ESRUZA

 

Los abuelos, según mi punto de vista, son parte importante en una familia. Desafortunadamente, yo no tuve abuelos paternos, no los conocí, solamente un abuelo materno.

Era un hombre de trabajo rudo, recio, de manos fuertes encallecidas por el trabajo; muy callado, de estatura promedio. Recuerdo sus cabellos entre grises y rubios, de tez blanca y sonrosada y pequeños ojos azules de mirada tranquila. Ninguno de nosotros heredó el color de sus ojos. Lo visitábamos eventualmente, pero no lo recuerdo cariñoso, más bien un tanto ausente, tal vez por no convivir con nosotros. Vivía en una casa solariega, cerca de la carretera vieja a Laredo, con una de sus hijas que era viuda, la cual tenía un restaurante anexo a la casa. Tuvo 11 hijos: 9 mujeres y 2 varones. Laboraba en su pequeño rancho, tenía ganado y siembras de maíz y otros.

Mi madre fue la mayor de sus hijos y lo adoraba. No conocimos a mi abuela porque se separaron y nunca supimos de ella.

Al no vivir en el mismo lugar, nunca sentí tener el amor de abuelo y lo lamento porque me hubiera gustado mucho. Cuando el falleció dejamos de ir a ese pueblo que está enclavado en la montaña, ya casi en la huasteca hidalguense.

Nunca hemos sido una familia unida, sin embargo, muchos años después se le ocurrió a un primo, que vive en la ciudad igual que nosotros, familia con la cual siempre hemos tenido contacto, es mi primo más querido y es banquero, por lo tanto, es muy sociable; como decía, se le ocurrió hacer una reunión en honor del abuelo y una misa. Citó a toda la familia, unos a otros se fueron comunicando y, cuál sería la sorpresa al llegar al cementerio, donde se celebró la misa, ver a tanta familia que nunca en mi vida había visto: tíos, tías, primos hermanos, primos segundos todos acompañados por sus esposos, esposas, hijos, nietos, en fin, éramos tantos que no los puedo cuantificar y a los cuales yo no conocía; me parecía extraño todo aquello. La misa se celebró por fuera del cementerio, un lugar tranquilo lleno de árboles: nogales y encinos, cerca había un arroyuelo, era invierno y corría un aire frío y había un poco de neblina.  A pesar de ello el ambiente entre nosotros era cálido. Muy cerca del lugar se encontraba una pequeña laguna a la cual le llaman en esos lugares “jagüey” donde el ganado acostumbra abrevar.

Terminada la misa hubo una comida. Los parientes que vivían en el pueblo mataron borregos e hicieron una barbacoa riquísima, la cual se acompañó con la bebida propia del lugar: el pulque, bebida bastante fuerte que procede del maguey, e hicimos una buena reunión intentando conocernos, aunque después, jamás los he vuelto a ver, así es la vida.

A los abuelos paternos no los conocí porque mi padre no conoció a sus padres, fue huérfano y eso también le afectó mucho a él. Me hubiera gustado mucho convivir con mis abuelos, que en paz descansen, pero no tuve esa fortuna. Guardo agradables recuerdos de esa reunión que, sin embargo, me pareció un tanto insólita.

3 comentarios sobre “Los abuelos

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