MANGER

No quiero saberlo. No quiero descubrir la cara que me acecha en esa oscuridad que oculta algo tan malévolo e insaciable. Me espanta descubrirlo. Mis cinco sentidos me advierten que no debo moverme ni un ápice, que «ella» no va a darme la más mínima oportunidad de defenderme. Sé que me estoy comportando como un esquizofrénico; quiero pensar que al final de la escalera no habrá otra cosa que esa puerta que comunica con la estancia en la que despierto a diario en medio de estos sueños insufribles.

Tengo miedo. Nació en mi interior sin yo proponérmelo, de inmediato noté su presencia y sé que es nociva; desde entonces todo ha cambiado para mí… «Ella» lo sabe, sé que lo sabe; me acecha sigilosamente esperando ese momento en que me aturda con el pánico… Es muy inteligente, me lo ha demostrado, sabe que el sigilo es su mejor aliado y vigila pacientemente todos mis movimientos. Acaso mi respiración agitada la confunda casualmente porque en su intelecto no conciba que necesito insuflar en mis pulmones el oxígeno necesario para que mi organismo no colapse. Pero me temo que eso no es suficiente para despistarla; los latidos alocados de mi corazón no hacen sino alimentar la presión que me produce su continua observación. La oigo arrastrarse en mi interior. Es como una serpiente silenciosa que espera su oportunidad para clavar sus colmillos donde más duele… Se oculta tras las sombras y sé que mis dudas la hacen más fuerte, la ayudan a tomar la consistencia que «ella» necesita; ése es su alimento: el pánico, mi pánico… No quiere abandonarme… La maldigo; cien veces la maldigo, grito y la tacho de cobarde porque no se hace ver para así poder ahogarla con mis manos. Pero nunca sale de esas sombras donde duerme, se despierta, viste y se alimenta…

¡Es arpía, la muy zorra! Escupe por su boca cascadas de reproches y pretende inocularme con sus miedos, los que ella misma crea en las probetas de un laboratorio infernal donde bullen sus mezclas de pecados veniales sublimados entre cientos de colores irisados. Sé que me mira y se ríe a carcajadas… No la veo, pero oigo su silencio y me desquicia, sabe desesperarme porque su rostro es intangible, evanescente, indestructible…

«Ella» hace mucho que me acompaña, que me acecha, que me debilita… Siempre espera al final de esa escalera de caracol donde no sabes qué habrá en su siguiente curva, ese final donde sí sé que el último peldaño da acceso a la puerta tras la cual mi cerebro quebrará otra vez la dura realidad.

Y tengo miedo… mucho miedo de abrir de nuevo mi mente a la conciencia.

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