JULES SCHMIDT
—Lobo querido, ven conmigo al bosque. Me da miedo adentrarme sola. Los peligros ahí en la oscuridad acechan.
—Caperucita, Caperucita, ya tus trucos me los sé. Quieres que me interne contigo, y cuando estemos en lo más profundo, me atacarás con tu conocida lascivia.
—¡Cómo puedes pensar algo así de mí!
—Nos conocemos, Caperucita. No es la primera vez que con artimañas y lastimosas palabras, me arrastras a los matorrales, y en ellos das rienda suelta a tus sentidos. Me juego ya tres manzanas y dos lechugas, pues soy lobito vegano, a que saliste de tu casa ya sin bragas.
—Pues no te lo puedo negar, porque mentir no me gusta. Acércate un poco más, lo podrías comprobar tú mismo.
—Lo sabía. Me debes algo, mi querida y voraz Caperucita.
—Y digo yo, ¿no prefieres algo más suculento en lugar de lechugas o manzanas? Entre mis piernas tengo un tesoro que podrías degustar si me lo pides… Acompáñame un poco más adentro, por aquí podría aparecer mi abuelita, de camino hasta su hogar. La dejé hace un rato en el mercado, y no creo que tarde, mi buen Lobo.
—Eres una provocadora, Caperucita. Y te encanta. Llevas la blusa abierta. Cualquiera podría mirarte las tetas, ¿no te avergüenza ni un poco, que sonríes? Observa, si hago este simple gesto, alargar apenas una zarpa hacia tu escote, puedo acariciarte los pezones sin apenas dificultad.
—Es para que tus garras tengan donde sujetarse.
—Y mira lo corta que es tu falda.
—Es para que te deleites con la vista, además del tacto.
—Y caminas de esa manera, contoneando las caderas de uno a otro lado. Nadie se mueve de esa forma tan sugerente.
—Es para anular tus sentidos y hacerte caer en la tentación. Lobo, lobito, ¿me acompañas entonces?
—No me va a quedar más remedio, me tienes tan excitado que voy a necesitar ayuda para solucionar el enorme problema que habita ahora mismo mis pantalones.
—Bien conoces que soy diligente felatriz y no puedo verte en semejante trance. No te apures, detrás de aquel abeto, fuera del camino, no nos molestará nadie. Y quizás te apetezca probar mis ricos efluvios. Me siento tan cachonda que resbalan por el interior de mis muslos, los siento.
—¿Tanta es la excitación que sientes, Caperucita? Pues sí, cierto es. No exageras lo más mínimo. Algo haremos para aliviarte a ti también, no temas. Y deja de sonreír así. Sí, ya sé, tú ganas. Siempre consigues llevarme al huerto.
—Al huerto no, Lobo mío. Al bosque.

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