NEUS SINTES

 

Minerva conocida como la buena chica de la familia, la que siempre esta dispuesta a ayudar cuando se la necesita. Comprometida a sus veinte cuatro años con su novio de toda la vida. Fiel a su compromiso y a todo lo que eso significaba renunciar.

Por la televisión, las noticias anunciaban que una ola de calor se aproximaba. Era el mes de agosto, hacía un calor sofocante. Su piel pálida contrastaba con su pelo oscuro, de ojos color esmeralda.

Su vida se había convertida en una rutina diaria. Su prometido de vocación abogado, era de carácter firme y refinado. Aunque era atento y cariñoso, la chispa del amor del primer día, parecía haberse esfumado. Dando paso a una rutina diaria.

Una llamada telefónica la hizo despertar de sus pensamientos, mientras se miraba el anillo de compromiso que en su dedo anular reposaba.

-¿Diga? – preguntó

-Soy yo, Selene – respondió la voz de una chica.

-Hola Selene, cuánto tiempo! – respondió Minerva con un tono de sorpresa y jovialidad al mismo tiempo.

-Chica, ayer mirando el álbum de la escuela pensaba en todas aquellas amigas a las que había perdido la pista – y tú eres una de ellas.

-Lo sé. Desde que Alejandro me pidió compromiso, no he podido quedar como hacíamos antes… – dijo disculpándose. Ya sabes, todo lo que conlleva y en fin. Os he tenido algo abandonas.

-Bah, mujer!. no te preocupes. Es normal. Cuando llevas ya seis años con una relación tan estable como la vuestra… – dejó soltar un suspiro. Es complicado a veces quedar, como antes.

-Minerva este fin de semana he reunido a un par de amigas  y demás chicos de la escuela en mi casa. Celebraré una fiesta de antifaces. Me gustaría que pudieras venir. Hace mucho de tu ausencia. – Prométeme que lo pensaras, ¿de acuerdo? – recordaremos viejos tiempos.

-De acuerdo. – asistiré. Me apetece veros, concluyó. – su mente recordó que las fiestas de Selene siempre estaban abarrotadas de gente.

Minerva hacía tiempo que no salía sino era en compañía de su prometido. Mientras preparaba la cena, miró el reloj de cocina. Pronto Alejandro regresaría. Habitualmente, cansado de todo el día y sin ganas de más.

-Cariño, ya he regresado – dijo una voz masculina.

-Minerva fue a recibirle en la puerta, con un beso en los labios

Durante la cena un silencio largo e inquietante se había prolongado de más. Los pensamientos de Minerva en cómo decirle que la habían invitado sus viejas amigas de la escuela a una fiesta y que el no estaba invitado.

-Alejandro – rompiendo el silencio en la mesa.

-¿Sí? – preguntó éste mientras se limpiaba los labios con la servilleta.

-Este fin de semana una vieja amiga del colegio me ha invitado a su casa. Van a celebrar una fiesta – le dijo, mirándole directamente a los ojos

-Oh! – bien. – tocándose la perilla, pensativo. Si te apetece ir… – respondió con desdén.

-Si, Alejandro. Me apetece ir. Y no necesito tu consentimiento. – Minerva se levantó enfadada. – también yo tengo una vida. Y no tengo que pasarla aquí, encerrada en la casa.

-Espera – levantándose de la silla. No era mi intención..

Pasaron la noche durmiendo en lados opuestos de la misma cama. Minerva pensando en si en verdad se había perdido tantas cosas estando con Alejandro, o al contrario, debía sentirse afortunada de convertirse en la futura mujer de un abogado.

Por otro lado, Alejandro sin comprender el comportamiento de su prometida, prefirió no darle más vueltas y entender que solo se trataba de algo pasajero. Mujeres… – pensó. Y cerró los ojos.

Se aproximaba el fin de semana, acompañado de una ola de calor. Las gotas de sudor empezaron a surgir por la frente de Minerva. Se levantó de la cama y a medida que se iba quitando el blusón de noche, su cuerpo desnudo se adentraba en la ducha. Cerró los ojos, mientras el agua refrescaba su cuerpo y su mente.

Su amiga Selene vivía en una casa grande heredada de sus familiares, por eso se podía permitir el lujo de celebrar un montón de fiestas. Convertía su casa en una discoteca. Minerva empezó a arreglarse. Se sentó en su tocador mientras cepillaba su lacia melena con delicadeza. Empezó a arreglarse eligiendo un conjunto veraniego e informal. Un top negro y una minifalda ceñida a la cintura. De su estuche de maquillaje escogió un rojo intenso pintalabios que resaltaba con su piel blanca. Se miró en el espejo y poniéndose el antifaz para la fiesta salió por la puerta.

-Alejandro, me he ido a la fiesta. – escribió. La cena la tienes en la nevera. Minerva.

Minerva llegó a la fiesta. Estaba lleno de gente, todos con sus antifaces de diversos colores. Gente bailando, bebiendo, podía percibir las risas desde el fondo de la habitación. Entró despacio, mirando a su alrededor, para ver si encontraba a su amiga Selene. Miradas se cruzaban con las suya, invadiéndola. Hasta que una voz conocida, la de Selene le saludaba con la mano.

-Hola guapa! – me alegro de verte. Estas preciosa.

-Hola Selene! – Has montado una gran fiesta – le contestó mirando a su alrededor.

-Anda, ven! – ambas amigas se cogieron de la mano, llegando a la barra. Donde tomaron una bebida que Minerva desconocía, pero que sabía genial.

-Dicen- que esta bebida es pura dinamita. – contestó Selene –  mirando a los ojos a Minerva

-¿A que te refieres? – respondió Minerva, dubitativa.

-A que cuando la pruebas no tienes vuelta atrás…

Al cabo de un rato Minerva se vio envuelta en una especie de nube. Aunque su amiga ya había empezado a sentir los síntomas, Minerva sentía dentro de sí un calor poco habitual en ella.

Se fueron balanceando, hasta llegar a la pista donde al son de la música bailaron rodeadas, sobre todo de miradas masculinas que las observaban. Todavía animadas por la bebida, seguían notando una calor que les ardía muy fuertemente dentro de sí. Llegaron al sofá más cercano, riendo sin parar.

-Qué fuerte, tía! – cuánto tiempo sin reírme de esta forma – mirando a Selene

-Pues mira a esos dos. Están mas buenos…humm – relamió la lengua Selene hacia uno de ellos, insinuándoles.

-Estoy ardiendo! – mordiéndose el labio superior

-Hola preciosas! – dijo uno de los chicos, mientras hacían hueco para sentarse junto a ellas.

-¿Nos conocemos, guapetón? – le contestó Selene, atrevida.

El otro chico no paraba de observar a Minerva, quien tenía  a su lado. A través del antifaz podía ver esos ojos color esmeralda que de algún modo le atraían. El efecto de la bebida también ayudaba. Todos iban algo subidos de tono.

-¿Quién es tu amiga? – preguntó el chico que Minerva tenía a su lado.

-Soy Minerva, ¿y tú? – le pregunto, con el calor en su cuerpo.

-¿Quieres conocerme? – le pregunto, recorriendo suavemente con un dedo el escote de Minerva con suma delicadeza y sensualidad.

Como una felina ansiosa de sexo, le respondió a su pregunta y se inclinó hacia sus labios, besándolos ardientemente.

-Sí, me apetece conocerte – le contestó, susurrándole en el oído.

Mientras, su amiga Selene en torno al cuello de su acompañante empezaron a juguetear con pequeños mordiscos en el cuello, dejándose llevar. Un frenesí incontrolable ardía en los cuerpos de ambos.

Por otro lado Minerva empezó a sentir una nueva sensación  en su cuerpo. Se sentía deseada y poderosa. Sentía que cada caricia redondeaba y daba forma a cada una de las curvas de su cuerpo.

La música seguía resonando en su cabeza, mientras otros bailaban sin darles importancia. Minerva empezó a sentir como sus pechos iban quedando al descubierto, hasta que sus pezones, estaban cada vez más erectos. Comenzó a sentir manos y bocas por todo su cuerpo; se estremecía con las caricias en el cuello, al tiempo que notaba como unas manos subían por sus piernas, deshaciéndose de la falda que llevaba sujeta a un lado, con suma facilidad.

Únicamente cubrían su rostro el antifaz que aún llevaba puesto y su tanga color marfil. Pronto los cuatro se quitaron los antifaces dejando al descubierto sus rostros.

-Eres tan hermosa, Minerva – le susurró al oído mientras seguía acariciando su cuerpo

-Vayámonos arriba…dijo Selene, sin dejar de gemir.

Subieron los peldaños, sujetando a las chicas en brazos. Conducidos por una pasión incontrolable fueron a la primera habitación que encontraron. Dejándose llevar.

Minerva echada sobre la cama se encontró cara a cara con la de Selene. De repente, algo extraño en sus mentes empezó a a surgir. Su grado de excitación era absoluto. Empezó a besar los labios de Selene, mientras sus manos jugaban suavemente con sus pechos. Sus labios eran grandes, carnosos. Sus besos tiernos, húmedos, con la cadencia exacta de alguien que ha besado muchas bocas. Sus lenguas jugaban y se entrelazaban. Mientras los chicos se ponían más excitados al verlas juntas.

El chico que tenía detrás separó las piernas de Minerva mientras le quitaba con agilidad el tanga que llevaba, dejando a la vista un pubis empapado, deseando ser saboreado. Poco a poco el chico fue introduciendo su miembro erecto dentro de Minerva. A medida que empujaba sentía como iba llenando de su sexo. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando notó su glande, caliente y duro, contra su vagina.

Varios fluidos se mezclaron en aquella habitación. Donde Selene y Minerva gozaban sin parar y sin reparo alguno de ser observadas.

El compañero de Selene empezó a observar a Minerva, mientras su amigo seguía empujando su sexo dentro de ella. No paraba de mirar. Era una mirada que aumentaba su morbo y que le incitaba aún más. Podía sentir como crecía su excitación con cada gemido que salía de su boca mientras era penetrada una y otra vez.

A partir de ahí, una nueva cascada de sensaciones inundó su cuerpo y su mente. Los orgasmos se sucedieron uno tras otro hasta perder la cuenta. Aquella noche vivió el presente como antes no lo había hecho.

La bebida parecía que les daba más energía. Una energía que no podía controlar pero sí ansiar.

-Tengo sed – mi garganta esta seca – dijo Selene

-Quieres un poco de mas de mi leche – se ofreció uno de ellos, sonriendo.

-Necesito más energía. Necesito de la bebida de antes.

-Humm… – yo también, chicos – contestó Minerva. ¿vosotros no?

-Muñeca, si te tienes que portarte como lo has hecho hasta ahora – levantando un poco la barbilla y mirando a Minerva a los ojos, te la traigo encantado.

Ahora regreso. Traeré un par de bebidas para que no falten – soltando un beso a ambas chicas y guiñando un ojo a su amigo que estaba con ellas. A las chicas les entró la risa contagiosa.

-Selene, basta! – que me contagias la risa

-Lo siento. Que no puedo parar

-Queréis que os haga parar.. – intervino el chico con una sonrisa pícara.

Las chicas se miraron, respiraron hondo y mirando al chico que tenían delante. Pararon de reír.

-Sed buenas, anda! – indicándoles con un dedo a que se pusieran de rodillas.

-Chupármela! – ordeno. Las dos a la vez. Así tendréis para sorber hasta que mi amigo venga.

Todavía con el éxtasis en el cuerpo, Selene y Minerva se cruzaron una mirada atrevida y empezaron a chupar una a una el gran miembro erecto del chico que poco a poco iba aumentando. Los gemidos fueron resonando de nuevo en la habitación.

Cuando su compañero entro con las bebidas, se sorprendió al ver la escena.

-No me habéis esperado! – respondió, sorprendido. Yo que os traigo vuestra bebida preferida… Se tocó la perilla, mirando a su compañero cómo gozaba.

-Vaya, vaya. – te has quedado anonadado, eh!.

-Parad, chicas!. Mira quien ha venido – contestó sonriendo

-Oh! – exclamó Selene. Gracias, cariño.

-Veo que no habéis perdido el tiempo. Así que si queréis la bebida – levantando las copas. Tendréis que hacerme un pequeño favor, las dos.

-Por favor, venga – no te enfades.

-Es verdad, no te enfades. El nos ha obligado.

-Saboread el mío también. Creo que me lo debéis. Yo os he traído la bebida – guiñándoles un ojo a cada una.

Minerva y Selene empezaron de nuevo a lamer y chupar el miembro erecto  de quien les había traído la bebida que les haría estallar de nuevo, en un mundo transportado por la sensación de dejarse llevar.

-Buenas chicas, sí señor – Así se hace.

Al cabo de un rato, se sentaron los cuatro exhaustos en la habitación, y empezaron a sorber de aquélla bebida que sabía a gloría que les daría un empujón enérgico y ardiente en sus cuerpos. Cada sorbo era mágico, profundo. Minerva empezaba a notar los síntomas, el calor volvía a subir por su cuerpo, ardiendo en llamas.

-Por cierto…¿queda alguien abajo? – pregunto Selene. – Me he olvidado de la gente.

-Muñeca, se han ido todos. Solo estamos nosotros. – afirmó

-No solo nosotros…observó Minerva. ¿Hay alguien en las otras habitaciones?

-Algunas veces algunos suben y se encierran a a pasar la noche…- pero no molestan, van a lo suyo, como nosotros. – contestó Selene.

-¿os queréis marchar, ya? – preguntó

-Oh, no! – tenemos toda la noche. – dijeron a la vez, Luis y Guillermo.

-Además, como querría marchar, teniendo a dos preciosidades como vosotras a mi lado – contestó, Luis, guiñando un ojo a Guillermo.

-Bien es cierto – afirmo, Luis. Olvidémonos del tiempo, aunque sea una vez en la vida.

En uno de los armarios encontraron vendas y demás instrumentos de placer. El placer fue en aumento y los cuatro formaron ideas picantes en sus mentes que querrían llevar a cabo, aunque no lo dijeran en voz alta.

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