LOIS SANS

Me imagino que la vida es como una noria en la que, a veces, estoy arriba, exultante, disfrutando de los paisajes, motivada por todo y, pero, cuando menos me lo espero, estoy boca abajo, como si el mundo girará del revés y, simplemente no tengo ni idea de por qué ni cómo he pasado de una situación a otra.
Aunque nací en una familia obrera, más bien pobre, de esas que tienen problemas para llegar a fin de mes, me decían que era una niña con suerte, siempre he creído que me encontraba en la parte alta de la noria, disfrutando de un bello paisaje, sin tener demasiadas preocupaciones. Mis padres se conocieron en la fábrica donde trabajan desde los catorce años, tuvieron dos hijas, Rita y Juani, pero, justo cuando mi madre se preparaba para la menopausia tuvo una agradable sorpresa y se quedó embarazada de mí. Así que, mientras que mis hermanas se llevan dieciocho meses, conmigo hay una diferencia de diez años. Ese debe ser el motivo principal por el que toda la familia me ha mimado en exceso, llevándome a ser un poco caprichosa.
Si bien mis hermanas no pudieron estudiar y a los dieciséis años ya estaban trabajando en la misma fábrica que mis padres, para mí hicieron un gran sacrificio para que pudiese ir a la Universidad, así que me esforcé en sacar buenas calificaciones, por lo que, tanto mis padres como mis hermanas, incluso los abuelos, estaban ilusionados en verme convertida en una maestra de escuela.
Cuando llegó el momento, mis padres me pagaron los créditos de la Universidad, pero tuve que buscar un trabajo para pagar el alojamiento y los demás gastos que fuesen surgiendo. En realidad, no me resultó difícil alquilar una habitación cerca de la Facultad, incluso pude escoger entre varias habitaciones disponibles
Después de visitar los diferentes pisos y sus variadas arrendatarias, me decidí por una habitación pequeña que disponía de un armario empotrado, una cama estrecha, una mesa de escritorio, una silla de madera y una ventana que daba a un patio interior. El piso lo habían alquilado Rosario y Mercedes y, aunque no era muy grande, estaba muy bien situado y era de los más económicos, solo tenía una pega, era un quinto piso y el ascensor casi nunca funcionaba. Otro problema era que ellas empezarían el tercer curso y solo les quedaban dos años, por lo que, a no ser que, después se decidieran a estudiar algún máster, seguramente me quedaría sin piso, pero bueno, ese problema ya lo resolvería cuando llegase el momento.
Tuve suerte y encontré trabajo como camarera en una cafetería cercana y con el sueldo pensaba pagar la habitación y otros gastos de mantenimiento. Así pues, de 8 a 13 h. trabajaba preparando bocadillos, cafés o tes y por la tarde, de 16 a 20 h. iba a la Facultad, preparándome para ser una buena maestra de primaria.
Recuerdo los nervios del primer día en la Facultad, por una parte, me sentía infinitamente pequeña, como una gota de agua vagando río abajo pero, por otro lado, me veía capaz de comerme el mundo, con muchas ganas de conocer a mis compañeros y
hacer amigas con las que compartir todas las experiencias que me estaban esperando, pensando que siempre estaría en la parte alta de la noria.
Nada más ver a Maca, supe que nos entenderíamos a la perfección. Era una sevillana que había venido a estudiar a Barcelona y se había integrado perfectamente en nuestra ciudad. Alta y bien proporcionada, con una cabellera larga y pelirroja, sus preciosos ojos verdes la hacían parecer una diosa y me hacía sentir como un patito feo, sin embargo, era de trato fácil y caía bien a todo el mundo.
Tropezamos en un pasillo de la Facultad una tarda que las dos llegábamos tarde a clase. Fue muy gracioso, se nos cayeron los bolsos abiertos y nuestras cosas se esparcieron por el suelo mezclándose los objetos personales. Nos miramos a los ojos y empezamos a reír, haciendo que ese momento fuese especial. Nos sentamos en el suelo y recogimos nuestras pertenencias, luego decidimos que era tarde para entrar en clase y nos fuimos a la cafetería. Ese fue el principio de una bonita y duradera amistad.
Maca se involucraba en todo, fue escogida delegada, se implicó en todas las comisiones de todo lo que se organizaba en la Universidad, era el alma de las reuniones, parecía que tenía respuestas divertidas para cualquier situación y, normalmente, estaba rodeada de gente de todo tipo y para mí, era muy importante que quisiera pasar tiempo conmigo, así pues, sin darme cuenta, empecé a implicarme en todos los eventos que se iban creando en la Facultad.
Pasé el primer curso con unas calificaciones bastante buenas, teniendo en cuenta que no tenía más remedio que repartir las veinticuatro horas del día en las clases, trabajos de la facultad, reuniones y la cafetería, donde pasaba todo el tiempo libre posible, para sacar el máximo dinero y no tener que pedírselo a mi familia.
Una vez acabó el curso y llegó el verano, mis compañeras de piso se marcharon de vacaciones, así que durante los meses de julio y agosto tenía que afrontar con los gastos de alquiler, agua, electricidad, así como comprar comida y todo lo necesario, por eso no tuve más remedio que buscarme otro trabajo. Por la mañana me levantaba a las seis para vender flores en una floristería del mercado y, después de comer, iba a la cafetería hasta las doce de la noche. Solo tenía un día libre a la semana y nunca coincidían, así que solo era libre o por la mañana o por la tarde. Aunque ese verano quedé reventada, sé que mi familia se sentía orgullosa de mí, incluso vinieron algunas veces a verme y compartimos el poco tiempo libre de que disponía.
Por fin terminó el verano, en setiembre mis compañeras de piso volvieron para preparar su incorporación al nuevo curso, para ellas el último y yo dejé mi trabajo en la floristería y volví al trabajo de la cafetería por la mañana y las clases en la Facultad por la tarde.
Maca también se había ido de vacaciones a Sevilla, con su familia y amigos, aunque no perdimos el contacto, hablábamos a menudo por Skype o por WhatsApp, sin embargo, cuando nos encontramos de nuevo y nos abrazamos me di cuenta de lo mucho que la había echado de menos.
Empecé con ganas el nuevo curso, pensando que todo sería igual de fácil que en primero. Poco a poco me fui involucrando, otra vez, en las comisiones de fiestas,
además este año organizábamos el Paso de Ecuador, la famosa fiesta que se organiza en segundo para celebrar que estamos a la mitad del grado.
La cena sería en el restaurante japonés de los padres de Isao Fujimori, un compañero de curso. Luego iríamos a una famosa discoteca, en la que otro compañero, Roberto, trabajaba ocasionalmente como DJ.
Decidimos que sería obligatorio ir vestidos de blanco y, por supuesto, de gala, los chicos con americana y las chicas de largo. Por lo que un sábado que tenía fiesta en la cafetería, Maca y yo nos fuimos de compras y, después de recorrer todas las tiendas del centro, acabamos entrando en una boutique de ropa vintage, donde su encantadora dueña nos dejó probar casi todas las piezas.
Nos dejamos aconsejar por su experiencia y Maca se quedó un vestido de lino con encaje con los zapatos y un pequeño bolso en conjunto con el vestido. Yo me decidí por un conjunto formado por una falda y un top de seda, un cinturón dorado, los zapatos y el bolso de raso, con detalles dorados, que quedaba genial con la ropa.
Cuando llegó el día de la fiesta, fuimos juntas a la peluquería y nos peinaron con unos recogidos de trenzas espectaculares. A Maca le colocaron una diadema de pequeñas flores blancas que realzaba su bonita cabellera pelirroja y a mí me incrustaron algunas pequeñas perlas.
Nos arreglamos en mi casa, puesto que ella vivía en una residencia. Mientras nos acabábamos de arreglar llegaron nuestros compañeros Patricia y Marcos, que quedaron alucinados al vernos, aunque ellos también estaban muy guapos y elegantes.
Fuimos los cuatro en el coche de Patricia, bueno el coche de su madre, aunque siempre lo comparten. Poco a poco fueron llegando todos, unos a pie, otros en bus, algunos en metro y algunos en sus coches o de sus padres. La cena fue muy divertida, entre sushi, ensaladas de algas y verduras en tempura, bajaban las botellas de vino y luego las de cava, por lo que salimos de allí muy alegres y con ganas de seguir pasándolo bien.
Luego nos distribuimos en los diferentes coches de los compañeros o en taxi fuimos a la discoteca, donde ya estaba todo preparado. Era un local en la parte alta de la ciudad, con una terraza que disponía de unas vistas excelentes. Era a principios de primavera y todavía hacía frío a esa hora de la noche, sin embargo, apetecía de disfrutar de las vistas desde la terraza.
Y allí lo vi, por primera vez, al lado de la piscina, apoyado en una columna, fumándose un cigarro. No era muy alto, pero estaba muy bien proporcionado, su piel morena resaltaba bajo la camisa de algodón blanco. Sus bellos ojos almendrados no paraban de mirarme. Bajo un sombrero de paja blanco salían unos rizos negros y su blanca sonrisa era cautivadora. Le miré de arriba abajo, descaradamente, preguntándome como es que no lo había visto antes, estaba segura de que no estaba en la cena, convencida de no haberlo visto nunca en la Facultad.
Enseguida busqué a Maca para preguntarle si lo conocía, sin embargo, al girarme para irme, me lo encontré de frente, mirándome a los ojos mientras me susurraba al oído:
– No sé si eres un ángel o una Diosa.
Se me puso la piel de gallina cuando sus labios rozaron el dorso de mi mano, mientras el aroma de su perfume, sexy y masculino penetraba por mi nariz haciéndome estremecer.
Le miré a los ojos, sintiendo que me hechizaba, notando un leve temblor en las piernas, abrí la boca, aunque no me salía ni una palabra. Él notó mi turbación y pretendiendo disimular siguió hablando:
– Perdón, señorita, que la asalte inoportunamente, pero es usted muy bella y no he podido resistir la tentación de conocerla.
Su acento latino no ayudó a que saliera del estado de trance en el que me encontraba, por suerte, sonriendo, con acento cubano, continuó hablando:
– Mi nombre es Osmany, encantado de conocerla.
Sonreí y, por fin, me atreví a decir:
– Mucho gusto Osmany, me llamo Elena. ¿En qué curso estás? No te he visto nunca por la Facultad.
– En realidad, no estoy estudiando, me ha invitado un amigo, trabajo conduciendo un camión – contestó con su voz melodiosa.
– ¡Qué interesante! Debes viajar mucho, a países lejanos, transportando mercancías – dije intentado parecer más tranquila, mientras observaba atentamente su hermoso perfil.
Todavía con mi mano entre las suyas, tiró suavemente de mí, arrastrándome hasta la pista de baile, donde me enseñó a bailar una sensual bachata, consiguiendo que, irremediablemente, me enamorara de él.
Bailamos juntos toda la noche, bebimos demasiado y fumamos algún porro, luego nos tumbamos los dos en una tumbona al lado de la piscina, donde, entre besos y caricias, esperamos el precioso amanecer.
La fiesta llegaba a su fin y apareció Maca diciéndome que se iba con Arturo, porque vivía cerca de su residencia y la acompañaría en coche. Se quedó embobada mirándonos allí, estirados en la tumbona, metiéndonos mano. Sin embargo, no sé cómo, me levanté y le presenté a Osmany:
– Maca, te presento a Osmany, es cubano y conduce un camión – acerté a decir con una sonrisa bobalicona en los labios.
– ¿Quién te ha invitado a la fiesta? No recuerdo que estuvieses en la lista – dijo Maca al tiempo que Osmany se levantaba de la tumbona y se acercaba para darle un par de besos.
– El DJ es amigo mío, preciosa – contestó sonriendo mientras le guiñaba un ojo y le besaba en las mejillas.
No se porqué Maca se quedó desconcertada, mirándole incrédula, ella que tenía respuestas para todo y para todos.
Arturo la llamó desde el otro lado de la piscina y nos apresuramos a abrazarnos mientras me decía al oído:
– No te fíes de él, es demasiado mayor para estar en esta fiesta.
– No te preocupes Maca, es un encanto. Creo que me he enamorado – conseguí contestar un poco nerviosa.
No sé exactamente cuánto rato pasó hasta que un guardia de seguridad se acercó y nos pidió que nos marcháramos porque iban a cerrar. Osmany me cogió de la mano y fuimos a buscar nuestras cosas al guardarropa y al salir de la discoteca le pregunté:
– ¿Has venido en coche?
– No, no tengo coche, he venido con mi amigo, pero creo que él hace horas que se ha ido. ¿I tú? ¿Cómo has venido? – dijo él sin dejar de sonreír.
– He venido con un compañero de clase, pero me parece que hace horas que se ha ido – contesté riendo.
– Bueno, podemos ir paseando, así hablamos y nos conocemos mejor – expuso rascándose la cabeza.
– Creo que estamos un poco lejos y no sé por dónde hay que ir. ¿Sabes cuál es el camino que debemos seguir? – dije yo bostezando.
– Claro que sé el camino de vuelta, he venido muchas veces. ¿Dónde vives? Podemos ir a tu casa – siguió proponiendo sin dejar su sonrisa cálida.
– Vivo en la calle Valencia, pero, tal vez, sería mejor que llamásemos a un taxi – expuse, sintiéndome de repente muy cansada y con ganas de llegar a casa y meterme en la cama.
– Bueno, si quieres puedes llamar a un taxi, pero siento decirte que no llevo dinero encima, porque en estos pantalones no me cabían ni la cartera ni el móvil.
– De acuerdo, ya me ocupo yo – dije sacando el móvil y llamando a un taxi.
El taxi nos sorprendió besándonos apasionadamente debajo de un frondoso árbol, en la esquina de la calle, mientras las farolas se apagaban y los primeros ciudadanos salían de sus casas para ir a trabajar.
Subimos a mi casa besándonos en cada rellano, metiéndonos mano por debajo de la ropa, así que cuando llegamos delante de la puerta me cogió en brazos como si de una pareja de recién casados se tratase.
Le fui guiando por el pasillo hasta llegar a mi habitación y me depositó suavemente encima de la cama, besándome en la frente, los ojos, los labios, quitándome la ropa lentamente, mirándome con deseo, consiguiendo que lo deseara.
Estábamos solos, mis compañeras se marchaban con sus novios o sus familias cada fin de semana. Había conseguido que me dieran fiesta en la cafetería y hasta el domingo por la mañana tendría libre.
Hasta la fecha no había tenido ninguna relación seria, solamente algún rollo de fin de semana y jamás había llegado a tener relaciones sexuales porque esperaba a mi príncipe azul, por lo que me pareció que Osmany era el hombre con el que había soñado toda mi vida.
Verle desnudo me excitó mucho más de lo que me había imaginado en mis sueños y cuando sus expertas manos recorrieron mi cuerpo sentí que mi corazón se aceleraba,
deseando que ese momento no acabara nunca, pero a la vez que llegara al final para poder volver a empezar.
Llegamos juntos al orgasmo y nos dormimos abrazados, desnudos, exhaustos. Desperté que un pequeño rayo de sol se colaba por las cortinas, jugueteando en mi cara. Observé como dormía plácidamente, como un ángel, su piel morena y sus rizos negros destacaban en las sábanas rosas de mi cama y empecé a besarle suavemente hasta que nos fundimos en un apasionado beso en la boca y su miembro volvió a enardecerse, jugueteando en mi sexo.
Y así estuvimos todo el día, amándonos o durmiendo hasta que nos levantamos para comer algo. Estaba convencida de que era el principio de una larga relación.
Por desgracia, entre besos y abrazos, las horas volaron y el domingo por la mañana tuve que ir a trabajar, Osmany se marchó y quedamos en llamarnos para vernos la semana siguiente, aunque yo no disponía de mucho tiempo libre y él tenía que ir en el camión.
Los días pasaban lentamente, aunque nos mandamos corazones por WhatsApp, mensajes de amor en audios románticos y fotos sexys de algunas partes de nuestros cuerpos.
Cuando llegó el fin de semana aprovechamos que mis compañeras no estaban para pasarlo juntos en mi casa, aunque esta vez yo trabajé tanto el sábado como el domingo por la mañana, aunque el resto del tiempo lo pasamos juntos.
Como que era imparable con el sexo, pasamos el fin de semana desnudos, comiendo, bebiendo y haciendo el amor sin parar, el resto del tiempo, abrazados, mimándonos con besos y caricias. Así pues, cada hora que pasaba, yo sentía más mariposas en mi interior y le amaba cada vez más hasta llegar al punto de la locura.
El domingo por la noche se marchó dejándome un gran vacío, aunque sabía que entre semana era imposible que nos viésemos, primero por su trabajo con el camión y después porque yo llevaba una vida muy intensa entre la cafetería, la universidad y las reuniones con los diferentes grupos de los que formaba parte.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s