ALBERTO ROMERO

Reflexiones En Voz Alta.

En aquella conversación entre mi suegra y yo cambió mi percepción de la Josefa
encantadora a la Josefa real, muy oscura y antipática. Dejé de verla con los
ojos de la dulzura a los que me tenía acostumbrado. Y a pesar de que ella seguía
comportándose con mucha educación, delicadeza y simpatía, yo veía sus verdaderos
ojos mirándome con desconfianza y desaprobación. En aquella conversación
me dijo que yo no era el tipo de marido que quería para su hija. Que ella había trabajado
desde joven para dar a su hija los mejores estudios y convertirla en alguien
de éxito y gran fortuna. Dijo que un basurero era indigno para su hija, que su yerno
tenía que aspirar a una carrera profesional a la altura de sus expectativas y que haría
lo posible para que así fuese.
A mi me pilló completamente desprevenido y no supe reaccionar a aquello, ni
la que me venía encima.
Nos casamos y todo siguió como si nada. Josefa me trataba bien y se interesaba
por mí. Traté de pasar página y seguir adelante, pensando que quizás fue un
calentón porque no me conocía mucho por aquella época.
Mi relación con ella continuó mejorando y de vez en cuando venía a tomar
café a mi casa cuando estaba Ana, y otras veces, como las del turno de tarde, también
pasaba antes de ir a la compra. Charlábamos del tiempo, de la familia, de los
quehaceres diarios, en fin, de todo…
Aquella mañana entró en casa y yo sentí el mal rollo en su presencia. Le puse
café y criticó como teníamos la cocina y que yo la recibiese en pijama. Continuó
con que estaba harta de que yo siguiese con aquel trabajo y que tenía que buscar
algo mejor o tomaría cartas en el asunto. Me amenazó con decirle a Ana que yo estaba
con otra mujer si no buscaba otro trabajo.
Ahí ya me cabreó de tal manera que la mandé a la mierda. Podía aguantar sus
críticas o algunos comentarios mal intencionados sobre darle descendencia, pero
no podía tolerar que contase mentiras y que me chantajease.
Su reacción a mi contestación no me la esperaba y volvió a pillarme desprevenido
como siempre conseguía. Parecía que estaba poseída y me lanzó la taza del
café cuando le sonreí tratando de calmar su mal humor.
La taza iba directa a mi cara, pero puse el brazo por instinto y me hizo un corte
bastante grande, aparte de abrasarme con el calor del propio líquido.
Roto de dolor y asustado de que aquello estuviese pasando de verdad me
quedé paralizado. Se acercó a mi y me dijo que aquello era un primer aviso, que
como se lo dijese a Ana me mataría. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer.
Salió corriendo de mi casa y yo tuve que irme al hospital porque no podía parar
la hemorragia.
Mientras esperaba en urgencias a que me atendiesen quise convencerme a mi
mismo de que aquello no podía ser cierto. Pero también supe que si se lo contaba
a Ana no me creería. Su madre era maravillosa, incapaz de hacer algo así, una buena
persona….A la que nadie conocía de verdad.
Cuando me preguntaron en urgencias como me había hecho aquel corte mentí
diciendo que había sido un accidente doméstico sin importancia. El médico me
dijo que tenía importancia, porque hasta necesitaba puntos, pero tampoco fue
mucho más allá de mi explicación.
La siguiente mentira me la hice a mi mismo, pensando que aquello había sido
un accidente aislado y que era mejor callarlo… Qué tonto fui, joder…

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