MOISÉS ESTÉVEZ

El sábado de esa semana, la del atentado, David no tuvo que ir a
trabajar, por lo que decidió bajar temprano a hacer unas compras. Haría tiempo
mientras Mark ataba algunos cabos en comisaría. Habían quedado en el Soho
para almorzar y pasar juntos un buen rato, intentando así abstraerse un poco
de la sórdida realidad que debido a los últimos acontecimientos los rodeaban.
En el Flower District se hizo con algunas plantas para redecorar el
apartamento, y así, darle un poco de luz y un pequeño cambio de estilo. Aquel,
se estaba convirtiendo en un íntimo reducto, donde los ratos que pasaba con
Mark, no distaban mucho de lo que en su imaginación era la plena felicidad.
Mientras paseaba, no se quitaba de la cabeza que todas aquellas
sensaciones y sentimientos podían haberse invertido días atrás por lo ocurrido
en la 47. Haber perdido lo que tenía con Mark, y ese temor se convertía en
angustia de manera irremediable con sólo pensarlo.
Miró su reloj y vio que pasaban las doce y media, por lo que dirigió sus
pasos a Grand Street, donde había quedado con su inspector en un italiano,
donde tomarían unos vinos y compartirían una buena pizza artesana. Le
constaba que aquel era de los mejores hornos de leña que había en Manhattan.
Mark llegó puntual a la cita, pero con el rostro serio y gestos de
cansancio, lo que no pasó inadvertido para David, y tampoco evitó que a aquel
que se le iluminaran los ojos y un soplo de aire fresco le llenara los pulmones al
abrazar a este.

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