LOIS SANS

Aunque deseaba pasar más tiempo con él, también me gustaba estar con mis compañeras de piso, mis compañeros de curso y, por supuesto, con Maca, que me parecía un poco celosa desde que estaba con Osmany, aunque no se lo tuve en cuenta.
Hacía tiempo que Maca insistía en que saliéramos algún jueves por la noche de fiesta porque era la noche de encuentro de estudiantes y, aunque yo siempre tenía la excusa de que al día siguiente tenía que trabajar en la cafetería, al final, no sé cómo, se enteró de que el viernes sería mi día de fiesta laboral, así que no tuve excusa, vino a casa a cenar pizza y luego nos arreglamos y salimos decididas a pasar un rato divertido.
Fuimos a un pub muy concurrido, donde siempre se encontraba muy buen ambiente y en la terraza pasamos una noche muy agradable con compañeros de nuestra Facultad y jóvenes de otras universidades.
De vuelta, Maca me pidió si podía quedarse a dormir en mi casa, porque quedaba más cerca y le daba pereza ir hasta la residencia. Entonces fue cuando, de repente, lo vi allí,
conduciendo el camión de la basura, riendo con sus compañeros, con su sonrisa blanca y alegre, sus rizos morenos y esa mirada penetrante que tanto me gustaba.
Maca y yo nos quedamos petrificadas, mirando a los basureros, que alegremente, llevaban a cabo sus tareas de recogida, mientras Osmany, sentado al volante del camión, estaba concentrado en su labor de subir los contenedores y vaciarlos en el interior del vehículo, hasta que nos vio. Su cara cambió, se endureció y unas arrugas de preocupación se formaron en su frente.
Maca tiró de mí mientras me decía:
– Vamos, Elena, este no es el lugar ni el momento para hablar con él.
La seguí como un robot, arrastrando los pies mientras se me iba formando un nudo en la garganta, deseando gritar, llorar, pero, a la vez, sin poder pronunciar ni una palabra. Al tiempo que me giraba y le miraba, clavando mis ojos en los suyos, mientras él bajaba la cabeza y evitaba mi mirada.
Llegamos a casa, Maca me desnudo y me ayudo a meterme en la cama, luego se estiró a mi lado y me abrazo, sin decir nada, demostrándome así su gran amistad.
No pegué ojo en toda la noche, cuando nos levantamos miré el móvil y me sentí todavía más decepcionada al comprobar que no me había llamado, esperaba encontrar varias llamadas perdidas, notas en el WhatsApp, pero no había rastro de él y yo desee morir para poder olvidarle.
El sábado, al salir de la cafetería, lo encontré apoyado en una farola, fumándose un cigarro, esperándome. Se acercó lentamente, quedándose muy cerca de mí, impregnándome con su sexy aroma varonil y entonces noté que me temblaban las piernas, que desfallecía, sobre todo cuando me besó suavemente en los labios, observándome atentamente, al tiempo que decía:
– Déjame que te explique, por favor. Al fin y al cabo, yo no te he mentido en ningún momento. La verdad es que conduzco un camión, aunque, en realidad, tú te imaginaste que era un camión de transporte y no el de la basura. Tal vez tenía que haberlo aclarado, pero te vi tan ilusionada imaginando que transportaba mercancías a otros países que no me pareció correcto decirte que pertenezco a la brigada municipal. Perdóname, por favor. Sabes que te quiero más que a nadie en el mundo.
– Es que me siento engañada y no se si me escondes algo más – le dije con voz tremulosa, con ganas de llorar y a la vez deseando abrazarle y besarle.
– Puedes estar tranquila, no tengo nada que esconder, soy transparente como el agua del río – contestó abrazándome y llenándome la cara de pequeños besos y mordiscos, como solía hacer siempre.
– ¿Por qué no vamos nunca a tu casa? – pregunté haciéndome la enfadada, aunque se me escapaba una sonrisa.
– Bueno, ya sabes, no vivo solo, comparto mi habitación con Kabir y el resto del piso con siete compañeros más. Hay demasiada gente, no tendríamos intimidad – se justificó cogiéndome de las manos y acariciándome el dorso con la suavidad de una pluma.
Cogidos de la mano como dos adolescentes corrimos hasta mi casa, subimos las escaleras, riendo, haciéndonos bromas y quitándonos la ropa, hasta llegar a la última planta, casi desnudos, excitados y con ganas de sexo.
Esa noche fue casi mágica, no comimos ni bebimos y casi no dormimos, pasamos la noche compartiendo algo más que sexo, confesándonos nuestros secretos, al menos eso creía yo.
Dejamos que el amanecer nos sorprendiera y que, sutilmente, los rayos de sol invadieran la cama y acariciara nuestros cuerpos desnudos. Llamamos a nuestros respectivos trabajos para decir que no nos encontrábamos bien y no podíamos ir a trabajar y le pedí a Maca que cogiera apuntes para mí. Y seguimos juntos, amándonos, el resto del día y de la noche.
Llegaron los exámenes finales, tuve que esforzarme, en mi cabeza solo cabía el cuerpo desnudo de Osmany, sus besos, sus caricias y sus palabras cariñosas. Me costó mucho aprobarlo todo, pero lo conseguí.
Ahora que mis compañeras de piso terminaban sus estudios, tenía que replantearme como lo haría en verano y el año siguiente, así que le pedí a Osmany que buscáramos un piso y nos fuésemos a vivir juntos. Me decepcionó su reacción, parecía que no le apetecía demasiado, incluso me disgusté. Miles de preguntas rondaron por mi mente, inevitablemente, en busca de una explicación que me satisficiera, sin embargo, nada me parecía lógico y no me atrevía a preguntarle el por qué.
Seguí en el piso, trabajando por la mañana en la cafetería y por la noche en un pub, Maca se marchó a Sevilla y me quedé sola pensando que Osmany vendría a hacerme compañía y que, sutilmente, acabaría convenciéndole de que se instalará en mi casa.
Un día vino muy alterado, contándome que su madre estaba muy enferma y que debía viajar urgentemente a Placetas, Cuba, su ciudad natal y donde vivía su familia.
Nos despedimos, en medio de besos, caricias, abrazos y sexo y, luego, sentí un gran vacío, como si me hubiesen amputado una parte de mi ser. Solamente tenía ganas de llorar, sentí que estaba en la parte baja de la noria, aunque después me di cuenta de que todavía podía estar peor.
Los días pasaban lentamente, trabajando sin parar y cada día me encontraba más cansada, más desanimada, porque, además, desde que se había ido no había tenido noticias suyas de ningún tipo, incluso le llamé por teléfono, pero no contestó.
Acabó el verano y cuando Maca volvió de Sevilla, le pedí que se viniera a vivir conmigo, sobre todo porque no tenía dinero para pagar yo sola el piso, en cuanto dejara el trabajo en el pub, donde me pagaban bastante.
Hicimos cuentas y observamos que los gastos eran bastante elevados, eso no habíamos cambiado el contrato, que seguía a nombre de la compañera anterior, porque si no nos subían la cuota y los gastos eran mayores. A pesar de todo, decidimos probar suerte y buscar algún compañero o compañera que ocupase la habitación que quedaba libre.
Quique fue el elegido para ocupar la habitación libre. Era un estudiante de primer curso, parecía muy buen chico, de fiar.
Una tarde, que estábamos en clase, empecé a sentir mucho calor, me faltaba el aire, la cabeza comenzó a darme vueltas y caí al suelo desmayada. Desperté en el interior de una ambulancia, camino del hospital.
Estirada en una cabina de urgencias no podía creer lo que me estaba contando la doctora, no podía ser, me estaba diciendo que en los análisis había salido que estaba embarazada. Pero si llevaba todo el verano sin tener relaciones, desde que se había ido Osmany no había estado con nadie.
Por lo visto estaba preñada de tres meses, sin embargo, estaba delgada, tenía el peso inferior para una embarazada y debería cuidarme, porque, de lo contrario, corría peligro de perder al bebe.
Miles de preguntas asaltaron mi mente: ¿quería seguir adelante con el embarazo? ¿podía permitirme el lujo de seguir embarazada? ¿tendría que dejar las clases? O peor aún: ¿podría continuar trabajando? De lo que si que estaba segura es que no se lo diría a mis padres, tendrían una gran decepción, no podía hacerles esto, de ninguna manera.
Menos mal que Maca se ocupó de mí, me obligó a comer sano, a beber mucha agua y a seguir con las clases en la Facultad. Me enseñó a prescindir de Osmany, intentar olvidar su agradable y sexy aroma, sus suaves caricias y sus sesiones locas de sexo, que tanto me gustaban y que me habían llevado hasta donde estaba ahora.
El curso pasó lentamente, seguí trabajando en la cafetería por las mañanas y por la tarde las clases, tareas y estudiar para no perder el curso. Y aunque no se me notaba mucho que estaba embarazada, algunas compañeras de curso me soltaron un:
– Cada día estas más guapa, sobre todo desde que has ganado peso.
Yo me sentía avergonzada, intentando esconder la barriga, que pronto estaría demasiado a la vista. Menos mal que mi familia nunca venia a la gran ciudad, porque me habría sido imposible esconder ese gran secreto a mis padres o hermanas.
El curso llegaba a su fin y me asaltaban infinidad de dudas, sobre todo no me veía capaz de afrontar mi situación cuando Maca se marchase de vacaciones a Sevilla, como cada verano y no le podía pedir que renunciase a estar con su familia para quedarse conmigo, aunque me lo ofreció. Sí, una noche que yo estaba bastante deprimida, me dijo:
– He pensado en ir unos días a Sevilla para ver a mi familia, pero volveré cuando estés a punto de dar luz.
– No, Maca, no puedes renunciar a tus vacaciones en Sevilla por mi culpa, por haber sido una descuidada con mis relaciones sexuales. Tú no tienes la culpa – respondí tristemente.
– Para mí no representa ningún esfuerzo, estoy deseando conocer ese bebe, voy a ser su madrina y no me lo quiero perder por nada del mundo – contestó alegremente.
– ¡Oh! Maca, eres la mejor persona que he podido conocer, no sé qué haría sin ti, ya sabes que te quiero mucho – objeté emocionada, con lágrimas en los ojos.
Así pues, acabaron las clases, por suerte lo aprobé todo, aunque no estaba orgullosa de mis calificaciones, pero al menos no había suspendido ninguna asignatura. Ahora tenía
que pensar bien los pasos a seguir. Quique, nuestro compañero de piso, estaría de vacaciones julio y agosto y Maca también, aunque me aseguró que vendría para el parto.
No era plan trabajar en un pub de noche ahora que ya se me veía la tripa, seguramente no me iban a contratar, así que debería buscar algún trabajo complementario para el que no necesitase demasiado esfuerzo.
Hablé con la encargada de la cafetería y acepto hacerme un contrato temporal, para el verano de jornada partida, en el que cobraría más, aunque me daba la impresión de que no podría con todos los gastos. También debería tener en cuenta que habría unos gastos adicionales, como ropa para recién nacido, cuna y otros enseres que, además eran bastante caros, así que decidí buscar en una página de segunda mano, incluso estaba decidida a regatear lo que hiciese falta.
No quería pensar en cómo me organizaría con la llegada de mi hijo, ya que solamente me quedaba un curso, pero no sabía como podría trabajar, ir a la Facultad y cuidar de la criatura. Decidí que era mejor organizar paso a paso y luego ya veríamos.
A finales de julio tenía ropa de recién nacido, una cuna, un biberón y un cochecito, ahora debía pensar también en el nombre, aunque no sabía si era niño o niña. En la última revisión el médico me dijo que el parto estaba previsto para la segunda quincena de agosto.
Aunque mis padres cada año insistían en que fuese unos días de vacaciones al pueblo, yo siempre les decía que tenía que trabajar para poder pagar los gastos en invierno, pero hacía más de un año que no había ido a visitarles y se ofrecieron a venir a verme, así que tuve que darles una excusa diciendo que no tenía sitio en el piso porque había realquilado las habitaciones.
El verano se hizo muy largo, el piso demasiado vacío, la soledad exageradamente inoportuna y las patadas del bebe inapropiadas. En realidad, no sabía si podría querer a esa criatura porque del amor al odio hay un paso y después de amar excesivamente a Osmany ahora sentía odio hacia esa persona que había sido incapaz de quedarse a mi lado para cuidarme y cuidar de nuestro hijo. Aunque, tal vez, si hubiese sabido que estaba embarazada, se habría marchado corriendo. No sabía que pensar.
A principios de agosto me desperté por un fuerte dolor en la parte baja del vientre, cuando me levanté para ir al baño, noté un líquido viscoso resbalando por mis piernas, había roto aguas.
No sabía que hacer, así que llamé a una ambulancia, preparé una bolsa con ropa para el bebe y para mí. Lo recuerdo como un largo camino, cuesta arriba y tortuosa, hasta que, por fin, determinaron hacerme la cesárea y nació Eva, mi pequeña niña morenita, igual que su padre, con los ojos almendrados y una sonrisa cautivadora.
Agotada por todo el esfuerzo y bajo los efectos secundarios de la anestesia epidural, cogí el móvil y llamé a Maca. Sin embargo, la ilusión de contarle que había nacido su ahijada se rompió cuando empezó a llorar mientras me explicaba que su padre había muerto en un grave accidente de tráfico y, por ahora, no podría venir a Barcelona para ayudarme.
Ahora, no solamente me veía en la parte baja de la noria, además sentía un fuerte deseo de bajarme, de abandonarlo todo y marcharme lejos, huir de la vida que me estaba tocando vivir, huir de Eva, aunque ella no tenía ninguna culpa de que yo hubiese sido una alocada que no utilizase protección delante de este imprevisto. Cada vez que la miraba la veía más parecida a su padre y eso me hacía odiarla un poco más cada día, sin poder evitar tener melancolía por aquellos momentos que tanto disfruté.
Llegué a un acuerdo con los propietarios de la cafetería, así que debería incorporarme al trabajo en quince días, puesto que me obligaron a renunciar la baja por maternidad si quería continuar con mi trabajo, por lo que no tenía ni idea de cómo me las apañaría, ni qué haría con la niña, que tuve la suerte de que nació sana y fuerte, dormía mucho por las noches y a mí me dejaba descansar. Ahora debía buscar a alguien que pudiese ocuparse de ella mientras yo estaba trabajando. Y aunque siempre me venía a la cabeza mis padres y mis hermanas, de ninguna manera podía defraudarlos, ellos que habían puesto sus ilusiones en mí, una universitaria estudiosa y trabajadora, capaz de salir sola adelante.
Y para colmo, una tarde de agosto, cuando íbamos a pasear al parque, al girar una esquina, lo vi abrazado a otra mujer, con dos niños de diez o doce años. Se me paró el corazón, quise haberme equivocado, pero no, era él, Osmany y ella lo cogía del brazo, como una pareja de enamorados. Me quedé paralizada mientras una ola de calor me invadía haciéndome creer que me desvanecería. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, pero enseguida desvió sus ojos hacia su acompañante y habló suavemente con los niños.
Cruzó la acera en nuestra dirección, donde yo me había quedado clavada en el suelo, como si mi hubiesen puesto pegamento en los zapatos, mirando como se acercaba, sin poder hacer nada, ni reír ni llorar ni siquiera moverme.
Cuando llegó donde estábamos nosotras, me cogió suavemente por el brazo y me obligó a entrar en una cafetería, y entonces empezó a hablar:
– Hola preciosa, cuantas ganas de verte tenía – dijo besándome en las mejillas, como si no hubiese pasado el tiempo, ni nada.
– ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me has contestado las llamadas? ¿Quiénes son esas personas con las que estabas? – acerté a preguntar nerviosa, con voz trémula, odiándole y amándole a la vez.
– Es que me robaron el móvil y no sabía como contactar contigo. He estado con mi familia, pero ya estoy aquí de nuevo – contestó acariciándome una mejilla, mientras unos grandes lagrimones escapaban de mis ojos, sin que yo los pudiese controlar.
– Pero tú sabes donde vivo, sabes donde trabajo y si hubieses querido me habrías venido a buscar. ¿Quién es esa? ¿Es tu novia, tu mujer? ¿Quién es? – acerté a gritar, preguntando sin parar.
Quiso abrazarme, sin embargo, le empujé y entonces entraron la mujer con los niños y ella preguntó:
– ¿Quién es esa?
– Una amiga que conozco desde hace tiempo – respondió sin dar muestras de estar nervioso, pareciendo que nada le afectaba.
– ¿Una amiga? Si, tal vez era una amiga, pero desde que he tenido una hija tuya ya no me considero tu amiga – grité tan fuerte como pude entre sollozos.
Los dos me miraron atónitos y mientras ella clavaba sus ojos en los suyos pidiendo una explicación, Osmany, la cogió de la mano y tirando de ella, salieron a la calle con los niños pegados a ellos. Los oí gritar mientras se marchaban calle abajo, mientras me caía al suelo, sin poder evitarlo, dejando a mi pequeña llorando dentro de su cochecito.
Desde la ambulancia llamé a Maca, que tampoco estaba pasando por un buen momento, estaba muy deprimida y su familia le había pedido que estudiara el último curso en Sevilla y yo no sabía ni como explicarle todo lo que me estaba pasando. Definitivamente quería bajarme de la noria.
Lo peor vino cuando no pude pagar el alquiler, nos cortaron el agua y la luz. Vivíamos las dos solas en aquel piso porque no sabía donde ir, hasta que se presentaron del juzgado con un requerimiento, informándome que si no pagaba el alquiler nos iban a desahuciar y en ese momento desee no seguir viviendo.
Conocí a Berta en el parque, ella estaba sentada en un banco leyendo un libro, mientras yo paseaba con mi hija. Me senté a su lado y aproveché para darle el pecho. Observé de reojo que no podía parar de mirarnos, incluso pensé que, tal vez, no le gustaba que estuviera alimentando a mi hija sentada en un banco. Cuando terminó, la acuné y enseguida se durmió y entonces fue cuando cerró el libro y me dijo:
– Que bonita escena, cuantos buenos recuerdos con mis hijos, sin embargo, ahora estoy sola y los echo mucho de menos.
– ¿Dónde están sus hijos? ¿Viven lejos? – me atrevía a preguntar.
– Toni vive en Canadá, se marchó hace diez años, tiene una familia allí, pero vienen muy poco. Marta vive en Japón, se fue a estudiar allí y ahora está casada y tiene un niño precioso, aunque no vienen muy a menudo, porque el viaje es muy caro y está muy lejos.
Sin poder evitarlo me eché a llorar y entre sollozos logré contarle mi vida, mi triste vida, desde que había conocido a Osmany, cuando creía que era feliz.
Berta nos ha acogido en su casa, ella se ocupa de nosotras y, aunque este año lo he perdido, estoy trabajando duro para poder matricularme el año que viene y terminar el grado. Berta está siendo como una madre para mí y hemos acordado que cuando me gradúe voy a invitar a mi familia, deberé contarles todo lo sucedido y, por fin, conocerán a Eva.
Maca está mejor y ha prometido venir a Barcelona a conocer a su ahijada. A Osmany no lo he visto más, pero cuando veo un camión de la basura, salgo corriendo evitando mirar al conductor, por si acaso.
Fin

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