PSIQUE W

El descubrimiento de la espada me produjo tal turbación que no fui capaz de comunicarle el asunto al presbítero Thomas hasta dos noches después. Para entonces, Margaret ya había sido expulsada de la casa de mi protector con el argumento de que me distraía en mi labor. Me quedé, en aquel momento, sin su estimada compañía y apoyo.

Finalmente, aquella noche aciaga, me armé de valor antes de bajar a cenar con el presbítero Thomas y tomé la firme determinación de comunicarle mi hallazgo. Mientras nos servían la cena le expliqué todos y cada uno de mis pasos hasta dar con el contenido de la misteriosa caja. «Y, decidme hermana Mabel, ¿qué guarda tan celosamente esa caja tan extraña? ¿Lo habéis averiguado?», me preguntó mi protector con fingida tranquilidad. «La legendaria espada del grandioso rey Arturo, Excalibur», respondí con cierto temor.

El presbítero Thomas se alegró enormemente por el hallazgo, incluso brindó por ello con estrepitosa algarabía. Yo, inocentemente, no pude más que preguntarle por el motivo de tal reacción, a lo que mi protector me respondió de forma confabuladora: «Con esa espada Matilde volverá a ser reina de Inglaterra. Ella me encomendó la misión de ayudarla. Por eso me hice con esa extraña caja, sabía que contenía algo poderoso, extraordinario. Ese algo ha resultado ser, finalmente, la espada del glorioso Arturo, el arma más fuerte, poderosa y divina de todas cuantas han existido nunca y un que rey jamás haya podido empuñar: Excálibur. Con ella en su poder nuestra señora Matilde será invencible y retornará al trono de Inglaterra, tal y como le pertenece por derecho, por ser hija de rey».

Mis oídos no podían dar crédito a lo que estaban escuchando. El presbítero Thomas era un intrigante, un traidor. ¿Cómo un hombre de Dios podía hacer tal cosa? No me entraba en el pensamiento. «Ella, nuestra señora, me recompensará por este enorme y grato favor, y yo os recompensaré a vos hermana Mabel puesto que habéis luchado en la noble causa de nuestra reina Matilde. Os ruego que guardéis la espada a buen recaudo, nadie sospecharía de vos una cándida y bondadosa monja benedictina. En cambio a mí me vigilan a cada paso, únicamente permanezco seguro entre los muros de mi casa», me pidió mi protector con total tranquilidad, como quien le pide un pedazo de pan a su vecino.

Creí que el corazón me estallaría cuando terminé de escucharlo. Sin saber cómo, me veía envuelta en una conjura, en una conjura contra el rey Esteban. En mi cabeza no paraban de nacer preguntas sin respuestas: ¿Descubrirían la trama contra el rey?, en tal caso, ¿me castigarían a mí, que he participado engañada en este asunto?, ¿estaba la abadesa Emma al tanto de este asunto?

Apenas probé bocado aquella noche y no hacía otra cosa más que rezar y pedir a Dios que me protegiera de todo mal. Mi vida corría peligro, desde el momento en que acepté esa misión y salí de Shaftesbury estaba más cerca de la muerte que de la vida. Preocupada como estaba, no dejaba de dar vueltas en mi humilde catre mientras intentaba conciliar el sueño y rogaba a Cristo y todos los santos que no me abandonaran en estas horas tan oscuras.

Me encontraba en estado de duermevela cuando una extraña y delgada sombra apareció a los pies de mi catre. Al principio me asusté, pues era una figura encapuchada a la cual confundí con un ladrón o un asesino. Pero mi corazón volvió a latir con normalidad cuando descubrí que era mi amada Margaret, que había entrado en la casa del presbítero Thomas usando sus argucias y así advertirme del peligro que corría si permanecía más tiempo allí.

Margaret me previno sobre un galés al cual vio borracho en una taberna mientras profería maldades contra un presbítero llamado Thomas. Según parece, este presbítero le había engañado para robarle una extraña y maravillosa caja de madera que pertenecía a su familia. «El galés había bebido tanto que pude sonsacarle más información. Me desveló que había dando con el paradero de la caja gracias a la ayuda de una sirvienta galesa que trabajaba en la casa del presbítero. Y añadió, entre maldiciones y blasfemias, que recuperaría esa caja aunque le fuera la vida en ello», me relató Margaret entre susurros.

No pude más que preguntarle si pudo averiguar la identidad de aquella sirvienta, a lo cual mi querida amiga me respondió: «La descripción que me dio el galés coincide con la de la sirvienta que nos traía la comida». La sangre se me heló en aquel instante. Efectivamente, la sirvienta nos espiaba, pero no lo hacía para el presbítero Thomas, sino para ese galés.

Aturdida, me senté en el catre, no sabía qué hacer. Entonces Margaret exclamó: «Debes huir, ahora». Ante mis dudas, Margaret me explicó que había urdido un plan para sacarme de Londres y después de Inglaterra. «Yo me vestiré de hombre, me he cortado el pelo para tal fin», me indicó mostrándome sus cabellos, otrora largos y negros, ahora cortados como si fuera un varón. «Tú llevarás tus hábitos. Fingiremos que soy tu hermano, que te acompaña de vuelta hasta la abadía».

«¿Y cómo saldré de Inglaterra?», pregunté angustiada. «En un barco, hacia el continente», respondió Margaret con aplomo. Le supliqué entonces que viniera conmigo, relatándole cómo me sería insoportable separarme de ella otra vez. Ella besó mis manos y mis mejillas aceptando mi súplica.

Nos disponíamos a salir de mi alcoba cuando nos topamos con la sirvienta. La mujer intentó cortarnos el paso y amenazó con gritar: «Diré que la hermana Mabel compartía su lecho con un hombre», nos dijo al ver a Margaret con el pelo corto y vestiduras de varón. En ese momento, Margaret reaccionó rápidamente golpeándola en la cabeza y dejándola en el suelo inconsciente.

Abandonamos la casa del presbítero Thomas cargadas con la caja y la espada. Yo corría temerosa por las calles de Londres agarrada a la mano de Margaret, la cual me tranquilizó y me explicó como algunos amigos suyos, delincuentes y comerciantes humildes de la ciudad, nos ayudarían a llegar hasta Dover. Una vez allí, zarparíamos en el primer barco que tuviera como destino el continente.

El viaje fue relativamente tranquilo, siempre alerta pues sabíamos que tanto los secuaces enviados por el presbítero Thomas como aquel extraño galés nos perseguían. Aun así, fuimos bien acogidas en todos los lugares en los que nos deteníamos para recuperar el resuello y comer. Nadie sospechaba de nosotras, ni de que portábamos un objeto casi sagrado, legendario; tan solo éramos una monja y su hermano.

Al fin, tras largo y arduo viaje, llegamos al puerto de Dover. Allí embarcamos en el primer barco que partía hacia la costa francesa. Cuando nos estábamos acomodando en la nave y empezábamos a respirar tranquilas, unos gritos se oyeron desde la cubierta. Rápidamente, alarmadas, Margaret y yo salimos para ver lo que ocurría. Nuestra sorpresa fue mayúscula al encontrarnos con dos esbirros que el presbítero Thomas envió para perseguirnos y al galés peleándose con la tripulación.

Al reconocernos, los hombres comenzaron a increparnos y Margaret, aún vestida de varón, se encaró con ellos. Pero la tripulación, por mandato del capitán del barco, tomó definitivamente cartas en el asunto y los expulsó al pensar que eran polizones que querían viajar sin pagar y por «molestar a una sierva del Señor» según sus propias palabras.

Después de deshacernos de aquellos tres hombres horribles, Margaret y yo volvimos a nuestro camastro en el interior del barco para retomar fuerzas. Finalmente, el barco zarpó rumbo al continente, señalando una nueva vida para mi amada Margaret y yo.

Mientras término de escribir estas líneas, ella duerme plácidamente y yo ansío con felicidad llevar a cabo la misión que Dios me ha encomendado depositando esta misteriosa caja en mis manos: proteger la más poderosa espada forjada nunca, Excálibur.

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