratito vuelvo.
  • No puedo ir a ningún lado Inés, vos tenes la plata y los pasajes.

Caminaba por el andén, y volvió a parecer una amiga inseparable “la mala suerte”, que siempre está para recordarme que nunca va abandonarme. Dos tipos trajeados con facha de cana, venían a mi encuentro. Corrí hacía la salida empujando gente que se encontraba en el medio de la huida. Tenía que perderme entre la multitud. Después buscaría a Inés, ella de ahí no se iba a mover. Con cada tranco que daba, más me acercaba a la libertad. Pero la desventura volvió a interponerse.

   Dos agentes uniformados me cortaban el paso para que no llegara a la salida tan esperada. El primer disparo que hice, dio en plena cara del tipo más cercano, lo volteó hacía atrás como expulsado por un rayo. El otro policía disparó su arma, pero erró. La treinta y ocho especial volvió a escupir y el segundo agente se dobló en dos, como partido al medio. La gente corría y se refugiaban en cualquier lugar que encontraban en su camino. Pero lo desesperante, fue cuando vi a Inés corriendo por un lateral de la explanada a la par mía. No podía detenerme, tenía que seguir huyendo si quería salvar el pellejo. Ya estaba en la salida, faltaban metros para perderme entre la muchedumbre y estar libre. Un estampido detonó detrás mío y un dolor lacerante perforó la espalda atravesándola. Caí de rodillas. Era imposible volver a pararme, sabía que no podía, que no me iban a dejar.

Otro disparo impactó en el pecho, desparramándome al suelo. Quedé boca arriba viendo el cielo, ese cielo azul que pocas veces me puse a mirar como ahora. Mis ojos abiertos observaban a los que miraban extrañados lo que acababa de pasar. Me sacaron la treinta y ocho y todo lo que tenía encima.

    La policía paró el tránsito para que un micro pudiera seguir. Pasó muy cerca de donde estaba, cuando vi la cara de Inés pegada a una ventanilla, llorando. La imagine acariciando mis cabellos, hasta que una mano cerraba la bolsa negra dejando al descubierto solamente una cara en la multitud. 

                                                               – FIN –

 

 

 

 

 

 

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