JULES SCHMIDT
Entre nosotros la ropa se desprende de la piel sin apenas tocarnos, es como si ella misma comprendiera que interfiere y molesta, y que su sitio, desde el mismo momento en que se cierra esa puerta, es y debe ser el suelo.
Mis ojos te recorren al completo, los tuyos se deleitan en mis curvas, mis simas y mis montes. La geografía de mi cuerpo es eterno terreno a explorar por tu lengua; tu piel arde al paso de las caricias y mimos de mis dedos.
El deseo aumenta tamaños y esta habitación que nos protege del mundo se hace pequeña. Nos falta cama para girar. Nos faltan manos para completar el viaje. Nos faltan minutos para perdernos el uno en el otro, tú en mí y yo en tu mente. Me faltan horas para degustar el sabor que emanas y te faltan eones para reconocer cada una de mis pecas.
Enraizado, el deseo se independiza y se empodera de las sábanas. Vuelan los gemidos que no podemos evitar esconder al ritmo de tu embiste, certero, preciso, y al de mi vaivén bajo tu cuerpo. Nadie más que tú localiza en tan breve lapso fuentes de placer que hasta yo misma desconocía. Me haces gritar y gritas, a tu vez, conmigo y para mí. El climax anhelado y compartido nos abraza. Respiramos.
En mi espalda decides montar tu campamento base, y en ese lugar en el que reposan tus manos, cercano a mis muslos, recuperas la calma chicha y descansas; sobre tu pecho yo dormiría mis mejores siestas, y disfruto los mejores sueños sin la necesidad de cerrar los párpados.
Puede llegar la noche que, en nuestra confusión y evasión de realidades y certezas, importa un pimiento. No abandonarás jamás el área conquistada por ese detalle, a menos que sea yo quien te lo pida. Y soy quien primero descarta, nos merecemos el premio.
Pierdo el sentido del tiempo y del presente, ambos lo sabemos. El presente y el futuro se confunden en nuestras mentes y sueños, el pasado no ha lugar. El placer se lleva las horas y nuestros besos a otro planeta, a otro plano de existencia.
Dos almohadas son testigos de excepción de la magia que nos envuelve cuando conectamos, cuando nos entregamos así, como si no hubiera un mañana.
Porque es, quizás, lo más evidente y lo más probable. Es posible que no lo haya, pero no va a ser ese detalle, hoy y ahora, impedimento a nuestro frenesí.

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