JULES SCHMIDT

El cuchillo de cocina entró entre sus costillas igual que penetraba en la mantequilla, deslizándose con suavidad. No se conformó con una sola estocada. La segunda fue a parar a escasos centímetros de la primera, astillando hueso. La sangre a borbotones empezó a cubrir el suelo y su bata blanca inmaculada.
Ágata pudo leer en la mirada de su ejecutado el desconcierto. De inmediato, con los pantalones por las rodillas, el señor dio un paso atrás y salió de ella. La tercera puñalada fue la que dejó el cuchillo clavado en su pecho, quizás la letal. En ambos la respiración era entrecortada, con el miedo como protagonista. Uno, por el conocimiento de tener los pulmones afectados y la sabiduría de entender que estaba ante sus últimos minutos de vida. Ella, por la adrenalina y emociones del momento, con sentimientos encontrados. Satisfacción por la venganza cobrada, y por ese mismo motivo, pánico. En su cabeza retumbaron las palabras de la Señora el día que llegó a la casa, hacía ya la friolera de dos años. El hogar en el que el mismo que la poseía a la fuerza y con brutalidad, le practicaba luego el aborto. Guardar las apariencias y mantener su status de doctor de familia en aquella pequeña localidad en la que todos se conocían desde siempre y en la que nadie quiso saber el porqué del rostro triste de la huérfana llegada de tan lejos.
“Entra, muchacha. Tu habitación es la última, al fondo. Traes poco contigo, si hay algo que consideres que te hará falta, me lo consultas. Yo decidiré si es así o no. No creas que vienes aquí a comer gratis. Te ganarás cada peseta que me cuestes. Te levantarás cada mañana al alba, y prepararás nuestro desayuno. El resto del día, tus labores serán las habituales, la casa es grande y tiene mucho trabajo. Ya te iré diciendo y tu obedecerás. Se te castigará en consonancia si no cumples con tus obligaciones. No quisiera tener que azotarte, pero no dudaré en hacerlo si lo mereces, quedas advertida. Te referirás al Señor y a mí como “Tíos” en presencia de terceros, y no hablarás si no se te da permiso para ello.
¡Ah! Y una última cosa: Eres joven y hermosa, el Señor no tardará en reparar en ti. Estás a su disposición y servicio, no lo olvides. Ni se te pase por la cabeza contrariarle.”

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